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Celebrar a México no debe limitarse
a unas fechas, modificadas por el más trabajador pero obsesivo, ambicioso y
vanidoso presidente, durante el mes de septiembre, celebrar a México no debe
limitarse solo a comer pozole o comida llena de grasa y picante mientras nos
embriagamos como bestias con tequila, pulque, cerveza o mezcal y tronamos
cuetes en las calles, cuetes que no solo son riesgosos por su contenido
explosivo o contaminantes por el humo que generan sino también causantes de
mucho daño a animales indefensos, que nos hemos llevado entre las patas durante
nuestro desarrollo, irónicamente humano.
Y es que celebrar a México debería
consistir en cambiar nuestro ADN pues en los ámbitos internacionales el
mexicano es símbolo de pereza, ignorancia, mediocridad y falta de visión,
símbolo de analfabetismo representado por dos trenzas, un rebozo y el clásico e
innovador tono de piel “prieto”, en el ámbito internacional somos personas
enfocadas, y centradas, en alcanzar nuestros objetivos pero siempre a través de
tretas, robos o de usar al prójimo.
En México se dice que una persona,
un mexicano chingón, es aquel que se chinga a los demás, que hace uso de todo
tipo de tretas y de artimañas para lograr cumplir sus objetivos a través de
atacar a los demás.
¿Es la mejor manera de salir
adelante? Pongamos un ejemplo simple de la manera en que un mexicano es chingón
chingando: “Me han multado, he logrado evadir al gobierno y quitarle el dinero
que me quería robar pues le he dado mordida al policía ¡Me ahorré 200 pesos
wey!”
La corrupción, el dolor, la
ignorancia, la mediocridad, la ignorancia y todos estos calificativos
degenerativos del mexicano no vienen inmersos en su ADN, al menos no de todos
los mexicanos, es más como una pequeña plaga que comienza desde casa pues un
niño que ve a su papá dar mordidas, evadir a la ley, esconderse de los
cobradores y hacer circo, maroma y teatro para evadir la manera correcta,
aunque larga, de hacer las cosas por resultados a corto plazo, tarde o temprano
terminará cometiendo los mismos errores, diseminando la plaga que al parecer
hoy en día es más contagiosa, y sin control o cura, que la misma peste negra o
la gripe español ¡Incluso más contagiosa que la canción Despacito versión Bieber!
La educación efectivamente empieza
desde casa, pero lamentablemente esta no es la raíz verdadera del problema,
pues como nos expresó Octavio Paz en su libro “El Laberinto de la Soledad”, el
mexicano es un ser impredecible, imprevisto pero inerte y pasivo: El mexicano
es un hijo de la chingada pues nació de la violación de una indígena por parte
de un español, nación de la “chingada”.
México y mexicano, como nación y
como persona, ha sufrido toda su vida de constantes violaciones, ha sido
chingada cuantas veces, con tanta intensidad y fuerza que incluso nos hemos
acostumbrados, con la misma frialdad, indiferencia y resignación que una mujer
explotada sexualmente por una red de trata de blancas.
¿Qué nos ha quedado? Chingarnos a nosotros
mismos, como si una adicción sexual se tratase llevando de las constantes
violaciones infringidas por extranjeros a las violaciones auto infringidas con
juguetes, objetos o los mismos dedos, el mexicano ha pasado de ser chingado a
chingarse a sí solo, condenándose así a un círculo vicioso.
Un tianguis que cada día avanza más
y más tomando espacios públicos como calles, parques, guarniciones y banquetas,
un vecino abusivo que coloca cajas, huacales o botes para apartar un lugar en
la avenida, vendedores ambulantes que hacen marchas, usan la violencia y llenan
las calles y plazas de basuras solo para vender sin apego a las leyes fiscales,
de comercio y sanidad así como la actitud, la “geta”, de muchos mexicanos que
día a día con más amargura que amor por la patria, salen a hacer cual esquíese
actividad del día solo para contagiar de la plaga “Chingona” a otros mexicanos.
Si bien no se ha encontrado una
cura para la sucia enfermedades que nos degenera como mexicanos, pues aunque
nuestra economía crezca, la industria se vaya al cielo o nuestros pozos
petroleros al fondo del mar, incluso tan profundos como para rozar el infierno,
el mexicano seguirá siendo catalogado como un gordo con poncho, tequila y un
nopal, y no como una nación que apunta para volverse un líder, si no mundial,
al menos si regional; aunque seamos un país potencia seguiremos teniendo un
pueblo de tercer mundo.
La única manera de frenar esta
terrible plaga, que nos infectada, ama y destruye, es lograr frenar el concepto
de chingón: Ser chingón no es chingar a otros, tratándole de darle un giro a
las cosas.
¿Por qué no hacemos que un chingón
sea quien respete a otros? Alguien que sigue las reglas, no roba ni usa tretas…
Un chingón que sea alguien que tenga consciencia de que hay más personas en
este mundo que importan, no solo él.