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Schola acta est


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13/03/2017

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@page { margin: 2cm } p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: #000000; line-height: 120%; orphans: 2; widows: 2 } p.western { font-family: "Liberation Serif", "Times New Roman", serif; font-size: 12pt; so-language: es-ES } p.cjk { font-family: "Noto Sans CJK SC Regular"; font-size: 12pt; so-language: zh-CN } p.ctl { font-family: "FreeSans"; font-size: 12pt; so-language: hi-IN } (La clase ha terminado)


El arco, según dicen, se rompe cuando está tenso, pero el alma cuando se distiende. Plutarco, Moralia.

Nunca imaginé, quise ni deseé, que el último día de clase, el último día de mi vida académica, fuera especial o se desarrollara de una forma distinta a la de los otros días. Siempre soñé por el contrario, al llegar el día de la despedida, y en contra de lo visto en alguna que otra ocasión, con salir por la puerta del colegio como he salido todos los días de todos estos años: sin hacer nada que no fuera lo normal, lo cotidiano, lo de siempre. Pues año tras año me he ido despidiendo ya, sin alharacas de ningún tipo, aunque a veces con dolor, de muchas personas, alumnos y compañeros, por los que he sentido verdadero aprecio y cariño y a los que me gustaría, de vez en cuando, volver a ver. Sirva esta breva carta como un inocuo sucedáneo de besos y abrazos a los que están, y a los que se fueron.

Estos años, prejubilado, con muy pocas clases que impartir, pasaba por las puertas de las aulas, oía el griterío que salía de ellas, y me preguntaba cómo había sido capaz de soportar semejante situación durante tantos y tantos años. La explicación es muy sencilla: no es lo mismo ver las cosas desde fuera, desde el pasillo o desde un despacho, que entrar en el aula, hacer que se callen quienes la ocupan, y conseguir que los alumnos presten atención en cuestión de minutos. No, no estoy de acuerdo con lo que dice mucha gente: los alumnos cada día son más maleducados, están peor, etc, etc. No es cierto. En todas las clases, desde que comencé y terminé la primera, he tenido que soportar a alumnos maleducados y sin ningún tipo de interés por nada que no fueran ellos mismos, por llamar la atención, el fútbol, y alguna tontería más. Pero siempre, al mismo tiempo, en todas las clases ha habido alumnos educados, muchos en algunas ocasiones, que han seguido las explicaciones con verdadero interés, que han tenido ganas de estudiar y de saber, y que me han hecho crecerme como persona y como profesor.

Soy yo, por el contrario, quien se ha hecho mayor, quien ha envejecido y quien ha perdido una buena parte de su antigua paciencia, que nunca fue mucha. Cierto es que resulta descorazonador, al cabo de los años, ver a alumnos repetir, curso tras curso, las mismas tonterías, las mismas sandeces y las mismas gracias que ya hicieron sus tatarabuelos. Pero, claro, son nuevos en este mundo, son los protagonistas de la misma y vieja película que ellos no han visto todavía, y que creen tan original como si la acabaran de rodar. A veces, viendo el mismo guión un año y otro año, da la impresión de que el hombre es aquel mar visto por Valéry: la mer la mer toujours recommencée. Y, sin embargo, hay un cierto placer en estar sentado frente al mar, ver y oír el movimiento de los olas, y sentir su frescura en lo más hondo del corazón. Conviene recordar, y no olvidar, que no hay dos olas que sean iguales. Nadie se baña dos veces en el mismo río, por ponernos un poco clásicos.

No quiere decir esto que me vaya de la playa con pesar y con tristeza. Todo lo contrario: tengo los oídos llenos del ruido del batir de las olas contra el acantilado, o de su leve susurro al morir en la orilla reflejando la luz de la luna. Sea como fuere es hora de recogerse, de irse a casa, de ceder el puesto. El sol se ha ocultado tras las montañas y hace un poco de frío. Vendrán otras olas, y vendrán otros a contemplarlas. Y seguiremos unos y otros, avanzando poco a poco. Esperemos.

Como en todo también aquí han habido momentos duros: la mesa vacía durante un examen, los libros abandonados y recogidos por los compañeros, las lágrimas; y la impotencia, muy a menudo, de no poder hacer más o hacerlo mejor. Y momentos gloriosos, llenos de luz y de contento. Las agradables excursiones que hicimos por la Valencia romana, medieval, árabe, renacentista. Y los fines de dichas excursiones en el Mercado Central donde nos poníamos ciegos comiendo aceitunas.

Hemos tenido que soportar, también, diversos planes educativos, a cual de todos peor, pues nunca se han hecho, o diseñado, que es la palabra que tanto gusta a los políticos, pensado en los alumnos o en los profesores. Más bien se han pensado, y diseñado, para tener un grupo de personas dóciles y dispuestas a seguir las consignas de cualquier busto televisivo, más burdo en cada votación. De ahí que en dichos planes, en progresión geométrica, se le de menos importancia a las humanidades, a aquello que pueda despertar el sentido crítico, a la literatura, a la lengua, al latín, a la filosofía, a la historia y a cuanto nos hace ser personas. Contra las humanidades se instaló la pregunta que parecía el no va más del pensamiento profundo y racional: ¿Y esto para qué sirve? O como planteó un padre en una genial tutoría: ¿Para qué le sirve a mi hijo saber que Lope de Vega escribió el Quijote? Exactamente para lo mismo -le contestó aquel profesor reprimiendo la risa- que saber quebrados, integrales o resolver ecuaciones de segundo o tercer grado.

