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16/11/2017

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Sempre he cregut que el moll de l’os de la saviesa socràtica: “Coneix-te a tu mateix” és “coneix-te els defectes”.1 Josep Pla, El quadern gris


Si ya de entrada resulta muy difícil llegar a conocerse uno a sí mismo, mucho más complicado debe de ser reconocer los propios defectos. Ahora bien, sin el reconocimiento de estos, difícilmente se puede llegar al cabal conocimiento del ser íntimo, peculiar. No creo que Sócrates dejara de lado los defectos, ni mucho menos. Es cierto, no obstante, como apunta Pla, que, a menudo, creemos poder enmascararlos figurándonos virtuosos y buenas personas, con lo cual llegamos a una cierta y lastimosa complacencia que nos aleja muy mucho de nosotros, de una cierta sabiduría, y de nuestra meta, si esta es seguir el mandamiento socrático.

Lo que tienen de bueno estas máximas, conócete a ti mismo, sin ira ni parcialidad, ama a tu prójimo, etc., es que jamás fijan un tiempo determinado para que se cumplan. Conocerse uno a sí mismo es labor de toda una vida. Y, generalmente, se alcanza, si es que se llega a ello, con la vejez, cuando, prácticamente, ya no sirve para nada. La vida a menudo parece un sainete un tanto desgarbado.

Cabría entonces preguntarse qué finalidad tiene llegar a conocerse uno a sí mismo, si cuando se da ese conocimiento es al final del camino. Nunca es tarde si la dicha llega, podría ser una buena respuesta; y mucho mejor sería el pensar que cada uno habla por sí mismo. Es posible, por lo tanto, que otras personas alcancen ese conocimiento relativamente pronto, actúen en consecuencia y sean mucho mejor que otros, los que no se conocen nunca, o quienes lo hacen en el inútil lecho de muerte. Es probable.

Creo que el hombre se ha de medir por sus aspiraciones más que por sus logros. Aspiraciones por las que ha luchado, por supuesto. Tal vez decir esto sea una tontería, una memez; pero, es cierto, yo siempre he querido ser de los buenos. Y no estoy hablando de moral. Ser de los buenos siempre ha sido para mí tener, hállese donde se halle uno, una actuación correcta, ajustada, equilibrada y justa. Me parece que eso no lo he logrado nunca. Y, a menudo, lo he intentado.

A veces, demasiado a menudo, he visto mi vida como un continuo despropósito lleno de actitudes irresponsables e inmaduras. Sólo un cierto escepticismo, y tal vez una innata timidez, me han servido de tabla de salvación. Ambas cosas hicieron que, durante una larga temporada, me refugiara en mí mismo sin apenas relacionarme con nadie. Como decía Quevedo di entonces, a falta de vivos, en hablar con los muertos. Devoré libros durante largos años de mi vida.

Siempre he tratado a los libros como seres delicados que, de un momento a otro, se podían descomponer entre mis manos. No los leí con las manos enguantadas, como un policía en la escena de un crimen, porque, sin duda, no se me ocurrió. Es curioso porque mientras en mis estanterías unos libros están intactos, como recién salidos no de la librería sino de la imprenta, otros están subrayados con lápices, rotuladores, plumas, o lo que, por lo visto, tenía a mano en aquellos momentos. En todos los casos, desde luego, los subrayados son perfectos: líneas rectas, paralelas, perfectamente trazadas. La explicación está en que siempre he leído sentado ante una mesa; jamás tumbado en la cama o teniendo el libro en el aire. Necesito la mesa, y el lápiz. Y aun así hay libros que están intactos, sin ninguna arruga en los lomos. Descubrir esa aparente virginidad en ellos ha sido toda una sorpresa. Y no del todo agradable.

Me ha sucedido en más de una ocasión. El primer impacto lo sufrí con un libro de don Juan de Zabaleta, Errores celebrados. La primera vez que cayó en mis manos dicho libro fue porque, no fiándome del todo de mis profesores de literatura, pensé que lo mejor, para educar mi gusto, era coger un manual de lengua y literatura, y leerme a todos los autores que figuraban en él. Del primero al último. Tuve la suerte de que, en mi época, todavía en dichos manuales se hablaba de otras literaturas aparte de la nacional. Así pues conocí algo de la literatura alemana, francesa e inglesa. Por supuesto, aunque se nombraban poco, también cayeron en mi radio de acción la gallega y, sobre todo, la catalana. Leí todo lo que aparecía en aquel bendito y bien nutrido manual.

Hace unos años, y ya no recuerdo el motivo del regreso, volví a leer a don Juan de Zabaleta. No recordaba absolutamente nada de él ni de su libro. Pero hombre previsor, antes de ir a la librería, consulté mis fatigadas estanterías por si tenía algún que otro volumen de este hombre. Casualmente estaba el de Errores celebrados. Lo abrí, de pie ante el resto de los libros, y me dio la impresión de que había sido un libro comprado y no utilizado: estaba intacto, sin ningún subrayado, nuevo, pese a los años transcurridos: tengo la manía de poner la fecha, en cada uno de ellos, de la adquisición. Descorazonado por ese abandono, me senté ante la mesa, lo abrí, y comencé a subrayar las partes que ahora me interesaban. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando al llegar casi al final del libro me encontré un subrayado y una anotación de mi puño y letra. Aquello quería decir que había leído el libro, aunque no recordara absolutamente nada del mismo. De hecho tuve la impresión de leerlo por primera vez.

