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Tradiciones


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10/08/2017

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Además no permitió que se jurara por sus actos, a pesar de que así lo había decidido el senado, argumentando que todas las cosas de los mortales son inciertas, y que él, cuanto más consiguiera, más expuesto estaría al fracaso.


Cornelio Tácito, Anales.

Tal vez resulte inevitable y conveniente, viendo a España en fiestas, con sus tradiciones a cuestas, y el continuo desfile hacia cárceles y calabozos de personajes influyentes, reflexionar sobre la alegría, el triunfo, el dinero, la gloria y el orgullo. Y la muerte y sus reflejos. Sin olvidar a la Justicia.

Lo de la España tradicional en fiestas pone de manifiesto, en muchos pueblos y ciudades, la nobleza de unos animales que corren detrás de una manada sin volver la cabeza, sin atacar a nadie, sin malicia. Y la estupidez de otros que arriesgan su vida tan necia como absurdamente. El peligro, como se ve día tras día, no lo es tanto, pues los toros, como se puede comprobar, corren tan en linea recta que difícil es correr algún peligro salvo que se busque con ahínco poniéndose delante de sus cuernos. Por supuesto siempre hay algún animal que de forma imprevista se revuelve provocando entonces la tragedia. Es lo que le da emoción a estas fiestas. La sangre. El rojo es un color muy tradicional.

En algunos pueblos en fiestas el maltrato a los animales es sistemático. Y lo más patético del caso es ver y oír a algún espabilado adolescente defendiendo tal situación porque es una tradición del pueblo, y las tradiciones hay que respetarlas, dice, con la mayor seriedad del mundo. Faltaría más. Una pena que no considere una tradición ir al bancal a segar o al monte a alimentar una carbonera.

Y eso por no hablar de borracheras y todo tipo de abusos, pues en las fiestas parece que todo está permitido. Todo menos tener un poquito de educación y arrojar los papeles a la papelera, y no convertir la ciudad o el pueblo en un inmenso basurero.

Parece ser que en toda fiesta que se precie tiene que haber un muerto: o bien el toro, o bien el torero, o bien alguna que otra personalidad. También aquí el ser humano ofrece al espectador toda su dimensión de caña pensante o animal racional: los hay, defensores de los bichos, que ponen por delante de todo la vida de los animales, incluso por delante de las personas; estos defensores insultan al torero muerto, como si sus voces fueran a acompañar al alma del gladiador más allá del Hades. Si pudieran, seguro estoy, pedirían a Plutón, o a quien se tercie, que fije con cadenas el cuerpo, o alma, del finado en una roca del Cáucaso, y que aquel animal que él mató le cornee el hígado durante el día y que este le vuelva a crecer por la noche para volver a comenzar al día siguiente, como el mar. Y así ad nauseam.

Es patético leer la sarta de insultos, despropósitos y sandeces que se dicen en casos semejantes y parecidos. No se sabe qué es peor si ver el maltrato de los animales, u oír y leer lo que sus llamados defensores dicen. Tal vez la diferencia sea mínima. O sea todo uno y lo mismo. Como la tradición y la renovación.

Con estas actitudes, no obstante, se está rompiendo el tabú de ver al muerto como a una realidad intocable, tópica, del que sólo se pueden decir excelencias y bondades. La tradición considera a la muerte como una especie bautismo que nos libera de todos nuestros defectos, hechos inconfesables y salidas de tono, cuando no de cosas peores: el muerto, esté o no de cuerpo presente, deja de ser lo que era para convertirse en lo que nunca fue. Hay una filosofía no escrita, y aceptada, que prohíbe hablar mal de quien ha fallecido, así fuera la peor persona de la humanidad y del orbe. Una excelente tradición.

