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París


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09/12/2017

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El hombre, aunque es mortal, no es capaz de imaginarse ni el fin del espacio, ni el fin del tiempo, ni el fin de la historia, ni el fin de la nación; vive constantemente en un infinito aparente.


Milan Kundera, El libro de la risa y el olvido.

Hoy ha sido un día extraño. Estaba muy nublado. El cielo tenía un color plomizo. Anunciaba tormenta. Las tormentas hacen que los rostros aparezcan más bellos que en un día normal y corriente, de sol, de lluvia o de viento. Ese cielo plomizo me recordó aquellos viejos días en los que, en una situación semejante, llamaba a alguna amiga, y quedaba con ella, en cualquier parque, para fotografiarla. Era partidario, y lo sigo siendo, de la fotografía en blanco y negro. Además, me revelaba yo las fotos. Conseguí alguna instantánea preciosa. Muchas a decir verdad. Tengo un cajón lleno de viejas fotografías de amigas en días de tormenta. Están bellísimas.

No he sido lo que podría llamarse un fotógrafo obseso u obsesionado por la imagen. Quiero decir con esto que no siempre iba cargado con la cámara esperando o espiando el momento en que coincidieran la luz, el movimiento, la persona… He sido, más bien, un fotógrafo ocasional, algo perezoso. Lo he lamentado. Sobre todo en aquella lejana ocasión.

Este cielo tan plomizo, con su anuncio de tormenta, con esa luz que evidencia toda la belleza del rostro humano, siempre me recuerda mi primer viaje a París. Era yo muy joven entonces. Tenía veinte años, una cámara de fotografiar bastante mala, y muchas ilusiones. Algunas de ellas, las menos importantes, de tipo político. El cielo de París me pareció un cielo inmejorable para resaltar la belleza de cualquier rostro. Tal vez por eso las mujeres parisinas me gustaron tanto.

Me había costado un enorme sacrificio comprar aquella cámara: clases particulares, trabajo de camarero, reparto de guías, trabajo nocturno en un horno… Tanto esfuerzo había puesto en ella que sólo la utilizaba, por miedo a que me la robaran, en momentos muy especiales. Y siempre la llevaba oculta en una mochila. La sacaba, pues, cuando iba a fotografiar algo. Luego, inmediatamente, la guardaba. Aun así me la llevé a Francia.

Viajé a París sin apenas saber decir cuatro palabras en francés. Bien es cierto que viajaba con un conocido, hombre privilegiado, que dominaba, ya en aquella edad, dos o tres idiomas. Además, este hombre, tenía familia en Francia. Sus familiares nos dejaron su casa. Vivían ni más ni menos que el famoso barrio de Les Halles. Y era una delicia, en aquella época, levantarse pronto, pasear por las calles y ver tantos y tantos montones de comida. Luego, algunos años después, leí la famosa novela de Émile Zola, El vientre de París, y encontré aquel mercado descrito con una precisión y una minuciosidad tal que me hizo pensar que yo sólo había visto la superficie. Tuve ganas, muchas ganas, de volver a París. Por unas cosas o por otras, nunca lo hice. Siempre me repetía, no obstante, que tenía que ir antes de morirme, lógicamente. Y eso suponía que tenía que darme prisa, no porque esté enfermo, que no lo estoy, sino porque la muerte puede presentarse en cualquier momento, y de la forma más inesperada. Sí. Lo sé.

Tal vez por casualidades de la vida, la primera conversación seria que tuve sobre la muerte se desarrolló en París. Una mañana, bien temprano, quise salir a caminar yo solo. Sin la presencia de mi plurilingüe amigo que, de alguna forma, me iba fijando metas, caminos y trayectos. Yo quería vagar por las calles solo, perderme. Al fin y al cabo, pensé, no será tan difícil, luego, dar con el famoso mercado de Les Halles. Como mi pronunciación dejaba muchísimo que desear, me apunté el nombre del mercado en la hoja de una libretita que siempre llevaba conmigo.

He sido capaz, más de una vez, de perderme en mi propia ciudad. Ni me oriento bien, ni me fijo en nada, ni conservo en la memoria el nombre de las calles. Recuerdo que una tarde salí de una clase de latín, y estaba tan contento, tan alegre por haberlo entendido todo, o eso creía yo, que, sin darme cuenta, aparecí en unas calles que apenas había frecuentado. Tuve que preguntar a un policía para dar con la estación de ferrocarril, desde donde fui capaz de orientarme y volver a mi casa. No obstante, me gusta mucho vagabundear, perderme ahora que ya no tengo la ansiedad que eso me causaba antes. La vida me ha enseñado que no hace falta ser Dédalo para encontrar una salida. Siempre la hay.

-La salida definitiva es la muerte -me dijo aquel hombre que me invitó a un café aut lait en un bar próximo aquella mañana tan plomiza.

Caminado, callejeando solo, vi una librería que me alegró el corazón, pues se llamaba La joie de lire. Mi francés, tan pobre, me permitió entender el rótulo. Y, picado por la curiosidad, entré en el establecimiento. Ni llevaba ni tenía mucho dinero; pero aun así confié en poder comprarme algún libro. En la librería había dos o tres personas. Uno de aquellos clientes era español. Lo decidí nada más verlo porque estaba buscando libros en un montón puesto sobre una mesa de madera. Todos eran de tema político.

