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Entre lo posible y lo cierto


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25/01/2017

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ENTRE LO POSIBLE Y LO CIERTO


(A propósito de la novela de Vintila Horia, Dios ha nacido en el exilio)





Vicente Adelantado Soriano





Si Venerem tollas, rustica silva tua est1.





Ovidio, Cartas de Heroínas, Fedra a Hipólito.





Vaya por delante, como ya he dicho en más de una ocasión, que no tengo ninguna debilidad, sino todo lo contrario, por la novela histórica. Cierto es que los prejuicios y los odios no sirven, en esta vida, sino para cerrar puertas, y, tal vez, para no entender muchas cosas. Además, como dijo don Miguel de Cervantes, no todos los tiempos son unos. Tampoco todos los autores. Así sea.

De un tiempo a esta parte mi interés por Publio Ovidio Nasón se ha reduplicado. Conforme envejezco me interesa más la poesía, y leo más poesía. Y hay algunos autores a los que siempre estoy volviendo, una y otra vez. En ocasiones, la poseía de algunos autores me lleva a indagar sobre su vida. Pero por desgracia en este país no son muchas las biografías que tenemos de poetas, novelistas o ensayistas. Alguien me dijo en una ocasión, hablando de la poca afición que hay en España a este género, a la biografía, que la vida de los autores está en sus propias obras. Es indiscutible. Pero hay siempre cosas que no cuentan o no dicen, o lo hacen de forma velada. Surgen, entonces, las ganas de indagar más y más.

Quizás lo que menos me interese de Ovidio es si fue exilado, por Augusto, a Tomis o no. Nadie, al parecer, pone en tela de juicio el castigo al poeta por algo que vio, escribió o cometió, no se sabe; pero sí se cuestiona que el lugar del destierro fuera Tomis, ciudad en los confines del imperio romano. No da mucha información el poeta en Tristes, ni en Cartas desde el Ponto. Y yo nunca me ha preocupado, como he dicho, por el lugar del exilio. Quizás por eso la obra que más he leído de Ovidio, inducido también por mis aficiones epistolares, es Cartas de heroínas. No me canso de leerlas, ni de disfrutar de su belleza.

La última vez que releí dichas cartas nació en mí un deseo imperioso de buscar información sobre Ovidio, de saber sobre su vida, sus estudios, sus aficiones... Hay una abundante bibliografía sobre él, pero peca de excesivamente erudita. La inmensa mayoría de estudios, artículos, etc., son para especialistas, y centrándose en temas muy específicos, filológicos sobre todo. Yo buscaba algo más amplio, más general, y más rústico, si se me permite la expresión.

Una tarde, hablando con unos amigos, se desvió la conversación hacia los prejuicios de una época, o de un momento determinado de la vida. Esos prejuicios, o modas, hacen que se lean unos autores, se vean determinadas películas, y se olviden otras. Es cierto. Pero también aquí juegan un papel importantísimo las editoriales. Pocas de ellas apuestan por lo novedoso. Y así todas las librerías tienen exactamente los mismos libros, aunque de distintos formatos, tamaños y colores. Pero siempre los mismos títulos. Está claro que una editorial es un negocio, y no se fundan estos para perder dinero o hacer experimentos.

A esto, como bien apuntó alguien de los presentes, cabe añadir los prejuicios de cada uno, o de determinados grupos. Prejuicios que pueden condenar al ostracismo a algún que otro autor. La condena siempre suele suceder, se argumentó, por motivos ideológicos. Disentí de la afirmación. Recordé que Gustavo Adolfo Bécquer, o el mismo Francisco de Quevedo, hoy en día serían considerados dos reaccionarios, y, sin embargo, sus poesías, creo, se siguen leyendo. Al menos en las librerías están omnipresentes. Y fue entonces cuando un conocido trajo a colación el libro de Vintila Horia, Dios ha nacido en el exilio, como ejemplo de condena por motivos ideológicos. No conocía la obra, así que no pude intervenir en la conversación.

Vino afirmar, el único de la reunión que había leído su obra, que Vintila Horia había sido un escritor rechazado en círculos universitarios por su ideología, que no por la calidad de sus libros. Quien estaba exponiendo estos argumentos me recriminó estar interesado por Ovidio, y no haber leído la novela de Horia, pues su motivo central es Ovidio en el exilio. El tema, en esos momentos, me interesaba, aunque no oculto que prefiero más leer ensayos o libros de historia, o biografías aun sabiendo que también aquí interviene el subjetivismo y la fantasía, que novelas. Pese a mis reticencias, me compré el libro de Horia.

