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Magister ludi


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09/05/2017

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Vicente Adelantado Soriano





No es fácil equivocarse cuando se trata de distinguir el hierro de la plata, pero sí lo es cuando se trata de juzgar acerca de lo bueno y de lo justo.

Werner Jaeger, Paideia





Imaginé, y no me equivoqué, que doña Paquita no se había quedado satisfecha con mi evasiva respuesta de la otra mañana, cuando me preguntó sobre la educación concertada. Hacía un par de semanas en el centro de la capital se celebró una manifestación, no muy multitudinaria, porque a unos cuantos colegios les iban a quitar el concierto. A mí la noticia, la verdad, me dejó un poco indiferente, pues a lo largo de mi vida académica ya había debatido alguna que otra vez sobre distintas formas de educar, o distintos tipos de institutos o colegios. Y ni entonces importó mi opinión, ni ahora tampoco. Aun así era reticente a tratar el tema.

-Parece mentira -dijo doña Paquita atacándome para hacerme hablar- que un hombre como usted me venga ahora con pegas o prejuicios.

-¿Qué quiere que le diga? Yo también tengo derecho a tener algún que otro tabú. O si quiere que se lo diga de otra forma, si me aprieta el zapato, el pie me duele.

-¡Palabras! Usted sabe perfectamente que lo digamos o dejemos de decir no saldrá de aquí.

-Aun así...

-Dígame -me dijo autoritaria, sin posibilidad de réplica- ¿qué le parece a usted la educación concertada?

-Me parece lo mismo que la pública: que la educación debía basarse en un acuerdo social. Y que la premisa de todo sistema educativo es la estabilidad de las leyes, de ese acuerdo. No se puede ir cambiando, como se ha hecho, un sistema educativo cada cuatro años.

-Se me está yendo usted por la tangente. Imagine que tiene ahora veintitantos años acabados de cumplir, y que tiene que llevar a su hijo a una escuela o instituto, ¿qué elegiría?

-Seguramente haría lo que hace la inmensa mayoría de los padres: lo llevaría al colegio o instituto más cercano a casa.

-¿Sin tener en cuenta profesores, programas ni demás?

-¿Influiría en algo el que lo tuviera en cuenta? ¡Qué preguntas me hace!

-Debería haber alguna forma -dijo pensativa- de poder adivinar si entregamos a nuestros hijos en buenas manos. O nosotros mismos cuando vamos al médico...

-Mire, señora, a menudo nos olvidamos de una cosa fundamental. Algo que un estudioso inglés bautizó como la filosofía no escrita, aquello que todo el mundo da por supuesto y de lo que nadie habla.

-¿A qué se refiere?

-¿No le parece que en nuestra sociedad, en una sociedad con un alto nivel de especialización, tenemos que fiarnos unos de los otros?

-Sí, claro. Lo hacemos, pero porque hay unos controles. Exámenes, si quiere usted, que hacen que una persona está donde está porque se lo ha ganado.

-Pues eso mismo. Aunque no quiere decir que quien ha superado ese examen sea el mejor, ni mucho menos. Ahora bien, cuando voy al ambulatorio, allí tengo un médico y no un torero. Que sea mejor o peor, como comprenderá, es discutible, como todo en esta vida. Es difícil dilucidarlo a veces.

-Bien. Ya hablaremos de los médicos otro día. Según eso, usted, un joven veinteañero, no tendría inconveniente en llevar a un hijo suyo a un colegio concertado.

-No. Aunque preferiría llevarlo a uno público.

-¿Por qué?

-Con sus preguntas me está rondando por la cabeza aquella pregunta que le hicieron a Tiresias sobre quién disfrutaba más haciendo el amor si un hombre o una mujer.

-Hoy está usted especialmente escurridizo.

-No, no lo estoy. ¿Sabe por qué le plantearon esa cuestión a Tiresias? No, no lo sabe: porque Tiresias había sido hombre y mujer.

-Ya. Entonces tendría que preguntarle a un profesor que haya trabajado en un centro concertado y en otro público. ¿Es así?

-Efectivamente. Eso es lo que le quería decir.

-Sí. Tiene razón. De todas formas, esto de la educación se ha politizado tanto. En realidad no es que se haya politizado, ¿cuándo no lo ha estado?, sino que la han aprovechado para sacar votos, para ganar elecciones. Y la han convertido en un berenjenal. Aparentemente es un contradicción con lo que decía usted: la sociedad cada vez está más especializada. Y la trampa está en hacerle creer a la gente que sabe de esas especializaciones, y puede participar y discutirlas como un entendido cualquiera.

