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Troya


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02/12/2017

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No conviene confiar demasiado en nada, pues en ocasiones nos dejamos convencer por una conclusión sutil, mientras que vacilamos y cambiamos de parecer en cuestiones incluso más evidentes.


Cicerón, Tusculanas.

Siempre me ha parecido más importante e interesante conocer a una persona, o a una o civilización, que criticar, en sentido negativo, las contradicciones e incoherencias que todo hombre tiene y alberga. Durante estos días de apasionadas lecturas, me ha llamado la atención, aflorándome una leve sonrisa, el que Josep Pla considere que las novelas son la literatura infantil de las personas mayores1, y a continuación, unas cuantas páginas más adelante, alabe a Marcel Proust como uno de los grandes escritores2. Cabría preguntarse, por supuesto, qué entendía el señor Pla por novela, cosa, por otra parte, que, al parecer, no está nada clara para nadie. O sí. Depende del punto de vista que se adopte, como en todo.

Nada más lejos de mi imaginación, ni de mis alcances, que poner en tela de juicio las palabras de don Josep. Al leerlas, sin embargo, no pude dejar de pensar que, a menudo, cuando condenamos algo, o a alguien, en realidad no estamos hablando si no de nosotros mismos. O dicho por por boca de otro, “el que se burla tal vez se confiessa”3. No quiere decir esto, no obstante, que el señor Pla fuera incapaz de escribir novelas. Como ya he dicho antes depende del punto de vista que adoptemos; hay libros suyos que no costaría nada meterlos en el saco de ese género, que lo acepta casi todo.

Sería ingenuo pensar que un libro de memorias, un diario, una biografía o autobiografía, no tienen nada ficticio o inventado. Pues el mismo hecho de ordenar los recuerdos, de trasladar las imágenes a las palabras, ya es una ficción en sí. Y más ingenuo todavía es pensar que en toda obra de ficción no hay nada autobiográfico. Lo que importa, sin embargo, no es el porcentaje de los elementos en cuestión, si no el resultado final; si es bella y efectiva la obra y no si se aleja o es fiel a la realidad o no. Porque inmediatamente surge la pregunta: a qué realidad nos estamos refiriendo. Dos personas no recuerdan el mismo hecho de la misma forma. La memoria, por otra parte, como no podía dejar de suceder, cambia con el paso de los años. Y con el estado de ánimo. La memoria, a veces, se parece a esas fotografías viejas, añejas, que van perdiendo los contornos, los matices, y que descubrimos un día en un viejo cajón. Nos cuesta reconocernos, o reconocer a deudos y parientes ya desaparecidos. En un momento determinado, no obstante, la memoria, tocada por esa vieja cartulina, manchada y desvaída, puede despertar algo que ya no se sabe si fue real o es inventado. Lo importante, sin embargo, es que ha surgido, y que nos ha servido, tal vez, para reconstruir nuestra vida o parte de nuestros recuerdos. O hacernos pasar el rato.

Ni existe la realidad en sentido absoluto, ni tampoco la ficción.

Poner en cuestión toda nuestra vida, indagar hasta lo que creemos que es la verdad, nos puede abocar al nihilismo o a la locura. O a unas novelas tan voluminosas e importantes como las de Marcel Proust.

Y creo que aquí también deberíamos distinguir entre aquellos que indagan por llegar a una cierta claridad, y los que lo hacen, o lo fingen, en busca de una cierta notoriedad. Hay infinidad de ejemplos de este tipo: estudios y más estudios que ponen en cuestión lo más elemental, lo aceptado por todos, sin aportar ningún documento que eche por tierra lo que ellos cuestionan. No obstante, y como todo en esta vida, es interesante leer estos trabajos y conocerlos.

El libro de Eric H. Cline, La guerra de Troya4, trata de dilucidar si tuvo lugar la guerra de Troya, si es cierto lo que narra Homero en La ilíada; y, caso de hacerlo, en cuál de las ciudades descubiertas en las excavaciones, en la colina de Hisarlik, se desarrolló la contienda. Para aclararlo, o tratar de hacerlo, Cline recurre, y analiza los resultados, a todas las excavaciones llevadas hasta el momento comparándolas con tablillas, cartas, de los reyes hititas del momento. No dice nada concluyente al respecto, nada al menos que autorice o desautorice a Homero, que es de lo que se trata, para quien la guerra de Troya fue tan real como para un español la Batalla de las Navas de Tolosa.

Hablar de Troya supone, de todas todas, hablar de Heinrich Schliemann5. Y si algo queda claro en las páginas dedicadas a él, en este librito, es la poca simpatía que siente el autor por el primer arqueólogo de Ilión. Seguramente Schliemann no fue un modelo de virtudes, ni mucho menos. Pero si para saber si la guerra de Troya tuvo lugar o no, analizamos todas las fuentes disponibles, también el bueno de Schliemann podía reclamar para él que se contextualizara su figura, se tuviera en cuenta la época, la cerrazón mental de muchos gobiernos, y el desconocimiento casi total sobre lo que se proponía llevar a cabo. No es mi deseo justificarlo ni mucho menos. Pero tal vez se vio obligado a hacer muchas cosas de las que hizo porque, caso contrario, no hubiera logrado ni ver la colina de Hisarlik. Es una suposición, por supuesto.

