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Porque ¿quién no teme a un dios
que todo lo ve de antemano, que todo lo medita y controla, y que
lleno de curiosidad y de ocupaciones, piensa que todo le incumbe?
Cicerón,
Sobre
la naturaleza de los dioses.
La buena de doña Paquita estaba
deseosa, al parecer, de variar el tono de las conversaciones. Lo
atribuí a un mal día, al calor; y, tal vez, a la imposibilidad de
descansar correctamente. No obstante, ya eran varias veces que le
había notado ciertos deseos de cambiar de tema y tono, de adentrarse
en otros derroteros más íntimos por los cuales, la verdad, a mí no
me apetecía nada caminar. Así que si ella hacía preguntas más o
menos personales, con todo el tacto y la educación que la
caracterizan, yo, también con tacto y buenas maneras, obviaba la
pregunta y me iba por otros derroteros, por la mitología, o la
historia, o lo que fuera. Todo menos hablar de mí mismo. Cada uno
tiene sus manías y sus tabúes.
-¿A
usted -me preguntó una mañana mirándome fijamente- no le da miedo
la muerte? Cuando uno es joven es algo que parece que nunca va a
llegar, pero a nuestra edad… cayado
que sucumbe que con poca carga se doblega...
-Cuando uno es joven -le contesté-
juzga la muerte y la enfermedad desde la plenitud, desde la fuerza y
el optimismo. Y entonces la muerte parece muy lejana y terrorífica.
Y seguramente no lo es. Dicen que asusta más la pompa de la muerte,
que la muerte misma.
-Debo entender entonces que a usted
no le da miedo.
-No lo sé, señora. No puedo hablar
de lo que no he experimentado. Perdón. Acabo de decir una tontería.
No he llevado una vida peligrosa, ni mucho menos; pero sí he vivido
varios momentos un tanto duros. Y he tenido miedo, supongo que como
todos los humanos. No obstante, también imagino que una persona que
esté enferma, y no tenga posibilidades de sanar, verá la muerte
como una liberación. No ve lo mismo en una barra de pan un saciado
que un hambriento. Creo que todo esto es una cosa cultural…
-Y está la pena de muerte, el peor
castigo que se le puede infringir a un ser humano.
-Eso dicen. Séneca arguyó que no
quitaban la vida sino unos pocos años… No creo que sea el peor
castigo.
-Y luego -dijo la mujer que aquella
mañana no estaba por la literatura- está la existencia o no de
Dios, que agrava el problema. O lo alivia.
Nada más terminar la frase me miró
de hito en hito para ver si yo daba señales o muestras de estar
reprimiendo la risa. Me mantuve todo lo serio que pude.
-Si existe Dios -le dije también
con toda la seriedad del mundo- es para tener miedo; y tal vez para
desear volver a la vida, aun con todas sus bajezas y miserias.
-¿Por qué dice eso? -me preguntó
abriendo unos ojos como platos.
-Porque los dioses son crueles.
Crueles y terroríficos. Vengativos. Rencorosos. Malos. Si existen es
mejor mantenerse alejado de ellos. Igual que sucede en ciertos
momentos de la vida: cuanto menos gente sepa que uno existe, mejor
que mejor.
-¿En qué dios está pensando usted
cuando dice esas cosas?
-En el que usted quiera. Aunque
tengo que reconocerle que también el ser supremo, o la concepción
que tenemos de él, ha variado con el tiempo. Como toda creación
humana.
-¿Y si no fuera así? Imagínese
por un momento que Dios existe. ¿Qué pasaría con usted entonces?
Porque usted no es creyente, ¿verdad?
-¿Usted ha tomado por verdaderas
todas las historias que le he contado yo sobre Zeus, las ninfas,
Dafne y los demás seres mitológicos?
-No, por supuesto…
-¿Y quiere usted que yo me crea que
un Dios todopoderoso envía a la tierra a un hijo suyo para que lo
crucifiquen porque no sé a qué señores se les ocurrió comerse una
manzana? Y todo aquel que no crea que él es el dios verdadero será
condenado al fuego eterno. Si eso no es odio y rencor...
-Visto así…
-¿Y de qué otra forma quiere que
lo vea? Según el cristianismo, nacemos en pecado porque nuestros
primeros padres pecaron. Sinceramente, me parece una bajeza hacer
cargar al hijo con el pecado del padre.
-No hay que hacer mucho caso. Eso
son ritos de iniciación sin mayor transcendencia.
-Eso es una interpretación suya.
Pero supongamos que es así. Entonces el bautismo sería el rito que
nos permite formar parte de una comunidad con unas ciertas creencias.
¿Es así?
-Sí.
-¿Y no cree que para eso se debería
de tener una cierta edad? El recién nacido pasa a ser miembro del
Partido Comunista, con carnet y todo. Si un partido político hiciera
esto, todos pondrían el grito en el cielo.
-Hombre, hay una diferencia
sustancial. Un partido es creación humana, y Dios, no.
-¿Está usted segura?
-Algo tiene que haber. En los
momentos de desaliento, en la oscuridad de la noche…
-Es cuando el ser humano da toda su
amplia medida de soledad y desamparo. Y más en nuestro caso, con la
mitad de la cama vacía... Se percata de lo poco que es, y le entra
miedo. Y entonces recurre a ese dios del que usted habla. Otros,
también con el miedo en el cuerpo, recurren a otras divinidades:
roban todo cuanto pueden porque creen que, así, tienen asegurado el
futuro y el respeto de sus semejantes. El más allá les importa muy
poco. Por mucho que después de robar y estafar vayan y misa y se den
golpes en el pecho.
