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Retrato del artista viejo


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24/08/2011

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Hoy, cuando Borges hubiera cumplido 112 años,el buscador de internet conocido universalmente, Google, homenajea al escritor argentino con un 'Google doodle'. Este hecho es recogido mundialmente por varios medios,desde la prensa argentina en general, por supuesto, hasta el diario inglés The Mirror, publicación que raramente se asociaría con un público particularmente intelectual. El diseño que aparece en Google es un dibujo a modo de collage de los tópicos borgianos más conocidos, e incluye la figura de un anciano de pie apoyado en un bastón. Esta imagen recuerda, inclusive, uno de los cuadros de la historieta Perramus (de Breccia y Sasturain), en el que el personaje Borges se aleja caminando. Es la imagen más conocida e icónica de Borges: vestido de traje oscuro, anciano y apoyado en su bastón. Parece una obviedad, pero es pertinente destacar que Borges no siempre fue viejo. Más importante aun: el Borges creador de la poesía y los cuentos más conocidos mundialmente y más destacados dentro de la literatura argentina y universal, era un Borges joven. 


 

Los días de Jorge Luis Borges como encargado de la sección de autores extranjeros de la revista El hogar en los años ’30, por ejemplo, hablan de un Borges distinto al erudito anciano ciego, inmortalizado - solidificado cual estatua ilustre - en su imagen de habitante de un mundo superior, alejado de la gente común (Como lo había descrito Rodríguez Monegal en Borges. Una biografía literaria: un Borges que habita su propio laberinto). Ya lo había apuntado Alan Pauls en El factor Borges (1996): como empleado de la revista El hogar, Borges debía ceñirse a plazos, trabajar a contrarreloj y cumplir con pautas editoriales. Allí, Borges escribía para un público no especializado, generalmente identificado con las “amas de casa” de la época. Como señala Pauls, sus artículos convivían con avisos de dentífrico y corpiños: “cartón pintado y metafísica”. Textos Cautivos (1986) reúne estos textos borgianos publicados entre 1936 y 1939 y hoy en día sigue llamando la atención que no hayan cobrado mayor difusión. Tal es la observación concluyente de Mario Vargas Llosa en “Borges entre señoras” en El país del domingo pasado (14 de agosto), una especie de reseña tardía de dicha colección.

 

Vargas Llosa no repara particularmente en el aspecto popular y ‘mass-mediático’ de la participación de un Borges joven en la revista El hogar. Muy por el contrario, destaca el alto nivel de conocimiento y praxis literarios de la época en general y de Buenos Aires en particular, contexto en el cual se insertaban estos pequeños artículos que Borges escribía sobre autores extranjeros.

 

La imagen que ilustra el artículo de la edición impresa de El país es un dibujo de una ama de casa leyendo El hogar. En la revista se ve un retrato de Borges. Este Borges tiene más de 70 años. En realidad tiene 76, ya que la imagen está basada en una foto que le tomó el famoso fotógrafo norteamericano Richard Avedon en Nueva York en 1976.

 

Ahora bien: Al escribir los artículos de El hogar, el autor tenía menos de 40 años. No era ciego, ni canoso, ni delgado, como el Borges que aparece en la ilustración de Fernando Vicente. Era, en cambio, un hombre joven, enamorado, politizado y muy arraigado a Buenos Aires, que iba a todas partes en colectivo y aun no conocía la fama internacional.  La colección que haría posible este reconocimiento,Ficciones, no se había publicado todavía. Por otro lado, sí se conocían en Argentina, además de algunos de sus cuentos y ensayos memorables, sus famosos poemas de Luna de enfrente, Cuaderno de San Martín y Fervor de Buenos Aires. Este Borges joven, porteño y enamorado no era ni el idealista vanguardista de su adolescencia europea, ni el “anciano gurú”(como lo llamó Rodríguez Monegal) celebrado mundialmente por sus cosmogonías de espejos y laberintos.

 

Vargas Llosa perpetúa el mito del sabio ciego, el “ciudadano del mundo”, eligiendo referirse a su erudición en materia de literatura universal, despegado, de algún modo, de la realidad de su país. Esto se refleja en la opción de una ilustración que no ilustra el Borges de la época a la que se hace referencia, sino el estereotipo construido alrededor de una imagen que ya hace rato se viene revisando. Ya ha pasado más de una década, por ejemplo, desde trabajos como Borges en las orillas, donde Beatriz Sarlo nos muestra un Borges inminentemente local, porteño, profundamente argentino. Habían sido pioneras de este Borges más humano la biografía-testimonial de Estela Canto (Borges a contraluz, 1989) y la de María Esther Vázquez (Borges, esplendor y derrota, 1996), seguidas, más recientemente por la biografía del profesor Edwin Williamson (Borges, una vida, publicada en inglés en 2005 y traducida en 2007). Ya va siendo hora de que Vargas Llosa también lo vea, aunque, a juzgar por su reseña de Textos Cautivos, tal vez todavía le falte.

 

©Mariana Casale O’Ryan




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