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Sobre prudencias, cobardías y traiciones


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22/12/2017

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Durante los últimos meses España ha dado al mundo un bochornoso espectáculo muy lejano de lo que debe ser un país serio y un estado de derecho democrático. El noble oficio de la política ha sido sustituido por una timba de trileros, y faroleros, ante la sorpresa y estupefacción de propios y extraños que asistían incrédulos a un esperpento generalizado. Presuntas prudencias, declaradas traiciones, y veladas cobardías se han sucedido en un espectáculo indigno de la cuarta potencia económica europea.


Decimos que es prudente quien se toma un tiempo para analizar las alternativas que se le presentan antes de tomar una decisión. Por contra la cobardía es la degeneración de la prudencia ,  es saber lo que hay que hacer y no hacerlo.

El único gobernante español que recibió durante su mandato el apelativo de “prudente” fue Felipe II, el mismo que por “prudencia” dejó escapar la oportunidad de machacar definitivamente al enemigo francés después de San Quintín. Pues bien, a nadie se se le escapa lo que hubiera hecho hoy el prudente Felipe II si se hubiera encontrado en el lugar de Rajoy frente al desafío catalanazi.

Dicen sus palmeros que Rajoy es un buen jugador de póker. Yo pienso que es un jugador de siete y media que siempre se planta con la carta que le reparten, y así nunca se pasa. Hasta ahora le ha valido, más por demérito de sus contrincantes que por virtudes propias, pero era cuestión de tiempo que le acabaran sacando los colores sin necesitar siquiera una buena puntuación, sino  con un cuatro o un cinco.

El 155 se debió aplicar el mismo día en que el Parlament promulgó la ley de desconexión. Porque fue ahí donde se rompió la legalidad en Cataluña, como muy bien señaló el propio Tribunal Constitucional. Pero el gobierno no se atrevió a aplicarlo, sobre todo porque en esas fechas ni Cs ni PSOE estaban por la labor, y Rajoy no quiso asumir en solitario la responsabilidad de su aplicación.

¿Pero necesitaba el PP a Cs y PSOE para aplicar el 155? Pues rotundamente no. El PP goza de una mayoría absolutísima en el Senado que le permitía sacar adelante el 155 sin ningún apoyo. Gobernar es decidir, pero el gobierno no se atrevió a asumir en solitario la responsabilidad de esa decisión. Y eso no es prudencia, sino cobardía. Y eso es traicionar el mandato de los ciudadanos que hicieron al PP la lista más votada en las últimas elecciones generales.

Al final el 155 se aplicó cuando la situación era absolutamente insostenible, cuando el PSOE tenía muy complicado justificar su tibieza ante su electorado en toda España, y cuando Cs se dio cuenta que con apariencia de firmeza le podía merendar la tostada al PP. Pero fue un 155 timorato y capado, y sobre todo adaptado a lo que Cs creía que más le interesaba. Los naranjas estaban convencidos de atraer voto de la antigua Convergencia, del PP y del PSC, y de que Arrimadas sería la primera presidente no nacionalista de Cataluña.

Los palmeros de Rajoy acudieron en masa a alabar la prudencia y acierto del presidente con su mini155. Como en la fábula, el rey estaba desnudo, pero incluso desde el entorno del PSOE y de Cs se aplaudía con las orejas la decisión del gobierno. Cs relamiéndose con su particular cuento de la lechera de las autonómicas catalanas, y el PSOE celebrando que su imagen de responsabilidad institucional, unida al colosal patinazo de Podemos en el tema catalán, le sirvieran para recuperar el voto perdido por la izquierda.

Hoy, a toro pasado, los resultados de la tan alabada “prudencia” del gobierno han quedado bien a la vista. Un 155 que ni siquiera ha permitido concluir las investigaciones de la Guardia Civil sobre el golpe de estado catalanazi. Un 155 que ha permitido a TV3 y al resto de los medios de comunicación del establishment catalanazi seguir intoxicando a su gusto a la sociedad catalana. Un 155 que no ha permitido ver los primeros síntomas palpables de lo que va a ser el desastre económico catalán, que va a arrastrar de forma sensible a la economía española.

Se ha demostrado que el nacionalismo moderado no existe, y el único trasvase de voto ha sido el que ha beneficiado a Cs a costa del desgaste de PP y de un PSC que apenas ha conseguido mejorar sus peores resultados históricos en unas autonómicas catalanas. La Cataluña silenciosa ha acudido a votar en masa dando como resultado una participación histórica, y ni aún así se ha conseguido revertir la situación que nos condujo al 1 de octubre.

El horizonte post21D deja pocas certezas y muchas incertidumbres. Entre las incertidumbres nos queda saber si el desplazamiento del voto útil desde el PP hacia Cs va a ser cosa de Cataluña o se va a extender al resto de España. Si la verdadera cara de Cs es la de los que exigían el 155 a última hora o la de los que se oponían a aplicarlo quince días antes. Si la patada en la boca que se ha llevado Iceta hará reflexionar al PSOE sobre sus asimetrías federalistas y coqueteos con el populismo. Y si el PP va a reaccionar o va seguir maltratando a sus electores hasta hundirse arrastrado por Rajoy.

Entre las certezas, se ha demostrado que la España respetuosa de la ley puede esperar más de sus jueces que de sus gobernantes. Que tenemos prusés para rato, y que el fanatismo catalanazi solo se va a curar cuando Cataluña se hunda en el desastre más absoluto.

La prudencia es virtud de sensatos, pero no hay que confundirla con la indecisión, con el miedo, o con la cobardía.  Elegimos a nuestros gobernantes para que decidan por nosotros. Ponerse de perfil o hacer el dontancredo puede valer en alguna ocasión, pero cuando un país se enfrenta a la mayor amenaza que ha sufrido en los últimos cuarenta años, sus gobernantes deben estar a la altura o marcharse a su casa. 



Etiquetas:   Elecciones   ·   Cataluña

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