. Sobre
todo a personajes ligados al PRI de Atlacomulco, a los intereses creados
entorno al poder político actual, pero también, a quienes se han dedicado a
denostarlo y agraviarlo personalmente no solo ahora sino desde que se inició en
la travesía de buscar la presidencia aquel lejano 2006.
Obviamente,
desde el gobierno están más que preocupados porque la figura del caudillo –como
ellos insisten- en llamar a López Obrador, pueda destrozar el México “del
futuro” como también insisten en argumentar –como desde hace 30 años que ese
“futuro” nada más no llega- por cierto.
Consintamos
que, el debate, además, en los círculos periodísticos se ha estancado en las
posiciones de contraste; es decir, si la elección se vuelve de dos y no de
tres; y si la competencia es entre una visión de cambio --que López Obrador desde
la izquierda ha ido moderando al menos en el discurso y con alianzas cada vez
más hacia el centro- contra una visión de continuidad y continuismo; y otra que
promete un cambio solo de piezas pero evidentemente no un cambio de la
situación actual. Sin embargo, están dejando de lado la realidad que se vive y
se palpa en la vida cotidiana de los mexicanos y es el corazón de la propuesta
de López Obrador.
No es
gratuito que Andrés Manuel siga avanzando y coma terreno. Sin la publicidad en
medios impresos, radiales y televisivos, y toda la cobertura que presidencia le
da a “sus candidatos”, López Obrador llena plazas, levanta polvareda y enciende
pasiones al tiempo que sigue presionando en las fallas del sistema actual lleno
de ineficiencia, indolencia, corrupción, violencia e inseguridad. Habrá que
añadirle que sin una estructura formal --eso es de gran mérito- pero también
es, quizás, su mayor “gran debilidad”. Pero así está trabándose el combate en
tierra. Aquí valdría la pena lanzarse una pregunta clave: ¿Qué tanto operarán a
favor o contra Peña Nieto-Videgaray, Nuño-Meade-Ochoa las propias estructuras
del PRI?
Por
otro lado, en el ánimo colectivo de los de a pie, también es claro que hay
desconfianza-incredulidad porque las autoridades competentes le den el triunfo
a López Obrador. “No lo van a dejar
llegar” es la frase más repetida entre sus seguidores no tan optimistas en
las reglas de juego. En este sentido, es claro que ha tratado de desmarcarse y
no cometer los errores del candidato rijoso y autoritario de las pasadas
campañas políticas. Pero no debemos dejar pasar que a diferencia del 2006 y del
2012 cinco factores marcan diferencia: i) la ruptura de las cúpulas con el
poder en turno no era tan evidente; ii) el poder de convocatoria del presidente
y el control del gabinete no estaban en los niveles de hoy; iii) el descrédito
de la clase política “tradicional” no es la misma ahora en el PAN-PRD-MC; iv) los
grupos empresariales no estaban tan descontentos con el presidente; y v) las
redes sociales y nuevas plataformas han empoderado y permitido al ciudadano
allegarse de información por fuentes no tradicionales que, a diferencia “de lo
tradicional” casi siempre están cooptadas por las oficinas de comunicación
social del gobierno en turno. Habrá que ver cuál de estos elementos pesa más
que otros y cómo se decantan en la campaña, pero una cosa es segura, hoy el
control de la narrativa gubernamental no está con el gobierno y sí bajo cientos
de millennials que a diario muestran lo anacrónico de nuestra clase política.
Ahora
bien, hay un factor poderosísimo y que pesa más que todos los anteriores y es
Estados Unidos. Aparentemente, Trump y la clase empresarial, dígase los
militares, los Republicanos, el Comando Norte y sus distintas posiciones:
iniciativa Mérida, la Border Patrol, el muro, la migración y el trasiego de
drogas, y que, desde mi punto de vista será la clave de la elección. También
vale la pena preguntarse: ¿Qué papel y de qué forma darán el “palomazo” los
gringos al candidato que más certeza les dé sobre el futuro de México y, obvia
decir, de sus propios intereses? Pues ahí está el detalle.
Y no es
que me envuelva en la bandera nacionalista y salgan a relucir los colores
patrios estilo el pobre de Juan Escutia, pero por la forma en que se han
entregado Videgaray y el Presidente Peña a los lineamientos norteamericanos al
grado de soportar toda serie de humillaciones de Trump en la renegociación del
TLCAN y cada vez que se le antoja por tuiter; a la reforma fiscal
norteamericana; a la presión del ICE para deportar dreamers y “delincuentes”
indocumentados mexicanos; pues ahí sí hay un factor de peso contra López
Obrador. El asunto aquí es cómo se decanta Estados Unidos si en el lapso de la
campaña y hasta la elección el candidato oficial, y los oficialistas, no dan el
“do” de pecho y López Obrador se mantiene con serias posibilidades de ganar las
elecciones. Por muchas razones, veo una disyuntiva muy parecida a la que se
vivió con Ernesto Zedillo entre 1988 y 2000, en la que dimos el vuelco
democrático más importante del país. Sigamos observando.
Por
último, si de anacronismos se trata, qué le parece el nuevo slogan de Meade: ¿¡“Ya
viene lo mejor para México”?! … Me recuerda que nunca llegó “lo mejor" para la
alcaldía de Durango cuando ganó Esteban. En fin.
@leon_alvarez