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Nuestro nada exclusivo sacrificio revolucionario


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23/08/2011

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En uno de esos característicos programas de denuncias la cámara enfoca alternativamente a una ciénaga de aguas servidas y a una pobre mujer del barrio Casanova Godoy, al sur de Maracay, quien se queja de que cuando pudo por fin comunicarse con el Gobernador  Rafael Isea, para llamar su atención sobre la falta de obras de infraestructura en su barrio, éste le envió una misiva  donde se podía leer: “La revolución exige sacrificios, camarada”. Y terminaba la misma con el nuevo lema que ya no hace alusión a la parca, sino a un “vitalismo” de supuestas raíces nietzscheanas descubierto recientemente por nuestro presidente: “¡Viviremos y venceremos!”.


Hay una pequeña obra de ese monstruo de la literatura rusa que es Antón Chejov, quien se dio a la tarea de describir con rasgos rápidos y crueles a aquella sociedad de vida monótona y desolada  que constituía la Rusia prerrevolucionaria, llamada La sala número seis.  Saturnino Ximénez, quien conoció al mismo Chejov y fuera luego su traductor, se refiere a esta obra más o menos en los siguientes términos: La sala número 6 es, en una clínica, el departamento destinado a los que padecen alucinación mental; tugurio infame, poblado de chinches, mal ventilado y pestilente. El médico (Andrés Efimich Ragin)  se obstina en meter en la cabeza de los locos que vivir allí o al aire libre, tener hambre o  satisfacer el apetito, ser bien tratado o, en cambio, recibir puñetazos de parte del guardián Nikita, es todo exactamente lo mismo. El verdadero bienestar y la felicidad, no dependen para el Dr. Ragin de tales pequeñeces. El guardián Nikita, oyendo la exposición de esas teorías, juzga que el doctor es digno de compartir la suerte de sus enfermos, y cuando al fin, fatalmente,  llega a caer bajo su jurisdicción, aplicándole el mismo tratamiento que a los otros, le administra una paliza brutal que le causa la muerte.

Como se ve, es algo común que en todo tiempo y lugar existan seres que traten de hacer transitar obligatoriamente a sus semejantes por la senda del estoicismo, aunque no siempre los casos de la vida real tengan ese final tan aleccionador y  literario ni los que nos inducen a aceptar nuestras calamidades terminen probando “su propia medicina”. Pero lo que llama la atención no es sólo que los que nos emplazan a sacrificarnos no hagan ellos ningún tipo de sacrificio, lo que ya de por sí constituye una aberración, sino que nos convocan al sacrificio como condición necesaria para alcanzar una felicidad de la que no podremos gozar, paradójicamente,  los sacrificados.

Y esto me recuerda una disertación de Popper, leída en el Institut des Arts de Bruselas, en 1947, a raíz de la necesaria reflexión tras la inminente derrota del nazismo y el fascismo y la cantidad de muertes  y estragos que habían causado éstos movimientos en toda Europa. Esa conferencia llevaba por título Utopía y violencia, y en ella Popper se afana en demostrar cómo la creencia en cierto ideal utópico cancela la discusión y lleva irremediablemente a la violencia. Allí nos recuerda no sólo que es imposible tener una discusión racional con alguien que prefiere dispararnos antes de ser convencido por nosotros, sino también la cantidad de guerras religiosas que se libraron en pro de una religión del amor y la bondad, y el total de cuerpos que fueron quemados vivos con la intención de salvar sus almas. Nos hace ver que la utopía en política es aquella acción que persigue un fin poco razonable,  y que por eso mismo es autofrustrante y conducente a la violencia. Por lo que Popper termina instando a los políticos a que trabajen para la eliminación de bienes determinados más que para la realización de bienes abstractos; y que tiendan a la eliminación de las desgracias concretas más que a la de establecer la “felicidad” en la tierra por medios políticos. Las premisas sobre las que descansa la argumentación de Popper terminan siendo irrebatibles y dignas de leérselas al gobernador Isea: ninguna generación debe ser sacrificada en pro de generaciones futuras; y no está nada bien tratar de compensar la desdicha de alguien con la felicidad de algún otro. Seguramente la señora del barrio Casanova Godoy, viendo su situación actual  y  las promesas revolucionarias, terminaría por dar también la razón a Popper.



Etiquetas:   Política

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