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Nuestras vidas son los ríos


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28/04/2017

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@page { margin: 2cm } p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: #000000; line-height: 120%; orphans: 2; widows: 2 } p.western { font-family: "Liberation Serif", "Times New Roman", serif; font-size: 12pt; so-language: es-ES } p.cjk { font-family: "Noto Sans CJK SC Regular"; font-size: 12pt; so-language: zh-CN } p.ctl { font-family: "FreeSans"; font-size: 12pt; so-language: hi-IN } Se separa de su hija, pero, como venado herido, lleva consigo el amoroso dardo.


Philippe de Rémi, La doncella manca.





Me llamó mucho la atención que este año mi querida amiga doña Paquita, compañera de la residencia de la tercera y última edad, no me encargara nada, charla, conferencia o conversación, sobre el día del libro. Se lo comenté cuando me vi con ella a solas, pasada ya dicha celebración, temiendo que estuviera un tanto desanimada.

-No todos los tiempos son unos, querido amigo -me dijo cerrando el libro que estaba leyendo-. Y este año no tenía ganas de nada. Salvo de estar sola y de leer todo cuanto pudiera.

-Si es así -le respondí-la dejo, y no la molesto.

-¡Por Dios! No sea tan quisquilloso. No lo decía por usted. Quédese, hágame el favor.

Me volví a sentar.

-¿Ha ido usted a la feria del libro? -me preguntó.

-No. De haberlo hecho la hubiera invitado a venir conmigo. Ya sabe que no me gustan las aglomeraciones. Y a la librería sólo voy cuando tengo que dar con algo en concreto.

-Es decir que pasó usted el día del libro...

-Leyendo, que es la mejor forma de pasarlo.

-¿Algo en especial?

-Pues mire, ya me he hecho muy mayor y es raro que aguante un libro entero. Y más si es voluminoso. A las pocas palabras me parece que todo se transforma en palabrería sin más objeto ni sentido que llenar páginas para justificar el precio del volumen.

-Sí, es cierto. Dios nos libre de los libros voluminosos. Muchos libros pecan de eso: mucha extensión y poca profundidad. Y sin embargo, esos libros son los que suelen triunfar. A veces me da la impresión de que somos el país de los fuegos artificiales: mucha pólvora para nada. Pero, entonces, ¿qué ha leído usted?

-Una de las epístolas de Ovidio, de las heroínas. Creo que le hablé de ellas.

-Sí, hace tiempo.

-Me ha vuelto a poner la piel de gallina. Me he dedicado, por entero, a la que dicen algunos especialistas que es la mejor carta de las que nunca escribió Ovidio, la que le envía Cénace a su hermano y amante Macareo.

-El terrible problema del incesto.

-Es, como casi todo en esta vida, una cuestión cultural.

-¿Cree usted que la moral es una cuestión cultural?

-No sé. Eso tal vez se lo tendría que preguntar a un jurista. Pero sí, creo que hay una moral natural, y otra que nos viene impuesta por la sociedad donde ha nacido uno.

-¿Serían los Diez Mandamientos una parte de esa moral natural?

-Algunos de ellos. Como el no robar, el no matar, y no sé qué más. Otros, como eso de amar a Dios sobre todas las cosas me parece una patochada de la iglesia.

-¿Cree usted que el no matar, el que no haya guerras es lo natural?

-Buena pregunta. ¿Es natural no robar? Cierto es que desde que el mundo es mundo ha estado envuelto en guerras y más guerras. Pero ¿no le parece que es más natural, o más deseable, la paz que la guerra?

-Sí, por supuesto. Yo prefiero con mucho pertenecer a una época aburrida, a unos años que no den pie a famosos Episodios nacionales. Espero que me comprenda.

-Creo que la entiendo. Yo también lo prefiero. Y me gustaría que hubiera muchísima menos corrupción de la que hay. Sencillamente por poder hablar ya de otra cosa, de la importancia del latín, por ejemplo, o de la amistad, del amor...

