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Somos unos seres infelices que
creemos saber algo y no sabemos nada, que inventamos reglas y
principios para engañar nuestra impotencia; vivimos a merced de la
Naturaleza y de las misteriosas combinaciones del tiempo y del
espacio.
Benito
Pérez Galdós, Zumalacárregui
Había tenido un día especialmente
tranquilo, muy tranquilo. Quiere decir esto que a las siete de la
tarde los ojos se me caían de puro cansancio: en todo el día no
había hecho otra cosa más que leer y leer. Doña Paquita se había
ido al centro a comer con unas amigas que vinieron a buscarla, y yo
me encerré en mi habitación hasta que no pude más. Salí entonces
a pasear por el pequeño jardín que da a una calle muy poco
transitada. Y fue salir yo y entrar doña Paquita. Venía alegre y
contenta. Se cogió de mi brazo izquierdo, que ya le pertenece, y
comenzamos a caminar.
-¿Qué ha hecho usted en todo el
día? Me lo imagino, pero es por romper el hielo -me dijo sonriendo
con una expresión que daba entender que no había ningún hielo que
romper.
-Ya se lo puede imaginar: leer y
seguir leyendo. Hasta que se me han rendido los ojos. Entonces, sin
nada mejor que hacer, me he puesto a ver la televisión. Pero, en
serio, hace falta tener la cabeza llena de aire para aguantar cinco
minutos frente a la pantalla. ¿Y usted qué tal?
-Muy bien. No lo he invitado a que
se viniera con nosotras porque...
-No tiene que excusarse conmigo -la
interrumpí.
-Tiene razón. Lo he pasado
francamente bien. Eso sí, nos hemos tropezado con toda una
manifestación de devoción popular en el centro de la ciudad. Ya se
puede imaginar: una plaza abarrotada de gente, una virgen llevada en
andas por los aires como una barco zozobrando, gente llorando,
empujándose por tocar la imagen, histeria colectiva...
-Me horrorizan esas cosas. Y siempre
me producen una enorme tristeza.
-Sí, pero es interesante verlo.
-No sé qué interés puede tener
semejante cosa, pero si usted lo dice.
-¿Usted cree que las personas que
asisten a estas celebraciones son verdaderamente creyentes?
-No, yo creo que es puro folclore,
ganas de pasar la mañana o pequeños desahogos. Nada más.
-Y, sin embargo, la gente asiste a
esas concentraciones. Y fíjese, Fátima, ahora, donde dicen que la
virgen se apareció a aquellos pastorcillos, se ha llenado de
peregrinos con la visita del papa.
-Sí, y además ha canonizado a dos
de los tres niños. ¿Eso no es discriminación?
-Con esa pregunta que ha hecho usted
no hace falta que le pregunte qué opina sobre el asunto.
-¿Usted se cree que Afrodita se le
apareció a Eneas cuando este iba camino del palacio de Dido?
-¿Lo cree usted?
-¿Lo de los niños? No, no me lo
creo -le dije riendo en tanto ella apretaba mi brazo como diciéndome
que se esperaba la respuesta.
-¿Y lo de Eneas se lo cree? Y sea
serio, por favor.
-Verá
usted -comencé a contarle- muy cuco yo, cuando leí aquel fragmento
de la Eneida
por
primera vez, donde se cuenta la aparición de Afrodita a Eneas, pensé
que si es cierto que los dioses existen, tienen una forma muy clara
de hacernos ver que es así, y obligarnos, con ello, a ser virtuosos.
Así Afrodita se me tenía que aparecer a mí, y yo creería en ella.
Y si se le aparece a usted la Virgen, dado el respeto que le tengo, a
usted, creeré en la santa Biblia.
-¿Y todas estas manifestaciones
públicas no le parece que quieren decir algo? Sí, ya sé lo que me
va a responder: que somos un grupo de corderitos que vamos donde nos
dicen.
-¡Ah! ¿Pero usted ha participado
de la fiesta? ¡Vaya por Dios!
-No, no he participado. No me llega
para tanto. Pero a veces dudo, y me digo que algo tiene que haber...
-Sí, desde luego: soledad y miedo.
Y cada uno lo disfraza como puede.
-¿Hay alguna civilización o
cultura que haya vivido sin dioses y prodigios más o menos divinos?
-No lo sé, doña Paquita. Creo que
no. Pero no saque conclusiones precipitadas. Eso quiere decir que el
hombre viene del mono, y que no ha dejado de ser un mono asustado en
medio de la selva. Esté donde esté dicha selva. Y esté
desforestada o llena de asfalto.
-Un mono que se cree sus propias
fantasías, y trata así de ser feliz, ¿no es eso? Y aquella vida
bienaventurada le compensará las desdichas de esta.
-Más
o menos. Y eso sin hablar de la gente que vive del cuento. Y del
miedo a la muerte. Y de quien no se cree nada o se lo cree todo, y
roba, mata y engaña y es tan feliz como el más feliz de los
mortales, porque el resto de los mortales lo envidia. Y los protegen,
y cuando mueren los obispos ofician misas multitudinarias por ellos.
