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Flebile cepe (la cebolla que hace llorar)


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15/06/2017

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Hazte a la idea de que tienes que sufrir mucho: ¿es que alguien se admira de tener frío en invierno, alguien de marearse en el mar, de verse zarandeado en la carretera? El ánimo se muestra valiente ante las situaciones a las que llega prevenido.


Séneca, Diálogos.





Nada más verla aquella mañana tuve la intuición de que doña Paquita estaba pasando unos momentos delicados. Su postura, y más su rostro, me indicaron enseguida que la cosa no iba bien. Son situaciones que suceden de vez en cuando, y a la cuales, creo, no hay que darles demasiada importancia. Por eso mismo me senté a su lado como si no pasara nada.

-La veo a usted un poco deprimida, ¿qué sucede? -le pregunté, pese a todo, tomando asiento.

-¿Usted cree -me preguntó volviendo hacia mi unos ojos enturbiados por las lágrimas- que conforme nos hacemos mayores nos hacemos más sensatos, más sabios?

-Siempre me ha parecido que en esto de la vejez, como en muchas otras cosas, hay mucho de fábula, de mito.

-¿Puede ser también una forma de consolarse?

-Sí, ¿por qué no? No creo que toda esta cuadrilla que tenemos aquí, situados permanentemente delante de la televisión, sea más inteligente que un grupo de chicos de 4º de la ESO. No tienen ni sensatez ni imaginación: el día que se va la luz, entran en crisis.

-Tampoco hay necesidad de ser cruel, caramba.

-Perdone. Me parece que no lo he sido. Estoy describiendo lo que he visto. Lo que veo todos los días.

-Yo creo que hemos tenido mucha suerte en conocernos... ¿Qué sucederá el día en el que uno de los dos muera?

-Pues que el otro sobrevivirá, mal que bien, hasta que los dioses quieran.

-Sí, desde luego. La capacidad que tiene el hombre para soportar el dolor es inmensa.

-Y no olvide, querida señora, que nosotros somos unos privilegiados. Se lo he dicho más de una vez: por haber nacido donde lo hemos hecho, y en los momentos en los que lo hemos hecho.

-Sí, en eso tiene razón. Yo, a veces, me imagino mi vida en un país de estos, cunas de terroristas, y no sé, me produce taquicardia pensar que me podía haber convertido en una terrorista, en alguien que desprecia la vida humana. ¿Usted cree que el medio determina tanto a las personas? Ya sé que esto ya no se va a producir en mi caso, pero me asusta pensarlo. Me horroriza.

-Sí, yo también lo he pensado en más de una ocasión... ¿me permite, una vez más, que le hable de cine?

-Por supuesto. Oír su voz es sentirme viva.

-De joven vi una película que me impresionó.

-¿Cómo no? Era usted un receptáculo de impresiones... Perdone, no deseaba burlarme.

-Puede hacerlo si quiere. No me ofende. Como le estaba contando, vi una película, El pequeño salvaje, de François Truffaut. Está basada, al parecer, en un hecho real: en 1790, si no me falla la memoria, encontraron a un niño abandonado en un bosque de Francia. Era un pequeño salvaje. Un doctor se lo lleva a casa y trata de adaptarlo a la civilización. El niño, en cuanto puede, se escapa y se va a dormir al aire libre, al bosque. El doctor, entonces, recurre a darle unos baños de agua caliente, casi hirviendo, para ablandar su piel y acostumbrar esta a las sábanas y a que sienta el frío. Todo un sistema de reeducación.

-¿Quiere usted decir que si se integraran los futuros terroristas dejarían de serlo o no llegarían a ello?

-No es tan fácil la cuestión. Supone eso que nuestra civilización es mejor que la de ellos. Y, y usted lo conocerá mejor que yo, acaba de fallecer el escritor Juan Goytisolo, pésimamente conocido por mi, que, según creo, intentó ver la historia o la civilización desde otro punto de vista.

-Sí, en su día leí Reivindicación del conde don Julián. Lectura que me creó algún que otro problema. Y que me llevó a interesarme por la civilización árabe. Y tiene usted razón: las cosas no son tan sencillas. Creo que es lo mejor que puedo decir de ese escritor. Me abrió los ojos a otros mundos y otras realidades.