-La verdad es que nos estamos llevando la palma. En lo de la corrupción. Es revulsivo. Más que repugnante.

-Sí, porque en tiempos antiguos todavía podía el tal Herakles desviar un par de ríos y terminar con la porquería de los establos del rey Augías. Pero hoy, ¿qué van a desviar para limpiar el palacio, el canal de Isabel II? ¿Le damos un nuevo sentido a eso de que nuestras vidas son los ríos?

-Lavar sangre con sangre -contestó doña Paquita tras mirarme como si estuviera loco-. Mire, yo sigo pensando que el mejor análisis de la corrupción lo hizo don Miguel de Cervantes en el Coloquio de los perros. Aunque no se deben olvidar ni la Celestina ni El burlador de Sevilla, ni...

-No hace falta que siga, doña Paquita: quien más y quien menos ya sabemos que la cosa no es nueva. Y no solo por lo que unos roban y los otros callan y otorgan sino también por quienes deben velar por todo, y no lo hacen.

-Ya lo dicen Cipión y Berganza.

-Y ya lo practicaban los romanos. Los gobernadores de provincias, por ejemplo, eran elegidos de entre las clases altas. De estas mismas salían los abogados. Y se sabe que el Roma era importantísima la red clientelar para hacer carrera. A buen entendedor pocas palabras bastan. No ha cambiado nada.

-Desde luego. Es un asco y un aburrimiento. ¿Le importa que dejemos de hablar de estas cosas y de tamaña gente o gentuza, si me permite el calificativo?

-Se lo permito. Es más, se lo agradezco.

-Volvamos al principio. ¿Sabe? Cuando me ha dicho usted que ha leído la carta de Ovidio, esta de los hermanos incestuosos, me he acordado de una clase, era yo alumna, muy borrascosa. En la clase de religión, una compañera, un tanto descarada para la época, le dijo al cura, sorprendiéndonos entonces, que la moral era relativa, pues está claro que si Dios creó a Adán y Eva, y sus hijos crecieron y se multiplicaron, los hermanos se tuvieron que acostar con los hermanos.

-Lógico.

-Sí, pero el cura se puso hecho una furia.

-Cosas de la época. No les daba para más. La preparación de los clérigos en este país siempre ha sido muy deficiente.

-Eso ya lo denunció Pérez Galdós. Pero dejémoslo. Me sorprendió poco después la madre de esa chica. Recuerdo que fuimos una tarde a su casa. Y allí volvió a salir la discusión tenida con el cura. La madre de aquella chica nos vino a decir que nada más natural que dos hermanos se quieran...

-Pues algo así he pensado yo también releyendo la carta de Ovidio. En el mundo clásico rara vez, creo que nunca, se habla sobre la sexualidad femenina. Y se hable o no, se niegue o no, está claro que esta existía. Las mujeres, en aquellas épocas, no tenían ningún acceso a los hombres. En ese tipo de sociedad el incesto no debía ser nada raro ni extraño. Creo yo. Hay, además, muchas obras que hablan sobre ese asunto.

-¿Y estaba bien visto? ¿Era aceptable moralmente?

-Yo diría que no. No de otra forma se entiende la bestial reacción del rey y padre de Cánace y Macareo.

-La recuerdo vagamente.

-La carta comienza con Cánace escribiéndola. La dirige a su hermano y amante. Con la mano derecha sujeta el cálamo y con la izquierda la espada que le ha enviado su padre para que se suicide. Ha mandado, también, que el niño, recién parido, sea arrojado al monte como pasto para los lobos y las alimañas.

-¿Y al hermano, al hijo, no lo castiga?

-No se dice nada. Se supone, por lo tanto, que no.

-¿Y qué culpa tiene el recién nacido? ¿Cómo se puede ser tan bestia como para dejar a un bebé en un monte?

