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Hija del Tiempo


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24/12/2017

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Los intelectuales del siglo XII, en ese escenario urbano que se va formando y en el que todo circula y cambia, vuelven a poner en marcha la máquina de la historia y definen la misión que cumplen ante todo en el tiempo: Veritas filia temporis, dice también Bernardo de Chartres.


Jacques Le Goff, Los intelectuales en la Edad Media.





Es muy de agradecer que de vez en cuando aparezca algún libro que cuestione lo estudiado por otros, sean de su época o anteriores. O ponga al descubierto aquellas partes que han sido ignoradas por falta de interés u otras causas o motivos en anteriores estudios. Estos libros nuevos ofrecen una indagación distinta en la historia, un intento por llegar al meollo de la cuestión o por ofrecer una visión más amplia de la ofrecida hasta el día de hoy. Sin olvidar que pueden aparecer nuevos datos que hagan envejecer las visiones o interpretaciones tenidas por ciertas y probadas en el momento.

Tampoco, pues, conviene tomar estas investigaciones actuales como una verdad incuestionable, aunque amplifiquen, y mucho, nuestra área de conocimiento.

Utilizándolos como ejemplo, cierto es que, en el montaje de cualquier obra de teatro clásico, es decir griega o romana, nos enfrentamos a siglos y siglos de representaciones, o dicho de otra forma, de interpretaciones y de traducciones. Con ello, cualquier personaje, Edipo, Antígona, Electra… ya ha quedado marcado, definido. Enfrentarse, pues, con un texto de Sófocles, Eurípides o Esquilo, plantearse un montaje actual, nos puede y debe abocar, en primer lugar, a una ardua labor de arqueología, de ir quitando capas y capas de interpretaciones y traducciones para llegar al meollo de la obra, o a lo que entendemos por tal. Y ni aun así podremos estar seguros de haberlo hecho. Nadie está a salvo del subjetivismo. Todos somos, además, hijos de nuestra época, época que conforma nuestra visión de las cosas y, por supuesto, nuestro vocabulario.

Tampoco tiene porqué ser verdadera ni única la visión de los espectadores contemporáneos al autor, como pretenden algunos. Por desgracia no tenemos ningún documento, de un griego o romano, que no fuera de la aristocracia, que nos hable de cómo percibieron alguna que otra obra, y lo que pensaron de ella. Nosotros, con nuestros actuales estudios, nos podemos hacer la ilusión, eso sí, de una cierta aproximación. Algo es.

Al poco tiempo de comenzar a estudiar las gestas de nuestros antepasados, griegos y romanos, se percata el estudiante de que todos los personajes que aparecen en la historia siempre pertenecen a la aristocracia, como el mismo autor. Sabemos, de muchos de estos aristócratas, cómo vivían, sufrían, amaban, y lo que pensaban, hacían o dejaban de hacer. Con Cicerón tenemos el ejemplo más abrumador. Pero nuestra ignorancia es casi total cuando nos preguntamos por los pensamientos, o los sentimientos, de los esclavos, las mujeres y los niños. Para escribir y estudiar la historia se echa mano de Platón, Tucídides, Tito Livio, Salustio, etc. Y estos solamente hablan de una parte de la sociedad, y vista como a ellos les interesa. Rara vez se tiene en cuenta a los dramaturgos, y no a los trágicos sino a sus contrarios, a los comediógrafos, a Aristófanes, a Plauto o a Terencio. En estas obras, al menos, vibra algo de la vida popular, de las tabernas, de los barrios y de sus habitantes. En los libros de historia todos han quedado desplazados por la aristocracia y sus pretendidos valores, que se van agrandando de generación en generación.

Más de una vez se ha dicho, no sin cierto esquematismo, que habrá que esperar hasta los inicios del Renacimiento para que un personaje, que no pertenece a la clase privilegiada, sea el protagonista de una obra literaria. Si olvidamos las comedias, El asno de oro, y tal vez alguna obra más, es cierto que tenemos que esperar a la llegada de la Celestina y de Lázaro de Tormes para que criados, pícaros y gente del hampa ocupe el primer plano literario. A partir de entonces la historia, y nuestra visión, se amplía: podemos saber lo que pensaba y cómo vivía la clase desfavorecida. No por eso Celestina, Melibea y Lázaro están exentos de estudios e interpretaciones. Siempre se puede recurrir al texto original, sin embargo.

