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Nuevos tiempos, viejos recuerdos


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21/04/2017

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Vicente Adelantado Soriano





El sabio jamás provocará la cólera de los poderosos, antes bien la esquivará, como hace el marinero con la tempestad.

Séneca, Epístolas morales a Lucilio





Al igual que muchas otras personas me he preguntado si un personaje cualquiera, histórico, es escogido por nosotros, tras largos años de estudios y lecturas, o ese personaje es quien escoge al lector y estudioso. La verdad es que por más vueltas que le doy al caso no consigo dilucidarlo. Y llegados a este punto, como suele suceder, he pensado que no es eso lo importante, sino que lo crucial es lo que ese personaje nos pueda aportar tanto para comprenderlo a él, como para entender su época y el mundo en el que vivimos nosotros, y que, tal vez, tenga poco o mucho que ver con el del personaje en cuestión.

Sea como fuere, desde que comencé a leer libros sobre Roma, sobre la historia de la República y el Imperio, me sentí muy atraído por los hermanos Graco, y por sus intentos de reforma, o de hacer una distribución más equitativa de las tierras entre los habitantes del imperio. No era nada fácil enfrentarse al Senado y sacar hacia delante leyes que no favoreciesen a los propios senadores. El Senado, inútil es decirlo, estaba formado por los miembros de las clases más pudientes de Roma. Y el poderío, en aquellos años, era la tierra, los ganados y los esclavos. Las tierras conquistadas pasaban a manos de los senadores, y de nadie más.

Los hermanos Graco, como se ha dicho infinidad de veces, no eran unos revolucionarios. Sencillamente querían una distribución más equitativa de las tierras, pues Roma se estaba convirtiendo en un latifundio en manos de unos pocos en tanto que los pequeños campesinos estaban abocados a la miseria, a tener que abandonar sus campos y engrosar las filas de aquellos que vivían de la caridad, de la famosa annona, o reparto de trigo, aceite y vino entre los desfavorecidos.

Tras toda una serie de hechos, más o menos desgraciados, Tiberio Graco, el mayor de los hermanos, fue asesinado a golpes, patadas y mamporrazos por los senadores. Y su cuerpo fue arrojado al Tíber para que no se le ofrecieran tributos de ningún tipo. Uno de los personajes que participó en esta salvajada fue el propio tío de Tiberio. Y a este se le llenó la boca en el Senado, tras el asesinato de su sobrino, diciendo que era tal su amor por Roma que anteponía el amor a la ciudad al debido a su propia familia. Tales palabras me produjeron un asco infinito cuando las leí. Y no tardé en descubrir que donde el senador decía amor a Roma estaba diciendo amor a sus tierras, obtenidas más o menos ilegalmente, pero suyas por orden del Senado y de los senadores que también participaban de ese mismo amor a Roma.

También, evidentemente, hacían ellos las leyes. Y estas declaraban que era legal todo cuando ellos hacían o deshacían. Y para los díscolos existía lo que se ha dado en llamar el soborno o la coacción. Y ahí seguimos.

Por mucho que se diga, que se estudie y se conozca, la visión que tenemos de la historia antigua, y no sólo de Roma, es muy parcial. Todos los documentos, libros, pensamientos, discursos, historia, etc., han sido escritos por una determinada clase social y no por otra. Siempre me he imaginado lo interesante que debería de ser encontrarse con un diario, por ejemplo, de un esclavo, de un gladiador, de una cortesana, de un panadero o de un agricultor del imperio o de la república. Pero no lo hay. Así que siempre es Cicerón el que habla, jamás su esclavo.

Hay que estudiar la historia, pues, con una cierta precaución, y sin olvidar, nunca, el sentido crítico. Leyendo, por ejemplo, a Tito Livio uno termina por convencerse de la bondad de las invasiones romanas, de las enormes virtudes del pueblo romano, de la excelencia de esa quimera llamada mos maiorum, y de su carácter afable y risueño. Hasta que el avispado lector se tropieza con la actuación, por ejemplo, de Galba en la Hispania de Viriato y se percata de que la famosa mos maiorum no es sino salvajismo y bestialidad que, por supuesto, también hay que contextualizar. Algo similar sucede cuando se lee el famoso Beatus ille, parafraseado por nuestro fray Luis de León. Fray Luis posiblemente no tenía en mente lo mismo que, con toda probabilidad, tenía en su cabeza Horacio, quien trabajó para loor y alabanza de Augusto, al menos en algunos poemas. En el beatus ille está clarísima la intención política: no se habla de un reparto más justo y equitativo de las tierras, la eterna tarea pendiente de Roma, sino de lo feliz y despreocupado que vive quien se dedica a las labores del campo, y que es a él donde deben regresar todos los que malviven de la annona. El labrador no se tiene que preocupar por los barcos, por las tormentas, o por la vajilla de oro. En el campo se vive tan ricamente sin ambiciones... En ello incide también el famoso poema del ratón de campo y el ratón de ciudad. El campo es la tranquilidad, la despreocupación, el vivir como un rey. El no preocuparse por nada, ni por los vientos ni por las tormentas que pueden hundir una flota o un barco mercante. Que digan estos poetas eso sobre las tormentas no sabe uno si tomarlo como un insulto o como un chiste de humor negro. Claro que la respuesta a Horacio estaría en Georgicas, de Virgilio. Aquí la belleza del poema no oculta, ni mucho menos, la dureza del trabajo del campo, que se puede quedar en nada por una tormenta o una granizada. Y en el caso de fray Luis lo desmentiría todo nuestro teatro del siglo de oro, donde siempre el personaje grotesco, el cazurro, el destripaterrones, más bestia que persona, es el labrador.

