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Dioses


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19/05/2017

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@page { margin: 2cm } p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: #000000; line-height: 120%; orphans: 2; widows: 2 } p.western { font-family: "Liberation Serif", "Times New Roman", serif; font-size: 12pt; so-language: es-ES } p.cjk { font-family: "Noto Sans CJK SC Regular"; font-size: 12pt; so-language: zh-CN } p.ctl { font-family: "FreeSans"; font-size: 12pt; so-language: hi-IN } Somos unos seres infelices que creemos saber algo y no sabemos nada, que inventamos reglas y principios para engañar nuestra impotencia; vivimos a merced de la Naturaleza y de las misteriosas combinaciones del tiempo y del espacio.


Benito Pérez Galdós, Zumalacárregui





Había tenido un día especialmente tranquilo, muy tranquilo. Quiere decir esto que a las siete de la tarde los ojos se me caían de puro cansancio: en todo el día no había hecho otra cosa más que leer y leer. Doña Paquita se había ido al centro a comer con unas amigas que vinieron a buscarla, y yo me encerré en mi habitación hasta que no pude más. Salí entonces a pasear por el pequeño jardín que da a una calle muy poco transitada. Y fue salir yo y entrar doña Paquita. Venía alegre y contenta. Se cogió de mi brazo izquierdo, que ya le pertenece, y comenzamos a caminar.

-¿Qué ha hecho usted en todo el día? Me lo imagino, pero es por romper el hielo -me dijo sonriendo con una expresión que daba entender que no había ningún hielo que romper.

-Ya se lo puede imaginar: leer y seguir leyendo. Hasta que se me han rendido los ojos. Entonces, sin nada mejor que hacer, me he puesto a ver la televisión. Pero, en serio, hace falta tener la cabeza llena de aire para aguantar cinco minutos frente a la pantalla. ¿Y usted qué tal?

-Muy bien. No lo he invitado a que se viniera con nosotras porque...

-No tiene que excusarse conmigo -la interrumpí.

-Tiene razón. Lo he pasado francamente bien. Eso sí, nos hemos tropezado con toda una manifestación de devoción popular en el centro de la ciudad. Ya se puede imaginar: una plaza abarrotada de gente, una virgen llevada en andas por los aires como una barco zozobrando, gente llorando, empujándose por tocar la imagen, histeria colectiva...

-Me horrorizan esas cosas. Y siempre me producen una enorme tristeza.

-Sí, pero es interesante verlo.

-No sé qué interés puede tener semejante cosa, pero si usted lo dice.

-¿Usted cree que las personas que asisten a estas celebraciones son verdaderamente creyentes?

-No, yo creo que es puro folclore, ganas de pasar la mañana o pequeños desahogos. Nada más.

-Y, sin embargo, la gente asiste a esas concentraciones. Y fíjese, Fátima, ahora, donde dicen que la virgen se apareció a aquellos pastorcillos, se ha llenado de peregrinos con la visita del papa.

-Sí, y además ha canonizado a dos de los tres niños. ¿Eso no es discriminación?

-Con esa pregunta que ha hecho usted no hace falta que le pregunte qué opina sobre el asunto.

-¿Usted se cree que Afrodita se le apareció a Eneas cuando este iba camino del palacio de Dido?

-¿Lo cree usted?

-¿Lo de los niños? No, no me lo creo -le dije riendo en tanto ella apretaba mi brazo como diciéndome que se esperaba la respuesta.

-¿Y lo de Eneas se lo cree? Y sea serio, por favor.

-Verá usted -comencé a contarle- muy cuco yo, cuando leí aquel fragmento de la Eneida por primera vez, donde se cuenta la aparición de Afrodita a Eneas, pensé que si es cierto que los dioses existen, tienen una forma muy clara de hacernos ver que es así, y obligarnos, con ello, a ser virtuosos. Así Afrodita se me tenía que aparecer a mí, y yo creería en ella. Y si se le aparece a usted la Virgen, dado el respeto que le tengo, a usted, creeré en la santa Biblia.

-¿Y todas estas manifestaciones públicas no le parece que quieren decir algo? Sí, ya sé lo que me va a responder: que somos un grupo de corderitos que vamos donde nos dicen.

-¡Ah! ¿Pero usted ha participado de la fiesta? ¡Vaya por Dios!

-No, no he participado. No me llega para tanto. Pero a veces dudo, y me digo que algo tiene que haber...

-Sí, desde luego: soledad y miedo. Y cada uno lo disfraza como puede.

-¿Hay alguna civilización o cultura que haya vivido sin dioses y prodigios más o menos divinos?

-No lo sé, doña Paquita. Creo que no. Pero no saque conclusiones precipitadas. Eso quiere decir que el hombre viene del mono, y que no ha dejado de ser un mono asustado en medio de la selva. Esté donde esté dicha selva. Y esté desforestada o llena de asfalto.

-Un mono que se cree sus propias fantasías, y trata así de ser feliz, ¿no es eso? Y aquella vida bienaventurada le compensará las desdichas de esta.

