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La legislatura de la
regeneración no nacía sólo por la importante presencia en el parlamento de dos
nuevos (o seminuevos) partidos que hacían bandera de la regeneración, sino por
la convicción de gran parte de la sociedad, independientemente del partido al
que había votado, de la necesidad de un cambio, de que había cosas que ya no íbamos
a permitir.
Esta iba a ser la
legislatura de la regeneración, de la transparencia, íbamos a tener más
democracia, se iban a acabar los asesores a dedo y los gastos superfluos,
íbamos a luchar firmemente contra la corrupción, íbamos a salir de la crisis.
Tranquilos, el Partido
Popular ya no tenía mayoría absoluta, la oposición en el Congreso de los
Diputados iba a ponerse de acuerdo en abolir la ley mordaza, iba a ponerse de
acuerdo en restituir los servicios sociales básicos, cercenados por el gobierno
como respuesta a la crisis. Íbamos a luchar por una educación pública gratuita
y de calidad, íbamos a luchar por una sanidad pública gratuita y de calidad.
Íbamos a luchar porque los bomberos y los bomberos forestales tuvieran unas
condiciones de trabajo dignas. Íbamos a mejorar las condiciones de los
agricultores, los mineros, los pescadores y las de todos los trabajadores.
Por supuesto, a partir de
esta legislatura de la regeneración, ningún ciudadano pasaría frio por no poder
pagar la factura de la luz, ya no obligaríamos a los jubilados a pagar sus
medicamentos, y los ciudadanos dependientes volverían a tener ayudas, ellos y
sus cuidadores, en la mayoría de los casos, sus madres, hermanas, hijas o
esposas, pero también sus padres, hermanos, hijos o esposos.
Íbamos a regenerar la vida
política de este país, de la que tanto abominábamos. Lo teníamos claro, los que
no participamos en el 15M y los que sí lo hicimos. Pero la indignación se nos
pasó pronto.
Un año después estamos
hablando de Cataluña, de la independencia de Cataluña. ¿os acordáis? Hemos
llegado al final de aquel camino iniciado por Artur Mas para tapar las miserias
de los recortes de su gobierno y acallar las voces que pedían regeneración. No
sé si esas voces se han acallado, pero sí se han tapado, a un lado y al otro.
Ya sólo hablamos de
patrias, naciones y banderas. Ni siquiera se ha comenzado a andar el camino
para conseguir una mínima regeneración, para defender o restaurar los servicios
sociales básicos.
En sólo un año se ha
constatado el fracaso de los cuatro grandes partidos de España en esta
legislatura perdida. Al fracaso del Partido Popular en el Gobierno,
materializado por su incapacidad (en el mejor de los casos) para buscar una
salida y evitar la proclamación de independencia de Cataluña, se suma su
fracaso por su decidido empeño en no luchar (siendo cariñosos) contra la
corrupción estructural que padece en su seno, según las revelaciones publicadas
en estas fechas de la fiscal del caso Gürtel.
El Psoe sigue sin
solucionar sus problemas organizativos, mostrándose como un partido dividido y
dubitativo, con demasiada gente a la espera de lanzarse a la yugular de su
Secretario General a la mínima oportunidad.
En cuanto a los nuevos
partidos que venían a regenerar la vida política española, uno, Ciudadanos, se
ha mostrado como un partido desquiciado exigiendo la aplicación del 155 desde
el minuto 1, lejos de la moderación de la que una vez hicieron gala; el otro,
Podemos, ha acabado centrando su estrategia casi exclusivamente en Cataluña,
olvidando que la ventaja electoral que la LOREG te concede ganando en Cataluña,
de nada te sirve si pasas a tener un peso marginal en el resto de España.
Además, ambos partidos han remarcado su carácter personalista, acallando todo
conato de pluralidad organizativa, y olvidando que en los nuevos partidos el
grado de personalismo suele ser inversamente proporcional a su consolidación en
el sistema de partidos.
Claro que queda mucha
gente luchando por la regeneración, en las instituciones y fuera de ellas, en
los partidos políticos señalados y fuera de ellos, pero subyace la sensación de
haber dejado pasar la oportunidad, de estar ante una legislatura perdida.
Por
ello, tras las elecciones catalanas, haríamos bien en demandar nuevas
elecciones generales y empezar de nuevo.