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Sobre la ridiculez del lenguaje de género


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18/12/2017


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Dejemos el español tal como está. No nos pongamos a estar inventando cosas que no son, interpretaciones que no existen.  Cada vez que oigo estas invitaciones, tiemblo.  Me retrotraigo a las décadas anteriores cuando se decía: Dejemos a las mujeres en la cocina.  No nos pongamos a estar inventando que son capaces de hacer otras cosas, más allá de parir, amamantar y servirnos la comida caliente. 




Reivindicar el lenguaje de género no es una petición al ente supremo: Oh, RAE, por favor inventa una serie de palabras que nos haga sentirnos parte de esta maravilla que es el mundo.  No.  Oh, RAE, por favor, califica de impuros a quienes no añadan un "todas" a todos los todos.  No.  Eso es una ridiculez.   Lo que se pretende al poner sobre la mesa el lenguaje de género es mirar cómo nos hemos acostumbrado a construir las frases de manera que las mujeres, simplemente, no están. Nadie, absolutamente nadie, se imagina un rostro de mujer cuando alguien habla de los científicos, los expertos, los políticos, los hijos, los alumnos, los líderes.  Nadie.  La operación mental genera de inmediato una imagen donde solo hay hombres. Y eso sí sucede debido al lenguaje.  Si no lo nombras, no existe.  Si no las nombras, no existen. Cuando alguien tiene un asunto legal para resolver, le dicen: búscate un abogado. Y la persona se imagina a un sujeto. Es así. Nadie se imagina a una mujer. ¿Hay que decir entonces: búscate un abogado o una abogada? No creo.  ¿Hay que inventar un "abogade", una palabra neutra? Tampoco creo. Pero puedes decir: necesitas asesoría legal.

Que las mujeres ganen aún menos que los hombres, que las mujeres aún ocupen menos posiciones de poder, no es culpa del lenguaje. Por supuesto que no.  El lenguaje ha sido lo mismo de siempre: el vehículo para materializar, en este caso específico, esas desigualdades; y en la mayoría de los casos para justificarlas, subestimarlas y sí, aunque no suena a palabra brillante, invisibilizar la desigualdad.



Llámelo lenguaje de género, llámelo inclusivo o no sexista, da igual. Lo que se demanda es una reflexión sobre la forma en que nombramos y dejamos de nombrar personas, hechos y situaciones, porque el lenguaje es reflejo de nuestra estructura mental. El lenguaje no tiene la culpa de reforzar la inequidad, pero la refuerza. El lenguaje es una creación humana, por tanto, es arbitrario, perfectible, cambiante. Que insistan en que el español sí las incluye en un "todos" y ya, lo hemos oído toda la vida, es una norma, una construcción, como aquella bíblica que ordenaba lanzar piedras a las infieles.



Entonces, reivindicar el lenguaje de género no es inventar palabras ni humillar el lenguaje.  Es invitar a un esfuerzo intelectual mayor en la construcción de las frases, y si son frases públicas, de autoridades o personalidades, más aún.  En consecuencia, quienes se oponen a este reclamo solo invitan a la pereza mental y discursiva, como si hiciese falta. Esa declaración solo refleja una actitud condescendiente y resistente.  Inclusive, es casi siniestro cuando se lee que califican al lenguaje de género como una "aberración inclusiva".  ¿Cómo algo que propone una inclusión puede ser aberrante? Torquemada, sal de esos cuerpos



En algún momento de la vida, o varios si han sido desafortunadas, las mujeres hemos recibido la orden de "cállate la boca".  Y esa instrucción no ha surgido de una valoración del argumento, o del grado de educación o inteligencia, ha salido del hecho simple e incuestionable de "eres mujer".  Esa idea de "ser mujer" ha sido construida mediante el lenguaje.  El mismo lenguaje que llevó a Malcom X a preguntarse por qué la palabra "black" aludía a todo lo malo y perverso del mundo, por ejemplo.  El mismo lenguaje que nos llevó a creer que lo masculino era energía potente y luminosa, mientras lo femenino era una blandenguería cursi.



