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Vindicación de Galicia, guía espiritual de la hispanidad y el Occidente.


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16/10/2017


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El gallego no encuentra diferencias entre su propia identidad y la de los frondosos bosques, montañas eternas y ese mar de magia que impregnó la tierra por antonomasia de un aire celta con olor a pureza, con musicalidad armónica de lejanos tiempos mitológicos; épocas olvidadas en las que la humanidad no rendía cuentas más que a aquellos dioses que se manifestaban con bravío y fiereza en ocasiones a través de vientos interminables y lluvias legendarias, pero todo ello mediante un equilibrio natural digno de elogios y escaso de rechazos.


Ello es lo que hace grandes a los gallegos, alejados tradicionalmente de la soberbia y pretensión de muchos otros pueblos del orbe acostumbrados al ensimismamiento en espejos superfluos, banales y desnaturalizados. El pueblo que desde la riqueza de la mitología pagana, desde las luchas del héroe Heracles con Breogán, abrió camino al Cristianismo en la Europa bárbara gracias a la cultura creada por el Apóstol Santiago el Mayor, patrón de la Hispanidad, y que no supo ni pudo mantener su fortaleza cultural y económica hasta convertirse en la vergüenza de las Españas con reminiscencias medievales en pleno auge industrializador; un español de pro como es el que escribe, pero sin victimismos, admite que el estado central fue en parte responsable de ello; la tierra que frenó al primigenio Imperio Anglosajón, al poderoso corsario Drake en los avatares de luchas hegemónicas entre Inglaterra y la Monarquía Hispánica, la guía de poniente de la España de la Reconquista, vivió sus más dramáticos siglos oscuros por inoperancia de la hidalguía dominante y la ignorancia explícita de la corte madrileña. Décadas ominosas cuyo lastimero clímax se materializaría con el mayor desarraigo ocurrido en la Historia Universal: emigración forzosa de un pueblo en esencia honrado, valiente, humilde y positivo.

Pero como todo en la vida, lo recogido por lo sembrado, y la cabeza de la espiritualidad de Occidente, la unión de lo celta con lo cristiano, de lo católico con lo protestante, de lo luso con lo hispano, terminó recuperando, con la mayor de las grandezas, el espacio que la Historia le había deparado; ni Franco, gallego en su desprecio a Galicia, pudo pararlo: venció a sus peores fantasmas decimonónicos de negrura existencial y exilio fatal, supo hacer de su paraje, el bien más preciado, garantía del éxito de aquél que ama el lugar que le ha visto nacer; porque el que respeta su espacio y sabe ver más allá de lo territorial lo espiritual, la idea de lo intrínseco sin aires de grandeza ni complejos de mediocridad, termina asumiendo su autoestima de la más natural y coherente de las formas.

Los gallegos, los que te sonríen sin estar felices, te abren las puertas sin pedir nada a cambio, contestan con una pregunta por deferencia al otro "¿Cómo fue ayer?"-"¿tú qué tal lo pasaste?", los que creen que todo pasa y que "malo será" que las cosas no se arreglen, de entre ellos, sin ansias de protagonismo vacuo ni arrogancias patrioteras, ha nacido el mayor imperio textil que hoy da trabajo en todos los lugares del mundo conocido, de ellos ha nacido la dedicación más completa hacia la gastronomía, la integración del paisaje urbano en el marítimo, que no al contrario, como ningún pueblo ha hecho a lo largo de los siglos.

Porque en el momento en el que el chapapote, además de atentar materialmente contra las costas, impregnó nuevamente de desgracia el alma gallega, se olvidaron luchas partidistas para derrotar al enemigo natural que había contaminado su tierra, que para los gallegos ha sido, es y seguirá siendo su bien más preciado. Y contra ello nada ni nadie podrá, pues una vez vencido el fuego negro un nuevo abismo ha asolado Galicia en la segunda década del XXI: el fuego eterno, ese fuego del Averno que trascendió de la Noche de las Meigas y decidió atentar vilmente contra el principal componente identitario que le protege: el bosque gallego. Y poso mi mano sobre Él en cuanto a que la intemporal valentía de Breogán, Santiago, Rosalía y demás podrá pararle antes de tiempo, como vencimos al vacío moral bárbaro, la intolerancia islámica, la ambición desmedida anglosajona, el expolio (SÍ, ellos nos lo hicieron) catalán, la indiferencia madrileña y la tragedia petrolera.

Podremos, como siempre, con naturalidad y, sobre todo, con esa perseverancia y buena voluntad que nos son tan características. Porque las cosas de hacerse, se hacen bien, y eso ocurre en un pequeña parte del mundo, que en su humildad, termina convirtiéndose en Grande. Una parte del mundo llamada Galicia.





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