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Reseña "Los buenos amigos" del escritor Use Lahoz


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23/01/2017


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Dos pobres diablos, carne de cañón, Sixto y Vicente forjan una amistad que les convierte en hermanos de por vida entre las paredes de un orfanato de Barcelona. El lector sabe que un día u otro se encontrarán después de que agarren la vida por diferentes caminos. Guardan en corazón y alma su drama de infancia aunque no quieran. Cuando se conviertan en adultos nos mostrarán cómo estaban de curadas o no, sus cicatrices. Porque en “Los buenos amigos” hay mucha tristeza y ternura, pero también violencia soterrada: la sangre no se ve pero se presiente con la expresión constante del dolor.


Me estreno con Use Lahoz a través de una historia de vida, que recorre medio siglo –desde finales de los años 50– por los distintos escenarios que pisa la pareja protagonista. Sixto abandona el orfanato para trabajar en el hotel Ritz de Barcelona y Vicente se fuga de la casa común de su infancia por un motivo que el lector tendrá que descubrir. Para entonces, el crack entre los protagonistas ya es un hecho: se preparan para crear su propio mundo como pueden.

En ese camino tendremos distintos escenarios –rurales y urbanos– gracias a los dos jóvenes y sus respectivos entornos. Y con ellos, la descripción de la pericia o las fórmulas de cada uno para salir adelante con más y menos aciertos, con más y menos picardías, con más y menos maldad. La novela muestra  la evolución psicológica de Sixto y Vicente (el afortunado y menos afortunado, esa parece su definición más simple), pero sobre todo la moral. Los errores más criticados son a veces los que más se practican por parte de quienes los denuncian.

No es que tengamos que “elegir” entre uno y otro, pero es cierto que el lector se irá formando una opinión sobre sus maneras y fórmulas para enfrentarse a todo y con ella, serán inevitables las críticas destinadas a los protagonistas.

En mi humilde opinión, aunque las marcas de la infancia no son balde –menos cuando estos dos chicos no conocieron ni por asomo los algodones–, la evolución de Sixto y Vicente toma derroteros nada esperanzadores sobre la condición humana. Era difícil que salieran ilesos de su pasado. Es cierto y aún así, supongo que es ingenuidad o esperanza, me habría gustado que sus comportamientos no cayesen hacia el lado más impresentable.

 Sus miserias saldrán a la luz de manera evidente cuando se produzca el reencuentro. No quiero avanzar más porque se corre el riesgo de desvelar demasiado sobre los derroteros por los que discurrirá la trama, pero genera cierta angustia ese juego del gato y ratón entre ambos. Intuimos que remontar la situación, hacer de esa nueva oportunidad que les da la vida, algo positivo, resolver todo lo que no se dijeron, se hace cada vez más cuesta arriba. Como lectora esperaba la convulsión con ganas y sí, el final es impactante. La expectación generada concluye al nivel que deseaba. Sin duda, lo que más me ha gustado de la novela.

No obstante, hasta que se produce el cierre de la historia, son muchos los tramos que no me han convencido. Especialmente el dedicado a Lucía, la compañera de Vicente, que de tanto traspiés e indecisión hace de su personaje, una figura poco creíble. El arrojo –cada uno a su manera– lo deja el autor para los varones de la trama que con sus venturas y desventuras, por separado y en común, mostrarán al lector otras temáticas interesantes de la novela: la evolución de un contexto histórico en España, con el amargor de la inmigración interior en el país, el progreso que contribuye a marcar de manera contundente las diferencias entre clases sociales, el despertar y nuevas miras con las que España se dirige e interna en la transición.

En lo que se refiere a la escritura, presenta un estilo sencillo, sin artificios, aunque existe cierta irregularidad en la fuerza que transmiten algunos tramos. A veces, lo que nos cuenta y como lo cuenta decae en intensidad narrativa, pero de pronto, el escritor muestra un pico que mejora el contenido que hace renacer el interés que despierta en el lector. La historia sufre una serie de vaivenes internos, como si en momentos puntuales el autor mostrara cierto cansancio.

Estos buenos amigos nos dejan un color gris en la retina y un sabor desagradable por la tristeza que desprende la historia. Transmite un mensaje que se corresponde con la realidad, pero que no deja de ser desilusionante: la fragilidad de la amistad es un hecho si no se mima y cuida como merece. Siempre corremos el riesgo de que caigan las firmes columnas en las que asentamos sentimientos con todo nuestro corazón.







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