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Es cómo darle un libro a un cangrejo


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06/05/2017

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En teoría, las universidades son centros de cultura y enseñanza dónde adultos de todas las edades convergen para aprender y debatir a su antojo. Deben propiciar ambientes dónde la libre expresión se ejerza en su máxima expresión, por supuesto siempre y cuando existan bases para fundamentar los argumentos dados. Son lugares especiales donde cualquiera que observe con detenimiento puede deducir el pasado, el presente y el futuro de un país. Los universitarios, sean maestros o estudiantes reflejan la parte más culta y educada de la sociedad a la que pertenecen. Dependiendo en qué lugar del mundo se encuentre la institución, estas “reglas” se cumplen en mayor o menor medida. 




Una definición muy romántica comparada a lo que día a día observo en Tijuana. Para empezar, es una ciudad con alrededor de 2 millones de habitantes y solo cuenta con 3 universidades públicas, 2 de ellas enfocadas estrictamente a la ingeniería (y eso que dicen que en México no hay ingenieros). Pero aun con cupo limitado y con baja calidad de enseñanza año con año miles de profesionistas o mejor dicho “analfabetas funcionales” logran graduarse apenas sabiendo como encender una calculadora y con una capacidad de lectura que avergonzaría a un niño de 8 años, ah y por supuesto con un completo desconocimiento sobre la carrera que estudiaron. Pero este artículo no se enfoca en ellos como grupo.

Dentro de estos grandes grupos, hay algunos individuos que encuentran una manera más pintoresca de llamar la atención, los falsos intelectuales.

Los falsos intelectuales son aquellos que se destacan desde el primer día por su poca habilidad de razonamiento y su carencia de conocimientos. Tienen la costumbre de ir dando tumbos por la currícula reprobando por aquí y milagrosamente aprobando por allá. Indudablemente no se gradúan con su generación, lo hacen “un poquito después” (algunos hasta 5 años después).

Pero ese no es el aspecto que destaca en ellos, en cierto modo su tenacidad es envidiable, en especial sabiendo que no pertenecen al lugar en el que están, desperdiciando sus verdaderas habilidades.

No, el hecho que destaca en el falso intelectual es que durante los muchos años que pasan en la universidad, se les suele ver cargando libros enormes que presumen como si de trofeos se tratara. De ahí que algunos exclamen de vez en cuando: “¿Para qué trae ese libro?”, otros, satíricamente contestan: “Es que lo hace sentir más inteligente”, mientras un tercero con justa razón exclama:



“Pero no lo hace más inteligente. No por darle un libro a un cangrejo vas a conseguir que aprenda algo”.



Etiquetas:   Universidad   ·   Estudiantes

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