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Flores de cantueso


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20/07/2017

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Mitología es el conjunto de las leyendas. Leyenda es todo relato de sucesos que son inciertos e incomprobables, pero sobre los cuales existe una tradición que los presenta como realmente acaecidos.


Antonio Ruiz de Elvira, Mitología clásica.





-Recuerdo que durante una época de mi vida -le dije tras saludar a doña Paquita, apenas se hubo sentado a mi lado, pues aquella mañana había sido yo el primero en entrar en la sala- recuerdo, como le digo, que estaba muy interesado en estudiar o desvelar, si ello es posible, cómo se produce la inspiración. Pero no me preocupaba la inspiración literaria o pictórica, que, creía, eran y son fáciles de comprender, seguir y analizar, sino la inspiración musical, que era un misterio para mí.

-¿Y a qué se debió ese interés? -me preguntó un tanto asombrada alargando la mano para coger la taza de café que le estaba ofreciendo.

-Creo que fue debido a que tengo una mente muy poco dotada para las abstracciones. Es decir, que hay infinidad de cosas que ni comprendo ni comprenderé… Por ejemplo, Ovidio coge una historia que ya existe, la de Penélope esperando a Ulises, y compone una carta de esta a aquel. Está claro que Ovidio se apoya en Homero, en historias o relatos que ya ya ha leído, y a las cuales les da una forma nueva. Y Homero se inspiraría en hechos o consejas...

-¿Y qué problema tenía con la música? ¿No es lo mismo?

-Eso me dijo la profesora de música del instituto cuando fui a hablar con ella, y le pregunté de dónde salía el sonido. ¿Tiene la misma fuente de inspiración el sonido y la palabra? Me dijo que una música sale de la otra, y la otra de esta última, y así hasta el infinito. Y cada compositor, si quieres -me explicó- tiene su propio estilo, como los escritores; pero, en el fondo, todos están emparentados, y no se entiende a los unos sin los otros. El músico hace música porque oye música. De ahí sale la inspiración, concluyó.

El rostro de doña Paquita se iluminó con una amplia sonrisa.

-Le está dando usted la razón -me dijo- a aquel profesor que nos decía que debíamos leer los libros por orden cronológico. En caso contrario no nos enteraríamos de infinidad de cosas.

-¿No me diga -le pregunté también sonriendo- que usted le hizo caso, y se lo leyó todo por orden cronológico?

-Yo siempre he vivido acomplejada. Siempre he tenido que sufrir un enorme complejo de inferioridad. O he sido muy buena alumna. O las dos cosas al mismo tiempo. La cuestión es que, tras aquella clase, y otras en las que vino a decir lo mismo, me cogí el libro de texto de literatura, y comencé a leer los libros que estaban en la primera página. Por cierto eran la Odisea y la Ilíada. Y seguí, años y años, hasta llegar a don Benito Pérez Galdós.

-Una locura, permita que se lo diga.

-Tal vez. No lo sé. Aunque a veces, es cierto, me pregunto cómo no llegué a odiar a la literatura. Hubo libros que se me hicieron insufribles. Todavía me produce sudores y bascas el recordar, y ya me dirá usted dónde está el chiste, el famoso catálogo de las naves de la Odisea, o de la Ilíada, que ya no recuerdo.

-Ya me lo imagino. Y no hay ningún chiste: era una forma, por parte del poeta, de manifestar su erudición. Los tiempos cambian. Y los gustos.

-Pese al enorme aburrimiento de muchos y muchos días, seguí y seguí, sin cejar. Todo el mundo decía que aquellos libros eran imprescindibles, pero nadie me explicaba por qué. Y yo no lo veía.

-¿Y se lo han explicado ahora?

-No me lo han explicado; pero ya lo sé. Creo.

-¿Y valió la pena tantas horas de aburrimiento o de no entender nada?

-Sí, sin ninguna duda. Me acordaba continuamente de una fábula de Samaniego. Unas monas cogen una almendra, y como son incapaces de romper la cáscara, desprecian el fruto y lo tiran. Otra, más inteligente, consigue romper el armazón, llegar a la fruta y alimentarse.

-Es lo que hacía usted en clase, ¿no? Era la encargada de abrir el lenguaje del siglo XV o XVI, y que los alumnos disfrutaran con lo que se escondía tras él.

-Sí. Y eso me llevó a reflexionar sobre alguna que otra cosa. Por ejemplo, una persona cualquiera, sin hacer ningún esfuerzo, a cualquier hora del día o de la noche, puede oír la más desustanciada canción del momento, o ver la más absurda de las series de televisión sin necesidad de que nadie le explique nada, sin trabajo, sin esfuerzo. Por el contrario, oír a Mozart, o ver un entremés de don Miguel de Cervantes, si es que lo montan, le va a exigir mucha dedicación y energía. Por eso se desprecia tanto todo aquello que es clásico, o que no es de nuestra época.

-Se desprecia lo que no se comprende.

-Y lo que exige esfuerzo, sobre todo para los perezosos mentales, que son legión. Usted con la mitología lo tenía un poco más fácil que yo.

-Tal vez; pero el latín no sólo es mitología. Yo también me las vi y me las deseé, y tuve que hacer maravillas para que se aprendieran las declinaciones y demás. Pero es que incluso la mitología no crea usted que entraba así como así. A veces se convertía en una materia dura.

