Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Escritores   ·   Lectores   ·   Periodismo   ·   Estado del Bienestar   ·   Paz Social   ·   Estado de Derecho   ·   Bienestar Social   ·   Libros   ·   Política   ·   Partidos Políticos



Devoradores de carne


Inicio > Ciudadanía
08/06/2017

392 Visitas



El amor maternal es un crimen teniendo a Tereo por esposo. Ovidio, Metamorfosis (Procne y Filomela)






Me estaba esperando con un montón de libros al alcance de la mano. Y con su libretita y su pluma estilográfica. Vi unas cuantas anotaciones que, imaginé, y no me equivoqué, correspondían a páginas de los libros que tenía sobre la mesa.

-Ha venido usted bien preparada -le dije señalando los libros en tanto tomaba asiento.

-Sí, aunque no tengo aquí todos los que hubiera deseado. Le explico: el otro día habló usted bastante sobre el cine, el problema de la verosimilitud, y de la ruptura del encanto que le producía cuando no se respetaba esta.

-Sí. Lo recuerdo. Y ha preparado usted una especie de disertación...

-No, no, no creo que se pueda llamar así. Después de la charla que tuvimos, encerrada en mi habitación no hice sino pensar en lo que usted dijo. Y se me ocurrió traer unas cuantas situaciones, de la literatura clásica, para comentarlas con usted. Estamos hablando de la verosimilitud. Lo planteó usted tras ver la película Lady Macbeth.

-Me parece muy bien. Usted dirá.

-Tiene usted razón en que a mí no me gusta el cine tanto como a usted. O, si quiere, no he visto tantas películas como usted.

-Yo tampoco he leído tantas poesías como ha leído usted. Estamos a la par.

-Bien. Pero eso no me impide comentar algunas que sí he visto. No sé si se podrán analizar desde el punto de vista de la lógica y la verosimilitud, pero la conversación del otro día me recordó algunas cosas de las que quisiera hablarle.

-Estoy impaciente por oírla.

-Una noche, cenando, con unos amigos, por esas vueltas que dan las conversaciones, comenzamos a hablar de uno de los tantos apólogos que cuenta Jaume Roig en su obra Spill o llibre de les dones. ¿Lo ha leído usted?

-Sí, pero lo recuerdo vagamente. Hace muchos años.

-¿Recuerda usted que se relata una cena el día de Noche Vieja? Se cuenta entonces que unos amigos, si no recuerdo mal, estaban cenando en una posada en París. Había en el centro de la mesa una cazuela con tomate y carne. Uno de los personajes, alabando la comida, lo sustanciosa y buena que está, al tomar un trozo de carne se percata de que es el fragmento de una oreja humana. Poco después otro comensal saca un dedo con su trozo de uña y todo. Total, que se percatan de que el banquete, que hasta aquel momento lo habían juzgado como el mejor del mundo, está compuesto por carne humana.

-¡Ah, si! Ya lo recuerdo. Es un tema popular. O tópico, si quiere: la madre y la hija...

-Exacto. Volvemos a la terrible maldad de las mujeres. Madre e hija tienen una posada. Y cuando llegan huéspedes los interrogan. Y si nadie los espera y no tienen a nadie en este triste mundo, mientras están durmiendo los matan y les roban todas sus pertenencias. Luego tienen que deshacerse del cadáver....

-Sí, de pequeño yo tuve un libro que se titulaba Lecturas de oro. Allí se contaba esa historia. Pero con un final distinto: pues a la mañana siguiente de haber asesinado a un huésped, revisando sus papeles, madre e hija se percatan de que han matado a su propio hijo y a su hermano, que quería darles una sorpresa. Estas mujeres sólo se dedicaban al robo.

-En la obra de Jaume Roig, un misógino de cuidado, el final es distinto. No en vano se trata de demostrar la maldad de las mujeres. Estas taberneras, parisinas, también mataban a los forasteros; pero era para hacer, con sus carnes, longanizas y embutidos. La carnicería de estas mujeres tenía gran fama; y eran muchas las personas que iban allí a proveerse de carne y embutidos. ¿Qué le parece?

