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(La clase ha terminado)
El arco, según dicen, se rompe
cuando está tenso, pero el alma cuando se distiende. Plutarco,
Moralia.
Nunca
imaginé, quise ni deseé, que el último día de clase, el último
día de mi vida académica, fuera especial o se desarrollara de una
forma distinta a la de los otros días. Siempre soñé por el
contrario, al llegar el día de la despedida, y en contra de lo visto
en alguna que otra ocasión, con salir por la puerta del colegio como
he salido todos los días de todos estos años: sin hacer nada que no
fuera lo normal, lo cotidiano, lo de siempre. Pues año tras año me
he ido despidiendo ya, sin alharacas de ningún tipo, aunque a veces
con dolor, de muchas personas, alumnos y compañeros, por los que he
sentido verdadero aprecio y cariño y a los que me gustaría, de vez
en cuando, volver a ver. Sirva esta breva carta como un inocuo
sucedáneo de besos y abrazos a los que están, y a los que se
fueron.
Estos años, prejubilado, con muy
pocas clases que impartir, pasaba por las puertas de las aulas, oía
el griterío que salía de ellas, y me preguntaba cómo había sido
capaz de soportar semejante situación durante tantos y tantos años.
La explicación es muy sencilla: no es lo mismo ver las cosas desde
fuera, desde el pasillo o desde un despacho, que entrar en el aula,
hacer que se callen quienes la ocupan, y conseguir que los alumnos
presten atención en cuestión de minutos. No, no estoy de acuerdo
con lo que dice mucha gente: los alumnos cada día son más
maleducados, están peor, etc, etc. No es cierto. En todas las
clases, desde que comencé y terminé la primera, he tenido que
soportar a alumnos maleducados y sin ningún tipo de interés por
nada que no fueran ellos mismos, por llamar la atención, el fútbol,
y alguna tontería más. Pero siempre, al mismo tiempo, en todas las
clases ha habido alumnos educados, muchos en algunas ocasiones, que
han seguido las explicaciones con verdadero interés, que han tenido
ganas de estudiar y de saber, y que me han hecho crecerme como
persona y como profesor.
Soy
yo, por el contrario, quien se ha hecho mayor, quien ha envejecido y
quien ha perdido una buena parte de su antigua paciencia, que nunca
fue mucha. Cierto es que resulta descorazonador, al cabo de los años,
ver a alumnos repetir, curso tras curso, las mismas tonterías, las
mismas sandeces y las mismas gracias que ya hicieron sus
tatarabuelos. Pero, claro, son nuevos en este mundo, son los
protagonistas de la misma y vieja película que ellos no han visto
todavía, y que creen tan original como si la acabaran de rodar. A
veces, viendo el mismo guión un año y otro año, da la impresión
de que el hombre es aquel mar visto por Valéry: la
mer la mer toujours recommencée. Y,
sin embargo, hay un cierto placer en estar sentado frente al mar, ver
y oír el movimiento de los olas, y sentir su frescura en lo más
hondo del corazón. Conviene recordar, y no olvidar, que no hay dos
olas que sean iguales. Nadie se baña dos veces en el mismo río, por
ponernos un poco clásicos.
No quiere decir esto que me vaya de
la playa con pesar y con tristeza. Todo lo contrario: tengo los oídos
llenos del ruido del batir de las olas contra el acantilado, o de su
leve susurro al morir en la orilla reflejando la luz de la luna. Sea
como fuere es hora de recogerse, de irse a casa, de ceder el puesto.
El sol se ha ocultado tras las montañas y hace un poco de frío.
Vendrán otras olas, y vendrán otros a contemplarlas. Y seguiremos
unos y otros, avanzando poco a poco. Esperemos.
Como en todo también aquí han
habido momentos duros: la mesa vacía durante un examen, los libros
abandonados y recogidos por los compañeros, las lágrimas; y la
impotencia, muy a menudo, de no poder hacer más o hacerlo mejor. Y
momentos gloriosos, llenos de luz y de contento. Las agradables
excursiones que hicimos por la Valencia romana, medieval, árabe,
renacentista. Y los fines de dichas excursiones en el Mercado Central
donde nos poníamos ciegos comiendo aceitunas.
Hemos tenido que soportar, también,
diversos planes educativos, a cual de todos peor, pues nunca se han
hecho, o diseñado, que es la palabra que tanto gusta a los
políticos, pensado en los alumnos o en los profesores. Más bien se
han pensado, y diseñado, para tener un grupo de personas dóciles y
dispuestas a seguir las consignas de cualquier busto televisivo, más
burdo en cada votación. De ahí que en dichos planes, en progresión
geométrica, se le de menos importancia a las humanidades, a aquello
que pueda despertar el sentido crítico, a la literatura, a la
lengua, al latín, a la filosofía, a la historia y a cuanto nos hace
ser personas. Contra las humanidades se instaló la pregunta que
parecía el no va más del pensamiento profundo y racional: ¿Y esto
para qué sirve? O como planteó un padre en una genial tutoría:
¿Para qué le sirve a mi hijo saber que Lope de Vega escribió el
Quijote? Exactamente para lo mismo -le contestó aquel profesor
reprimiendo la risa- que saber quebrados, integrales o resolver
ecuaciones de segundo o tercer grado.