Todo es relativo en esta vida. Y hay muchas formas de presentar a una persona muerta sin calificarla directamente, de saltarse la tradición sin hacerla añicos. Hay que confiar, para ello, en una cierta perspicacia de quien ve, lee u oye la noticia. Ha sido significativo, durante estos días, tras el suicidio de Miguel Blesa, la presentación que se ha hecho en una cadena televisiva del personaje. Este hombre era, entre otras cosas, cazador: se suicidó con su propia arma, lo cual, para parte importante de esta sociedad, habrá sido motivo de alegría, como lo ha sido, también, el suicidio de otra cazadora. Es posible que se hayan salvado algunos animales montaraces con estas dos muertes. Lo que no justifica, en ningún caso, la desaparición de dos seres humanos.

Volviendo al caso de Blesa es cuando uno se percata de que, efectivamente, hay que mantener las santas tradiciones de la patria. Es una tradición, profundamente arraigada en el país, que los cargos, los puestos de responsabilidad, etc., no se consigan nunca por méritos propios, estudios, capacidad, dedicación, y demás, sino por militar en tal partido político, haber alcanzado algún cierto poder en un momento determinado, o ser hijo, amante o sobrino de alguien influyente o con cierto renombre. Es una forma de explicar, hay más, que ciertas personas se ocuparan de entidades bancarias cuando tenían la misma idea de economía, y de movimientos bursátiles, que las cabras que salían a cazar. ¿No había personas cualificadas para hacerse cargo de esas entidades y que detectaran todas las irregularidades que se producían en ellas? Seguro que sí; pero con estos no habría ningún prebenda que devolver, ninguna amistad que demostrar, ni, tal vez, ninguna componenda que arreglar ¿Y qué sistema político tan perverso permite que un político ponga a un amigo al frente de un banco aun cuando este no tenga ni idea de economía? ¿Y cuánto tiempo pasaban estos señores en sus oficinas estudiando los movimientos bancarios, las ganancias o pérdidas que eso estaba generando? Al parecer nadie los controlaba a ellos, y nadie se atrevía a llevarles la contraria porque tenían amigos importantes. Y para ellos, visto lo visto, los bancos o cajas de ahorro que presidían era la cueva de Alí Babá. España era una fiesta. Plena tradición. Con cacerías incluidas. La vieja queja del cervantino perro Berganza cuando se percata de que son los pastores, y no el lobo, quienes matan a los corderos para banquetear con sus blancas carnes. Como para olvidar la literatura clásica.

Al parecer, este fue el contrapunto de una cadena televisiva al suicido de Blesa, y un significativo apunte a la dimensión moral de esta persona. Cuando salió aquello de las preferentes, una verdadera estafa, un banquero de profesión sí que se dio cuenta de que el producto no se podía vender, como pretendían los gerifaltes, porque era una estafa. Dicho director, del mismo pueblo, para más inri, que el señor Blesa, fue despedido de su puesto de trabajo. No sabemos con qué razones. ¿Por negarse a seguir las órdenes de sus superiores? ¿Y por qué no investigó entonces la justicia si tenía razón o no dicho señor para negarse a cumplir dichas órdenes? ¿Hizo también la justicia la vista gorda ante una anunciada estafa? Ni la gente de su pueblo, tal vez conocidos de toda la vida, detuvo al estafador. No así al directivo que fue despedido por aquel. A veces, cuando se dan las noticias, lamento que estas no sean interactivas. O que los periodistas no sean más incisivos, al menos cuando tienen la obligación de serlo.

El banquero despedido por el señor Blesa, cuando se negó a vender las preferentes, salió en la televisión con motivo del suicidio de aquel. Moderado, muy moderado, le acompañó el sentimiento el familia, atreviéndose a decir, como mucho, que le amargaron la vida cuando fue despedido del banco. Nada más. ¿No fue un despido improcedente? ¿No pudo recurrir? ¿No tuvo nada que decir la justicia? A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo, reza la tradición. Allá van leyes do quieren reyes.