Un encanto.
¿No estamos diciendo demasiados
tópicos? Yo no pretendía eso.
-Tal vez. Si quiere lo podemos
plantear de otra forma: decía Gibbon, un historiador inglés del
siglo XVIII, que la caída del imperio romano fue culpa del
cristianismo: como se prometía una vida feliz en el cielo, la gente
dejó de preocuparse por la tierra. Sin olvidar la cantidad de
personas que se dedicó a la vida espiritual y no hizo nada de
provecho.
-Bueno, usted ya sabe que atribuir a
una sola causa un terremoto tan grande no deja de ser una total
inexactitud. Por muy brillante que sea.
-Tiene razón. Pero no deja de ser
interesante, si tenemos en cuenta el análisis, que también se puede
enfatizar, y le contesto a la pregunta de antes, de si ha habido
civilizaciones sin dioses, la enorme diferencia que hubo entre la
religión romana y la cristiana.
-Sí, ya sé: no se parecían en
nada. Don Pío Baroja decía que el cristianismo es un religión muy
aburrida.
-Todo lo excluyente termina por
serlo.
-¿Sabe? A mí me llamaba la
atención, de lo poco que he leído sobre Roma y Grecia, la facilidad
que tenían estos chicos para suicidarse. A veces da la impresión de
un absoluto desprecio a la vida. Y, sin embargo, los cristianos, que
esperan ser recibidos en el cielo, tienen pánico a la muerte.
-No se fíe de esas cosas: ya hemos
hablado varias veces de los textos que han llegado, incompletos, y de
cómo han llegado. Yo creo que un romano normal y corriente le tenía
tanto miedo a la muerte como un cristiano.
-No sé. No estoy muy convencida.
Quizás ellos la temían menos porque era habitual, cotidiana. No
había hospitales, ni clínicas, ni nada. En todas las casas, supongo
que igual que en la Edad Media, siempre había alguien que estaba
muriendo, o en trance de hacerlo. Y la mortandad infantil era
terrible. Ahora se ha vuelto todo muy aséptico.
-Nosotros somos el ejemplo. Estamos
en nuestra última morada con el deseo de no infectar a deudos ni
parientes en el trance. Cumpliendo lo que quería Séneca: que
nuestro cadáver yazga sin ser detestable para nadie.
-Está claro que no lo puedo dejar
solo. Nos estamos poniendo estupendos.
-Tiene razón. Volvamos a los
orígenes: ¿usted es creyente?
Doña Paquita tardó unos segundos
en contestarme.
-No lo sé -dijo al cabo de un
tiempo-. A veces me descubro hablando sola, tal vez rezando... Las
noches son terribles, ¿no le pasa a usted lo mismo?
-Ya estoy domesticado. Hablo conmigo
mismo, pero nada más.
Guardamos silencio durante unos
segundos. Caminando el uno al lado de la otra.
-¿Cree
usted que la religión ha sido beneficiosa para el hombre, o le
parece bien aquello de que si los dioses no existieran habría que
inventarlos?
-No lo sé. Son preguntas
complicadas. Pero creo que no hay nada inevitable, y que todas las
cosas no tenían porque haber sido como han ocurrido. Podían haber
sido totalmente diferentes.
-¿Usted cree? Yo no me imagino mi
vida de forma distinta a como fue.
-Pues puede estar segura de que eso
no lo decidieron los dioses. Lo decidió usted tal vez empujada por
el azar, por la casualidad...
-Sí, en eso tiene razón. A veces
me entretengo preguntándome qué hubiera sido mi vida si hubiese
nacido en China o en París.
-Pues ahora no estaría aquí
conmigo disfrutando de mi inteligente charla. Ni se estaría
planteando el problema de la religión...
-También
la hay en China y en París. A lo mejor allí pensaba que somos
juguetes de los dioses. Aunque debe de ser bastante aburrido jugar
con el hombre. ¿Usted se imagina? Se cae una puerta que pesa unos
1.000 kilos, más o menos. La puerta se queda apoyada contra la jamba
opuesta, y lo consideran un milagro. Y al mismo tiempo, varias
conductoras, ebrias y drogadas, matan a unos cuantos ciclistas con el
coche ¿Y eso qué es? Creo que la Virgen se debe indignar ante
semejantes interpretaciones, ¿no le parece?
-Mientras
no se indigne Zeus y comience a lanzar rayos y truenos, todo va bien.
Es una forma de hablar eso de que todo va bien. Porque es deprimente
todo cuanto está pasando con la justicia y los políticos en este
país. ¿Su dios no podía echar una mano e incendiar algo? No creo
que Sodoma y Gomorra fuera peor que esta podredumbre.
No
me contestó. En silencio seguimos caminando un rato más. Luego nos
fuimos al salón a
esperar
que se hiciera la hora de la cena. Yo tampoco tenía muchas ganas de
seguir hablando. Ni de cenar.