Me hubiera gustado informarme bien sobre Vintila Horia. Saber, por ejemplo, el dominio que tenía del latín, y si leyó, en el original, a Ovidio, o lo hizo a través de traducciones. Creo que es importante. Ignoro también si en su momento, la novela es de 1960, ya se estaba planteando de forma clara y abierta, que el probable exilio de Ovidio en Tomis había sido más posible que real. Sea como fuere, Vintila Horia no se lo plantea: para él fue tan real que la novela se abre con Ovidio instalado ya en Tomis. Y la vida que hizo allí es, en la novela, pura ficción. Sabemos, tomemos Tomis como una superchería o una realidad, que los días a Ovidio, en el exilio, se le iban en escribir cartas y en lamentar la crueldad que le suponía estar alejado de Roma, de su mujer y de sus amigos. En Tomis, de la que sí habla Ovidio en sus obras, apenas si se relaciona con nadie, según sus últimos poemas, Tristes y Cartas desde el Ponto, porque allí nadie habla el latín. Ovidio tiene que aprender el geta, la lengua de los tomitianos, lengua que utilizaría para uso cotidiano, aunque afirma que escribió poemas en dicha lengua. Tal como los escribía, si es cierto, los quemaba.

Llama la atención en este exilio que todo lo que en su anterior poesía era variación, cambios de punto de vista, se trueque en un eterno y monótono lamento. Difícil resulta escribir cartas de mujeres enamoradas sin repetirse. En sus últimas obras Ovidio se asemeja al Cicerón que busca el reconocimiento: siempre está repitiendo lo mismo.

Vintilia Horia tiene, pese a esas repeticiones, un amplio campo, totalmente vacío -no cuenta cómo pasa los días- para llenarlo como quiera y desee, y, desde luego, echando mano de la imaginación o de la investigación. Se decanta por el camino trillado. En dicho camino no podía faltar el amigo, las relaciones del amigo con la criada, el asesinato de la esposa, y algo de tristeza y melancolía junto con amores más o menos furtivos. Hasta ahí nada que objetar: la obra de Horia pasa sin pena ni gloria. Ni aporta nada, ni descubre nada. Pone al descubierto, eso sí, la ignorancia de Horia respecto a la época que está novelando. Será suficiente con señalar dos puntos: en el primero, el amigo de Ovidio, un vinatero a quien conoce en las murallas de la ciudad, haciendo guardia ante un ataque de los enemigos, le pide a Ovidio un poema para conquistar a su criada, de la cual está enamorado. Ovidio le escribe el poema, en lengua geta. El poema cumple su misión, la criada cae en manos del vinatero, y poco después este mata a su mujer para poder vivir feliz con su amante. Pero lleno de remordimientos acusa a Ovidio de su crimen, pues él le escribió el poema que le permitió seducir a la criada. Lo más asombroso de tan asombroso y necio planteamiento es que Ovidio acepta esa culpabilidad. Y no sólo eso sino que reflexiona sobre su Ars amandi, y sobre la cantidad de personas que habrá inducido al adulterio, al crimen y a toda clase de tropelías con su obra. Ovidio se convierte en un pobre pecador lleno de culpas y remordimientos. Seguramente, aunque nada dice el señor Horia, culparía a Homero de las guerras todas por haber descrito la de Troya. Sin palabras.

Hay mucho que decir sobre esos remordimientos. Los hace quizás en demanda del perdón. Pues Ovidio es bien consciente de la revolución literaria que ha llevado a cabo. Y de eso no se arrepiente. Y Vintilia Horia no es consciente de ello.

Bien es cierto que Ovidio, a lo largo de Tristes, se queja de la más que probable influencia del Ars en su exilio. Pero jamás se siente culpable de haber inducido a nadie a hacer aquello que no deseaba. Eso sin olvidar que está pidiendo clemencia a Augusto, que lo deje volver a Roma. Y, desde luego, Augusto no necesitaba del Ars para llevar a cabo la vida que llevó, muy alejada de aquello que ensalzaba, como sucede siempre con los predicadores.

Ovidio reniega de su Ars porque cree que es la causa de su destierro, no por otra cosa. Sería concederle excesiva importancia a la poesía, aunque esta sea pretendidamente erótica.

