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No
es la educación lo que hay que reformar, como creían los que
acusaron y ejecutaron a Sócrates, sino que es el estado el que tiene
que renovarse desde sus cimientos.
Werner
Jaeger, Paideia.
-El
otro día -me dijo doña Paquita, casi sin tiempo para saludarla-
estuvo usted hablando de las metamorfosis de un par de ninfas, Dafne
y Siringa, si no recuerdo mal.
-Sí,
es cierto. Y creo que hicimos un par de reflexiones sobre ellas.
-Así
es. Me vinieron muy bien porque me recordaron ciertos pasajes de Don
Quijote. Y
algunas olvidadas reflexiones de juventud.
Ignoro
si a usted le sucede lo mismo que a mí; pero, a veces, oyéndolo
hablar, o leyendo, tengo la impresión de que toda la literatura es
una y la misma. O si quiere, unos libros van complementando a los
otros, o dando una visión diferente sobre el mismo asunto, o
contestando a lo que, tal vez, plantean o dicen unos y otros. Es como
una especie de mágico diálogo en el que rara vez intervienen las
mismas personas dos veces seguidas, aunque siempre se mantiene el
sentido de lo planteado y contestado. Espero que me entienda.
-Sí,
la entiendo; creo que sí. Pero para poder defender o sustentar eso,
querida señora, con un mínimo de rigor, habría que ser un erudito,
un excelente conocedor de unas cuantas literaturas, y de algunas
épocas. Y yo disto muchísimo de serlo.
-En
verdad -dijo la buena señora lamentándose- la vida es bien corta.
No podemos pretender tanto. Añada a esa brevedad el tiempo que
pasamos durmiendo, los días en los cuales no nos encontramos bien, o
los que el cansancio nos rinde. Imposible llegar a ese conocimiento
que usted reclama y que requiere el asunto.
-Sí,
es una pena. Pero de nada valen los lamentos. Y menos estos.
-Tiene
razón. Vaya por delante que yo tampoco soy una erudita, ni pretendo
pasar por tal…
-Señora
-le interrumpí- no nos oye nadie. Ningún necio inspector o director
va a venir a comprobar cómo da usted la clase, o cómo deja de darla
y si sus métodos son los adecuados o dejan de serlo. Hable sin
temor.
-Ya
que los ha nombrado: tuve problemas con la dirección, con algunos
padres, y con un par de inspectores. Todos hacían a los alumnos tan
tontos como lo eran ellos mismos. ¡Y vaya si lo eran!
-Nihil
novum sub sole.
Nada
nuevo ni bajo el sol ni a la sombra de cualquier castaño, árbol o
pared. Ya me estoy imaginando lo que le sucedió.
-¿En
serio?
-Et
in Arcadia ego. Yo
también fui profesor. Cuente.
-Pusieron
el grito en el cielo unos y otros porque en unos cursos de 1º de la
ESO, qué tiempos aquellos, les puse a los alumnos Lazarillo
de Tormes, como
libro de lectura obligatoria. Según aquellas sesudas cabezas no era
el momento ni la edad adecuada para semejante libro.
-¿Y
qué pasó cuando les preguntó a qué edad se deben leer esos
libros?
-Sabe
la respuesta, ¿no?
-Me
la imagino: le salieron con aquello de las papillas y los biberones,
que es un metáfora necia y absurda, puesto que deja en el aire
cuándo se deben dejar unos y pasar a otras.
-Además,
es una metáfora inútil; sencillamente porque entre el alimento
fuerte, Lazarillo,
y
el joven comensal, está el profesor, aquel que pela y tritura el
alimento para que pueda llegar al nuevo estómago sin dañarlo sino
todo lo contrario.
-Además,
y ahí me apuesto el cuello, quienes la criticaron ni habían leído
Lazarillo
ni,
posiblemente, más libros que los que les exigieron en la carrera, y
en fotocopias, seguro. Así que cuando vieron una línea escrita en
castellano antiguo, se marearon y ya tuvieron suficiente.
