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Cuesta
creer lo que uno escucha en los medios estos días. Créanme que no pensaba
escribir sobre la ola de calor; bastante de ello estoy pasando como para
reflexionar sobre ello porque, solo de pensarlo, me sube la temperatura
corporal. Pero, claro, después de escuchar al consejero de Sanidad de la
Comunidad de Madrid, Jesús
Sánchez Martos (arriba en la foto) no puedo por menos que
mofarme de su 'brillantez'.
Tal
propuesta es típica y apropiada para un concejal o asesor de Manuela Carmena o
de Ada Colau, incluso de Mónica Oltra, pero no de un consejero de Cifuentes. A
este paso, Rafa Hernando roba a ‘Podemos’ el discurso y las formas, mientras
Martos les quita las ideas. ¡Van a desarmar ustedes a ‘Podemos’ antes de tiempo!
El
citado consejero ha dicho en la Cadena Ser que lo mejor para combatir la ola de
calor en los colegios es que los niños "hagan abanicos de papel y se hidraten bien" e incluso que "se ventilen las
clases". Pero ahí no
queda todo: según él es una "terapia ocupacional muy importante para los niños, haciéndolo
como lo hacíamos cuando éramos pequeños, dobla, dobla, dobla y tienes el
abanico", afirmó el
consejero. La verdad es que no sé qué pensar de este personaje. No me extraña
que desde los sindicatos se le haya indicado la puerta de salida y se le haya
llamado como al del capirote.
En
lo único que coincido con Sánchez
Martos es en que el aire acondicionado en las aulas no es la
solución, dados los problemas de salud que puede ocasionar en entre el alumnado
y el profesorado. Sí estoy de acuerdo en que es imprescindible "una buena hidratación y tener constantemente botellas de agua en
las clases".
Al
menos tengo la satisfacción de que ni el consejero de educación ni el de
sanidad de mi comunidad han salido a los medios a decir estupideces o a ponerse
a la altura del escalón de la imbecilidad. Sin duda son comedidos, muy
comedidos, hasta el punto de que --cuando no tienen soluciones o no saben qué
decir-- se callan. Eso no quiere decir que no haya otros problemas en Castilla
y León que, por cierto, hay muchos.
Muchos
docentes hemos trabajado en la Administración, antes o después de haber pasado
por las aulas, por lo que sabemos de qué hablamos. En la Administración gozan en
verano de aire acondicionado y en invierno de calefacción puntual, adaptada y
permanente. En colegios, institutos y otro tipo de centros públicos sí hay
calefacción y punto; no vamos a entrar en los fallos, días que no se puede
encender y momentos en que el alumnado permanece en clase con prendas de
abrigo.
No
me voy a extender porque hay motivos para dar caña en este asunto y seguramente
de ello se aprovecharán los 'buitres' de siempre, tanto desde el ámbito
podemita como desde ese sector del partido socialista que ahora abandera el tal
Sánchez.
Se
han dado casos de desalojo de institutos porque las temperaturas han alcanzado
niveles de destrozo físico y de salud. Y lo más triste es que consejeros de
educación, como el de Madrid (consejero de Educación, Juventud y Deporte de la
Comunidad de Madrid, Rafael
van Grieken) han puesto el grito en el cielo porque el
alumnado nunca debió abandonar las instalaciones. Incluso, el ministro ha
criticado duramente “la evacuación del Instituto y el traslado de los alumnos,
ayudados por efectivos de la Policía Local y Protección Civil, a un tanatorio
cercano y climatizado”. No entiendo que hubiera deseado ese señor que el
alumnado aguantara el golpe de calor a toda costa. ¿Y es ese el nivel de
consejeros de los que se ha rodeado la señora Cristina Cifuentes?
¿Merece la pena seguir arando con este tipo de animales?
Escribo
el artículo precisamente cuando acabo de salir de clase. Estaba deseando llegar
a mi domicilio para sentarme al ordenador y decir cuatro barbaridades a los
citados consejeros de Madrid, pero los años me han enseñado a saber que la
mejor palabra es la que queda por decir, así como que si digo lo que siento en
este momento seré prisionero de mis palabras.
Por
eso me conformo con decirles a los reseñados consejeros que hoy, en mi clase,
en Valladolid (ya sé que Pucela no pertenece a la comunidad de Madrid), de 12 a
14 horas, con veintiséis alumnas en clase, todas mayores de dieciocho años,
hemos aguantado pacientemente con abanicos (pero no de papel) hasta que
faltando quince minutos, la delegada de curso ha planteado que no podíamos
seguir así, por lo que hemos suspendido la clase; no está de más recordar que
en nuestro centro, en lo que va de ola de calor, hemos tenido desmayos,
vómitos, aturdimientos, llantos,…
Teníamos
en el aula 34,6º: es un centro público de EPA, aislado en el barrio del Cuatro
de Marzo, ningún edificio alrededor proyecta sombra sobre él. Grandes
ventanales sin persianas (así construye la Junta de Castilla y León). Con los
38º grados de ayer y los 37º de anteayer nuestro centro es un cocedero; es
decir, lo que llamamos un infierno. Hacer trabajar así al personal docente y al
alumnado es un atentado a la dignidad. ¿Y qué podemos hacer los equipos
directivos en estos casos? Pues sencillamente hacer uso del sentido común,
imaginar una peineta a los prebostes de la educación, tragarnos sapos y
culebras y escuchar al alumnado que, precisamente por ser adulto, no se deja
manipular. A la vez es conveniente recordar al alumnado adulto que piensen en
quién gobierna en su comunidad cuando lleguen las elecciones autonómicas, con
el fin de orientar el voto hacia alguien más sensato y responsable.
Si
quienes deben regir los destinos de la sanidad en el Estado español son como
los consejeros de Madrid a los que hemos citado, mejor que paren esto porque me
bajo. Cabalgar al lado de gaznápiros acaba pegándosenos a todos. No estaría de
más que Amancio Ortega
también se acordara del abandono que sufren los centros docentes públicos;
sería fácil convencerlo de que también es una inversión de futuro. Precisamente
por ser inversión a largo plazo, los políticos no quieren aproximarse a ella,
pues a corto plazo no da para salir en ‘los papeles’.
El
próximo día contaré por qué los ministros se vuelcan con el acondicionamiento
de centros penitenciarios y, sin embargo, dejan de lado a los centros
educativos. Suena a chiste, pero no se aparta de la realidad.