Murena sentado una tarde en la Plaza de la Signoria en Florencia apartándose turbado de lo ya cumplido por otros. Murena que se separa de los demás y así nos acerca. Paradoja de alejarse para acercarse (mismo movimiento que América no hace) y que rige toda vida creadora. Todo ésto que dice él, que cuenta de sí, y que marcado al margen de las páginas anoto a modo de: ¡Lean ésto! Leo a Murena enmarcado en la soledad histórica y por primera vez toco tierra americana. Porque como bien dice: ninguno nada por los movimientos del otro. H. A. Murena dice que los viajes le sirvieron para confirmar en cierta medida su antigua sospecha respecto a la inutilidad de los viajes. Y que nunca hay soluciones inmediatas en el orden del espíritu. Al leerlo las partes de mi vida se unen en una transformación. Como si restituyera en un abrir y cerrar de ojos a sus letras un hilo perdido y pudiera anudar mis épocas y desvelos, no como quien se refugia sino como quién puede estar a la intemperie. Leí su obra empezando por Polispuercón, Caína Muerte y Folisofía. En medio de ellas, la novela Las leyes de la noche. Volví a él con otra novela: Los herederos de la promesa; llegué a sus ensayos en La cárcel de la mente y cuando di con El pecado original de América; yo, americana de segunda y tercera generación, pisé mi tierra por fin. Pisé mi soledad y lo que veo; en el presente, bajo las napas o el volcán de su palabra. Me alivia leerlo por haber padecido en la universidad y sin poder chistar, los abusos de la Sociología que él bien dice "fulmina todo intento de conocimiento"; claro, claro que lo fulmina, y que llama al menor esfuerzo, a no pensar, que al fin leo también sobre esa condena. Los charlatanes no lo quieren. No quieren el aliento de la intuición, el pensar años sobre temas vírgenes que nos llegan al cuello, ¿o acaso alguien entiende si no ese repetirse de tradicionalistas en serie sin ninguna singularidad? Corrigen y corrigen lo que uno diga, este problema nacional es grave, ese "encumbramiento de la mediocridad". Ahora entendía mis peleas con los paisanos -no del campo sino de fortín- cuando me trataban de foránea y yo les retrucaba qué tanto, si la vaca no es americana, ni el caballo, y las bombachas esas turcas las trajeron al Río de la Plata después de la guerra de Crimea porque era un mercado aprovechable. Doy vuelta la primera página con la soberanía de abrir libro y planto bandera en Murena, acá abrevaríamos años. En este mapa digo: en Murena hay tierra fértil, vivió en la serenidad que da haberse sobrepuesto al horror. Como dice él: el folklorismo no tiene olfato para el horror. Murena me hace hervir la sangre de vida, alejarme de todos y acercarme a mí y a mi desconocido, donde no pensaba e intuía y seguí mi olfato de perro. Murena obliga a desautorizar espiritualmente lo que haya que desautorizar. Sin duda iré a buscar la obra de Ezequiel Martínez Estrada (por ejemplo Radiografía de la pampa), ya que lo declara su maestro, incluso por lo que lo critica. En Murena recorrí esas tan agotadas versiones dicotómicas de los liberales o los favorables al caudillismo. Al final, la que llama "infernal experiencia" de un continente fatigado. Pero yo me quedé un rato asombrada por lo que padecí, y allí los encontré, los que me habían cansado: los que se arrastran con altanerías fijadas y lo explica con Rusia (que la entiende uno más por el medular Dostoievski que por nacionalismos románticos). Murena y su melodía nueva. Cada vez que llego a territorio Murena desembarco antes y corro en el agua para pisarlo. No es como volver al hogar. Es la construcción nueva donde uno puede empezar a planear su vida. Un hombre al fin que acompaña la soledad sin quitar la soledad radical y que encara desnudamente el presente. Después de Murena se huele la rapiña. Su gracia y su dignidad muestran que padeció y se sobrepuso. Si como dice él los golpes en vez de hundirnos nos fortalecen, podemos entonces desde Murena ir a Poe, Una temporada en el infierno, llegar a Horacio Quiroga, en el acto mismo de estar vuelto contra sí mismo, contra la facilidad, arte que hace eso, lleva a "vencer el obstáculo y ser más". Quiroga que se queda en la selva de Misiones y hallamos el "inextinguible tono de verdad". Sobrecogedoras experiencias. Murena que ¡por fin! le pega al folklorismo (no al folklore) como "falta de vitalidad, que pretende escudar su inepcia en la reiteración de lo ya hecho, carece de olfato para el horror e ignora la tarea verdadera del arte". Murena pagó. Cita a Emerson: Nada hay que el hombre no pueda conseguir, pero tiene que pagarlo. Debo irme de Murena. Dejar ese territorio. Me duele salir de sus fronteras. Pero me voy a lo desconocido, a la experiencia propia y vital, ya no en el aire de los libros, sino encarnada en mi vida con una herencia en su voz, la cual requiere interrupción de la lectura y lentitud de apreciación. Intuyo que sólo puedo decirlo en lenguaje bélico: Murena se mantuvo erguido en tierra de nadie, nunca oteó como una rata ¿Lo han bajado? ¿Sí? ¿O es que los ciegos no ven su enorme cuerpo? Bettina Bonifatti