-Es también un tema recurrente de la literatura de antaño: Edipo, El inocente, Pulgarcito...

-Al menos en ese aspecto, y pese a la corrupción, parece que hemos avanzado algo. Aunque, y antes de que me lo diga, depende de hacia dónde dirijamos los ojos, ¿no es así? El Mediterráneo está lleno de ahogados, muchos niños entre ellos...

-Creo que sí. Pero lo puedo contestar lo que dijo aquel militar: ahora las guerras son más civilizadas: te pegan un tiro y te matan, no te dejan inválido, tuerto o tullido como las guerras del siglo XIX. Y entre ahogarse y ser pasto de los lobos...

-Siempre es mejor que lo entierren a uno entero y no a plazos.

-Depende. Volviendo al asunto del incesto, a mí también me pasó una cosa muy curiosa en un clase. Yo era el profesor. Estaba hablando del mito de Edipo. Se lo estaba explicando a alumnos de doce y trece años. Uno de ellos, hablando del incestuoso matrimonio de Edipo con su madre Yocasta, levantó la mano y me dijo que eso era imposible. Que la madre, como mínimo, debería tener el doble de edad que el hijo...

-Una buena observación. Para que luego digan que la gente joven no se entera de nada. Siempre he creído que se enteran de muchas cosas. Y a veces me ha dado la impresión de que así como la vida nos quita la espontaneidad -un bebé le sonríe a todo el mundo, toca a quien se le pone por delante, y juega con cualquier niño- también la educación nos castra parte de esa inteligencia natural... No sé, tal vez tener sentido crítico sea recuperar esa inocencia de decir lo que se piensa, sin componendas. Que el rey va desnudo, vamos.

-Tal vez.

-¿Y qué le respondió usted?

-Me quedé mudo. No supe qué contestar. E hice lo que más odio en esta vida: hablar por hablar, es decir salir con tonterías: que si en el teatro griego llevaban máscaras, etc, etc. Y claro estaba diciéndole eso y estaba pensando que Edipo y Yocasta se quitarían las máscaras para dormir. Y no sé porqué intuí que el alumno estaba pensando lo mismo que yo. Rectifiqué y le dije que tal vez habría que interpretar aquello en sentido metafórico. Al fin y al cabo suponiendo que Yocasta tuvieran entonces 40 años, ya era un tanto madura como para concebir cuatro hijos... Pero, claro, aplicar los criterios realistas al teatro griego supone no dejar títere con cabeza.

-¿Podía ser también una metáfora lo del incesto?

-Creo que no: se repite demasiado a menudo. Además, no siempre tenían porqué tener hijos.

-Y no sabemos cuántos niños habrán sido abandonados o expuestos.

-No, no lo sabemos. Y también ignoramos el número de corruptos de Roma y la cantidad de dinero y obras de arte que robaron. Tal vez los discursos de Cicerón contra Verres sean una pequeña muestra. No lo sé. Una pena no contar con un catálogo sobre la corrupción. Alguien tendría que llevar la contabilidad de estas cosas. Podría ser terrorífico y clarificador.

-Y muy deprimente. Tal vez con ese dinero robado se salvarían muchas familias de la indigencia. Pero ¿a quién le importa eso? Ya tienen bastante los políticos con salvar su propio culo, y perdone que hoy sea tan mal hablada, porque, en el fondo, digan lo que quieran, no hacen otra cosa. Robar, malversar y justificarse.

-Doña Paquita, ya estamos otra vez hablando de la dichosa corrupción.

-Resulta casi imposible librarse de tanto hedor. Lo siento. Estoy muy indignada con los políticos y con quienes les siguen el juego. La próxima vez -dijo levantándose- pondremos algo más de empeño en hablar de otras cosas. De literatura, cine, teatro, del amor o de la amistad. Cuídese. Me tengo que ir al médico.

-Así lo haré. Cuídese usted también, querida amiga.







Etiquetas:   Corrupción   ·   Libros

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