Edición   |  Quienes somos    Contáctanos    Regístrate    Cómo publicar en Reeditor
Últimas etiquetas:   Educación   ·   Escritores   ·   Cultura   ·   Periodismo   ·   Lectores   ·   Asamblea Constituyente   ·   Elecciones   ·   Venezuela   ·   Oposición   ·   Nicolás Maduro


Enamorado sin causa


Inicio > Ciudadanía
13/07/2017

96 Visitas



p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: rgb(0, 0, 10); line-height: 120%; text-align: left; }p.western { font-family: "Liberation Serif",serif; font-size: 12pt; }p.cjk { font-family: "Noto Sans CJK SC Regular"; font-size: 12pt; }p.ctl { font-family: "FreeSans"; font-size: 12pt; } No es la educación lo que hay que reformar, como creían los que acusaron y ejecutaron a Sócrates, sino que es el estado el que tiene que renovarse desde sus cimientos.


Werner Jaeger, Paideia.





-El otro día -me dijo doña Paquita, casi sin tiempo para saludarla- estuvo usted hablando de las metamorfosis de un par de ninfas, Dafne y Siringa, si no recuerdo mal.

-Sí, es cierto. Y creo que hicimos un par de reflexiones sobre ellas.

-Así es. Me vinieron muy bien porque me recordaron ciertos pasajes de Don Quijote. Y algunas olvidadas reflexiones de juventud. Ignoro si a usted le sucede lo mismo que a mí; pero, a veces, oyéndolo hablar, o leyendo, tengo la impresión de que toda la literatura es una y la misma. O si quiere, unos libros van complementando a los otros, o dando una visión diferente sobre el mismo asunto, o contestando a lo que, tal vez, plantean o dicen unos y otros. Es como una especie de mágico diálogo en el que rara vez intervienen las mismas personas dos veces seguidas, aunque siempre se mantiene el sentido de lo planteado y contestado. Espero que me entienda.

-Sí, la entiendo; creo que sí. Pero para poder defender o sustentar eso, querida señora, con un mínimo de rigor, habría que ser un erudito, un excelente conocedor de unas cuantas literaturas, y de algunas épocas. Y yo disto muchísimo de serlo.

-En verdad -dijo la buena señora lamentándose- la vida es bien corta. No podemos pretender tanto. Añada a esa brevedad el tiempo que pasamos durmiendo, los días en los cuales no nos encontramos bien, o los que el cansancio nos rinde. Imposible llegar a ese conocimiento que usted reclama y que requiere el asunto.

-Sí, es una pena. Pero de nada valen los lamentos. Y menos estos.

-Tiene razón. Vaya por delante que yo tampoco soy una erudita, ni pretendo pasar por tal…

-Señora -le interrumpí- no nos oye nadie. Ningún necio inspector o director va a venir a comprobar cómo da usted la clase, o cómo deja de darla y si sus métodos son los adecuados o dejan de serlo. Hable sin temor.

-Ya que los ha nombrado: tuve problemas con la dirección, con algunos padres, y con un par de inspectores. Todos hacían a los alumnos tan tontos como lo eran ellos mismos. ¡Y vaya si lo eran!

-Nihil novum sub sole. Nada nuevo ni bajo el sol ni a la sombra de cualquier castaño, árbol o pared. Ya me estoy imaginando lo que le sucedió.

-¿En serio?

-Et in Arcadia ego. Yo también fui profesor. Cuente.

-Pusieron el grito en el cielo unos y otros porque en unos cursos de 1º de la ESO, qué tiempos aquellos, les puse a los alumnos Lazarillo de Tormes, como libro de lectura obligatoria. Según aquellas sesudas cabezas no era el momento ni la edad adecuada para semejante libro.

-¿Y qué pasó cuando les preguntó a qué edad se deben leer esos libros?

-Sabe la respuesta, ¿no?

-Me la imagino: le salieron con aquello de las papillas y los biberones, que es un metáfora necia y absurda, puesto que deja en el aire cuándo se deben dejar unos y pasar a otras.

