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Dura lex


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18/02/2017

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Vicente Adelantado Soriano





A este filósofo [Anacarsis] se le atribuye aquel dicho tan notable que dice: Que las leyes son semejantes a las telas de araña, en las cuales los animales pequeñitos y flacos quedan trabados y presos y los grandes y recios las rompen y se van. Y así es que las leyes en los pobres y flacos se ejecutan y por los grandes y poderosos comúnmente son quebrantadas.

Erasmo de Rottederman, Apotegmas de sabiduría antigua.





Anacarsis está considerado como uno de los siete sabios de Grecia. Vivió allá por el siglo IV o V a.C. Ya no debían funcionar muy bien los tribunales cuando este buen hombre escribió semejante cosa sobre la justicia. Los hechos narrados por Platón en la muerte de Sócrates le dan la razón. Pero no es de estos personajes de los que quería hablar. Sencillamente los he traído a colación para que se vea, claramente, cuán poco ha cambiado el género humano en algunos aspectos.

Quiero dejar claro, por prurito personal, que no sé nada de derecho, no soy ni abogado ni especialista en leyes. Hablo, pues, por impresiones y con un total desconocimiento de los recovecos de la ley. Ahora bien, si su desconocimiento no me exime de su cumplimiento, tampoco dicha ignorancia me priva de expresar lo que creo y siento. Y todo cuanto siento, sobre este aspecto de la sociedad, siempre termina por encarnarse en un autor y en un estilo literario: don Ramón María del Valle-Inclán, y el esperpento.

De dicho esperpento no quedan libres, ni mucho menos, los medios de comunicación, ni el sistema educativo. Los primeros se han regodeado, demasiado a menudo, en ampliar noticias absurdas o de escasa importancia, en tanto silenciaban otras mucho más importantes. Así quien más y quien menos ha quedado harto del piso que vendió o mal vendió un diputado de Podemos, Ramón Espinar, en tanto que en ninguna tertulia televisiva se ha discutido sobre el famoso testamento del duque de Hernani, ni se ha aireado todo el conjunto de falsificaciones y mentiras cometidas por altos representantes del estado, de esos que siempre van envueltos en la bandera española, más las amenazas para acallar a la prensa, que, al parecer, se calló y guardó silencio. Nada nuevo bajo el sol para quien, como es el caso, conoce un poquito la historia de su país.

El sistema educativo, por otra parte, no propicia mucho el inexistente afán lector de los alumnos. Se lee muy poco. Y se estudia menos. No tiene nada de extraño, pues, que el rector de una universidad sea un señor que plagia hasta las notas que le deja a su mujer en la nevera, y de que su sucesor prometa no investigar qué ha pasado con el plagiario. Más cornadas da el hambre. Imagino que, siendo éticos y honestos, en dicha universidad dejarán a los alumnos que copien en los exámenes. O que contesten lo que dijo un genio del Partido Popular cuando le preguntaron por la corrupción: yo en aquella época estaba haciendo el COU. Me pregunté entonces, oyendo a este genio, qué nota me hubiera puesto un profesor si al preguntarme el año del descubrimiento de América le hubiera contestado que no lo sé, que yo en aquella época no había nacido. El pecado original está muy bien para asustar a niños y ancianas; pero en política la respuesta ante él es que de Adán y Eva a nuestros días han pasado muchos años. Imagínense desde la época de Aznar hasta ahora. Hasta guerras y diluvios hemos tenido de por medio.

Y como en un verdadero esperpento han ido a dar con sus huesos en la cárcel aquellos que se creyeron que eran el poder porque, durante unos años, los dejaron jugar con el cetro y la corona. A la hora de la verdad, se quedarán entre rejas no los verdaderos culpables, sino sus lacayos, que no son inocentes, desde luego, aunque bastante necios. Y volvemos a la tela de araña.

Hace ya algunos años reseñé un libro que me pareció muy bueno y muy documentado. Fundamental para quien desee conocer un poco la historia de nuestro país. Por suerte su autora no va por las redes insultando a unos y a otros, creando polémicas innecesarias y buscándose publicidad. No creo, aunque hiciera esto, que su libro aumentara en número de volúmenes vendidos, pues ya de entrada espanta por su grosor. Hoy somos todos medio enfermizos, léase La cabeza del dragón, de Valle-Inclán, y nuestros estómagos están hechos a calditos y aguachirle, que no a banquetes de buena y nutritiva comida, como es el caso.

Estoy hablando del libro de doña Isabel Burdiel, Isabel II, una biografía (1830-1904). Este magnífico libro arranca ya con una ironía, y no por lo que dice su autora sino por los mismos hechos: los reyes Juan Carlos y Sofía se niegan a asistir al centenario de su abuela, muerta en París, dado la vida disoluta que llevó la buena mujer, esposa que fue del impotente Francisco de Asís. Que el rey se niegue a asistir al centenario de su abuela por esos motivos no deja de ser gracioso o sangrante. Aunque tampoco la prensa ha aireado mucho su vida sexual fuera del matrimonio. Y, desde luego, puede hacer de su capa un sayo, al igual que muchos prelados. Pero, por lo menos, no prediques, no te pongas como ejemplo de lo que no eres.

Y no digamos nada, y es lo que importa, actuaciones económicas, que llevan implícitas las éticas. En el libro de la profesora Burdiel ya se cuenta, y documenta, todo el saqueo sistemático a que sometió el país María Cristina, la madre de la reina, y su morganático marido. Isabel II continuó las enseñanzas maternas, y cuando la Hacienda estuvo al borde del colapso tuvo el rasgo de regalar al pueblo español lo que era de este y no suyo. Denunciarlo le costó su puesto a Emilio Castelar. El poder nunca se ha llevado muy bien con aquellos que, honestamente, cumplan con su deber. No hay más que ver las relaciones de Míster Trump con la prensa. Y no hay más que ver las migajas con la que esta, en esta bendita tierra de Jauja, nos alimenta. Y eso cuando no apoya a una familia que por más que es expulsada del país siempre regresa, y siempre como grandes salvadores, los que van a evitar males mayores, guerras, enfrentamientos entre hermanos, pestes y sequía. Ya sabemos a costa de qué. Y no es que los presidentes, que no monarcas, sean más honestos y éticos, que tampoco lo son. Aunque algunos han sabido actuar en la sombra.

Y así hemos visto ingresar en prisión a quienes jugaron con el poder, nunca quienes lo ejercieron; y, en muchos casos, eligieron a los jueces que los juzgaron. Por do vayas de los tuyos hayas, Sancho. Por una parte y por otra, el país huele y no a ámbar. Y no parece que nos asistia mucha intención de limpiar los establos. Todo lo contrario. Grandes palabras, alegría porque quien la hace la paga, dicen, y más alegría porque, también como siempre, ha sido condenado el sicario no quien lo mueve y lo incita en interés propio. Nihil es novum sub sole, Anacarsis. Queda con tu tela de araña. Y que los dioses inmortales se apiaden de esta afligida humanidad.



Etiquetas:   Corrupción   ·   Ética   ·   Periodismo   ·   Leyes

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