El otro punto a resaltar dentro de la ignorancia del novelista comienza en el año sexto del destierro. Allí se pone en boca de Ovidio que “la muerte no era para mí más que una idea, inconcebible como realidad personal”. El Ovidio que habla ignora que el contacto con la muerte, en la Roma de su época, era casi continuo; que sus padres ya habían fallecido, cosa que le tocó muy de cerca; y que también había perdido a su hermano mayor en edad temprana, y al cual estaba muy unido. ¿Cómo puede afirmar ahora que la muerte era una idea? En Roma, en Grecia y aun en la Edad Media eso lo sería para quien viviera en una campana de cerámica y en lo alto del Olympo, no para el común de los mortales, ni aun para los emperadores.

Creo sinceramente que el señor Horia ni se documentó para novelar su historia.

Volviendo un poco atrás, es a partir del año quinto del exilio donde la pretendida biografía de Ovidio comienza a desbarrar y a convertirse en lo que jamás tiene que ser una pretendida obra de arte: un panfleto a favor de una ideología o de una creencia. El novelista en este quinto capítulo introduce un nuevo personaje, Teodoro, muy preocupado por la religión, en busca de la verdadera y única religión que es, como sospecha el paciente lector, el cristianismo. Pues bien el tal Teodoro, un médico, cuando una noche sale de atender a un enfermo, ve una estrella, llega al portal, descubre al Mesías, intenta atender a la madre; pero el parto ya se ha completado, y la madre está allí tan fresca como una rosa. Hay un buey un burrito. Y Teodoro, que cree a pies juntillas que se halla ante el verdadero Dios, invita a la familia a ir a su pensión, donde le cederá su habitación. Y allí acuden los Reyes Magos. Los tres.

Uno, estupefacto, se pregunta qué tiene que ver todo esto con Ovidio. Pues en ningún momento, a lo largo de su obra, duda este de sus propios dioses; tampoco hay inquietudes, en el autor de los Fastos, obra que seguramente no conocía su biógrafo, por buscar una nueva religión. Lo único que desea Ovidio, lo único que pide a lo largo de sus últimos años, de sus últimas obras, es regresar a Roma, estar con su mujer y sus amigos, con su hija y sus nietos. Todo esto, como el arrepentimiento, en una sociedad donde no existe la noción de pecado, por las posibles influencias negativas de su Ars amandi, suena a postizo, a falso, a las preocupaciones del autor de la novela que se las endilga a su personaje, y lo hace de forma bastante burda.

Se podría objetar, y es cierto, que en Roma, desde hacía tiempo, había un cierto movimiento religioso, una preocupación por los dioses nuevos y viejos, ya que estos no convencían, había pasado su tiempo, y se adoptaban otros venidos de oriente, de Egipto y de todas las partes del Imperio. No obstante, no hay en Ovidio ninguna preocupación por los dioses. Él está imbuido de la mitología grecorromana, que utiliza una y otra vez para expresarse, pero jamás para cuestionarla. Habla de Aquiles o de Ulises como podía hablar de un vecino o de un amigo. Esas preocupaciones, pues, por la búsqueda de un mesías se las podía haber endilgado a Cicerón por su libro Sobre la naturaleza de los dioses, aunque de las discusiones de Cicerón a decir que el cristianismo es la verdadera religión hay un trecho que, en demasiadas ocasiones, se salva con saltos malabares que conducen a la rotura de la crisma.

Resulta un tanto llamativo que hablando de religión, del amor entre los hombres, en ningún momento de la novela se cite una de las obras cumbres de Ovidio, al menos para el que esto suscribe: Cartas de heroínas. En dichas cartas el amor es el tema central, amores desgraciados y no correspondidos, adúlteros e incestuosos, pero amores al fin y al cabo. Ninguna de estas cartas, por su enorme belleza, tienen desperdicio. Nada más por haberlas escrito estaría justificado el nacimiento de Ovidio. Y nada más por eso merecía que lo hubieran dejado morir en Roma. Lo malo del arte es que cuando no es servil se tropieza con estos gobernantes ejemplarizantes con la vida de los otros. Y con novelistas que les cargan sobre sus espaldas un peso que ellos jamás llevaron. El tiempo que se invierte en la lectura de la novela de Vintila Horia es mejor utilizarlo leyendo a Ovidio, aunque sea en una traducción. Al fin y al cabo es en su bellísima poesía donde está él, en el jardín de Venus, no en lo que le atribuyen o le quitan los demás, y que lo convierten en una selva rústica y zafia. Nadie más lejos de eso que Ovidio.

Y todo esto sin olvidar que el dios del que habla el señor Vintila Horia jamás puede nacer en el exilio.





1Si quitas a Venus, tu bosque se hace rústico.





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