No los tenemos en el caso de Grecia y Roma. Aunque afortunadamente ya hace años, empezaríamos por citar al profesor Carcopino, que se inició el estudio de lo que podemos llamar la Roma cotidiana. A este estudioso habría que añadir, sin ánimo de ser exhaustivo, los trabajos de U. Enrico Paoli, Robert N.Knapp, Alberto Angela, y los más recientes de Jerry Toner1. A este último es al que nos vamos a referir.

Llama la atención, antes de proseguir, el interés, de un tiempo a esta parte, por la vida cotidiana de los olvidados de Roma, tal como el profesor Knapp titula su libro. Ante este fenómeno no se puede olvidar tampoco aquello que se llamó la filosofía no escrita, título de un estudio del profesor F.M. Cornoford. Ni tampoco, aunque no se relacione con el imperio romano, el libro de José Antonio Maravall, La cultura del barroco. En ambos libros se insiste en que en todas las épocas hay una especie de visión general, de ideas recibidas y aceptadas, que obvian muy pocos. Por eso a la monarquía española del siglo XVII no le hacía falta dar las pautas para el teatro áureo: salvo contadas excepciones, en los corrales se defendía la ideología de la monarquía, que era la ideología imperante por otra parte. Hay situaciones, por lo tanto, que no se cuestionan.

¿Se defendía en Roma la ideología de la aristocracia? Si tenemos en cuenta el tiempo que duró la monarquía, la república y el imperio, tal vez podríamos convenir en que sí. Al parecer nadie se cuestionó, por ejemplo, la esclavitud: todo el mundo la aceptaba como la cosa más normal del mundo, pese a las advertencias de que se tienen tantos enemigos como esclavos2; y que según cuenta Plinio el Joven en una de sus cartas, y Séneca3, en otra de las suyas, tampoco era tan difícil, ¿o si? que unos cuantos esclavos terminaran con la vida del dominus, y que eran personas, seres humanos como el mismo señor, y no muebles con patas. Sentían, pues, la injusticia, aunque fueran incapaces de aglutinarse para luchar, pese a Espartaco y alguna que otra rebelión más.

No nos ha quedado, pues, ningún testimonio no ya de un esclavo sino de un tendero, panadero o peluquero de los muchos que pululaban por Roma. No obstante, con todos estos nuevos estudios sobre la vida cotidiana en la urbe, está claro que se está desvaneciendo, entre otras cosas, la Roma llena de mármoles y acueductos, calzadas y monumentos acabados de erigir. La Roma que el cine nos ha metido por los ojos.

Así una de las primeras cosas de las que habla el profesor Toner en su libro es de los olores de Roma. No debía oler nada bien. En las casas no había retretes, ni baños. Y tal vez tampoco hubiera tantas letrinas públicas como eran necesarias. La gente, pues, se aliviaría donde pudiera, en rincones, callejuelas y descampados. La Cloaca máxima no era suficiente para una ciudad tan poblada. La muerte, por otra parte, siempre estaba presente. Las piras ardían con bastante regularidad llevando olores y cenizas a donde el viento soplaba. Esta falta de higiene pública va de la mano de la personal. Siempre se habla de los baños romanos como del no va más de la excelencia. Según estos estudios no eran tan higiénicos ni recomendables como pueda parecer. El agua de las piscinas, entre otras cosas, se renovaba de tarde en tarde. No hay más que pedir. Y con esto nos podemos hacer una idea de cómo olerían, más tarde, todos aquellos santones que se retiraron al desierto a orar. Simón el estilista entre ellos, y del que también habla el profesor Toner ya al inicio de su libro. El hedor sería insoportable para una sensibilidad actual.