Me hubiera gustado saber en aquel momento, lo cual no deja de ser un imposible, hasta qué punto don Juan de Zabaleta había influido en mi educación o forma de ser. Tal vez, no lo sé, sea mesurable la cultura de una persona, algunos programas de televisión, con pautas equivocadas lo intentan; pero medir la influencia de un autor determinado, o de un poema, o una sinfonía, o una película, en alguien que no es del oficio, me parece tarea imposible. Y no creo que tenga la más mínima importancia.

Debido a ciertos avatares económicos de mi familia, enfrentarme con un libro comprado hacía años, que está en casa, y que no fuera leído y aprovechado en su momento, me causaba, y causa, verdaderos problemas de conciencia. Me angustia. Como he dicho, esto me ha sucedido en un par de ocasiones; la situación no es nada agradable. Ese es uno de mis defectos: soy de los que piensan que cuando una persona se compromete a hacer algo, leer un libro, pagar un recibo, salir con un amigo, etc., tiene que hacerlo. Lo contrario es engañar a las personas y engañarse uno a sí mismo ¿Para qué comprar libros si no se leen? ¿Para qué citar a alguien si sabe que nunca se va quedar con él?

No recuerdo, como he dicho, cuál fue la causa que motivó mi relectura de don Juan de Zabaleta. Pero sí lo recuerdo, pues esta es mucho más reciente, la que motivó la de Josep Pla.

He tratado de evitar, al máximo, y durante todas estas semanas, la más mínima discusión sobre Cataluña y su improbable y vociferada escisión de España. Me definía, y me he definido, pese a ser de pueblo, ego sum rurigenta, o por eso mismo, como ciudadano del mundo, como Séneca, salvando las diferencias. Soy español por azar. Igualmente podía ser chino o japonés, o ruso o malasio… Y sí, siento un cierto cariño por el terruño; pero también disfruté mucho, cuando llegó el turno, leyendo a Tolstoi, a Flaubert, a Henry James a Raymond Chandler a Italo Calvino, Juan Rulfo… Leyendo a estos autores, y a otros, muchos más, llegué a la conclusión de que nada especial tiene mi tierra que no tengan las otras.

Los nacionalistas, de todo tipo y pelaje, siempre me recuerdan aquella frase de Cicerón, que era un nacionalista de sí mismo: Afortunada Roma, nacida conmigo de cónsul2. Ahora bien, Cicerón es un personaje a tener muy en cuenta. Como escritor y como persona, al menos. Tampoco hay porqué despreciar a los nacionalistas: de todos se puede aprender.

Hace años, no recuerdo si un amigo o un profesor, alguien me dijo que el odio lo único que hace es cerrar puertas. Y el cabal conocimiento de uno mismo no puede cerrarse más que ante unas pocas y señaladas cosas. Así pues, pese a no participar yo, sí que asistido a más de una charla, pues no sabía si inclinarme por las razones de unos o de otros. Unionistas o separatistas, para entendernos. Y al final del camino, si es que hemos llegado a él, fue esto lo menos importante. Lo importante para mí fue que alguien, no recuerdo quién, dijo que los nacionalistas catalanes obviaban a Josep Pla aun siendo un magnífico escritor, y escribir en catalán. Y quise saber porqué.

Y se volvió a repetir la misma historia: El quadern gris estaba, en la sección de autores catalanes, como si acabara de salir de la imprenta. No recordaba haberlo leído. Ni un subrayado, ni una mancha, ni una leve señal de que alguien hubiera tocado aquellas hojas… pero en el segundo volumen había una pequeña anotación que remitía a una hoja. Tres frases estaban señaladas con una leve flecha. Y al final, una anotación: en aquella época me debió pasar algo no muy agradable, pues el único consuelo, al parecer, y según reza la nota, fue la lectura de Josep Pla.

Me encantó el libro. Y conforme fui avanzando en la lectura, fui recordando aquella parte de mi vida, tan olvidada como el propio libro. Y leer y recordar me trajo tal maremágnum de imágenes, de sensaciones, nada agradables, que me convertí en un caos, en una ruina monumental… Una y otra vez me repetía aquello de que nada pueda contra ti aquello contra lo que nada puedes tú. Y que el pasado no se puede cambiar. Es inútil lamentarse de viejas acciones a no ser que sirvan para mejorar las actuales. Nada conseguía mitigar mi desazón. Lo pasé francamente mal. Tal vez porque no tuve mucha compasión conmigo mismo. Y entonces me dí cuenta de que por mucho que se haya leído y estudiado, uno siempre está solo, y siendo un ignorante, ante los grandes problemas de la vida. O no. También hay cierta tendencia a atribuirse méritos que, tal vez, sean de otros. Y tal vez don Juan de Zabaleta, Pla, Rulfo, Cervantes, y otros muchos, siempre han estado conmigo. No lo sé. Estoy hecho un verdadero lío. Un caos. Creo que es imposible conocerse.





1Siempre he creído que el tuétano de la sabiduría socrática: “Conócete a ti mismo”, es “Conoce tus propios defectos”

2O fortunatam natam me consule Romam!







Etiquetas:   Libros   ·   Filosofía

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