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Un elocuente silencio


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04/10/2017

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En resumen, todo cuanto no es como nosotros, nada vale. Y pronto diremos que el mismo Dios, para hacerse valer, ha de parecérsenos.


Michel de Montaigne, Ensayos (Apología de Raimundo Sabunde)

No voy a hacer ningún manifiesto a favor del azar, del destino o de si el hombre escoge o es escogido por el amor, la enfermedad, un libro o la más mínima de las nimiedades o de las casualidades. No me interesa. Cierto es que le di una relativa importancia a lo que me sucedió el otro día; pero pensé luego que eso mismo me ha sucedido en distintas ocasiones; y, como consecuencia de ello, no hice sino lanzar maldiciones. Ahora pasó de otro modo bien distinto: no todos los tiempos son unos. Lo que sucedió fue muy sencillo: durante bastante tiempo estuve leyendo libros de historia, sobre Roma, y a los clásicos romanos. Una tarde, con todos estas lecturas a cuestas, me encontré especialmente cansando, sin ganas de continuar: tenía la cabeza embotada. Me puse, pues, las botas de siete leguas, y me dediqué a recorrer librerías en busca de otras voces y otros ámbitos.

Tengo que confesar que las librerías me aburren sobremanera: no consigo estar en ellas más allá de veinte o treinta minutos. Y eso ya es mucho.

Entré en una librería, la primera y última de aquella tarde, y pasé al lado de una mesa donde se exponían, en grandes montones, libros descatalogados, y tan baratos y de tan bajo coste que pensé, una vez más, que quien no lee es porque no quiere. Y allí estaba. Vi un libro de Jorge Edwards, autor al que no conocía sino de oídas, o mejor, de ver libros suyos por aquí y por allá. Nunca tuve tentaciones de coger ninguno de su autoría. Pero esta vez la cosa cambió. Pues hay un autor francés, Michel de Montaigne, por quien siento verdadera debilidad, y cuyos ensayos he frecuentado con cierta regularidad. El libro de Jorge Edwards, en la sección de ofertas, costaba tres euros, creo recordar, y se titula La muerte de Montaigne. Me intrigó. Lo cogí y me lo llevé. Y con el libro en la mano se me pasaron todos mis cansancios: no tenía más que ganas de llegar a casa y ponerme a leerlo.

Al contrario que me ha pasado con muchos otros, y en idénticas situaciones, el libro de Edwards no me defraudó. Lo leí, además, con la fruición y la pasión con la que leía de joven.

Cuenta Jorge Edwards cosas que desconocía de Montaigne. No conozco mucho la literatura francesa, ni ninguna, ni, por supuesto, soy especialista en Michel de Montaigne. Y he de confesar que llegué a los libros de este hombre tal y como lo hizo Edwards: de la mano de Azorín. A mí al principio Azorín me despertó todo género de antipatías. Y no por él sino por un profesor de lengua y literatura. Cuando este hombre me dio clases, en el Instituto Benlliure de Valencia, yo era partidario de la prosa ampulosa y rebuscada, del barroco. Y el profesor de lengua y literatura estaba empeñado en que, en los exámenes, fuéramos tan claros y concisos como Azorín.

Me rebelé, cosas de la edad, contra aquella imposición.

Creo, además, que hasta ese momento no había leído nada de Azorín. Creo que picado por la curiosidad me compré algún libro suyo y lo leí. Pero pasó por mi lado sin dejar ninguna huella. Tuvieron que transcurrir algunos años de más lecturas y más búsquedas. Y entonces sí, entonces, sabiendo que no tenía que imitar su estilo, enamorado de su prosa, leí todos los libros suyos que cayeron en mis manos. Y le hice caso, me dejé llevar, y me atreví con algunos de los autores de los que Azorín habla con admiración. Uno de los más visitados por el maestro era Michel de Montaigne.

Recuerdo, era estudiante y pobre, que me compré una edición de los Ensayos infumable: la letra era tan pequeña como patas de mosca. La juventud todo lo avasalla, solía decir mi madre. Y avasallé aquellos tres tomitos subrayando con un rotulador rojo a fin de que, al menos, se vieran las partes que me interesaban especialmente. Recuerdo, eso sí, que, pese a la letra, los leí con fruición. Y tengo la sensación, tal vez falsa, de que las palabras de Montaigne me entraban tan adentro como el humo del cigarrillo cuando, tras largas horas de represión, conseguía arrebatarle alguno a mi padre o a algún amigo. Era una sensación, la del libro, deliciosa, y que busco una y otra vez, sin descanso. Me resulta muy difícil, no obstante, volver a dar con esa sensación. Me sucedía, y sucede, lo mismo con la poesía: la primera lectura me llega a las entrañas, me las conturba. Y, sin embargo, en la relectura ya he perdido esa magia, ya ha desaparecido esa sensación de plenitud, de entenderlo todo, de ser uno y todo con el poema. O con el ensayo.

Al cabo de algunos años volví a releer todos libros de Azorín. Y Azorín volvió a despertar mi interés por Montaigne. Me deshice de aquellos viejos volúmenes, de letra minúscula, y me compré otros de letra un poco mayor. Y volví a sentir la satisfacción de la lectura. No obstante, algunos ensayos los tuve que leer varias y repetidas veces, pues tenía la impresión, igual que en la segunda lectura de un poema, de no entender nada, de dejar que el agua se me escapara de entre los dedos. Sin poder hacer nada para evitarlo, por desgracia.