No es que la justicia en este país, siguiendo otra santa tradición, sea la panacea. No podía ser de otra forma cuando el poder judicial, ascensos, traslados y demás, depende del gobierno, que, siguiendo la tradición, tiende a premiar a quien se ha portado bien, o le ha sido favorable. Hasta cierto punto, pues, no debemos olvidar esta bonita relación. Ni la niegan ni se sonrojan o avergüenzan por ello; y así, cuando el presidente del gobierno fue a declarar a la Audiencia nacional, como testigo, lo recibió el jefe de dicha audiencia. ¿Por qué no? Es un detalle1. Seguro que también salieron a recibir al pobre banquero despedido por haberse negado a estafar a sus vecinos. Sería un detalle, además, que le ofrecieran, como marca la tradición, un vino de honor y unas aceitunas.

Nadie lo va a acusar, ni a él ni a otros dirigentes, de la muerte de Blesa.

Una vez más se ha culpado de dicha muerte, como de alguna otra, a la presión mediática que el personaje ha tenido que soportar. Se la buscó él. Alguna que otra persona también se ha suicidado porque ha perdido, con la estafa de las preferentes, todos los ahorros de su vida, o lo han desahuciado. Y no ha pasado nada: la prensa se escuda entonces en que no da noticias de suicidios para que no cunda el ejemplo. Pero como en todo, hay casos y casos. Y durante demasiado tiempo se ha estado permitiendo que determinadas personas hicieran lo que les diera la gana. Y tal vez no se decía nada porque decirlo, airearlo, era perder votos, y tal vez las elecciones. Y hacerse con el poder está por encima de cualquier ética. ¿Y para qué se quiere el poder? ¿Para llegar a situaciones tan lamentables como estas? El resto de los mortales recibían lo mismo que el cervantino Berganza si no ponían tierra de por medio o guardaban silencio cuando supieron a ciencia cierta quién era el lobo.

Es curioso: un profesor sale del aula con sus alumnos a hacer cualquier actividad; un alumno se escapa y hace cualquier trastada, y al profesor se le cae el pelo: sus alumnos son su responsabilidad. En los partidos políticos, no digamos nada del fútbol, pasan años y años mangoneando, viviendo como reyes, y nadie se enteraba de nada, nadie sabía nada. No les consta, no lo recuerdan, no se ocupaban, no tienen constancia. Ni ética. No hay responsabilidad. Es genial.

La vieja molienda: yo me ocupo de cocinar, y si veo un coche de lujo en el garaje de casa, recuerdo que esa noche voy a hacer patatas fritas con huevos fritos. O, a lo mejor, nos vamos a cenar a un hotel. Pero no sé nada más. Yo solo me ocupo de cocinar. Y si me aprietan, el coche será de la abuela, que fuma, y además tiene alzéhimer.

No hay nada que canse y aburra más que oír a un político español: son capaces de pasar horas y horas hablando para no decir nada. La misma paciencia, oyéndolos, acaba con los nervios de punta.

Sin embargo, no deben de tener la conciencia nada tranquila, pese a que nunca se sonrojan, ni cuando mienten ni cuando empiezan a soltar sandeces, ni cuando callan. Muchos políticos se decían amigos del finado. Pero nadie ha asistido a su entierro, tampoco han hecho declaraciones. No era correcto, políticamente hablando, dejarse fotografiar junto a la familia del viejo cazador, ¿y qué decir de él?. Al menos este, como un buen romano, ha tenido la decencia de suicidarse. En otros, en la inmensa mayoría, no alienta sino la arrogancia y la cobardía. Y seguimos en fiestas, que hay que respetar las tradiciones. Pues bien, Séneca, a quien algunos persisten en hacer español, ya se suicidó. Una tradición que deberían tener en cuenta.









1Tuvieron la decencia, o la precaución, de no retransmitir la entrada del testigo-presidente. No hizo falta. Fue todo tan absurdo, tan necio, que rozó el esperpento, si es que no lo fue. La justicia ha quedado, una vez más, a la altura del betún, es decir de los políticos que nos gobiernan.



Etiquetas:   Muerte
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