-Y lo peor que puede decir usted contra contertulios y corresponsales, cuando hablan de estas y otras cosas, es que saben de todo y no entienden nada. Son burros con orejeras. Los antípodas de Goytisolo.

-Son los arbitristas de nuestros tiempos. Los que critica don Francisco de Quevedo son muy divertidos. Uno de esos arbitristas propuso atacar a la pérfida Albión de nuevo, pero para evitar otro desastre como el de la Armada Invencible propuso al rey secar la mar salada con unas esponjas enormes, y así llegar a la rubia Albión a pie enjuto.

-Si eso lo hubiera propuesto hoy en día se hubiera recorrido con esa monserga todas las televisiones del país y aun del extranjero.

-¿Usted cree? Me está tomando el pelo.

-No recuerdo quién dijo que la religión cristiana tenía en sí tantos absurdos que si, a pesar de ellos, se había impuesto era por cuestión de milagro, o porque Dios era grande. La faltó añadir las enormes tragaderas que tiene el ser humano para cualquier memez. Si el hombre está creado a imagen y semejanza de Dios... en fin.

-Y sin embargo esos terroristas matan en nombre de Alá.

-Tendríamos que analizar qué entienden ellos por Alá. Usted misma cuestionó a los jueces y fiscales, españoles y cristianos, que juran cumplir ante un crucifijo, y luego allá van leyes do quieren reyes. O el partido panameño que les da prebendas, garbanzos y judías.

-Desde luego, hablar con usted es olvidarse de las penas. Le ha dado la vuelta a la conversación como a un guante, cosa que hace siempre, por otra parte.

-Me gusta eso que ha dicho del guante. Mire, yo tuve una novia que estaba media loca. Un día, no sé a santo de qué, me regaló cuatro libros seguiditos, El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell.

-¿Ha leído usted a Durrell? No me lo puedo creer.

-Señora, hay vida más allá de Ovidio.

-No lo dudo. Siga, siga.

-En uno de esos libros, no recuerdo en cuál, venía a decirse, y cito de memoria, que la ironía es en realidad la ternura vuelta al revés, como un guante.

-Es decir que se ha percatado usted de que estaba mal, y ha venido a echarme un guante.

-Nunca mejor dicho. ¿Qué le sucede, si puede saberse?

-Esta noche he vuelto a soñar con mi marido. Desde que falleció, y hace ya muchos años, siempre sueño lo mismo: una conversación con él, en lugares fantásticos, irreales, en los que le pregunto por qué me ha abandonado, si hay otra mujer, alguna compañera de instituto... Le recrimino, perdóneme por lo que voy a decir, que no quiera hacer el amor conmigo. No lo entiendo. Y me deshago en llantos. Y así me he pasado toda la noche. Me despierto llorando y con el corazón latiéndome como caballo desbocado.

-No le de más importancia. No la tiene.

-He pensado más de una vez que es como si me negara a aceptar la muerte... No sé. Es todo muy extraño. ¿A usted le sucede algo así?

-No. Yo soy más racional. Más romano, si me lo permite. Acepté la muerte, me saqué la muela, y se acabó. No hay más. Me di muchos baños de agua caliente. Y llegué a la conclusión de que nada vale la pena. Y menos que nada matar a nadie por ninguna tontería de dioses ni parecidas zarandajas. El dolor que se puede producir es inmenso. Y nada lo compensa.

-Tiene usted razón. Lo malo es que hay situaciones tan escandalosas, tan burdas...

-Aun así siempre encontrará gente dispuesta a defenderlas, es decir a barrer para casa porque, querida señora, no olvide que en el mundo hay más cojones que hombres.

-¡Ay, usted si no suelta alguno no es feliz!

-¿Quién dijo aquello de me duelen los cojones del alma? No fui yo, desde luego.

-Y los c... son el órgano de volición de los españoles. Eso lo dijo don Miguel, el Unamuno.

-Me gusta esa frase. ¿Me acompaña usted al centro a comprar libros?

-¿Me acepta una invitación a comer por allí? Al menos así...

-Collige, o virgo, rosas.

-¿Qué haré yo sin usted?

-¡Coño! ¿Y por qué me tengo que morir yo antes? ¡Joder, con la sibila de Cumas!

-Ale, ale, no pare. Seguiditos y bien redondos.



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