Cuando
me contaron dicha tutoría, la absurda pregunta del padre me trajo a
la memoria un libro que tenía de pequeño, uno de los primeros que
leí. Se titulaba Lecturas
de oro. Estaba
compuesto por pequeñas fábulas, muchas sacadas de la Biblia. En una
de ellas se contaba que un padre va a hablar con un maestro. Le
pregunta cuánto le cobrará por educar a su hijo. El maestro le da
una cifra, y el padre protesta: con ese dinero puedo comprar un
burro. Pues cómprelo -le replica el maestro- y con el mismo precio
tendrá dos.
Ya no se edita aquel libro y es una
pena: hoy, en muchos casos, de la ignorancia se ha hecho bandera. Nos
hemos ahorrado, en los presupuestos generales, el dinero pedido por
el maestro. Y se ha cumplido su profecía. No hay más que leer los
comentarios de algunos lectores a las noticias de los periódicos.
Raro es el cruce de opiniones que no está plagado de faltas de
ortografía cuando no de verdaderos insultos, tanto al contrario como
a la inteligencia humana. Es difícil educar a los alumnos en el
respeto y la tolerancia cuando no va por ahí la sociedad. Y es muy
difícil despertarles un cierto interés por su lengua y su cultura
cuando las autoridades en general, y mucha gente en particular, sólo
ve en ello un medio de ganarse la vida, de atraer turistas y llenar
hoteles o de hacerse los graciosos.
Pese a todo, y contando siempre con
vuestro apoyo, fueron muchas las obras de teatro que representamos,
siempre teatro clásico por supuesto, muchas las películas que vimos
y los monumentos que visitamos. Y muchas las trampas que me
preparasteis cuando no teníais ganas de sufrir una hora de
explicaciones o de clase. Surgía entonces la unánime petición de
hacer un debate. No hay nada mejor para un profesor que conocer a sus
alumnos. Os di la palabra. Hicimos todos los debates que quisisteis.
La corrupción, la pena de muerte, el aborto... Aunque siempre era yo
quien terminaba hablando. Y, por supuesto, llevaba el agua a mi
molino: hablaba de mitología, de historia, de cine, de política, de
aquello que yo pensaba que podía despertar vuestro interés, vuestra
pasión por unas cosas o por otras. Y a veces hasta os contaba
anécdotas personales, unas ciertas, y otras, muchas, inventadas
sobre la marcha. ¡Ah, cuánto disfrutaba yo viendo cómo os creíais
todas las inocentadas que se me iban ocurriendo! De vez en cuando,
sin embargo, me ponía sentimental. Y de vez en cuando hablé de la
maestra, doña Pepita, que me enseñó a leer. Y del maestro, don
Dionisio, que remató la faena. A estas dos personas, en cuentos y
novelas, y siempre que he pedido, les he rendido un sentido y cálido
homenaje. Gracias a ellas aprendí a leer, y gracias a ellas descubrí
el gozoso y doloroso mundo de la lectura. Pues bien, un día, una
chica, una de las alumnas, me dijo que yo había sido para ella lo
que doña Pepita y don Dionisio fueron para mí. Aquello fue mi
premio Nobel, lo mejor que me podía haber sucedido nunca jamás.
Creí morir de gusto y de contento. Y ya no hubo más que decir ni
más que hacer. Sólo quedaba retirarse, alejarse de la playa, aunque
todavía me faltaban unos pocos años para hacerlo. Ya han
transcurrido. Todo llega.
Me voy lleno de agradecimiento y de
recuerdos: las excursiones al teatro y castillo de Sagunto, donde un
Aníbal, corriendo por allí en pos de los romanos (?), se rompió un
pie, y hubo que bajarlo a hombros. Donde otro, y pretendía aprobar,
se encontró un reloj de pulsera de la época de Aníbal. Y donde una
chica, nunca lo olvidaré, me preguntó por qué no os llevaba a
Grecia. Con toda la seriedad del mundo, me quedé de piedra, me dijo
que quería subir al Olympo y que le presentara a Zeus. La mujer no
entendió porqué se reían sus compañeros a mandíbula batiente. Yo
tampoco, la verdad.
No
quería ser profesor. Pero lo he sido. Y sí, he disfrutado, y mucho,
dando clases. He tenido suerte: me ha gustado mi oficio. En algunas
clases lo pasé muy bien, francamente bien; y, lo reconozco, salieron
redondas. Otras, no tanto. Pero tengo ya mis años, estoy cansado y
con ganas de quedarme en casa, de dedicarme a leer y a estudiar. Y no
verme obligado, nunca jamás, a tener que corregir exámenes ni a
poner notas. Eso lo llevaba fatal. Era una pesadilla, un trabajo
propio de Hércules, un verdadero tormento. Otros lo harán por mí,
y forse
altero canterà con miglior plectro. Y
nada más. Me voy. Gracias por estos años, no os descuidéis, no
distendáis el alma, y, sobre todo y por encima de todo, sed buenos y
felices. Schola
acta est.