Con respecto a las mujeres, y a los matrimonios, las historias que cuenta el profesor Toner no son estudios, desde luego, de si el matrimonio era cum manu, sine manu, confarreatio, etc. En muy pocos líneas, nos cuenta, por el contrario, el miedo de una niña a la noche de bodas. Casadas muy jóvenes, estas mujeres pasaban de jugar con muñecas a ser violadas en la oscuridad de un cubículo. Tenían que procrear. Una de ellas, aterrorizada, es devorada por el perro guardián al intentar huir de la casa de su reciente marido. Ya lo dice la inscripción: Cave canem, cuidado con el perro.

Está luego la situación de los niños y las niñas. Estas, como es sabido, eran expuestas en la mayoría de los casos. Y su final no era tan bello como el de Ifis4, según cuenta Ovidio: la mayoría de ellas terminaban muriendo de frío, devoradas por los perros, o, si tenían suerte, eran recogidas por alguien que luego las explotaba como prostitutas o esclavas, si es que hay diferencia. Era diferir la muerte y aumentar los tormentos.

No menos interesante es el capítulo dedicado a indagar qué comía la gente normal y corriente en Roma. Y la calidad de las aguas que bebían. Estas, al menos en Herculano, debido a las tuberías de plomo, no eran nada saludables. Así que los romanos morían, al parecer, más por falta de higiene, y por el agua contaminada por el plomo, que por otra cosa. El imperio adquiere un nuevo matiz.

También revisa ese librito las interpretaciones que se han hecho de la famosa Caída del Imperio Romano. Y, como no puede dejar de suceder, la figura principal aquí es Edward Gibbon: su interpretación está matizada por el fin del colonialismo del siglo XIX, años en los que vivió el famoso historiador, así que todo lo que no fuera la patria era lo bárbaro. Y no fueron los bárbaros quienes acabaron el imperio romano, ni mucho menos. Otro concepto que se revisa, como no podía dejar de suceder, es el de bárbaro.

Podríamos hablar largo y tendido sobre los análisis del profesor Torner, pero lo mejor, evidentemente, es leer su trabajo. Baste decir, para concluir, que no deja de ser llamativo, y posiblemente muy cierto, todo cuanto dice sobre la iglesia, Constantino y el concilio de Nicea. Nos quedamos con la idea de que si Constantino no se hubiera valido del cristianismo para sus fines particulares, este tal vez hubiese agonizado como lo hicieron tantas y tantas religiones. El azar también interviene en la historia. Al fin y al cabo esta no es una partida de ajedrez jugada por un sesudo ajedrecista que tiene todos los movimientos en la cabeza. O tal vez el libro de Toner sea una interpretación de un tiempo que, como el de los romanos, no es tan estable como se pretende. Aquí y ahora, aunque no en un grado tan elevado, también el ciudadanos de la calle está a un paso de terminar en la propia calle. Y esta inseguridad también condiciona nuestra visión de la historia. Somos hijos de nuestro tiempo, evidentemente. Y nos interesa la vida cotidiana de nuestros semejantes porque nos interesa la nuestra. Sin ellos, las legiones no hubieran tenido ni maíz ni armas. Ni nosotros estaríamos aquí, ni se hubieran hecho muchas cosas que se han realizado. Vale.

1Jérôme Carcopino, La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio, Barcelona, 2004

Ugo Enrico Paoli, Urbs, la vida en la Roma antigua, Barcelona, 2000. 7ª edición.

Alberto Angela, Amor y sexo en la antigua Roma, Madrid, 2015

Alberto Angela, Un día en la antigua Roma, Madrid, 2009

Mary Beard, Pompeya, Barcelona, 2014

Robert C. Knapp, Los olvidados de Roma, Barcelona, 2011

Marco Sidonio Falco, con la colaboración de Jerry Toner, Cómo manejar a tus esclavos, Madrid, 2016

Jerry Toner, Mundo antiguo, Madrid, 2017

2Proverbio romano que aparece con diversas variantes, pero insistiendo siempre en la idea del esclavo como enemigo.

3Plinio el Joven, Cartas, III, 14. Séneca, Epístolas morales a Lucilio, V, 47

4Ovidio, Metamorfosis, IX, 666-797



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