-No me diga.

-Sí, así es. ¿Sabe? Yo nunca he sido partidario de las pedagogías, ni de los libros de pedagogía, ni menos todavía, de los pedagogos, muchos de los cuales en su vida han pisado un aula. Prefería, por el contrario, hablar con compañeros, y si eran de otros centros, mejor. Quería experiencias directas.

-Hablar con otras personas, si no es para murmurar, siempre enriquece.

-Así es. Un día, un compañero me contó que el padre de un alumno había ido a quejarse a su instituto por la cantidad de tiempo que este profesor “perdía” en las clases contando mitos de esto y de aquello.

-¿Por qué no se meterán en sus cosas y nos dejarán hacer nuestro trabajo en paz?

-Tienen derecho, oiga, hacen bien. Nunca es tarde para aprender. Y como el profesor ya conocía al padre, exigió que en la tutoría estuviera presente o el jefe de estudios o el director. Se reunieron con el padre. Y nada más verse, el profesor le preguntó al susodicho padre si estaba de acuerdo en comprarle una moto, de gran cilindrada, a su hijo.

-¿A qué santo de qué viene esto? -se sulfuró el atribulado padre.

-Serénese -le aconsejó el profesor-. Esa es una de las grandes preocupaciones de su hijo. Y eso, y las fuertes discusiones con usted, hace que, muy a menudo, no esté atento en las clases.

¿Qué tengo que hacer entonces? -preguntó sarcástico el padre- ¿Comprarle la moto para que le siga a usted con sus absurdas historias?

-¿Le he dicho yo eso? -preguntó mi compañero sin perder la calma.

-No. Pero ¿qué pretende usted, desviar la conversación para que no hablemos de lo que hemos venido a hablar aquí?

-En absoluto. Estoy muy centrado en el tema.

-¿Me toma usted por idiota?

-No señor. Y no lo hago por la sencilla razón de que cada uno juzga según es él. Y ahora si me permite, y le ruego que me escuche atentamente, le voy a contar la historia, es un mito, que según usted sólo sirve para perder el tiempo.

-Y sin más -le dije a doña Paquita- aunque adaptada y modernizada, arreglada y glosada por él, le contó la historia de Faetón, de aquel buen adolescente que quiso conducir el carro del sol cuando ni tenía fuerzas ni experiencia para hacerlo. Claro, se la tuvo que leer en castellano, con lo cual perdió un poco de la fuerza original. Pero aun así, según me contó, le quedó muy propia.

-Me parece muy bien lo que hizo su compañero. ¿Y cuál fue la reacción del padre?

-Creo sinceramente que uno de los graves problemas del hombre es la falta de humildad. Esa carencia nos hace ser arrogantes, insolidarios, maleducados y necios hasta el absurdo. Aquel padre no pudo machacar al profesor, cosa que, al parecer, es la que se proponía. Y como no lo pudo hacer, tampoco estuvo dispuesto a darle la razón.

-¿Qué tiene que ver el carro del sol, y el Antón ese con una moto y con mi hijo? -dijo saliendo de la tutoría doblemente insatisfecho. Por no haber conseguido lo que quería, y por tener que reconocer, sin querer confesárselo ni a él mismo, que era un ignorante, al menos en ciertas materias.

-¿Cree usted que la mitología sirve para explicar el mundo actual?

-Para explicarlo tal vez no. Pero una de dos: o los griegos lo inventaron todo, fueron unos gigantes, y nosotros somos enanos encaramados en sus hombros, o el hombre cambia muy poco, y lo que fue ayer es hoy, y lo que es hoy será mañana. Y sí, la mitología nos advierte sobre muchas cosas por eso mismo. Ahora bien, entenderla de esta forma o de la otra depende de cada uno, de cómo la lea.

-Igual que pasa con todo. Hay un capítulo magnífico, ¿y cuál no lo es? En el Ingenioso hidalgo… en el cual cada uno de los personajes dice qué es lo que más le gusta de las novelas: los golpes, las peleas, las declaraciones de amor… Es decir, cada uno se fija en aquello que es de su gusto.

-Efectivamente. De ahí la importancia de tener muchas y amplias visiones. Es decir, usted puede leer el mito de la lucha de Herakles contra Atlante como una narración, algo que tal vez pasó, o conectarlo con la importancia de la tierra, con Drácula y su necesidad de llevar ataúdes con tierra de Transilvania, o con los desamparado que se debería sentir un griego en tierra de bárbaros: sin conocer la lengua, sin conocer a nadie… Y así hasta el infinito. Imagínese usted en Japón o en China sin dinero y sin saber la lengua, y cuando no existían las embajadas. Y el contento y la alegría de ver el campanario de su pueblo. O la acrópolis.

-Siempre he pensado que las Humanidades son imprescindibles para el hombre. Y si las olvida, como está sucediendo, no va a conseguir otra cosa que vivir castrado.

-Y cometiendo muchos errores. Por ejemplo, cuando se habla de democracia y demás, creo que lo primero que tendrían que hacer los legisladores, yo propondría que se editara con la Constitución, es leer y hacer leer el mito de Procusto. A lo mejor se terminaba alguna que otra absurda tontería. Y algunas necias tutorías.

-¿Usted cree?

-No, francamente, no. Insisto en que nos falta humildad.

-No se. Tal vez tenga razón.



Etiquetas:   Educación

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