El libro de Jorge Edwards, como no podía dejar de suceder, me ha devuelto a los ensayos de Montaigne. Y a la terrible sensación de no comprender lo que estaba leyendo. Es una sensación horrible.

Pensé entonces que, tal vez, necesitaba un verdadero descanso, al menos uno que durara unas largas horas, y lejos, bien lejos, del fragor de la gente. Por otra parte, estaba cansado del griterío de los periódicos, de las frases de vecinos y desconocidos, de las monotemáticas noticias de la televisión. Y por si faltaba algo, de manifestaciones de gente mal encarada y arropada con banderas de España estrenadas para la ocasión. Iban todos clamando por la unión del País, del que quiere desgajarse Cataluña. El asunto este ha llegado a tal grado que ya no admite ni bromas ni metáforas. Lo digo porque cuando me han preguntado, he contestado que de estar yo casado, y querer, mi supuesta mujer, separarse de mí, no me opondría, ni le mandaría a la policía a usar de la violencia machista. Todo lo contrario: la dejaría que se fuera. Siempre me ha parecido absurdo retener a alguien no quiere estar con uno. No hay más.

O sí que lo hay: no vi, entre tanta bandera y tanta consigna, aquella gente inteligente del siglo XVI, de la que habla Montaigne, que, harta de guerras de religión, aclamaba a quien tocaba; pero se iba a casa sabiendo que todo era una farsa que debía acabar pronto. Al fin y al cabo, dice alguno de los tres maestros de los que estoy hablando, en un siglo corrompido todos contribuyen a la corrupción general. Tal vez lo mejor fuera, si es factible, no participar, quedarse en la torre, en casa, o donde sea. No obstante de quienes participan, nadie quiere asumir sus culpas, así que hemos llegado a los insultos y a las descalificaciones propios de las vísperas del divorcio. Eso sí, estando todos muy preocupados, es lo que dicen, por lo que sucederá al día siguiente (el día después, para que lo entiendan los periodistas) de presentar los avales para la separación por parte de Cataluña. Y que todo quede ahí.

Cansado de la monotemática situación, que les ha venido muy bien a los dos gobiernos para obviar todos sus casos de corrupción, ya no hay más problema que Cataluña y su posible secesión, decidí, pues, alejarme de esto y volver a lograr aquella vieja fruición con la lectura. Opté por irme a la sierra aunque fuera una mañana. Necesitaba refrescarme y distanciarme. Elegí la mañana en la que unos querían votar, aunque el referéndum fuese ilegal, y otros impedir que votaran aunque fuera usando la fuerza, que no hacía falta. Y, efectivamente, cuando dos no se quieren entender, no se entienden. Ahora bien, es absurdo saltar a la arena para defender a este gladiador en contra de aquel. Están hechos de la misma pasta. Y así no resuelven los problemas.

Jorge Edwards habla de la inteligencia, de la visión política del rey Enrique IV, amigo de Montaigne, y de la perspicacia de este. Parece ser que ellos, apoyados por muchas más personas, pusieron los cimientos de la Francia moderna. Yo aquí en España, en pleno siglo XXI, veo más empecinamiento que inteligencia. Y por eso, y con todo el derecho del mundo, me apunto al bando de los que abandonan cuando no se ven las cosas claras y hay demasiado trapo al viento.

Era de noche todavía cuando aparqué el coche en una calle del pueblo. Y todavía de noche me eché la mochila a la espalda, y decidí meterme por el camino más largo y complicado que recordaba. No tardé en llegar a él. El pueblo quedaba a mis espaldas. Comencé a caminar. Y durante unas cuatro horas, entre la ida y la vuelta, no oí una voz humana ni vi a más seres vivos que hormigas, moscas y similares. En una pequeña vaguada, donde una fuente dejaba salir un breve chorrillo de agua, me senté, saqué el bocadillo, y comí en paz y tranquilidad. Me encontraba tan a gusto que tardé más de lo previsto en emprender el camino de regreso. Tampoco tenía prisa, pues al fin y al cabo, nadie me esperaba. Pensé que era una suerte: si por casualidad me daba un infarto y moría por allí, a nadie causaría dolor mi muerte. Y si tenía la precaución de desviarme del camino tal vez mi cadáver, como quería Séneca, tampoco molestara a nadie. Es más, habría un buen banquete para muchos de aquellos pequeños bichos que pululaban por la sierra.

Por suerte o por desgracia, o porque estaba estipulado así, volví a la civilización. Mi prima, como siempre, se había pasado toda la mañana cocinando. No había visto las noticias. Hablamos de la familia, de nosotros, de cuando éramos críos. Luego, una amiga me contó las historias que había pasado con sus hijas, nos tomamos unas cervezas bien frías, comimos y nos despedimos. Por la noche, ya en casa, no puse la televisión: leí un rato y me fui a la cama. La larga caminata me había hecho efecto. Antes, sin embargo, en el maravilloso libro de Jorge Edwards, leí algo sobre las guerras de religión. Todo me pareció lejano y absurdo. Tal vez porque, en el fondo, lo sean todos los conflictos y todas las guerras. Quizás, me dije engañándome, con personas como Montaigne de primer ministro, en lugar de lo que tenemos, se podrían evitar muchas cosas. En medio de la sierra ya me había percatado de mi tendencia a la ciencia ficción. Pero de alguna forma hay que consolarse. Aquella noche dormí profundamente.



Etiquetas:   Libros

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