-Efectivamente, ahora ha dado en el clavo. Si oye usted cualquier tertulia en la televisión verá y oirá a gente que, sin haber leído un libro en su vida, le habla con la misma soltura de una encima que de una encina, ignorando a veces la diferencia que hay entre ellas. Y tienen audiencia. No se equivoque.

-No me equivoco. Pero si no me falla la memoria usted también trabajó en un colegio concertado.

-La diferencia que noté es que el concertado la dirección me decía que había que aprobar a fulanito o menganita porque su madre era amiga de la dirección, y había que aprobarla aunque hubiese entregado el examen en blanco. En la pública, no me podían obligar a hacer semejantes cosas. Ni lo intentaron.

-¿Puedo leer entre líneas?

-Hágalo. No en vano es usted una mujer inteligente.

-Se habrá reído mucho usted viendo la manifestación con los padres pidiendo libertad y educación. Las grandes palabras que tan desgraciados nos hacen.

-No, no me he reído. Me han causado pena y tristeza por el contrario. Y me he acordado mucho de una famosa película, prohibida en mi juventud, Faraón, de Jerzy Kawalerowicz. En un momento de la película, si no recuerdo mal, el faraón se enfrenta con el sumo sacerdote. Aquel esgrime que tiene al pueblo de su parte. Y el sacerdote le contesta que el pueblo es un montón de paja lanzado al viento: va donde este lo lleva.

-No me diga cómo termina la película. Me lo puedo imaginar. Y si sigo leyendo entre líneas, está claro que la educación se ha convertido en un negocio más, disfrazado a veces con palabras muy bellas y bonitas.

-Sí. Y vamos renqueando. Y sigue siendo un misterio como los romanos salieron como salieron con las escuelas que tenían. Las llamaban ludus, juego, sin duda para no asustar a los futuros senadores. Hasta el pobre Cicerón tiembla de mayor cuando recuerda sus años de escolar.

-Y eso que no tenían exámenes. Y llegado a este punto, ¿qué opina usted de los exámenes?

-Lo mismo que usted, que son un mal necesario. O un bien. No lo sé. Como los políticos. Tal vez la escuela, privada, pública, concertada o sin concertar, debería potenciar la imaginación de los alumnos. A lo mejor alguno daba con alguna fórmula para sustituir los exámenes y a los políticos.

-Mientras tanto, y teniendo en cuenta que cada vez se lee menos, nos tendremos que fiar del título y de las acreditaciones que cuelgan del despacho del médico o del dentista.

-Yo prefiero el ambulatorio con los despachos de paredes desnudas o con algún dibujo infantil de la hija de la médico.

-Cada uno cuenta de la feria según le va. Eso será porque lo han tratado bien.

-Es cierto. En todos los ambulatorios me han tratado de maravilla. Y en la enseñanza pública, que es donde estudié, tuve muy buenos profesores.

-Al final, querido amigo -dijo doña Paquita sonriendo- ha llevado usted la conversación a donde le interesaba. No hemos hablado de la educación concertada. Y si lo hemos hecho -añadió ampliando su sonrisa- ha sido para confiar en la especialización, ¿virtud?, de los profesores más que en el sistema, que a veces obliga a hacer cosas muy poco éticas.

-Usted, querida amiga -dije devolviéndole el apelativo- también ha sido profesora, y sabe lo difícil que es hablar del tema y no en caer en tópicos o en tonterías. Yo nunca quise ser profesor, nunca me consideré preparado para educar a nadie, así que no se puede imaginar el suspiré de alivio que lancé cuando me jubilaron.

-¿No echa de menos a sus alumnos?

-¿Los añora usted? Yo no, yo creo sinceramente que sin mí estarán mucho mejor. Usted es distinta, usted tuvo que ser una buena persona. Yo soy irritable, y pierdo la paciencia que no tengo con mucha facilidad.

-Yo tenía un compañero que siempre decía que el día que conseguía salir del instituto sin haber soltado un taco o un improperio, era el día más feliz de su vida.

-Sí, es un trabajo difícil. Usted si que tuvo que ser una buena profesora, con esa dulzura que tiene... Y con la cantidad de libros que ha leído.

-¿Me está usted tirando los tejos?

-Sí, a estas alturas. Ande, vamos a tomar un café y a despejarnos un poco por el jardín.



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