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Tríptico


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25/05/2017

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Tres eran tres las hijas de Elena, y ninguna de las tres era buena.


Popular.





De nuevo, y ante la llegada de mi hijo de Alemania, me ausenté de la residencia durante unos días. Ahora, sin embargo, fue por poco tiempo: un fin de semana solamente. Aun así lo primero que hice, nada más regresar, fue ir a la sala de lectura en busca de mi entrañable amiga. Estaba sola. El resto del personal dormitaba y bostezaba frente a la absurda televisión.

-¡Vaya! Bienvenido sea usted -me dijo haciendo amago de incorporarse para besarme-. Me habían dicho que se había ido a manifestarse en contra de la corrupción -añadió sonriendo ampliamente.

-No. Yo no hago esas tonterías. Esto ya no lo limpia ni el mismísimo Dios, así se ocupara solamente de ello. Y ya sabe lo que eso supone.

-No me lo diga. Mire, mientras no caigamos en manos de ningún juez todo irá bien. O habrá que hacerse de algún partido político por si acaso.

-Dejémoslo estar, doña Paquita. En serio. Es triste y deprimente todo cuanto está sucediendo. Y no hay nada que hacer. El asco que siento es infinito. Y si me pongo a hablar, y nos oye alguien, puede que tenga algún serio disgusto.

-Tiene razón. Dejémoslo. Pero entonces, ¿si no ha ido a protestar por todo este berenjenal de corrupción, qué ha hecho usted estos días? Vamos, si no le incomoda mi pregunta.

-No me incomoda. Hace unas semanas -comencé a explicar- y usted no quiso venir conmigo, fui al cine a ver una película recién estrenada. Lady Macbeth, de William Oldroyd.

-Sí, lo recuerdo. No me apetecía salir. Lo siento.

-No pasa nada. La película me gustó mucho. El último fotograma, plano fijo sobre una excelente actriz, Florence Pugh, me dejó clavado en la butaca. Variando el gesto de forma imperceptible aquella mujer llegó a transmitir tal aire de maldad que me llegó a los huesos.

-La maldad aliada con la inteligencia puede ser algo terrible. ¿La tenía ella?

-Y placentero. Me acordé, nada más salir del cine, de Mercedes McCambridge, la maldad inteligente, en la película Johnny Guitar. Esta mujer busca vengarse de otra porque el hombre que le gusta a ella no le hace ni caso, y va tras otra mujer. Mercedes no para hasta que consigue que todo el mundo persiga a dicha mujer. Es antológica la escena en la que, vestida de negro, respaldada contra un árbol, al lado de un río, impulsa a los hombres para que maten a su rival. Su alegato termina casi como un orgasmo.

-No he visto la película.

-Hace mal en no ir al cine, si me permite que se lo diga. Entre otras cosas porque me gustaría discutir con usted ahora. De todas formas, y aunque parezca raro, hay una película que sí fuimos a ver no hace mucho.

-¿La de la muchacha judía?

-Sí, Negación, de Mick Jackson.

-No fue para tirar cohetes. Algunas veces hasta me sonó un poco marrullera.

-A mí me llamó la atención el paso, no creo que casual, de la protagonista por delante de la estatua de Boudica. Y el saludo final, absurdamente militar, que le hace a dicha estatua. No creo que se fijaran en eso el noventa por cien de los espectadores. Pero a mí me llamó la atención.

-¿Por algo especial?

-Sí, porque no tenía nada que ver con la acción... Hay una cosa que dijo usted un día, que yo había oído de joven, pero que la tenía olvidada, que me removió viejos recuerdos. Habló usted de las distintas percepciones que se tiene del Quijote según la edad en la que se lee.

-Sí, pero eso lo dijo el propio don Miguel de Cervantes. No yo.

-Para el caso es lo mismo. Lo cierto es que eso también se puede aplicar a la historia, y al cine. Muchas veces leyendo libros sobre la decadencia de Roma, he tenido la impresión de que el autor me estaba hablando más de su época que de los siglos III y IV de nuestra era.