Ha llegado un libro de chistes de la Roma imperial. Poca cosa para tantos años de dominio romano. No sabemos, por lo tanto, si se hicieron chistes sobre los Gracos, sobre su tío y su amor a la patria y sobre la corrupción senatorial. Es muy posible que sí, pues al pobre siempre le ha quedado, al menos, la risa, el humor, la burla. César sabía que era una válvula de escape, y dejó que sus soldados, en su entrada triunfal en Roma, se rieran y se burlaran de él. Parece ser que llegó a sentirse molesto, pero en ningún caso, al parecer, persiguió a nadie, juzgó o encerró a nadie, ni prohibió que algunos legionarios ejercieran ciertos oficios por contar chistes más o menos molestos, malos o de dudoso gusto. No obstante, hay que reconocer que el poder y sus allegados no tienen mucho sentido del humor, al menos cuando se rozan sus togas o se señala a sus inviolables personas.

Está claro que los presidentes del gobierno de esta sufrida Hispania no son ni Julio César ni allegados. Y tal vez por ello no soportan las bromas. Todo chiste, a no ser que haga referencia a programas de televisión, lo encuentran irreverente. ¿No lo es el humor? ¿Acaso no estuvieron prohibidas Lázaro de Tormes y La vida del buscón don Pablos? Ignoro si hubo chistes sobre los reyes, y más en concreto sobre Felipe II y su gobierno. Nos queda el testimonio, un tanto posterior, de don Miguel de Cervantes. Aunque como nos advirtiera él mismo, con él se empieza riendo y se acaba llorando. La vida misma.

Tampoco en la oposición, por desgracia, tenemos ni Cicerones ni Gracos. Nos queda el chiste.

El chiste, o la gracia, puede ser la válvula de escape de una sociedad. Pero, por desgracia, las cosas no se solucionan ni con chistes ni con salidas de tono. Y el chiste, como el refrán, hay que saber encajarlo en su momento y no cuando a uno se le ocurre. Cicerón, por ejemplo, en el Senado, disertó, para lograr lo que quería, como los senadores estaban acostumbrados a oírlo: con oraciones o discursos bien pensados y mejor escritos. Y fueron eficaces, al parecer, como demuestran las Catilinarias. Y Cicerón era un hombre chistoso, risueño y alegre; pero sabía distinguir, en la mayoría de las ocasiones, el Senado de la taberna. Confundir ambas cosas puede llevar al traste la mejor de las opciones. Como le sucedió a aquel orador que al defender que a su defendido le habían robado siete cabras, comenzó a contar la Guerra de Troya durante un par de sesiones. Hasta que el cliente le preguntó al abogado que cuándo iba a hablar de sus cabras.

Fletar autobuses para denunciar algo, puede ser un chiste más o menos gracioso y ocurrente, pero en nada cambia la situación. Aparecer en el senado con túnica en vez de llevar toga, puede ser llamativo, pero en nada cambia la corrupción. Y utilizar un lenguaje tabernario en vez de la inteligencia, la mano izquierda, la ironía y descorchar la verdad como se descorcha una botella de vino, sirve para que se hable del sacacorchos en tanto que todo sigue igual, o peor: se ha arrojado una piedra a un estanque cenagoso, se han movido las aguas, y las ranas siguen estando donde estaban. Y croando.

Es una pena el olvido de las Humanidades. Tal vez hubiéramos logrado con su estudio buenos políticos y eficaces defensores de alguna que otra verdad. Tiberio era un buen orador, como también lo era Cicerón. Y a menudo es mucho más efectiva la captatio benevolontiae, la sana ironía, el Quo usque tandem... que el comenzar a prodigar insultos como quien lanza púas: es darle armas a la oposición. Así que entre unos y otros esperemos que los dioses nos sigan suministrando la annona. Porque unos cuando se cometieron las tropelías no habían nacido, o estaban en primero de carrera, o cuentan con fiscales fieles a la causa; otros no conocen al que le han robado, y los demás allá no saben qué hacer con tanto material o con tanta basura, salvo salidas de tono. Siempre, al menos, nos quedara el chiste, la gracia. Aunque para no ofender a nadie lo mejor es reírnos de las lágrimas de un cocodrilo, o de un batracio. Imaginamos que esos chistes serán políticamente correctos y que no generarán ataques de ira o de furor, aunque nunca se sabe. Ya hace mucho tiempo que los animalitos hablan en las fábulas. Aunque ni las ranas ni las princesas son ya lo que eran. Tempus fugit.















Etiquetas:   Corrupción   ·   Justicia
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