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Congregatio macilentorum


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10/10/2017

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Quizás no estemos sin embargo en nuestros últimos tiempos. La conservación de los estados es cosa que probablemente escape a nuestra inteligencia. Como dice Platón, una sociedad civil es cosa poderosa y de difícil disolución. A menudo permanece a pesar de las enfermedades mortales e intestinas, a pesar de la agresión de las leyes injustas, a pesar de la tiranía, a pesar da los excesos y la ignorancia de los jefes, y la licencia y sedición de los pueblos.


Michel de Montaigne, Ensayos (De la vanidad).

Hace años tuve un amigo, ya fallecido, que se pasó parte de su vida recopilando frases y sentencias de diversos libros. Tenía verdaderas montañas de libretas con citas de todo tipo de autores y todo tipo de géneros: novela, teatro, ensayo, filosofía, historia… Según me confesó, su intención era escribir una novela en la que ni una sola palabra fuera suya: todo, hasta el mismo título, tenía que ser préstamos de otros autores y otras obras. La dificultad de la empresa me puso los pelos de punta: ¿cómo construir un diálogo en en el que hablen, por ejemplo, don Quijote y Melibea? ¿Y cómo hacer que este mismo diálogo tenga interés para un posible lector? Cierto es que a mi difunto amigo lo último que le preocupaba era el lector: “en este país”, solía decirme, “y aún te diría que en todos, no lee nadie. Y los pocos que leen, buscan artículos o libros, más que novelas o ensayos, que le digan lo que tiene que pensar de esa realidad que se le escapa de entre los dedos”. Siempre creí que mi amigo exageraba. Afortunadamente hay de todo en la viña del Señor; y diversos lectores que leen por otros motivos. Creo.

Durante algún tiempo estuve meditando en el proyecto de mi amigo. Y llegué a la conclusión de que debía de tener una idea motriz, y sobre ella montar todos los diálogos o razonamientos de los que dispusiera. Imaginaba, pese a todo, que el proyecto era irrealizable, salvo que fuera hilvanando unos fragmentos con otros con palabras propias, cosa a la que se oponía. Pese a considerar que el proyecto era una locura, admiré a mi amigo por cuando suponía una ingente cantidad de libros leídos, y una excelente memoria para saber dónde se hallaba cada cita. A eso se añadía mi convencimiento, cada vez mayor, de mi falta de comprensión de muchos textos de los que leía. Pues a menudo tenía la impresión de que pasaba por los libros como una hormiga sobre un cristal: sin dejar huella, y sin que el camino me afectara lo más mínimo, ni ser capaz de hallar en el él una mínima brizna con la cual alimentarme. Utilizar los viejos razonamientos para decir cosas nuevas, como pretendía mi amigo, suponía haber entendido perfectamente el material que iba a utilizar. Lo envidiaba. De verdad que lo envidiaba.

Por desgracia mi amigo murió sin haber realizado su proyecto. Y sus hijos, como suele suceder, tiraron los montones y montones de libretas al contenedor más próximo. Sic transit gloria mundi, pensé. Y supongo que poco después de su muerte, olvidé su proyecto, que quedó en ciernes. Ignoro si lo comentó con otros amigos. Los dos o tres conocidos, comunes, nunca me dijeron nada al respecto. Nunca, pues, se volvió a hablar de aquella maravillosa o loca idea.

Las cosas, sin embargo, surgen cuando uno menos se las espera. Hasta donde me alcanza la memoria siempre, en todo momento y lugar, me he quejado de no comprender las cosas, de dejar que lecturas, explicaciones, películas, obras de teatro, etc., se me escaparan de entre los dedos sin comprender nada, o sin llegar al fondo del asunto. Siendo bien joven recuerdo que le conté estas percepciones a un profesor de filosofía con el que hice una cierta amistad, si puede haberla entra alumno y profesor. Este hombre, sonriendo, me dijo que no me preocupara mucho por eso; pero, eso sí, que no dejara nunca de leer ni de estudiar. No lo hice.