-Si me está preguntando usted por la verosimilitud yo creo que nunca he comido carne humana, y, por lo tanto, no le puedo decir. Ahora bien, esto de la cocina también es cultural... Hace años yo salía con un grupo de amigos con las bicicletas. Ya sabe que muchos de estos grupos ciclistas terminan por convertirse en peñas gastronómicas ambulantes.

-Algo he oído.

-Durante muchos meses fuimos a almorzar a un bar que ponían conejo con tomate. El más fino del mundo, según decían, y el mejor guisado. Hasta que alguien descubrió que estaban comiendo gatos. Yo, no sé por qué, siempre me pedía una tortilla de patatas.

-¿Y nadie notó ninguna diferencia?

-No, o, al menos, no dijeron nada.

-Déjeme seguir con mi relato: aquella noche, cenando con unos amigos, recordando la cena que cuenta Jaume Roig, alguien, también aficionado al cine, dijo que eso de comer carne humana, sin saberlo, y alabarla, era un tema mitológico. Y que se ha repetido hasta nuestros días. Habló entonces de una película reciente, imagino que la habrá visto usted, Tomates verdes fritos, del director Jon Avnet. Me he informado, como puede ver.

-Sí, claro, la he visto. Y me gustó mucho.

-Y dígame, ¿le pareció a usted verosímil la historia?

-Totalmente. Y me imagino a lo que se refiere.

-Dejando aparte el encanto de la anciana y de la señora gordita, que se hace su amiga, le hablo de la muerte del hombre, de su asesinato, que maltrata a su mujer. Parece que la amiga de esta, otro encanto de criatura, lo mata. Ella tiene un restaurante especializado en barbacoas, y cuando aparece por allí el policía buscando el cadáver, el negro, cocinero de la buena amiga, le da a probar un caldo como nunca en la vida lo ha tomado. Ya se puede imaginar con lo que está hecho. ¿Le parece a usted una historia verosímil?

-Creo que deberíamos distinguir entre películas o novelas que tratan de imitar a la vida, y las que son o tratan de ser una metáfora, y donde son posibles muchas cosas que no tienen cabida en las otras.

-Hasta cierto punto tiene usted razón. Evidentemente no voy a tachar a Jaume Roig de escritor realista. Pero dejando esto de lado, ¿le parece verosímil la historia de las taberneras? ¿Y eso de que el policía se coma, disuelto, el cuerpo del delito?

-Pues a mí, la verdad, cuando vi la película, la dichosa escena no hizo que me salieran sarpullidos. Justicia poética. Es una situación lógica dentro de la acción. Al menos así lo vi yo.

¿Entonces usted cree que un ser humano es capaz de comerse a otro y no notarlo?

-Parece ser que sí. Y si me apura, no sólo los humanos sino también los dioses. Mire, creo que todas estas historias arrancan con el banquete, mítico, que ofrece Tántalo a los dioses. Una de las versiones, la mitología griega no es la Biblia, quiero decir que hay distintas versiones, dice que en una época de carestía Tántalo invita a los dioses a comer. Y como no tiene nada que ofrecerles, mata a su hijo Pélope, y lo sirve, convenientemente troceado, en el banquete.

-Ésa historia me suena muchísimo.

-Los dioses se percatan del guiso. Nadie come. Bueno, nadie, menos Démeter, quien, hambrienta, se come el hombro izquierdo del pobre muchacho. Así que cuando los dioses lo resucitan y lo recomponen, no le pueden restituir el hombro, que es suplido por uno de marfil hecho por Hefesto.

-Ya me acuerdo. Cuando yo era una niña había una serie de tebeos que se llamaban Vidas ejemplares. Contaban vidas de santos. Uno de aquellos tebeos estaba dedicado a san Vicente Ferrer. Y se contaba que una familia de Sagunto lo invitó a comer, y como eran pobres, le dieron tomate con carne. La carne era el propio hijo, al que habían degollado previamente. El santo se percató. Y resucitó al niño.

