. La joven mujer que me atendería, estaba ocupada
preparando la bebida de un cliente que, impaciente, esperaba a mi lado. Después
de aproximadamente dos minutos, el cliente se veía satisfecho con una bebida
casi artesanalmente preparada, o al menos así me pareció a mí: la espuma blanca
de la crema producía formas tan caprichosas como muchos de nuestros
pensamientos.
Acto
seguido, la joven, sonriente, volteó para preguntarme qué bebida quería. Tomó
nota, hizo rápidos movimientos en la caja registradora y con la misma presteza
se dispuso a preparar, ahora, una bebida caliente. Y otra vez, absorta en su
actividad, le dio la espalda al mundo que la rodeaba, la mirada fija en los
líquidos que sus manos hábilmente manejaban. En ese momento, una pareja que
estaba sentada decidió retirarse. La mujer se despidió de la joven, quien le
respondió con un absoluto silencio, roto únicamente por el choque de las
vasijas que manejaba. Con un gesto
ligeramente molesto y claramente sorprendido por lo que, sin duda, han de haber
considerado una grosería, la pareja cruzó la puerta. Nos quedamos solas,
artesana y yo, en aquel reducido espacio. Silencio.
Un
minuto después, tenía ante mí a la misma joven sonriente, extendiendo su brazo
para hacerme entrega de un café perfecto. Le di las gracias, y al despedirme,
recibí un amable adiós como respuesta.
Ya
en el bullicio de una transitada avenida, me detuve a analizar lo que había
presenciado. A mis ojos, resultaba evidente que la joven no había tenido
intención alguna de ser grosera con la pareja que se despidió de ella, pero
tampoco me parecía que dentro de sus metas se encontrara el postularse como
candidata a reina de la simpatía. Simplemente, ella estaba dedicada a hacer su trabajo,
y no parecía tener un trato rudo, no obstante su amabilidad se había hecho
patente aleatoriamente. Una pregunta comenzó a rondarme: para hacer bien su
trabajo, ¿la joven debería ser indiscriminadamente amable con el público que
atiende, dedicándole una sonrisa aunque ésta resultara una obra maestra de la
simulación? Muy probablemente sí, si es que tal actitud se encuentra dentro de
las políticas de la empresa. O quizá si se encuentra dentro de su código
personal que rige la forma en que habrá de
relacionarse con las demás personas. En uno y otro caso, creo que hay un
denominador común que define la forma en que reaccionamos ante y con el mundo:
las circunstancias personales.
Y
con el humo de una bebida aún caliente, comenzaron a desfilar ante mis ojos
muchas circunstancias personales… Pudiera ser que la joven del café de aquella
lluviosa tarde estuviera esperando ansiosa la hora de la salida para acudir a
una cita, para asistir a una reunión que considerara más importante que la
medida exacta de las bebidas que preparaba, para consolar a una amiga o para
buscar el consuelo de una madre… O quizá no le guste familiarizarse con la
clientela porque pudiera parecerle un exceso de confianza; tal vez de pequeña
no tuvo una madre cariñosa y regañona que le dijera cada que podía: ‘saluda, di
buenos días, da las gracias…’ Se me ocurre que quizá mientras prepara las
bebidas, la muchacha gusta de repasar mentalmente sus pendientes personales, o
su oración favorita, o la plática sostenida con un amigo entrañable… Mi
imaginación es vasta, y podría citar al menos una veintena más de supuestos. En
cualquier caso, una cosa es cierta para mí: no tengo ningún derecho a juzgar su
conducta, por contraria que resulte ser a mis costumbres.
Me
parece que la mayor parte del tiempo estamos demasiado ocupadas y ocupados en
nuestra individualidad: lo que queremos, lo que creemos necesitar, lo que nos
parece que es urgente. Y en medio de esa primordial ocupación personal de
nosotras y nosotros mismos, nos olvidamos de poner atención en la gente que nos
rodea. ¿Y si nos esforzáramos en realizar un ejercicio donde la empatía fuera
la regla?
No
se trata de preocuparnos ni ocuparnos de vidas que no sean las nuestras, sino
de algo de mucha más valía y trascendencia: nos olvidamos de recordar que
aquellos entes con quienes tratamos diariamente son, nada más y nada menos,
personas. Personas con necesidades, gustos e intereses; personas con sueños,
frustraciones y deseos; personas con tropiezos, pasado y un futuro… Personas,
como tú, como yo, lo son él, ella… Lo que conforma una compleja aunque sencilla
diferencia, son nuestras circunstancias personales, nuestras experiencias de
vida… Experiencias de vida que no nos hacen ni más grandes ni mejores que el
resto de habitantes en la tierra, únicamente diferentes; diferencia que nos
proporciona nuestra unicidad.