Flaco favor ha hecho un juez colombiano al ordenar a una alcaldía que corrigiera su eslogan: Bogotá para todos y todas.  Flaco, cadavérico favor.  Esa orden solo ha aumentado la ridiculización de lo que pretende proteger, la visibilización de las mujeres. Si fuese posible una petición cínica habría que pedirle al juez que ordenara la creación de un lema verdaderamente interesante.  Bogotá para todos, era ya un lema pobre de solemnidad, ahora lo es por partida doble. Pero ese tipo de situaciones, obligar por ley, ridiculizar al extremo, como "el sillo" y "el meso", solo evaden la discusión de fondo: la relevancia definitiva del lenguaje sobre la realidad que nombra.



Otro flaco favor ha hecho la dirigencia venezolana al insistir en desarrollar el discurso con el todos y todas.  Eso es flojera mental.  Un "todas" tampoco logra el objetivo, solo evidencia la precariedad intelectual al momento de construir la idea y de expresarla en una frase. El lenguaje inclusivo es una vía para desamarrar la camisa de fuerza en la que hemos crecido las mujeres.



Hay quienes han dicho que el lenguaje nos ha sido dado, y que por eso está bien como está.  Si siguiéramos esa línea de pensamiento, hoy seguiríamos bajando la cabeza ante la monarquía como sistema político. No veríamos países donde subsiste ese tipo de institución con sus propios gobiernos republicanos y un Estado que funciona aparte de la voluntad real, porque, cabe recordarlo, el poder real desciende, directo, sin alcabalas, de dios.  Ni siquiera nos sería permitido dudar de la existencia de dios.



Si el lenguaje fuese una estructura estática e inamovible, en América Latina, territorio conquistado y colonizado por las armas, pero sobre todo por la lengua, seguiríamos hablando como en España.  No tendríamos el "tú" ni el "ustedes". La misma RAE no debatiría año tras año sobre cuáles palabras incorporar a su mamotreto normativo.  La lengua, cualquiera lo ha leído, es un sistema vivo, y ha demostrado tener mayor capacidad de contexto que, por ejemplo, el sistema democrático.



La fuerza del español es que no se trata de un lenguaje binario.  No se trata de 1 y 0, porque los números no representan las dualidades culturales que se nos han vuelto funestas.  El español es un idioma, y por tanto no solo denota, sino que connota, y al connotar da vida o da al traste con nuestros imaginarios.



Hace poco una francesa en Youtube nos contaba que el francés es un idioma machista.  Ponía ejemplos: zorra, aventurera, loba, significan "puta", pero sus equivalentes masculinos, como dicen en España, "son la ostia". Quizás sea un problema específico de las lenguas romances, pero lo cierto, es: ¿Cómo se puede cambiar esa imagen de las mujeres si no es por medio del lenguaje?

También en las redes una filóloga inteligentemente exponía las razones por las cuales no se dice pacienta o adolescenta. Pues muy bien por ella que conoce al dedo cómo se originan las palabras, nadie se lo discute, porque ese no es el tema en discusión.  Nadie, cuando habla del uso del lenguaje inclusivo, ha dicho que deben ser inventadas más palabras o que es obligante añadir el sustantivo o adjetivo femenino a lo que dicen o escriben. Nadie.  La razón es práctica: ninguna cuartilla resistiría eso; y estética: todo se volvería un panfleto soso.



Alguien de algún gobierno demagógico podría proponer una campaña para que las mujeres se sientan tomadas en cuenta: penalicemos los piropos, las desvestidas con la mirada, el uso con ligereza de la palabra "puta" y destinemos buses exclusivos para que no las manoseen.  Ridiculez.  Alguien, de otro gobierno demagógico más moderado podría plantear: hagamos una campaña de concientización. Y me pregunto.  Cómo se haría esa campaña sin el lenguaje. Cómo. Cómo modificar los comportamientos abusivos y peyorativos sin el lenguaje. 

Repito, el lenguaje de género no es adicionar unas palabras, ahí a la fuerza, no.  Es formular las frases de una manera nueva, que haga posible ir incorporando en nuestros imaginarios la presencia de las mujeres en los mismos campos de acción, reflexión y contribución a la sociedad, que han tenido los hombres de forma hegemónica. Es abrir las mentes y el camino para que algún día, cuando se piense en quiénes controlan el mundo, aparezcan unas y otros, y entonces ya las mujeres no tengan que estar recordando todo el tiempo que sí pueden, que sí hacen, que sí están.   





Etiquetas:   Género   ·   Idioma Español
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Luis Moreno, A la ridiculez tan claramente expuesta, opino que el "tentativo" lenguaje de género me parece "pastoso" o como "remar en dulce de leche"








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