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No hay peor género de injusticia
que la de aquellos que en el preciso momento en el que están
engañando simulan ser hombres de bien.
Cicerón,
Sobre
los deberes.
Me levanté antes de que terminara
la reunión. Las personas que estaban interviniendo se repetían. Con
muy pocas variantes, determinadas más que nada por las cuerdas
vocales, todas venían a decir lo mismo una y otra vez. Me recordó
una clase, allá en mi lejana juventud, cuando todos los alumnos,
unos detrás de otros, leyeron un trabajo que todos, sin excepción,
habían calcado del mismo lugar. Me siguieron dos o tres personas.
Nos llamaron en vano.
-¡Compañeros!
-dijo el señor Tomás- que esto no ha terminado todavía.
Necesitamos quorum.
Por toda respuesta levanté la mano
con un gesto que se podía interpretar como saludo o despedida, a
gusto del espectador. Y no hubo más. Como viera que una de las
personas que se había levantado era doña Paquita, la esperé en la
puerta. Juntos nos dirigimos a un banco del jardín. Hacía una tarde
preciosa.
-No me he ido antes -le expliqué a
doña Paquita- por no parecer excesivamente grosero.
-La verdad es que ya se estaban
poniendo un poco pesados. Todos diciendo lo mismo. Y además llevo
toda la mañana soportando llantos y quejas por la muerte de esa
chica tan joven. ¿Se ha dado cuenta? Hay algunas personas que hasta
en la muerte son ridículas. Todas repitiendo, como una salmodia, que
Dios, o quien sea, se lleva a la gente joven en tanto que a los
viejos, tontos e inútiles, nos tiene aquí...
-Bueno
-dije- no haga caso. Un tópico más. Es la vieja cantinela de
siempre. Y la eterna hipocresía. En estos casos siempre me viene a
la mente, como un recuerdo fiel, una obra de teatro, Alcestis,
de
Eurípides.
-Usted siempre con sus cosas.
-Creo
que estará usted de acuerdo conmigo, ilustre senado sine
quorum,
en que nos estamos olvidando de nuestras obras y de nuestro arte.
Hablo como ciudadano del mundo.
-¿Y qué tiene que ver eso con lo
que estamos diciendo? Sorpréndame.
-Mucho. En la obra de Eurípides, se
cuenta que, no recuerdo si Apolo o la Muerte, o quién, se le aparece
al rey Admeto y le dice que va a morir. Pero que tiene tres días
para buscar a alguien, por si no desea hacerlo él, para que muera en
su lugar.
-Una peregrina idea. Qué cosas
tenían los griegos.
-Y ya se puede imaginar usted lo que
desencadena. Pues una cosa es predicar y otra dar trigo. Así que el
pobre rey Admeto que, como casi todo hijo de vecino, no desea morir,
se dedica a buscar a alguien que quiera hacerlo en su lugar.
-Parece una broma de muy mal gusto.
-Tal vez lo sea. Lo de mal gusto, no
obstante, yo lo cambiaría por humor negro. Este creo que todavía no
está penalizado. Por lo menos si se refiere a personajes de hace
miles de años.
-Y, por supuesto, volviendo al tema,
nadie quiere ocupar el puesto del rey Admeto. Todo el mundo desea
vivir.
-Ni siquiera los padres de Admeto,
dos ancianos con pocas posibilidades de vivir mucho más tiempo,
aceptan morir en lugar de su hijo.
-Eso -me dijo doña Paquita
cabeceando- ya me resulta un poco más difícil de creer. Una madre
hace muchas cosas por un hijo. Hasta morir por él si hace falta.
-Es posible. Pero no todos estamos
hechos de la misma pasta, y la hipocresía humana alcanza tanto a
padres como a hijos.
-Entonces el pobre Admeto muere.
-No. Es su mujer, Alcestis, la que
ocupa su lugar en la pira funeraria.
-¿Y él lo acepta? -preguntó
sorprendida doña Paquita.
-Sí. Nunca he entendido cómo
semejante mujer se pudo enamorar de semejante ganso.
-Y por eso considera usted que todo
lo que se ha dicho esta mañana, que se los viejos vivimos y los
jóvenes mueren, y Dios se ha equivocado...
-Hablar
por hablar -interrumpí-. Hay otra obra de teatro, El
extraño jinete, de
Michel de Ghelderode, que también incide en lo mismo.
-Está usted hoy muy teatrero.
-Sí. La memoria no descansa. La
otra tarde, cansado ya de leer, pasé por la sala de la televisión.
Allí dormitaban varias personas ante la pantalla del televisor.
Estaba conectada. Y el Gran Patán Rubio, lleno de furia, decía que
iba a bombardear Siria porque el presidente siriaco había dado la
orden de matar a inocentes bebés. Y repitió la palabra bebés una y
varias veces. Como si eso lo cargara de razón. Y además los había
matado con bombas rebosantes de gas sarín.
-Es una muerte bastante cruel. E
inhumana.
-No le digo que no. Pero en la obra
de Ghelderode, que me vino rápidamente a la memoria, ambientada en
una especie de asilo como este, pero de la Edad Media, todos los
viejos se alegran cuando el Extraño Jinete, la Muerte, se lleva a un
bebé y los deja vivir a ellos con sus achaques y sus miserias. Ha
pasado el miedo y el peligro.
-Lo malo de esto es que, parece ser,
ese señor ha dado la orden de iniciar una guerra, o algo similar.
Parece que los barcos de guerra se dirigen hacia la zona. Y
seguramente habrá más bebés muertos. Muchos más.
-No le quepa duda. Y más gente
inocente. Pero los Patanes de aquí le han dado su apoyo al Patán de
allá, y todos están contentos y felices. Porque vamos a vengar a
unos bebés muertos injustamente. Los otros morirán con toda
justicia y muertos por las fuerzas del bien. Y hasta en los
telediarios se está diciendo que ahora es cuando el Gran Patán
Rubio está demostrando que es un verdadero presidente. Con un par
de portaaviones y viento en popa y a toda vela.
-¡Dios mío, qué horror! Parece
que siempre estamos igual. Y mientras, los refugiados pudriéndose en
unos campamentos que ya parecen campos de concentración.
-Efectivamente. La situación me
recuerda a cierto pasaje, ya no recuerdo quién lo dijo o lo escribió
y dónde lo leí. Y que seguramente será interpretado como machista.
Pero se lo cuento. Dice el dicho que a la mujer hasta los catorce
años, y a partir de los sesenta, la resguarda la naturaleza. Entre
esas dos edades es pasto de las llamas.
-Es decir, que es conveniente ir a
todo lugar con el documento de identidad. O el libro de familia.
-En la guerra podíamos hacer lo
mismo: enseñarle el dni o el pasaporte al enemigo y que no nos
disparara. O a la bomba, para que se detuviera en el aire, como si
fuera un milagro del bueno de san Vicente.
-Parece un chiste.
-Lo es. Cuando el Patán dio la
orden de bombardear la base desde la cual, según dicen, salieron los
aviones que dejaron caer el gas sarín sobre los bebés, llamó antes
por teléfono, como en un chiste de Gila. -Oiga, ¿es el enemigo? Que
se ponga. -Dígame. -Oye que vamos a bombardear tu base; retira al
personal no sea que alguien vaya a salir dañado. Ah, y los aviones,
que no te los queremos estropear. -Vale. ¿Y a qué hora pensáis
bombardear? Es para limpiar las pistas, y para que se vea luego que
las bombas han caído...
-Tiene usted una terrible facilidad
-me dijo doña Paquita- para verlo todo como si fuera un esperpento.
-¿Y acaso no lo es? ¿Por qué se
cree usted que se está persiguiendo con tanta saña el chiste y el
humor en nuestro país?
-Porque estamos en una tierra de
mediocres. En eso estamos de acuerdo, creo. Ayer sin ir más lejos
estaba viendo las noticias en la tele...
-¿Y a quién se le ocurre?
-Mire, una debilidad. Bueno, pues
todas las noticias se resumieron en que en una procesión dos
personas se liaron mamporrazos, comenzaron a gritar, alguien pensó
que aquello era un atentado, y fieles y gentiles, presas del pánico,
empezaron a correr... y a partir de ahí se nos han contado todas las
estampidas que ha habido de un tiempo a esta tiempo. Por cierto, el
término estampida estaba en inglés.