-Más o menos. Y eso sin hablar de la gente que vive del cuento. Y del miedo a la muerte. Y de quien no se cree nada o se lo cree todo, y roba, mata y engaña y es tan feliz como el más feliz de los mortales, porque el resto de los mortales lo envidia. Y los protegen, y cuando mueren los obispos ofician misas multitudinarias por ellos. Un encanto.

¿No estamos diciendo demasiados tópicos? Yo no pretendía eso.

-Tal vez. Si quiere lo podemos plantear de otra forma: decía Gibbon, un historiador inglés del siglo XVIII, que la caída del imperio romano fue culpa del cristianismo: como se prometía una vida feliz en el cielo, la gente dejó de preocuparse por la tierra. Sin olvidar la cantidad de personas que se dedicó a la vida espiritual y no hizo nada de provecho.

-Bueno, usted ya sabe que atribuir a una sola causa un terremoto tan grande no deja de ser una total inexactitud. Por muy brillante que sea.

-Tiene razón. Pero no deja de ser interesante, si tenemos en cuenta el análisis, que también se puede enfatizar, y le contesto a la pregunta de antes, de si ha habido civilizaciones sin dioses, la enorme diferencia que hubo entre la religión romana y la cristiana.

-Sí, ya sé: no se parecían en nada. Don Pío Baroja decía que el cristianismo es un religión muy aburrida.

-Todo lo excluyente termina por serlo.

-¿Sabe? A mí me llamaba la atención, de lo poco que he leído sobre Roma y Grecia, la facilidad que tenían estos chicos para suicidarse. A veces da la impresión de un absoluto desprecio a la vida. Y, sin embargo, los cristianos, que esperan ser recibidos en el cielo, tienen pánico a la muerte.

-No se fíe de esas cosas: ya hemos hablado varias veces de los textos que han llegado, incompletos, y de cómo han llegado. Yo creo que un romano normal y corriente le tenía tanto miedo a la muerte como un cristiano.

-No sé. No estoy muy convencida. Quizás ellos la temían menos porque era habitual, cotidiana. No había hospitales, ni clínicas, ni nada. En todas las casas, supongo que igual que en la Edad Media, siempre había alguien que estaba muriendo, o en trance de hacerlo. Y la mortandad infantil era terrible. Ahora se ha vuelto todo muy aséptico.

-Nosotros somos el ejemplo. Estamos en nuestra última morada con el deseo de no infectar a deudos ni parientes en el trance. Cumpliendo lo que quería Séneca: que nuestro cadáver yazga sin ser detestable para nadie.

-Está claro que no lo puedo dejar solo. Nos estamos poniendo estupendos.

-Tiene razón. Volvamos a los orígenes: ¿usted es creyente?

Doña Paquita tardó unos segundos en contestarme.

-No lo sé -dijo al cabo de un tiempo-. A veces me descubro hablando sola, tal vez rezando... Las noches son terribles, ¿no le pasa a usted lo mismo?

-Ya estoy domesticado. Hablo conmigo mismo, pero nada más.

Guardamos silencio durante unos segundos. Caminando el uno al lado de la otra.

-¿Cree usted que la religión ha sido beneficiosa para el hombre, o le parece bien aquello de que si los dioses no existieran habría que inventarlos?

-No lo sé. Son preguntas complicadas. Pero creo que no hay nada inevitable, y que todas las cosas no tenían porque haber sido como han ocurrido. Podían haber sido totalmente diferentes.

-¿Usted cree? Yo no me imagino mi vida de forma distinta a como fue.

-Pues puede estar segura de que eso no lo decidieron los dioses. Lo decidió usted tal vez empujada por el azar, por la casualidad...

-Sí, en eso tiene razón. A veces me entretengo preguntándome qué hubiera sido mi vida si hubiese nacido en China o en París.

-Pues ahora no estaría aquí conmigo disfrutando de mi inteligente charla. Ni se estaría planteando el problema de la religión...

-También la hay en China y en París. A lo mejor allí pensaba que somos juguetes de los dioses. Aunque debe de ser bastante aburrido jugar con el hombre. ¿Usted se imagina? Se cae una puerta que pesa unos 1.000 kilos, más o menos. La puerta se queda apoyada contra la jamba opuesta, y lo consideran un milagro. Y al mismo tiempo, varias conductoras, ebrias y drogadas, matan a unos cuantos ciclistas con el coche ¿Y eso qué es? Creo que la Virgen se debe indignar ante semejantes interpretaciones, ¿no le parece?

-Mientras no se indigne Zeus y comience a lanzar rayos y truenos, todo va bien. Es una forma de hablar eso de que todo va bien. Porque es deprimente todo cuanto está pasando con la justicia y los políticos en este país. ¿Su dios no podía echar una mano e incendiar algo? No creo que Sodoma y Gomorra fuera peor que esta podredumbre.

No me contestó. En silencio seguimos caminando un rato más. Luego nos fuimos al salón a esperar que se hiciera la hora de la cena. Yo tampoco tenía muchas ganas de seguir hablando. Ni de cenar.







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