-A
veces me preguntaba, y pregunto, cómo era posible que esas personas
hubiesen llegado a ser directores o inspectores… Imagino que igual
que muchos otros han llegado a presidentes y jefes de estado. Estoy
convencida de que no se podrá renovar el sistema educativo mientras
no se renueve la sociedad. De arriba abajo.
-Y
no me diga que estas reflexiones -le dije sonriendo- las ha hecho
oyéndome hablar de Metamorfosis,
de
Ovidio. O, si es así, explíqueme las conexiones. Se me escapan.
-No.
Esto ha sido una pequeña digresión al nombrar usted a la inspección
del instituto. No quería hablar de esto. No era esa mi intención.
Me llamó la atención el otro día, y este era el tema, cuando contó
las transformaciones de Dafne y Siringa, que, efectivamente, fueran
las mujeres quienes, inocentes, tuvieran que cargar con la culpa del
crimen, o del intento de violación, al que las querían someter los
hombres, y que ellos quedaran libres, impunes.
-También
le dije que la mitología es una fuente inagotable de enseñanzas.
¿Cuántas veces en la sociedad se ha difamado, vilipendiado y
perseguido a quienes han denunciado un crimen, antes que al mismo
criminal? ¿Y cuántos periódicos y periodistas, con códigos
deontólogicos, pregonados por aquí y por allá, han callado,
callan, y publican lo que les interesa, y tergiversan lo que les
viene en gana para no dañar a la mano que les da de comer? Nada
nuevo, querida señora. Hemos visto ejemplos recientes de duros
castigos a quien denuncia la corrupción, que no al corrupto. Por no
hablar de la desaparición de documentos comprometedores para estos.
Estamos rodeados de sinvergüenzas. Por todas partes.
-Sí;
pero hay una cierta justicia poética. Literaria al menos… Yo creo
que a favor de Dafne, si es posible hablar así, y de Siringa, y de
otras que me irá usted dando a conocer, está don Miguel de
Cervantes. Se halla ese cambio en la historia, incluida en Don
Quijote, de
la pastora Marcela. Esta, igual que Dafne, decide vivir en el monte
apacentando su ganado. Su belleza es mucha. Incontables zagales se
enamoran de ella, llegando hasta al suicidio, uno, por supuestas
frialdades de Marcela. Y el día del multitudinario entierro del
enamorado y no correspondido, cuando todos hablan de la dureza de su
corazón, se aparece ella sobre un peñasco… No, no voy a cansar
con el discurso de la buena moza. Léalo. No tiene desperdicio. Pero
viene a decir que si por hermosa todos la siguen, y ella a ninguno
halla hermoso, ¿por qué tiene que amarlos? Y si eso es así,
¿tendría derecho, caso de ser fea, a exigir que la amaran los
bellos?
Se
quedó mirándome durante unos segundos. Yo estaba meditando.
-¿Qué
piensa usted?
-No
me cabe duda de que Cervantes era un hombre muy culto; y que, dada la
época, el momento, y los materiales que maneja, los conozco por
notas a pie de página que no directamente, leyó a Virgilio y a
Ovidio. Así que es posible que Marcela sea la voz de Dafne, que
resuena al cabo de muchos siglos. Dicho entre nosotros y sin
inspectores que nos oigan.
-Así
sea.
-Yo
también tendría que investigar todo cuanto le voy a decir.
Pensamientos del momento. Pero también en la mitología, al menos de
vez en cuando, el culpable se lleva su castigo. Ahora bien, no
olvidemos, que los conceptos de crimen, culpa y pecado, no son los
mismos ahora que en aquella bendita época. Esto conviene tenerlo
claro. Y Apolo, sí, de alguna forma recibe su castigo de manos de
Casandra: esta le promete entregarse a él, que también la persigue,
si él le da el don de la profecía. No obstante, conseguido dicho
don, huye del dios como lo hizo Dafne, aunque con mejor fortuna. Eso
sí, Apolo entonces, ya que no le podía quitar lo que le había
dado, hizo que nadie se creyera sus profecías. Casandra se convierte
en la patrona de los padres sesudos y de los profesores con un poco
de ética: todos dan voces en el vacío. Y, creo yo que no falta el
sentido del humor en la historia: Apolo no puede predecir que
Casandra lo va a engañar… Imagínese qué tipo de adivino era...