-Eso no significa que Dios no
exista.
-Ya sé por dónde me va a salir.
Argumentos de los años cuarenta del siglo pasado: el que haya un mal
médico no quiere decir que la medicina sea nociva.
-¿Y acaso no es cierto? Usted se
fija en los reflejos, no en la realidad en sí.
-Esto no nos va a llevar a ningún
sitio, querida señora. Yo no sé si dios, o los dioses, existen o
no. Ni lo sé ni me importa. Y ya que habla usted de reflejos y
realidad: si Dios existe, está claro que la Iglesia debería de ser
su fiel reflejo, ¿no? ¿Usted ha visto a algún obispo oficiando una
misa solemne por un obrero que ha muerto tras caer de un andamio?
Seguro que no. Ahora bien, a cualquier político, por más corrupto
que haya sido, le dedican todo tipo de ceremoniales, con incensarios
incluidos. No me diga que no es penoso. ¿Y eso lo dijo Dios?
-Sí, es penoso. Pero yo quiero o
quería hablar de la existencia o no de Dios, no de las
interpretaciones que hacen los hombres.
-Es que a Dios, querida señora, no
lo vemos. Y resulta difícil hablar de él. Pero sí que vemos al
prójimo. Y viendo cómo se tratan los unos a los otros,
especialmente los creyentes, es para dudar de todo.
-Es decir, que según usted, Dios
debería intervenir en el mundo y corregir su creación.
-Es lo que hace todo buen escritor
que se precie.
-Hasta un momento determinado.
-Lógico, un escritor no es dios, y,
por lo tanto su tiempo es limitado. De ahí que deje de corregir su
obra, que sabe imperfecta. Y en lo de intervenir, casi mejor que no
lo hagan. Por ejemplo, en la mitología griega no hay diosa más
cruel que Hera: a Calisto, ninfa también violada por su marido, la
convierte en osa; pero después de haber parido a su hijo. Y como no
se ha podido vengar en este, intenta que, siendo cazador, mate a su
madre… Es demencial.
-Bueno, esos son dioses de los
gentiles. En el cristianismo no hallará usted semejante barbaridad.
-No estoy muy versado en
cristianismo, y no se lo puedo decir; pero si como quería san
Agustín lo de arriba es igual a lo de abajo, y viceversa, está
claro que tiene más posibilidades de entrar en el cielo un corrupto,
un ladrón, que un homosexual. Porque parece ser que para ese señor
dios el hombre se divide en dos: lo que está por encima del ombligo,
y lo que está por debajo del mismo. Con lo que está por encima
puede hacer lo que quiera, y no hay problema; pero lo inferior es
otro tema… No he visto que a ningún corrupto se le haya impedido
participar en ninguna ceremonia religiosa. A los homosexuales, sí.
¿Cómo quiere que no le tenga miedo o prevención tras la muerte?
Además, dudo que tras la muerte haya algo que no sea la desaparición
total y completa. Cosa, por otra parte, que es lo mejor y lo
deseable.
-¿Entonces usted cree que no hay
nada? ¿No es desalentador? Tras toda una vida, una tiene derecho a
esperar un poco de reconocimiento, de cariño…
-Y lo tendrá: en el reposo más
completo y absoluto que existe.
-¡Ay, por Dios! Yo no puedo
compartir eso con usted. No sé cómo puede vivir pensando así, y
más a estas alturas.
-Yo no tengo muy buen concepto de la
humanidad, señora. No creo que esta sea la creación de ningún
dios, salvo que este fuera tuerto de un ojo, ciego del otro, manco de
la mano derecha y tuviera tullida la izquierda…
-De unos buenos padres, y usted lo
sabe, salen unos trastos de hijos.
-Sí, pero ningún padre le da un
chupete a su hijo y le prohíbe que lo muerda cuando le duelen las
encías. Aunque, cierto es, parece que todas las religiones tienen
sus pruebas y sus prohibiciones. Y eso sí que sería interesante:
hacer un estudio comparativo de las religiones. Creo que están tan
interrelacionadas entre sí como dice usted que están las diversas
literaturas.
-Quizás Dios se manifieste siempre
al hombre con algunas ligeras variaciones. De ahí la similitud entre
unas y otras.
-No lo sé. Tal vez tenga razón.
Pero imagínese la cara que pondría cualquier griego cuando, con la
moneda para pagar a Caronte, se percatara, es una forma de hablar,
que ni hay Caronte, ni barca ni nada. De hecho -añadí riéndome-
las monedas han aparecido en las tumbas. Tal vez por eso el
cristianismo no exige peaje para el más allá.
-¿Y no cree usted que el
cristianismo ha aportado algo bueno a la humanidad? ¿Quién dijo
aquello de que si Dios no existiera habría que inventarlo?
-Tal vez lo dijera Cicerón, no lo
sé. Pero no creo que el hombre actual le tenga mucho miedo al más
allá. No hay más que verlo cómo actúa.
-Sí, pero a la hora de la verdad…
-Eso es un tópico. Todas las horas
son las horas de la verdad. Todas hieren. Y esto, querida amiga, no
nos lleva a ninguna parte. Es hablar por hablar.
-No sé. Quizás tenga razón.
Aunque algo me queda balbuciendo...