. El noble oficio de la política ha sido
sustituido por una timba de trileros, y faroleros, ante la sorpresa y
estupefacción de propios y extraños que asistían incrédulos a un esperpento
generalizado. Presuntas prudencias, declaradas traiciones, y veladas cobardías
se han sucedido en un espectáculo indigno de la cuarta potencia económica
europea.
Decimos que es prudente quien se toma un
tiempo para analizar las alternativas que se le presentan antes de tomar una
decisión. Por contra la cobardía es la degeneración de la prudencia , es saber lo que hay que hacer y no hacerlo.
El único gobernante español que recibió
durante su mandato el apelativo de “prudente” fue Felipe II, el mismo que por
“prudencia” dejó escapar la oportunidad de machacar definitivamente al enemigo
francés después de San Quintín. Pues bien, a nadie se se le escapa lo que
hubiera hecho hoy el prudente Felipe II si se hubiera encontrado en el lugar de
Rajoy frente al desafío catalanazi.
Dicen sus palmeros que Rajoy es un buen
jugador de póker. Yo pienso que es un jugador de siete y media que siempre se
planta con la carta que le reparten, y así nunca se pasa. Hasta ahora le ha
valido, más por demérito de sus contrincantes que por virtudes propias, pero
era cuestión de tiempo que le acabaran sacando los colores sin necesitar
siquiera una buena puntuación, sino con
un cuatro o un cinco.
El 155 se debió aplicar el mismo día en que
el Parlament promulgó la ley de desconexión. Porque fue ahí donde se rompió la
legalidad en Cataluña, como muy bien señaló el propio Tribunal Constitucional.
Pero el gobierno no se atrevió a aplicarlo, sobre todo porque en esas fechas ni
Cs ni PSOE estaban por la labor, y Rajoy no quiso asumir en solitario la
responsabilidad de su aplicación.
¿Pero necesitaba el PP a Cs y PSOE para
aplicar el 155? Pues rotundamente no. El PP goza de una mayoría absolutísima en
el Senado que le permitía sacar adelante el 155 sin ningún apoyo. Gobernar es decidir, pero el gobierno no se
atrevió a asumir en solitario la responsabilidad de esa decisión. Y eso no es
prudencia, sino cobardía. Y eso es traicionar el mandato de los ciudadanos que
hicieron al PP la lista más votada en las últimas elecciones generales.
Al final el 155 se aplicó cuando la
situación era absolutamente insostenible, cuando el PSOE tenía muy complicado
justificar su tibieza ante su electorado en toda España, y cuando Cs se dio
cuenta que con apariencia de firmeza le podía merendar la tostada al PP. Pero
fue un 155 timorato y capado, y sobre todo adaptado a lo que Cs creía que más
le interesaba. Los naranjas estaban convencidos de atraer voto de la antigua
Convergencia, del PP y del PSC, y de que Arrimadas sería la primera
presidente no nacionalista de Cataluña.
Los palmeros de Rajoy acudieron en masa a
alabar la prudencia y acierto del presidente con su mini155. Como en la fábula,
el rey estaba desnudo, pero incluso desde el entorno del PSOE y de Cs se
aplaudía con las orejas la decisión del gobierno. Cs relamiéndose con su
particular cuento de la lechera de las autonómicas catalanas, y el PSOE
celebrando que su imagen de responsabilidad institucional, unida al colosal
patinazo de Podemos en el tema catalán, le sirvieran para recuperar el voto
perdido por la izquierda.
Hoy, a toro pasado, los resultados de la tan
alabada “prudencia” del gobierno han quedado bien a la vista. Un 155 que ni
siquiera ha permitido concluir las investigaciones de la Guardia Civil sobre el
golpe de estado catalanazi. Un 155 que ha permitido a TV3 y al resto de los
medios de comunicación del establishment catalanazi seguir intoxicando a su gusto
a la sociedad catalana. Un 155 que no ha permitido ver los primeros síntomas
palpables de lo que va a ser el desastre económico catalán, que va a arrastrar
de forma sensible a la economía española.
Se ha demostrado que el nacionalismo
moderado no existe, y el único trasvase de voto ha sido el que ha beneficiado a
Cs a costa del desgaste de PP y de un PSC que apenas ha conseguido mejorar sus
peores resultados históricos en unas autonómicas catalanas. La Cataluña
silenciosa ha acudido a votar en masa dando como resultado una participación
histórica, y ni aún así se ha conseguido revertir la situación que nos condujo
al 1 de octubre.
El horizonte post21D deja pocas certezas y
muchas incertidumbres. Entre las incertidumbres nos queda saber si el desplazamiento
del voto útil desde el PP hacia Cs va a ser cosa de Cataluña o se va a extender
al resto de España. Si la verdadera cara de Cs es la de los que exigían el 155
a última hora o la de los que se oponían a aplicarlo quince días antes. Si la
patada en la boca que se ha llevado Iceta hará reflexionar al PSOE sobre sus
asimetrías federalistas y coqueteos con el populismo. Y si el PP va a
reaccionar o va seguir maltratando a sus electores hasta hundirse arrastrado
por Rajoy.
Entre las certezas, se ha demostrado que la
España respetuosa de la ley puede esperar más de sus jueces que de sus
gobernantes. Que tenemos prusés para rato, y que el fanatismo catalanazi solo
se va a curar cuando Cataluña se hunda en el desastre más absoluto.
La prudencia es virtud de sensatos, pero no
hay que confundirla con la indecisión, con el miedo, o con la cobardía. Elegimos a nuestros gobernantes para que
decidan por nosotros. Ponerse de perfil o hacer el dontancredo puede valer en
alguna ocasión, pero cuando un país se enfrenta a la mayor amenaza que ha
sufrido en los últimos cuarenta años, sus gobernantes deben estar a la altura o
marcharse a su casa.