Algo similar me pasó muchos años después cuando un compañero me dijo, ante mi insistencia en aprender latín, que me leyera a los clásicos, “y aun cuando haya cosas”, me dijo, “que no no entiendas, no te desanimes, y no dejes de leer. Así captarás su sintaxis, su forma de pensar”. No he dejado de hacerlo ni por un momento. Y, también de vez en cuando, he escrito.

No es mi intención hacer leña del árbol caído o de aquello que pueda molestar a algunas personas. Pero aún así pienso que todo, hasta lo más terrible, tiene su lado positivo, algo que podemos aprovechar en nuestro favor. Y a mí toda esta larga, pesada y monótona historia que se ha montado con la posible independencia de Cataluña me ha servido, huyendo de los monotemáticos periódicos, y de las no menos aburridas televisiones, para centrarme con redobladas fuerzas en la lectura, para conocer a autores desconocidos hasta el momento, y para releer a otros autores que creía olvidados.

Uno de ellos, al que vuelvo con cierta asiduidad, es Michel de Montaigne. Pese a haber leído sus Ensayos varias y repetidas veces, nada sé de la vida privada de Montaigne, nada salvo lo que cuenta Jorge Edwards en su libro La muerte de Montaigne. Es una de las cosas que me llama un poco la atención, pues, antes, de más joven, en cuanto me interesaba un autor, buscaba enseguida su biografía; y, siguiendo los consejos de Azorín, visitaba, si era posible, los lugares por los que se movió. No tardé en percatarme de que aquello era una falacia, pues, evidentemente, nada se añadía a mi conocimiento de Cervantes pasear por La Mancha o por los lugares por los que él se movió. Imagino que más difícil y complicado tiene que ser comprender, a través de unas paredes de una torre, que el tiempo ha trastocado, a un pensador de la talla de Montaigne.

Creo, y si viviera mi amigo, me diría de dónde he sacado la frase o el pensamiento, que el hombre está en su obra. Y esta, y no otra, es su biografía, el lugar en el que habita. Además, al contrario que a Edwards, y que a algún otro escritor, me tiene sin cuidado, porque apenas si explica nada, si Montaigne, o quien fuera, tuvo amantes o dejó de tenerlas. Siguiendo la pista de otros escritores, en nada he notado que, cuando escribía tal o cual pasaje, se estaba separando de su mujer, o tenía relaciones con una amante que sólo le servía para desahogo sexual.

Lo que sí me ha interesado de la biografía de Montaigne, y mucho, es cómo consiguió sobrevivir a las guerras de religión de Francia, propias del Renacimiento. Según confesión propia mientras los hugonotes asaltaban y mataban a vecinos, a él ni le tocaron las propiedades ni a él mismo. ¿Suerte? Tal vez, porque parece ser que sí que estuvo comprometido con la política de su tiempo, y que fue amigo, o consejero, de dos reyes. Evidentemente lo hizo, al parecer, con total discreción y con total entereza, sin dejar de añorar su torre y sus Ensayos. Sin encono, o, como tal vez le gustaría decía a él, sine ira et studio. ¿Lo respetaron por eso? Me gusta pensar que sí.

Me hubiera gustado, por otra parte, que Montaigne, tal vez contraviniendo su forma de ser, hubiese analizado la religiosidad de alguno de aquellos hugonotes, o cristianos, que, espada, hacha o cuchillo en mano, salía a defender su religión descabezando y matando a aquel que no pensaba como él. ¿A qué dios defendían? ¿Tan importante es que una mujer sea la madre de Cristo o deje de serlo? Me parecen cuestiones bizantinas sin más importancia que la que le queramos conceder.

