. El asiento de nuevas instituciones es un
proceso directamente relacionado con la distribución de poder en la sociedad.
Es una lección que nadie quiere tomar y mucho menos atender.
Por
supuesto que no necesitamos arreglos institucionales “típicos” de una época
caciquil y autoritaria; más bien, debemos fracturar el andamiaje desigual que
excluye a las clases medias y en poder de la “clase política” en turno. El gobierno
del cambio debe dedicar mucho de su inicial capital político para atentar,
precisamente, contra un andamiaje institucional que ha propiciado desigualdad y
exclusión, autoritarismo, parálisis y corrupción, en muchos sentidos. Por ello,
el día de hoy requerimos de más ingenieros -y de menos predicadores-
institucionales.
Esta
discusión no es ajena a la actual congoja nacional –y estatal-. Ante la
convulsión y el radicalismo de un sector de la sociedad (esos a quienes algunos
llaman “nacos”), la estrategia debería comenzar por dejar atrás la
contemplación de las instituciones como eficientes e inapelables contratos que
nos fueron dados y a los que debemos resignación y adoración. Es necesario
pensar sobre ellas como arreglos sociales –que no creaciones divinas- con
diferentes cualidades que son más o menos imperfectas, y por lo tanto requieren
de constante revisión, complementariedad y evolución.
Necesitamos
instituciones que generen crecimiento económico con calidad y empleo y que
además den causa a dinámicos procesos políticos. En nada ayuda empecinarnos en
conservar instituciones que producen estabilidad si ésta se da en forma de
parálisis. Para decirlo en otros términos: la estrategia de un gobierno de
cambio debe partir del principio de que “No
se echa vino nuevo en odres viejos; pues de otro modo, los odres se revientan,
el vino se derrama, y los odres se echan a perder; sino que el vino nuevo se
echa en odres nuevos, y así ambos se conservan”.
La
idolatría institucional no ayuda sino a crear un mundo imaginario como evasión
de los dilemas que tenemos frente a nosotros. Al hacerlo, fallamos en reconocer
que en nuestro país los mercados no funcionan correctamente, el estado se
colapsa, y existen relaciones de poder altamente asimétricas que están
complicando la operación de ambos. Estas condiciones son, lamentablemente,
propias de países que han enfrentado convulsiones sociales que sobrepasan la
toma de una calle, una ciudad, o una tribuna.
La
estrategia de reforma económica de las últimas décadas es una adecuada analogía
(para Durango) respecto a la visión general de las instituciones en México. Con
la reforma económica se crearon fuertes expectativas que no han sido cumplidas.
La liberalización económica, por otro lado, ha debilitado el poder del estado,
y con ello reducido su capacidad para implementar políticas sociales. Los poros
en la red de protección social han exacerbado el descontento con las reformas,
mermando la posibilidad de mantener no solo la transformación económica sino
incluso la democracia. No debería sorprender, pues, la frustración de ciertos
grupos sociales con las instituciones, ni tampoco su actual estrategia de
jaque. En donde la dictadura del mercado rige, el autoritarismo de las masas se
convierte en una alternativa tentadora para algunos. La liberalización
económica subestimó la importancia de la complementariedad que necesariamente
existe entre las empresas, el mercado y el estado.
Puede
ser paradójico… que un “gobierno de cambio” termine su mandato idolatrando como
legado histórico a muchas de las instituciones que dejaron de ser útiles y
funcionales desde hace tiempo.
Vale
la pena no olvidar que la construcción de instituciones es un proceso
complicado en el que el talento y la distribución de poder es clave.
@leon_alvarez