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Por Jesús Salamanca Alonso / Ya sé que
despatarrarse es abrir las piernas
excesivamente, pero también tiene otras acepciones este verbo como es
“caerse una
persona al suelo con las piernas abiertas”. Recuerdo que de niño, cuando algo
nos hacía excesiva gracia, solíamos decir que nos despatarrábamos o
espatarrábamos; algo así como caerse al suelo y dejarse llevar como sintiéndose
sin fuerzas. Ahora he vuelto a recordar aquella expresión cuando la CUP -- esa
formación catalana donde Anna Gabriel, su líder, hace juegos con los sobacos y
las manos, acabando por oler éstas en busca de no sé qué – ha propuesto la campaña contra el “despatarre”.
Quienes estamos ‘al
loro’ de la noticia diaria, incluso así, la noticia sobre la campaña de la CUP
puede llevarnos a ese despatarre, en el sentido de “descojonarnos de risa”,
como se sigue diciendo por mi tierra y en todos aquellos lares donde se cultiva
la recta expresión del castellano, sin rodeos y sin recovecos.
Los
mismos que no se cortan en hacer caceroladas, insultar al adversario político y
demostrar que su aportación a la política es nula, resulta que ahora se
preocupan del “manspreading”. Sí, ese ‘palabroide’ es lo mismo que el
“despatarre”; es decir, lo que conocemos como la acción poco educada de algunos
hombres de sentarse con las piernas excesivamente abiertas, con tendencia a
ocupar más sitio del que deben.
Ahora
bien, de ahí a iniciar una campaña para evitar esa actitud en los transportes
públicos, pues, sinceramente, me parece una exageración. Eso se corrige con
educación y no con campañas, ni soflamas ni verborreas inútiles, de la misma
manera que los efluvios que parten de Anna Gabriel y que se extienden por el
parlamento catalán se resuelven con una ducha diaria, una buena dosis de jabón
y aseo continuado. Ni que decir tiene que algún parlamentario de la Generalitat
estuvo a punto de hacer una denuncia a la presidenta de la cámara catalana,
solicitando una ubicación diferente. Hay fotos en la red con la mofa que eso
trajo acarreado y con Anna Gabriel oliéndose sus propias axilas.
Y si
me sorprende lo de querer hacer una campaña para cercenar esa actitud exagerada
del “despatarre”, no menos me ha sorprendido escuchar lo de que esa campaña
forma parte de “las políticas enfocadas a alcanzar la igualdad de género”. Aquí
sí que la CUP ha alcanzado el culmen de la imbecilidad. Cada día estoy más
convencido de que estas formaciones desprestigiadas gastan más tiempo y energía
en hablar de los problemas, y de lo que no son problemas, que en afrontarlos.
Así nos cubre el pelo.
Es
verdad que, quien practica el “despatarre” en el transporte público, comete un
claro abuso y el más perjudicado es el compañero de asiento – además de
demostrar que es un mal educado e incivilizado-- pero eso se resuelve con una
mirada fija, una ‘cara de perro’ o una simple llamada de atención, con
educación y con cortesía; nadie se resiste a cambiar de actitud ante un
requerimiento así. Pero estas formaciones de la izquierda medieval solo ven
perjuicios a la mujer (dicen que es quien más sufre la actitud del “despatarre”
¿?) porque las consideran erróneamente inferiores. Y me atrevo a decir que las
consideran, también, tontas: como si la mujer de hoy no supiera defenderse o
enfrentarse a un cafre abusón, desnortado y chulesco. Volvemos otra vez a los
mil y un errores de pensamiento de la izquierda cavernaria, acomplejada y
gaznápira.
Las
campañas están para otras cosas. La ignorancia puede llevar a gastar dinero en
una campaña contra el “despatarre” en lugares públicos, mañana otra contra las
molestias que ocasionan los mosquitos trompeteros y, dentro de unas semanas,
contra el fin de la campaña del espárrago de Tudela de Duero.
Corten,
señores y señoras ‘cuperos’, el espatarre y el despatarre con la pertinente
llamada de atención, la educación desde casa y el civismo requerido para saber
convivir. La CUP, como formación machista que demuestra ser, no debería aventar
tantas estupideces porque su pretensión ha llevado a que se convierta en la
diana de mofas, sarcasmos y pedorretas, además de burlas permanentes en las
redes sociales.
Y
para terminar, incurren en otra barbaridad. Insisten en cambiar la simbología
de los lavabos de los edificios públicos para eliminar roles sexistas. Hablan
de faldas para las mujeres y pantalones para los hombres: salvo escasos casos,
se comprueba que esta gente hace años que no micciona o lleva a cabo otro tipo
de necesidades fisiológicas en establecimientos públicos. No sé si pretenderán
poner, como indicadores de los excusados, a la mujer con un “kalashnikov” y al hombre con un
matamoscas o bebiendo a chinguete, regilete,…. ¿Y a los híbridos?
Esta
gente va a remolque de su propia estupidez y se han convertido en circenses
inoperativos y mediocres en busca de la vulgar notoriedad que siempre precisa
el izquierdismo radical populista, al más puro estilo del socialismo
bolivariano y tercermundista. Ya decía Arthur Schmitzler que la fuerza del
carácter con frecuencia no es más que debilidad de sentimientos y de pensamiento.