-Y se quedó sin comer el pobre hombre.

-¡Qué cosas tiene! Pues como sus dioses.

-Dioses míos no son. Pero volviendo al asunto: no dé dónde leí que la diferencia entre la carne de un animal y de una persona es que esta última es un poco más dulzona. Es decir, que con un poco de sal todo solucionado. De esta forma salvamos el concepto de verosimilitud.

-Es posible que tenga usted razón. La primera vez que leí La vida del buscón don Pablos hubo muchas cosas que no entendí. Y algunas que no comprendí y que me intrigaron. Entre ellas el banquete que le ofrece el tío de don Pablos, verdugo oficial, tras haber ejecutado a su hermano, padre de don Pablos. En una nota a pie de página, que luego corroboré, parece que los pasteleros de la ciudad, y no se trata de humor negro, recogían los cuartos de los ejecutados, echados por los caminos, y con ellos hacían pastelillos de a cuatro. Por eso Pablos se abstiene de comer en el banquete: teme que el verdugo y sus hermanos se están merendando a su padre.

-En la mitología clásica los padres, sin saberlo, desde luego, se comen a sus propios hijos. Pero hay que dejar una cosa muy clara: no se trata de cuestionar la cocina, o de hacer ver que esta es una cuestión cultural, sino de demostrar, como ha dicho usted antes, la maldad de las mujeres. Y así Medea mata a sus hijos, y Procne le ofrece a Tereo sus propios hijos. Es terrible la escena de la matanza. Y terrible lo que dice Ovidio de Tereo: amontona en su vientre sus propias entrañas. Creo que con eso se trata de demostrar la perfidia de las mujeres. Terrorífica. Aunque Tereo no le va a la zaga... El único que come carne humana sabiéndolo, y regodeándose, es el pobre Polifemo, el enamorado de la dura Galatea... Y hay otra película, Hombre muerto, donde también un cazador de recompensas se come el brazo del compañero que acaba de asesinar.

-¡Dios mío, qué horror! ¿Sabe lo que sucede? Siempre que hablo con usted la conversación da tantas vueltas que terminamos hablando de lo que yo no había preparado. Tampoco tengo más libros aquí.

-¿Y qué más da?

-Me da rabia. Porque lo que ha contado usted me ha recordado el cuento de Hansel y Gretel, el de la bruja que come niños; y la vida de un trovador. Ahora, ¿ve? ni recuerdo su nombre ni ninguna de sus poesías. Bueno, este trovador se enamoró de la castellana, que, lógicamente, estaba casada, aunque el marido se hallaba en un no sé qué cruzada en Tierra Santa. Cuando regresó el coronado marido se enteró, gracias a las buenas personas que nunca faltan, que ella le había sido infiel con el susodicho trovador. Así que una noche, todo gentil y educado, el señor del castillo le dijo a su domina que se pusiera sus mejores galas, pues le iba a guisar un plato que había aprendido a hacer en Tierra Santa. Ella, ataviada con sus mejores ropas, cenó de mil amores; y preguntada qué la había parecido el plato dijo que nunca en su vida había comido carne mejor guisada. Quiso saber entonces qué tipo de carne era. Y el marido le respondió que se acababa de merendar el corazón del trovador, su amado. Al dudarlo, al no dar crédito de ninguna de las maneras, le presentaron el cadáver al que, efectivamente, le faltaba el corazón. La mujer se arrojó por una ventana. Y se mató.

-¡Vaya historias con las que nos entretenemos! Podíamos estar hablando de la corrupción.

-Déjese. A lo mejor es todo uno y lo mismo.

-Bueno, pero esta noche para cenar, ensaladita, nada de sopas y caldos, y tortilla francesa.

-Los vegetarianos estarían encantados con nosotros.

-¿Usted cree? No sé, no sé... Al menos, las historias son verosímiles, ¿no?







Etiquetas:   Cine   ·   Mitos y Leyendas

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
17270 publicaciones
4440 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora