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Reseña "El baile de las lagartijas" de David de Juan Marcos


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28/03/2017


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Es un libro que enamora a golpe de palabras y frases,  tiene el arte de las infinitas combinaciones de sus letras. Conocí a David de Juan Marcos con “La mejor de las vidas” aunque cuando supe de él sonaba aún con fuerza el nombre de su primera novela “El baile de las lagartijas”. Ahora sé por qué. Sin embargo no es un libro sencillo que pueda arrasar con todo tipo de públicos. Pero si te atrapa su magia, estás perdida. Lo que para unos puede resultar inverosímil y desquiciante a otros puede encandilar por su particular universo de personajes curiosos: tiernos y/o despreciables, retorcidos y/o simplones, tronchantes y/o dramáticos… En Almoneda todo es posible.


  Es el pueblo imaginario –que linda con Portugal– donde no parece existir cabeza centrada, aunque la mayoría tenga las cosas muy claras en ese amplio margen escogido por el autor para unir lo real con lo irreal. ¿Es realismo mágico? No soy de etiquetas pero sin duda, es lo que sonaba en mi cabeza desde el minuto uno que entré por la puerta de Almoneda.

  Allí Cayute y sus tres amigos se comprometen a no abandonar nunca su pueblo. Aunque sólo él cumple lo dicho, la huella de Almoneda parece perseguirles como una enfermedad. Porque este lugar provoca un dolor extraño y retorcido que se resiste a ser abandonado aunque sus moradores se vayan.

  La fuerza de “El baile de las lagartijas” reside en la locura –más entrañable que odiosa, aunque a veces lo es– descrita con decenas de historias. Una o varias por cada uno de sus personajes. Puede que esa misma fuerza (locura) es la que haga decaer el interés del lector a ratos, cuando te pierdes con tal maremágnum de todo: leyendas, sucesos, cuentos, profecías, travesuras, magia… Todas juntas -puf, son muchísimas– y revueltas causan cierto empacho que a veces, nublan la comprensión. Independientemente de que seas consciente de que David de Juan Marcos está contando magia. Y pese a todos los peros que se le puedan poner… regreso a mis sensaciones: si te dejas llevar por estas lagartijas estarás encantado de volverte loco en Almoneda.

  Decía David de Juan Marcos en la entrevista que concedió  hace tiempo a “El libro durmiente”, que cada historia tiene su “cómo” y su ritmo. Y añadía: «Y ahí es donde centro mis esfuerzos para tratar de entregar algo diferente». Desde luego. Esta novela es algo diferente, un Macondo español, auténticamente rural y brutal, lleno de nostalgia y odio pero también de humor; repleto de preciosas extravagancias, de dulces villanos y brujas con forma humana, inventores de hamacas voladoras; donde lo inanimado tiene vida auténtica y palpita; con enamorados del amor que nunca lo alcanzan, envueltos de colores y olores evocadores que saben a pueblo y raíces que corren el riesgo de ser arrancadas; rico-rico-rico en matices exprimidos y bien estudiados… ¿Lo ven? Es muy difícil resumir con pocas palabras este baile de lirismo.

  Es de esos libros –y miren que no me gusta mancharlos– que te obligan a sacar punta al lápiz. No he parado de subrayar frases que embelesan, rizos estéticos, minipoemas encerrados en prosa, preciosismo explotado con las maravillosas posibilidades que ofrece la lengua castellana.

  Seleccionar, decidir cuáles fueron los mejores momentos hechos palabra escrita es imposible para una reseña, salvo que les torture con un listado de enciclopedia. Porque la belleza tan bien manejada por David de Juan merecería ser objeto de análisis profundo en una buena y extensa clase de lengua y literatura. Pero no me resisto a mencionar algunos ejemplos de esos instantes:

–«…los árboles arrancaban sus raíces para alejarse a lugares más benévolos…».

–«…experta en filosofía de lo impepinable…».

–«…se miraba al adversario a los ojos entre alusiones a cornamentas paternas y madres de cama fácil».

–«…aprendió desde niño que no todos los hombres son iguales: están los que dejan caer la mirada y los que se agachan a recogerla».

–«A pesar de la maraña de locuras fronterizas que día a día se confundían en Almoneda como una acuarela distorsionada, no era hasta la llegada del verano cuando la concentración de iluminados se hacía ya insostenible».

–«De esos ojos debe sacarse todo el azul que luego se reparte por el mundo» (pedazo de piropo, señores).

–«…le mordió por primera vez la víbora del futuro…».

–«…rosas demacradas que mendigaban morir hermosas».

–«…momentos hermosos como un verano sin penas…».

–«…la libertad sabía al principio de la vida cuando todo se devora sin echar de menos nada».

–«…aprendería que uno siempre deja trocitos de sí mismo allá donde va. El corazón se fragmenta y nunca más vuelve a estar completo. Quizá no es más que una forma de supervivencia para que los lugares en los que se es dichoso tampoco se olviden de uno».

  Así podría llenar páginas pero sería un destrozo de la obra y además, fuera de contexto no tienen la misma fuerza que durante el meollo de la lectura, cuando estás sumergida en el encanto que desprende, con lecciones de sabiduría popular, ancestral y con tacto de tierra que puedes amar y odiar a la vez. Ya dije que en Almoneda, todo y todos los personajes, son posibles si lo quieres creer y estás abierto a sentir.

  Qué mérito tiene y que gran trabajo ha hecho David de Juan Marcos. Y es que no hay que olvidar que esta es, ¡su primera novela! Increíble.







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