Cuando me contaron dicha tutoría, la absurda pregunta del padre me trajo a la memoria un libro que tenía de pequeño, uno de los primeros que leí. Se titulaba Lecturas de oro. Estaba compuesto por pequeñas fábulas, muchas sacadas de la Biblia. En una de ellas se contaba que un padre va a hablar con un maestro. Le pregunta cuánto le cobrará por educar a su hijo. El maestro le da una cifra, y el padre protesta: con ese dinero puedo comprar un burro. Pues cómprelo -le replica el maestro- y con el mismo precio tendrá dos.

Ya no se edita aquel libro y es una pena: hoy, en muchos casos, de la ignorancia se ha hecho bandera. Nos hemos ahorrado, en los presupuestos generales, el dinero pedido por el maestro. Y se ha cumplido su profecía. No hay más que leer los comentarios de algunos lectores a las noticias de los periódicos. Raro es el cruce de opiniones que no está plagado de faltas de ortografía cuando no de verdaderos insultos, tanto al contrario como a la inteligencia humana. Es difícil educar a los alumnos en el respeto y la tolerancia cuando no va por ahí la sociedad. Y es muy difícil despertarles un cierto interés por su lengua y su cultura cuando las autoridades en general, y mucha gente en particular, sólo ve en ello un medio de ganarse la vida, de atraer turistas y llenar hoteles o de hacerse los graciosos.

Pese a todo, y contando siempre con vuestro apoyo, fueron muchas las obras de teatro que representamos, siempre teatro clásico por supuesto, muchas las películas que vimos y los monumentos que visitamos. Y muchas las trampas que me preparasteis cuando no teníais ganas de sufrir una hora de explicaciones o de clase. Surgía entonces la unánime petición de hacer un debate. No hay nada mejor para un profesor que conocer a sus alumnos. Os di la palabra. Hicimos todos los debates que quisisteis. La corrupción, la pena de muerte, el aborto... Aunque siempre era yo quien terminaba hablando. Y, por supuesto, llevaba el agua a mi molino: hablaba de mitología, de historia, de cine, de política, de aquello que yo pensaba que podía despertar vuestro interés, vuestra pasión por unas cosas o por otras. Y a veces hasta os contaba anécdotas personales, unas ciertas, y otras, muchas, inventadas sobre la marcha. ¡Ah, cuánto disfrutaba yo viendo cómo os creíais todas las inocentadas que se me iban ocurriendo! De vez en cuando, sin embargo, me ponía sentimental. Y de vez en cuando hablé de la maestra, doña Pepita, que me enseñó a leer. Y del maestro, don Dionisio, que remató la faena. A estas dos personas, en cuentos y novelas, y siempre que he pedido, les he rendido un sentido y cálido homenaje. Gracias a ellas aprendí a leer, y gracias a ellas descubrí el gozoso y doloroso mundo de la lectura. Pues bien, un día, una chica, una de las alumnas, me dijo que yo había sido para ella lo que doña Pepita y don Dionisio fueron para mí. Aquello fue mi premio Nobel, lo mejor que me podía haber sucedido nunca jamás. Creí morir de gusto y de contento. Y ya no hubo más que decir ni más que hacer. Sólo quedaba retirarse, alejarse de la playa, aunque todavía me faltaban unos pocos años para hacerlo. Ya han transcurrido. Todo llega.

Me voy lleno de agradecimiento y de recuerdos: las excursiones al teatro y castillo de Sagunto, donde un Aníbal, corriendo por allí en pos de los romanos (?), se rompió un pie, y hubo que bajarlo a hombros. Donde otro, y pretendía aprobar, se encontró un reloj de pulsera de la época de Aníbal. Y donde una chica, nunca lo olvidaré, me preguntó por qué no os llevaba a Grecia. Con toda la seriedad del mundo, me quedé de piedra, me dijo que quería subir al Olympo y que le presentara a Zeus. La mujer no entendió porqué se reían sus compañeros a mandíbula batiente. Yo tampoco, la verdad.

No quería ser profesor. Pero lo he sido. Y sí, he disfrutado, y mucho, dando clases. He tenido suerte: me ha gustado mi oficio. En algunas clases lo pasé muy bien, francamente bien; y, lo reconozco, salieron redondas. Otras, no tanto. Pero tengo ya mis años, estoy cansado y con ganas de quedarme en casa, de dedicarme a leer y a estudiar. Y no verme obligado, nunca jamás, a tener que corregir exámenes ni a poner notas. Eso lo llevaba fatal. Era una pesadilla, un trabajo propio de Hércules, un verdadero tormento. Otros lo harán por mí, y forse altero canterà con miglior plectro. Y nada más. Me voy. Gracias por estos años, no os descuidéis, no distendáis el alma, y, sobre todo y por encima de todo, sed buenos y felices. Schola acta est.



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