-Es que así queda más fino. Pero
los periódicos no se quedan atrás en esto de las noticias absurdas.
Imagino que lo harán para no hablar de lo verdaderamente importante.
Ya he dejado de leerlos, aunque los ojeo de vez en cuando. Y es
curioso: están convirtiendo en noticia todas las tonterías que sus
compañeros de las televisiones dicen en las mismas, cuando no en
explicar porqué las cubiertas de los albañales son redondas o las
alcantarillas cuadradas, o la importancia que tuvo el escupitajo de
un general antes de una batalla.
-Sí. Tiene razón. A mí también
me ha llamado la atención eso. Y me ha recordado la humorada que me
contó un compañero de instituto cuando le pregunté por el
resultado de un concurso literario al que se había presentado.
-Yo -me dijo- sólo me he presentado
a concursos que se organizan en la ciudad. No sé. Soy muy
supersticioso. Y pensaba que si llevaba yo el cuento en persona
ganaría el concurso. Y ni aun así. Como todo buen perdedor pensaba
que los concursos estaban amañados. Qué tonterías llega a pensar
uno, ¿verdad? Me aferré a mi manía hasta que un día me llamaron
para formar parte de un tribunal. Presenté una narración al mismo,
la llevé yo en mano. Y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que,
al abrir la plica, el cuento se fue borrando ante mis ojos. Me quedé,
estupefacto, con un montón de folios en blanco. Por eso no he ganado
nunca ningún premio.
-Pues la solución está en
presentarse fuera de la ciudad, y hacer el envío por correo -le
repliqué.
-Es que de esa forma -me dijo- no
podré controlar yo lo que pasa.
-¿Me está usted contando -le
pregunté a la sonriente doña Paquita- una metáfora sobre los
políticos y el periodismo?
-¡Por Dios! -exclamó- en la vida
se me ocurriría. Estamos hablando de si son galgos o podencos.
-Vale.
Y como decía Catón, la televisión delenda
est. Pero
no se preocupe: avisaremos primero, no vayamos a despeinar a alguna
joven locutora.
-Sí, desde luego. Con lo que está
cayendo, y estos contándonos que si nieva en un pueblecito que hace
doscientos años que no llueve, y poniendo fotos y más fotos de los
televidentes. Es todo de una vaciedad y una mediocridad insostenible.
-Lo mejor de algunos periódicos
siguen siendo los chistes. Yo conservo uno de Forges que me encanta.
Ambientado en la Edad Media, o algo similar. Un reo tiene puesta la
cabeza en el taco de madera. El verdugo espera, hacha en mano, y con
la cara tapada. Mientras, un fraile recorre el cadalso a grandes
zancadas. En una pancarta, que luce brazos en alto, como cuando se
anuncia en un combate de boxeo el asalto, lleva escrito que la gente
se apunte a la cruzada. El reo. lleno de resignación, dice que odia
los cortes publicitarios.
-Humor negro.
-Si en lugar de ese verdugo, hubiera
puesto un pelotón de fusilamiento, y alguna otra cosa más, estaría
camino de la cárcel. Creo que me entiende.
-¿Y usted cree que esta vaciedad y
ese miedo al humor son producto del vacío y necio sistema educativo?
-Tal
vez. Nemo
dat quod in se non habet.
-¿En román paladino como suele el
pueblo fablar a su vecino?
-Nadie
da lo que no tiene. Y juzgamos, añado, según lo que somos. Y como
nos juzgan por lo que son, cuentan lo que nos cuentan, y se escudan
en lo que se escudan. Y a buen entendedor, etcétera. Y como decía
fray Jorge de Burgos, verba
vana aut risui apta non loqui.
El nombre de la rosa. Sólo
donde hay temor hay silencio. Y respeto. Mucho respeto. La necedad
necesita del respeto. Aunque algunos, sin llegar nunca a provocar la
carcajada, sean mejores cómicos que políticos.
No
se deben decir palabras vanas que provoquen la risa.