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Turismofobia


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06/08/2017

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Anda últimamente la opinión pública escandalizada por las fechorías que la izquierda radical y antiespañola está perpetrando contra los turistas en Cataluña, Baleares, Valencia, o en San Sebastián. Podría considerarse un simple hecho anecdótico si no fuera por la carga que lleva detrás. Es otra muestra más de esa parte de España que se ha propuesto con todas sus fuerzas hundirnos a todos.


Circunscribir el tema a las pendencias de los aldeanos catalanazis de Arran es un error, porque el movimiento es más antiguo y de más calado. Utilizar el turismo de alcohol y playa como excusa para esta respuesta irracional es otro error del mismo calibre, ya que el fenómeno ni es exclusivo de la costa, ni necesita excusa alguna para manifestarse.

Durante años hemos centrado en ETA el problema del País Vasco, dejando a un lado a ese llamado “nacionalismo moderado” que era el que en realidad daba a ETA buena parte de su cobertura ideológica y social. Con la turismofobia pasa algo parecido: lo que ahora nos escandaliza de las acciones de Arran no es más que la punta del iceberg de un movimiento promovido por buena parte de la izquierda española, con Podemos como gran protagonista, pero del que el nuevo PSOE de Pedro Sánchez no es ni mucho menos inocente.

Por eso resulta especialmente sintomático que la intelectualidad izquierdista esté condenado los ataques a turistas poniendo siempre la sordina del “ya, pero es que…”. Por eso no resulta extraño que el PSOE de Narbona y Sánchez, en vez de condenar sin paliativos, aproveche los ataques para soltar lo del “cambio de modelo turístico”, que en realidad lo que hace es dar cobertura ideológica a los ataques.

Lo primero que hay que decir es que España es una potencia turística de primer nivel, y que salvando las inevitables excepciones, ofrece un servicio turístico que no tiene nada que envidiar al de ningún otro país del mundo. A continuación hay que decir que el turismo supone más del 10% del producto interior bruto de la economía española, lo que dista un mundo de decir que España es un país de camareros, como se encargan de propagar a todas horas en La Sexta, en Cuatro o en Telecinco. Detrás de ese 10% hay multitud de empresas, autónomos, y, por supuesto, camareros, trabajadores de limpieza, recepcionistas, cocineros, transportistas,…Lo tercero que hay que decir es que el turismo también da de comer a mucha gente que no está directamente metida en el sector, y que, lejos de la imagen que se intenta difundir, España no es ni mucho menos un país sobreexplotado turísticamente, sino que aún dispone de un considerable potencial de crecimiento, sobre todo en lo que se refiere a turismo cultural y de interior.

¿Y por qué entonces se ataca al turismo? Pues por lo mismo que se ataca a Amancio Ortega.¿Desde cuando la izquierda española ha necesitado argumentos? Con la misma cara que se nos invita a abrir nuestras puertas a cualquier yihadista disfrazado de refugiado, se nos dice que el turismo va a acabar con la esencia cultural de nuestros barrios. El turismo de resort y gineteras es un gran invento si lo patrocinan Fidel o Raúl Castro, pero si se te ocurre alquilar tu piso a turistas en Madrid o Barcelona, eres un indeseable que quieres aplastar al pobre y sufrido pueblo español.

Igual que nos están convenciendo de que nuestra juventud se ve forzada a abandonar España como en los años 60, cuando somos uno de los países de la UE con menos trabajadores en el extranjero, ahora se trata de vendernos que los turistas vienen a expulsarnos de nuestros barrios y poco menos que a echarnos de nuestras casas. Chueca o Malasaña, ejemplos de barrios de vomitona y jeringuilla, que se han transformado hoy en barrios por los que se puede pasear tranquilamente sin mirar por el rabillo del ojo, son presentados por la izquierda como ejemplos de la satánica “gentrificación”, que es algo así como el Apocalipsis turístico. Que un matrimonio de 60 años, harto de ver yonquis durmiendo en su puerta durante los ochenta y noventa, haya decidido vender su piso de la “nueva Chueca” a un matrimonio gay por una morterada, es un hecho repudiable, y un síntoma más de la explotación neoliberal.

No hace falta irse a Salou, al Barrio Gótico de Barcelona, o a Magaluf. En una ciudad como Toledo, que debe buena parte de su actividad económica al turismo, es corriente oír al podemismo patrio renegar de los turistas.  Cascos históricos como el del propio Toledo, o el de Cáceres, que de no ser por el turismo hoy estarían desiertos o incluso hundidos, son escenario de la guerra de la izquierda contra el turismo, que no es más que la guerra contra todo lo que pueda hacer grande a España.

 No es que quieran acabar con él turismo, es que quieren acabar con nosotros.

 

 

 



Etiquetas:   Turismo   ·   Izquierda

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