Recordé que en segundo o tercero de bachiller estudiábamos francés. Sin laboratorios, sin profesores nativos, sin nada que no fuera un libro y un modesto diccionario. La profesora era una mujer joven y agraciada, ciertamente. Un día me puso, como trabajo para casa, una traducción de un texto de Chateaubriand. Pese a todas mis deficiencias, el texto me llegó al alma. Tanto que, al día siguiente, corrí a una librería a comprarme la novela, traducida al castellano. Y la leí del tal forma, con tal fruición, que se me grabó por completo en el cerebro y en el corazón. El día del examen de francés, en otro instituto, y con otros profesores, oral, resulta que el miembro del tribunal abrió el libro por aquella página de la novela de Chateaubriand. Leí en francés y traduje sin el más mínimo error. Pensé, en París, en comprar ese libro en su idioma natural. Se lo debía a Chateaubriand. Lo encontré enseguida. Y era barato.

-Es un poco decadente -dijo alguien a mis espaldas, en castellano, cuando estaba buscando el capítulo que tan buenos recuerdos me traía.

-¿Y qué más da? -respondí-. Me imagino -añadí por miedo a haber sido un tanto brusco- que eso no es un impedimento para que lo lea.

-Por supuesto que no. Pero me ha llamado la atención que siendo español no hayas ido a la sección de libros políticos.

-Estoy saturado -le respondí-. En la facultad, en el bar, amigos y enemigos no hacen más que hablar de política, de marxismo, de la inminente caída de la dictadura… estoy un poco harto.

-Sí, es cierto -me dijo evocador- muchos españoles vienen a París en busca de la libertad que no tienen en España. Aquí compran los libros prohibidos allí, y ven las películas que no podrán ver en su país.

-Algún día se normalizará la situación. Esperemos. Disfrutemos mientras tanto del paisaje.

-Sí, hagámoslo. Para mí -dijo tomándome al pie de la letra y hablando con total naturalidad, cosa que me molestó un tanto- París es una capital preciosa que evoca continuamente a la muerte. No porque sea una capital fúnebre, que no lo es. Todo lo contrario. Es para mí una ciudad tan preciosa, tan querida, que no puedo dejar de pensar en la enorme cantidad de belleza que me voy a perder cuando me muera.

-No se me había ocurrido…

Y diciendo esto, me cogió del brazo, tras pagarme él el libro, y me llevó a un bar cercano. El cielo cada vez estaba más gris. Se avecinaba una buena tormenta.

-A veces paseando por sus calles se me ocurre pensar que una guerra nuclear puede ser capaz de acabar con una ciudad como esta. ¿No te parece horrible que desaparezca París?

-¿Y por qué tiene que hacerlo? -pregunté sorprendido-. Además -añadí- han desaparecido otras ciudades, muchísimas.

-No es lo mismo. Soy incapaz de imaginarme el fin del mundo. Pero he vivido otros fines. Ahora vivo solo. En otro tiempo estuve muy enamorado de una mujer. Desapareció. En estos momentos me enamoro de actrices, y voy al cine una y otra vez porque me he enamorado de la protagonista… Esas imágenes me despiertan una ternura total. Sin embargo, a veces he visto a la actriz por la calle, y en nada se parece a la chica de la película. ¿Has leído a Stendhal, la teoría de la cristalización? Eso no me sucede con la ciudad, con París.

-No, no he leído a Stendhal. Yo soy un pequeño ignorante recién salido del cascarón.

-Ya. ¿Conoces París? ¿Te apetece una pequeña excursión conmigo? Hay que conocerla. Es una maravilla.

No me apetecía lo más mínimo. Tanta confesión íntima, además, me dejó mal sabor de boca. Había salido de casa con la intención de estar solo, y seguía queriendo estar solo. Y más con la inminente tormenta que se iba a desatar de un momento a otro. Se me ocurrió enseguida la solución.

-¿Podemos quedar otro día, mañana por ejemplo? -le pregunté-. Verá, soy aficionado a la fotografía, y me he dejado la cámara en casa. ¿Mañana? -repetí.

-De acuerdo. A la misma hora en la librería.

-Un poco antes, para aprovechar la luz.

Nos despedimos. Y fue poco después cuando tuve la inmensa revelación de la ternura, de la muerte, de las limitaciones, de la pérdida. De todo, en fin.

Nada más salir del bar sonó un fuerte estampido, como una enorme señal de alarma. Acto seguido se puso a llover. Cayó un chaparrón inmenso, descomunal. Traté de refugiarme como pude bajo unos soportales; pero había llegado a una finca en obras. Caminé bordeando la acera. El aguacero cesó de repente, aunque siguió una lluvia más fina, más llevadera. Y entonces, frente a mí, como si se dirigiera a mi encuentro, apareció ella. Era una mujer joven, hermosa, rubia, alta. Un relámpago. Estaba bellísima. El fuerte aguacero le había empapado su fina camisa blanca. A través de ella se transparentaban dos senos potentes, hermosos, perfectos, como los de la Niké de Samotracia, pero de carne, de turgente y tibia carne. La tela de la camisa se pegaba a ellos igual que los pliegues a la estatua. Fue una aparición, una belleza en todo el sentido de la palabra. Me quedé pasmado. Bajé de la acera para cederle el paso. Me la comí con los ojos. La visión duró unos instantes. Nos cruzamos. Pasmado, di la vuelta a la manzana con la idea de volver a verla, maldiciéndome por no haber cogido la cámara; pero fue imposible. Había desaparecido. Nunca más volví a ver a aquella mujer, a la que siempre he buscado allá donde he ido. Jamás la he vuelto a ver. Sin embargo, siempre he tenido la intuición de que, algún día, de una forma también fugaz, rápida, inesperada, aparecerá de nuevo ante mí. No me cabe la más mínima duda.







Etiquetas:   Muerte   ·   Belleza

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