Ya es un lugar común, siempre que se habla de él, acusar a Schliemann de lo poco cuidadoso que fue a la hora de excavar Troya. Sin duda podía haber sido más escrupuloso. Pero quizás esto sea algo así como acusar a un dentista de la época de Julio César de no haber utilizado otros métodos que los que utilizó. Y tal vez el hombre se precipitó por un deseo de hacer ver al mundo que tenía razón. Y entonces, cómo no, se reinventó su biografía, desechó la vieja foto, y la sustituyó por aquella tan bonita en la que su padre le enseña un libro con un grabado. En dicho grabado se ve a Eneas huyendo de la incendiada Troya. Dice Schliemann que le dijo entonces a su padre que, un día, él descubriría esa ciudad6.

Que estábamos en los inicios de la arqueología se ve claramente entre otras cosas porque el gobierno turco, al que pertenecían y pertenecen las ruinas de Troya, no mandó a nadie a que supervisara las excavaciones e hiciera un inventario de todo cuanto fuera saliendo de ellas. Y así el llamado tesoro de Príamo de las manos de Schliemann fue a parar a Grecia, luego a Alemania, y de allí se lo llevaron los rusos, tras la segunda guerra mundial, como pago por los gastos bélicos. Hoy puede verse en el Museo Pushkin7.

Pese a la bella fotografía que le hizo a su mujer Sophia, adornada con las joyas del Tesoro de Príamo, se sabe, con certeza, que ese ajuar no pertenece a la época del rey Príamo. Hubo una Troya anterior.

Los arqueólogos se han esforzado en hacer casar las prospecciones arqueológicas con lo que cuenta Homero en La ilíada. Tal vez sea un esfuerzo tan descomunal como inútil. No me cabe duda que La ilíada es una obra de ficción en la que, como hemos dicho antes, caben muchas datos reales o realistas junto con todas las licencias poéticas. Y así otro de los problemas que afronta Cline es el conocido como el caballo de Troya. Que, por cierto, no aparece en La ilíada. Es, al parecer, un elemento posterior que, eso sí, hizo fortuna, igual que los Reyes Magos en el cristianismo.

Evidentemente no hay nada más asombroso que el dichoso caballo. No por su creación o invención, sino por la poca e improbable visión de los troyanos para meter semejante regalo en la ciudad. Al parecer lo hicieron tras haber derruido, según algunas versiones, parte de la muralla de Ilión. Tal vez sea una licencia poética como lo es el que Níobe no ceda en su orgullo hasta que Apolo y Diana terminan con la vida de sus siete hijos y sus siete hijas. ¿Es creíble que una madre se muestre tan orgullosa cuando peligran las vidas de sus catorce hijos? Un mito difícil de creer, aunque estos no buscaran la fe ni la razón de nadie.

En una de las excavaciones troyanas se descubrió que Troya VI, una de las ciudades, han aparecido nueve Troyas, fue destruida por un terremoto. Cline quiere hacer casar el terremoto con Poseidón, dios de los terremotos, según él8. Dicho terremoto, que no menciona Homero, sería el famoso caballo de Troya. Como el mismo Cline reconoce, se trata de una sugerencia un tanto descabellada. Tanto como que los judíos del cantar no examinaran el famoso baúl que les entrega el Cid. Son licencias poéticas sin las cuales tal vez no tuviéramos muchos de los más bellos libros, o pasajes, que se han escrito.

Sobre el caballo de Troya también se han hecho bastantes especulaciones. Hay, ciertamente, un empeño racional, por parte de muchos estudiosos, de convertir en realidad lo que no es sino poesía. Aunque tal vez tengan razón en sus especulaciones. Sin ese empeño racional, Schliemann no hubiera llevado a cabo las excavaciones en la colina de Hisarlik, y nos hubiéramos quedado sin las apetencias de leer de nuevo La ilíada y la Odisea, que, en última instancia, es de lo que se trata. O de estudiar arqueología, que también puede ser una ciencia apasionante, aunque haga falta mentir para dedicarse a clavar palas en medio de desiertos, campos y bancales. Hubo varias guerras de Troya, varias ciudades llamadas Troya; y, con toda seguridad, ninguna de ellas es el equivalente exacto de la que describe Homero. Es lo más normal del mundo. ¿Tiene eso alguna importancia para La ilíada? Ninguna. ¿Existieron Helena, Agamenón, Paris, Odiseo, Atenea..? Por supuesto que sí, tanto como existieron, y existen, don Quijote, Emma Bovary, los Buddenbrook, el príncipe Andrei, Natacha, Laura, Beatriz o Tereo, Procne y Filomela entre otros. Ahí están todos, y ahí están La Ilíada y la Odisea con todo su intrínseco valor, que es mucho. Vale.





1Les novel·les són la literatura infantil de les persones grans. Josep Pla, El quadern gris (2). Edicions Destino, Barcelona, 1983, p. 183

2Ibídem, p. 288 y ss.

3Baltasar Gracián, El criticón, Ed. Cátedra, Letras hispánicas, Madrid, 1993

4Eric H, Cline, La guerra de Troya, Alianza editorial, Madrid, 2014

5Ibídem, p. 107 y ss.

6Ibídem, p. 109

7Ibídem, p. 119

8Ibídem, p. 131



Etiquetas:   Novela
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