-Al parecer eso es inevitable. Creo. Los hombres del Renacimiento decían que Grecia y Roma formaban la época dorada de la humanidad, que luego llegó la barbarie, la Edad Media, y que la cultura volvió a resurgir con ellos. Estaban barriendo para casa: la Edad Media no fue tan bárbara como quisieron hacernos creer. Ni mucho menos.

-Pues algo así me ha pasado a mí con la película de Oldroyd, Lady Macbeth. Está muy bien. La película me cautivó por su austeridad, su sencillez, su monotonía que nunca llega a cansar. Hasta que hubo un momento que dejó de ser creíble, que perdió toda verosimilitud. Hizo aguas. Como si apareciera Boudica. Y fue una pena.

-¡Ah, querido amigo! Con la iglesia hemos topado. Ese fue el gran problema de don Miguel. ¿Cómo hacer verosímil, para los cánones de la época, la conversación de Sancho con su mujer? El diálogo no tiene desperdicio.

-Aquí no se preocupan por cerrar la historia de forma verosímil. Quizás porque el cine confía en demasía en la inmediatez de la imagen, en el aparente poco espacio que deja para la reflexión el rápido sucederse de los fotogramas.

-Es peligroso jugar a eso con lectores experimentados.

-Sí. Me chirrió enseguida el mecanismo. ¿Por qué la actriz en La negación hace ese absurdo saludo a la destetada Boudica? ¿Se ha enfrentado ella, como Boudica, a un ejército romano? ¿Tiene algo que ver el ejército romano con el nazismo? Es todo absurdo. ¿Un guiño hacia algún colectivo?

-Tenga en cuenta que las salas de cine se tienen que llenar, y las novelas se tienen que vender. Hay que lanzar anzuelos por aquí y por allá.

-Creo que debería predominar la coherencia por encima de todo. Y más grave es esa carencia en Lady Macbeth. Tras el adulterio con esta, tras vivir a cuerpo de rey, y participar en el asesinato del marido, resulta que, tras la muerte del niño, que iba a usurparles una parte de la herencia, el criado, el criado-amante, se arrepiente, denuncia a la mujer y canta ante la policía sin que nadie le obligue a ello. Lady Macbeth, por supuesto, lo niega todo. Culpa a la criada, que se ha quedado muda, motivo mitológico, y no hay nada que reprochar. Pero él, el amante, podía haberla denunciado, y tenía poder y conocimientos de sobra para ello; sabe, por ejemplo, hasta dónde está enterrado el marido y su caballo. Pero no dice nada, se calla, la policía no lo interroga; al asesinado niño no se le hace la autopsia, y se llevan prisionero al criado sin mediar una palabra. Ella se salva. Y así el mensaje final se trastoca: la mujer lucha por su libertad a cambio de lo que sea y como sea y por encima de todo. Es la vencedora.

-Y eso a usted no lo convenció.

-No, porque en la película no está bien vista, o explicada, esa transición del amante. Ni la de ella. Era un guiño a la sala, a alguna tendencia actual, pues el silencio del personaje, del criado-amante, no está justificado por sus acciones anteriores. Lo normal es que la hubiera denunciado. Tengamos en cuenta las relaciones, de pura brutalidad, de amos y criados en el siglo ẌIX, y más en Rusia.

-Pese a eso hay gente voluble.

-Sí, y hay otra cosa muy fuerte que se llama el instinto de supervivencia. No me quedé satisfecho con aquel final. No era esa la visión que tenía yo de los criados del siglo XIX, semiesclavos, bestializados hasta la extenuación, ni de la policía. Y buscando información sobre la película me enteré que hay otra versión, de 1961, dirigida por Andrej Wajda. Y por eso me he ido a casa: yo soy un inútil con los ordenadores, pero este fin de semana ha venido mi hijo. Me ha encontrado la película de Wajda en Internet, y la he podido ver todas las veces que he querido.

-Me alegro por usted. Me imagino que habrá muchas diferencias entre una y otra película.