-Tampoco
don Miguel de Cervantes se queda con una sola versión de los hechos.
Parece ser que el buen hombre no tuvo mucha suerte con las mujeres.
Así que en otro capítulo no salimos muy bien paradas. En este caso,
Leandra, joven rica y hacendada, requerida por unos y por otros, se
prenda del papagayo Vicente de la Roca, quien si más gracias que sus
rotos vestidos y saber rasguear la guitarra, la hace salir de su casa
y la abandona después de haberla despojando de cuanta joya, ropa y
dineros llevaba encima. Menos de la doncellez. Cervantes nos compara
a las mujeres con una cabra, Manchada, que, como sabe, siempre tira
al monte.
-Yo
creo que Cervantes era un buen humorista. O que tenía un sano
sentido del humor.
-¿Y
usted ve en esto -preguntó volviendo a la carga- algo que un niño
no pueda entender si se explica adecuadamente?
-Creo,
oyéndola, que usted tuvo que ser una buena profesora. Dígame, ¿cómo
lograba que los niños disfrutaran con Lazarillo
y
que lo entendieran?
No es tema baladí.
-Sencillamente
convirtiendo la clase en un pequeño teatro. Disfrazándolos. El aula
se transformaba en una plaza muy animada: uno cantaba, otra vendía
manos de cerdo, el de más allá pregonaba vinos, otros discutían
por no haberse cedido el paso... Utilizando todos el lenguaje de la
época. Y en el centro, Lázaro y el ciego se comían las uvas, o
aparecía el escudero… ¿Qué le parece a usted?
-Que
tenía que haber invitado a los padres a esas clases.
-Me
hubieran tirado en cara que aquello no servía para aprobar los
exámenes. Recuerde la necia controversia que surgió hace algunos
años porque a unos necios se les ocurrió pensar, confundiendo la
cultura con un programa de televisión, que una persona mayor no se
acuerda de muchas de las cosas que estudió de joven. Y, por lo
tanto, son inútiles.
-Tampoco
se acuerda, seguramente, de la primera papilla que tomó. Olvido que
no ha impedido crecer y desarrollarse. Y por otra parte, y volviendo
al asunto de la interrelación de las literaturas, me ha recordado
usted un libro que leí de Juan Luis Vives. Debería ser conocido por
todo profesor que se precie. Cita en él, entre otros, a Quintiliano,
quien les recuerda a los preceptores que los niños son como pequeñas
vasijas de boca angosta, que escupen el líquido cuando se vierte en
ellas con profusión, pero lo reciben si se instila gota a gota. Y
gota a gota, en manos de un buen profesor, se puede instilar Odisea,
Metamorfosis, Lazarillo, y
lo que usted quiera.
-No
he leído a Vives. Lo siento. Pero oyendo la cita, parece que no sólo
las grandes obras se dan respuestas las unas a las otras, sino que
también salen al camino para poner puertas e impedimentos a todas
las necedades.
-Hay
que renovar la sociedad, o seremos siempre enamorados sin causa. Y
hay que renovarla porque son muchos quienes piensan, y practican, que
es más fácil ser sabio, parecerlo, criticando y poniendo en solfa
cuanto hacen los demás, que cuestionándose uno a sí mismo.
-¿Entonces
está usted de acuerdo en que la voz de la pastora Marcela puede ser
la de Dafne, que resuena al cabo de los siglos?
-¿Por
qué no? Y, además, creo que sería interesante un estudio de la
cultura analizándola desde ese punto de vista.
-Tenemos
que insistir en ello.
-Somos
afortunados: tenemos todo el tiempo del mundo.
-Ni
que fuéramos jóvenes.
-Si
fuera joven, querida amiga, no plantearía usted lo que está
planteando ahora. Seamos justos.
-Quizás.
Tal vez.