-Además, es una metáfora inútil; sencillamente porque entre el alimento fuerte, Lazarillo, y el joven comensal, está el profesor, aquel que pela y tritura el alimento para que pueda llegar al nuevo estómago sin dañarlo sino todo lo contrario.

-Además, y ahí me apuesto el cuello, quienes la criticaron ni habían leído Lazarillo ni, posiblemente, más libros que los que les exigieron en la carrera, y en fotocopias, seguro. Así que cuando vieron una línea escrita en castellano antiguo, se marearon y ya tuvieron suficiente.

-A veces me preguntaba, y pregunto, cómo era posible que esas personas hubiesen llegado a ser directores o inspectores… Imagino que igual que muchos otros han llegado a presidentes y jefes de estado. Estoy convencida de que no se podrá renovar el sistema educativo mientras no se renueve la sociedad. De arriba abajo.

-Y no me diga que estas reflexiones -le dije sonriendo- las ha hecho oyéndome hablar de Metamorfosis, de Ovidio. O, si es así, explíqueme las conexiones. Se me escapan.

-No. Esto ha sido una pequeña digresión al nombrar usted a la inspección del instituto. No quería hablar de esto. No era esa mi intención. Me llamó la atención el otro día, y este era el tema, cuando contó las transformaciones de Dafne y Siringa, que, efectivamente, fueran las mujeres quienes, inocentes, tuvieran que cargar con la culpa del crimen, o del intento de violación, al que las querían someter los hombres, y que ellos quedaran libres, impunes.

-También le dije que la mitología es una fuente inagotable de enseñanzas. ¿Cuántas veces en la sociedad se ha difamado, vilipendiado y perseguido a quienes han denunciado un crimen, antes que al mismo criminal? ¿Y cuántos periódicos y periodistas, con códigos deontólogicos, pregonados por aquí y por allá, han callado, callan, y publican lo que les interesa, y tergiversan lo que les viene en gana para no dañar a la mano que les da de comer? Nada nuevo, querida señora. Hemos visto ejemplos recientes de duros castigos a quien denuncia la corrupción, que no al corrupto. Por no hablar de la desaparición de documentos comprometedores para estos. Estamos rodeados de sinvergüenzas. Por todas partes.

-Sí; pero hay una cierta justicia poética. Literaria al menos… Yo creo que a favor de Dafne, si es posible hablar así, y de Siringa, y de otras que me irá usted dando a conocer, está don Miguel de Cervantes. Se halla ese cambio en la historia, incluida en Don Quijote, de la pastora Marcela. Esta, igual que Dafne, decide vivir en el monte apacentando su ganado. Su belleza es mucha. Incontables zagales se enamoran de ella, llegando hasta al suicidio, uno, por supuestas frialdades de Marcela. Y el día del multitudinario entierro del enamorado y no correspondido, cuando todos hablan de la dureza de su corazón, se aparece ella sobre un peñasco… No, no voy a cansar con el discurso de la buena moza. Léalo. No tiene desperdicio. Pero viene a decir que si por hermosa todos la siguen, y ella a ninguno halla hermoso, ¿por qué tiene que amarlos? Y si eso es así, ¿tendría derecho, caso de ser fea, a exigir que la amaran los bellos?

Se quedó mirándome durante unos segundos. Yo estaba meditando.

-¿Qué piensa usted?

-No me cabe duda de que Cervantes era un hombre muy culto; y que, dada la época, el momento, y los materiales que maneja, los conozco por notas a pie de página que no directamente, leyó a Virgilio y a Ovidio. Así que es posible que Marcela sea la voz de Dafne, que resuena al cabo de muchos siglos. Dicho entre nosotros y sin inspectores que nos oigan.

-Así sea.

-Yo también tendría que investigar todo cuanto le voy a decir. Pensamientos del momento. Pero también en la mitología, al menos de vez en cuando, el culpable se lleva su castigo. Ahora bien, no olvidemos, que los conceptos de crimen, culpa y pecado, no son los mismos ahora que en aquella bendita época. Esto conviene tenerlo claro. Y Apolo, sí, de alguna forma recibe su castigo de manos de Casandra: esta le promete entregarse a él, que también la persigue, si él le da el don de la profecía. No obstante, conseguido dicho don, huye del dios como lo hizo Dafne, aunque con mejor fortuna. Eso sí, Apolo entonces, ya que no le podía quitar lo que le había dado, hizo que nadie se creyera sus profecías. Casandra se convierte en la patrona de los padres sesudos y de los profesores con un poco de ética: todos dan voces en el vacío. Y, creo yo que no falta el sentido del humor en la historia: Apolo no puede predecir que Casandra lo va a engañar… Imagínese qué tipo de adivino era...