-Muchas. Pero la fundamental: no hay concesiones en la versión de 1961. No hay lucha por la independencia femenina, ni sexualidad reprimida. La protagonista se deja llevar por sus arrebatos, por su pulsiones, por el amor si quiere, y llega a lo que haga falta por estar al lado del criado-amante, que es otra pieza de cuidado. Se enamora de él. Con locura. Los condenan a los dos a trabajos forzados en Siberia. Pues descubren que él ha matado al niño, y ella lo confiesa todo para evitar que lo azoten o lo linchen a él.

-Entonces le ha parecido la película de Wajda más verosímil.

-Sí, y más fiel a la novela. Verá, mientras mi hijo me buscaba la película en Internet, yo me fui al centro; y fue mi día: en la primera librería en la que entré, encontré el libro.

-No es casual: si la han llevado al cine, estará ahora de moda. Sea como fuere, en lo que dice usted tiene razón. Se puede aplicar a cierta novelística de hoy en día. En muchas novelas los personajes ni existen: el autor amontona palabras y más palabras sin que nada sea coherente ni tenga cohesión, aunque nunca faltan los correspondientes toques de moda. Al final da la impresión de que todo es mera palabrería. Claro, también es cierto que los libros que nos han llegado de otras épocas han pasado el filtro del tiempo. Y los de ahora no han pasado ni una prueba. Sería interesante ver lo que perdura.

-Seguramente aquello que es auténtico. Y lo que no lo es, desde luego, es jugar a las modas. Ni Boudica compartía la visión de la chica de La negación, ni un criado ruso del siglo XIX tenía muchos motivos, tras una vida de malos tratos, de esclavitud, de bestialidad, para tener problemas de conciencia por denunciar a quien fuera. Y hacen que la sexualidad, que no existe en el caso de ella, en la versión actual, en tanto el marido la hace posar desnuda todas las noches cara a la pared, juegue un papel nimio.

-¿Por qué hace eso? ¡Vaya tontería!

-Usted misma. Wajda y Nikolái Leskov, el autor de la novela, buscan en otro lugar las motivaciones, más profundas y serias. Y los personajes adquieren más carácter. Ella, casada con un hombre que le dobla la edad, y que no le hace ni caso, dedicado a sus negocios, se deja llevar por el amor al criado. Y él, un ser fatuo, un necio, le es infiel, la engaña con otra presa cuando van camino de Siberia. Y allí también hay corrupción. Y toda la bestialidad que usted quiera... Hay, con anterioridad, hasta una escena de humor negro, no está en la novela, pero sí en la película de Wajda: cuando entre los dos amantes matan al marido de lady Macbeth, llevan el cadáver a la pocilga para que se lo coman los gorrinos. A los pocos días hay una cena. Sirven, sobre una bandeja, la cabeza de un cerdo con una manzana en la boca. El criado-amante es presa de un ataque de histeria y se niega a comer.

-¿Me puede dejar la novela? Me recuerda a Quevedo y a los pastelillos de a cuatro. La escena de la comida tras el ahorcamiento del padre de Pablos.

-Por supuesto. Y la película también. Pensándolo fríamente es más dura la versión de Wajda. No hace ningún tipo de concesión. Y es mucho más coherente. Ante ningún fotograma me he planteado qué hacía eso allí. No hay guiños. Espero que me entienda.

-Creo que sí. Esos guiños hay que saber hacerlos muy bien.

-Y sobre todo tienen que estar motivados. En caso contrario se rompe el encanto sin venir a cuento de nada. De ahí que estos días haya estado fuera. Necesitaba aclararme con lady Macbeth. O, al menos, llegar a la raíz del caso.

-Las concesiones al espectador siempre son muy peligrosas. Es como estar haciendo una suma, y de repente saltarse algún número o inventarse alguno que no está para llegar al resultado apetecido.

-Más menos es como lo dice usted. Una escena así aparece en otra película, Golfus de Roma. Y busca la risa. Esos saltos son peligrosos cuando no cómicos.



Etiquetas:   Cine

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