No hace mucho también terminé de leer otro libro, A la sombra de las espadas, de Tom Holland, en el que también se habla, y mucho, de las guerras de religión, aunque este se centra en sus nacimientos. Para el caso es lo mismo: lo importante es ver o leer la cantidad de sangre que se derramó por cuestiones que, hoy en día, no tienen ningún interés. Estoy seguro que a si le preguntáramos a la mayoría de personas, religiosas o no, qué diferencia hay entre “engendrado y no creado”, y cuál es la ortodoxa y cuál la heterodoxa, nos mirarían como los cabreros a don Quijote cuando hablaba de libros de caballerías. No obstante, durante una época la diferencia entre una y otra palabra se pagó con sangre.

Los Ensayos, de Montaigne, como el teatro, y como las obras importantes, tienen de bueno que relativizan al hombre. Pero hay que ver las dos caras de la luna: de joven siempre me pareció que Orestes, indudablemente, actuó correctamente al matar a su madre. Bien es cierto que esta mató a su padre; y lo hizo, si nos quedamos con una versión, por concupiscencia, por tener un hombre a su lado mientras su legítimo compañero de lecho se dejaba la piel ante los muros de Troya. Y ni una cosa ni otra: el aguerrido guerrero, junto con amigos y camaradas, se lo estaba pasando divinamente junto al Escamandro, banqueteando, bebiendo, discutiendo y saliendo a luchar contra los troyanos de vez en cuando. Este buen hombre, capitán de los griegos, mató, además, a los hijos de su mujer, Clitemnestra, cuando se casó con ella para que no pudieran heredar más que sus hijos, los propios. Y estaba, por otra parte, tan ansioso de partir hacia la bien amurallada Troya, que no dudó en sacrificar a su hija Ifigenia, también hija de Clitemnestra, para que los dioses de ofrecieran vientos favorables. No es de extrañar, pues, la furia de Clitemnestra. Y, desde luego, Orestes hubiera hecho mejor en no hacer caso a los llamamientos de su histérica hermana Electra y haberse quedado donde estaba.

Sería muy pretencioso por mi parte, dado mi total desconocimiento, mea culpa, me grandissima culpa, de la historia de la dulce Francia, decir si la matanza de la noche de san Bartolomé sirvió para algo. Tal vez para afianzar el poder de alguna poderosa organización, y hacer que cierto rey pronunciara aquella frase, tal vez apócrifa, de que París bien vale una misa. Ni aun así se libro de los extremismos de la misma religión que había abrazado.

Y, sin embargo, creo, no es esto lo importante. Lo importante sería, tal vez, preguntarnos si siendo católicos somos más felices que siendo protestantes o budistas o musulmanes o judíos o lo que se quiera. Es todo tan absurdo que quien defiende esta religión defendería otra, con la misma sin razón, de haber nacido en otro lugar. De ahí la importancia que Montaigne le da al viajar y al mezclarse con los indígenas y comer como ellos y tratar de pensar como ellos. Tal vez la divinidad se manifiesta de diversas formas, y unos se matan por la trompa y otros por la cola sin darse cuenta de que ambos atributos pertenecen al mismo animal. A veces la ceguera es voluntaria.

Pero aquí, creo, está la enorme dificultad: en ser capaz de pensar que no tiene uno toda la razón, que hay diversas formas de ver una la realidad, o la ficción; y que no hace falta, y que me perdone mi amigo, copiar frases y frases de libros y más libros: a menudo releyendo textos de unos y de otros, saltan frases, ideas, pensamientos, y hasta palabras que ya fueron utilizadas por otros autores. Buscar la originalidad es tan absurdo como negarla con pastiches. Eso mismo nos debe alertar sobre las congregationes macilentorum, y colocarlas en el sitio que les corresponde. Menos banderas, pues, y banderías y un poquito más de sentido común. Hagamos revivir a los buenos autores, con su hablar lento y pausado, que ellos mismos ponen en solfa, y no a las peores luchas de la humanidad siempre por nimiedades, por abalorios que brillan y no tienen ninguna utilidad. Ni, lo peor de todo, nos hacen mejores o más felices.

1Asociación de delgados.



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