-Tampoco don Miguel de Cervantes se queda con una sola versión de los hechos. Parece ser que el buen hombre no tuvo mucha suerte con las mujeres. Así que en otro capítulo no salimos muy bien paradas. En este caso, Leandra, joven rica y hacendada, requerida por unos y por otros, se prenda del papagayo Vicente de la Roca, quien si más gracias que sus rotos vestidos y saber rasguear la guitarra, la hace salir de su casa y la abandona después de haberla despojando de cuanta joya, ropa y dineros llevaba encima. Menos de la doncellez. Cervantes nos compara a las mujeres con una cabra, Manchada, que, como sabe, siempre tira al monte.

-Yo creo que Cervantes era un buen humorista. O que tenía un sano sentido del humor.

-¿Y usted ve en esto -preguntó volviendo a la carga- algo que un niño no pueda entender si se explica adecuadamente?

-Creo, oyéndola, que usted tuvo que ser una buena profesora. Dígame, ¿cómo lograba que los niños disfrutaran con Lazarillo y que lo entendieran? No es tema baladí.

-Sencillamente convirtiendo la clase en un pequeño teatro. Disfrazándolos. El aula se transformaba en una plaza muy animada: uno cantaba, otra vendía manos de cerdo, el de más allá pregonaba vinos, otros discutían por no haberse cedido el paso... Utilizando todos el lenguaje de la época. Y en el centro, Lázaro y el ciego se comían las uvas, o aparecía el escudero… ¿Qué le parece a usted?

-Que tenía que haber invitado a los padres a esas clases.

-Me hubieran tirado en cara que aquello no servía para aprobar los exámenes. Recuerde la necia controversia que surgió hace algunos años porque a unos necios se les ocurrió pensar, confundiendo la cultura con un programa de televisión, que una persona mayor no se acuerda de muchas de las cosas que estudió de joven. Y, por lo tanto, son inútiles.

-Tampoco se acuerda, seguramente, de la primera papilla que tomó. Olvido que no ha impedido crecer y desarrollarse. Y por otra parte, y volviendo al asunto de la interrelación de las literaturas, me ha recordado usted un libro que leí de Juan Luis Vives. Debería ser conocido por todo profesor que se precie. Cita en él, entre otros, a Quintiliano, quien les recuerda a los preceptores que los niños son como pequeñas vasijas de boca angosta, que escupen el líquido cuando se vierte en ellas con profusión, pero lo reciben si se instila gota a gota. Y gota a gota, en manos de un buen profesor, se puede instilar Odisea, Metamorfosis, Lazarillo, y lo que usted quiera.

-No he leído a Vives. Lo siento. Pero oyendo la cita, parece que no sólo las grandes obras se dan respuestas las unas a las otras, sino que también salen al camino para poner puertas e impedimentos a todas las necedades.

-Hay que renovar la sociedad, o seremos siempre enamorados sin causa. Y hay que renovarla porque son muchos quienes piensan, y practican, que es más fácil ser sabio, parecerlo, criticando y poniendo en solfa cuanto hacen los demás, que cuestionándose uno a sí mismo.

-¿Entonces está usted de acuerdo en que la voz de la pastora Marcela puede ser la de Dafne, que resuena al cabo de los siglos?

-¿Por qué no? Y, además, creo que sería interesante un estudio de la cultura analizándola desde ese punto de vista.

-Tenemos que insistir en ello.

-Somos afortunados: tenemos todo el tiempo del mundo.

-Ni que fuéramos jóvenes.

-Si fuera joven, querida amiga, no plantearía usted lo que está planteando ahora. Seamos justos.

-Quizás. Tal vez.







Etiquetas:   Educación
Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario








Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
15524 publicaciones
4072 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora