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Ovidio en Tomis, entre la superchería y el silencio


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19/01/2017

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OVIDIO EN TOMIS, ENTRE LA SUPERCHERÍA Y EL SILENCIO






Vicente Adelantado Soriano





El desigual dolor no sufre modo;

no me podrán quitar el dolorido

sentir si ya del todo

primero no me quitan el sentido.





Garcilaso de la Vega. Égloga I





He comenzado esta pequeña reseña con una cita de Garcilaso, cuyos versos van a ilustrar, perfectamente, lo que más importa decir sobre el libro que nos ocupa.

Tengo una cierta predilección por Ovidio, cuyas obras nunca me canso de leer y releer. Unas veces, la mayoría, lo hago por puro placer, y otras por si podía dilucidar el misterio ovidiano. Los últimos años de la vida de Ovidio siguen siendo un enigma para los estudiosos de su obra, pues, al parecer, sigue sin saberse el por qué de su destierro en Tomis, ciudad situada entonces en los confines del Imperio romano.

Para unos estudiosos el tal destierro fue debido a su libro, Ars amandi, en el cual Ovidio canta y loa todo aquello que quería prohibir, reprimir o cambiar el nuevo gobernante, Augusto, empeñado en recuperar una supuesta virtud que descansaba en una supuesta mos maiorum, la costumbre de los antepasados. Es una posibilidad.

Según otros estudiosos el exilio se debió a una cierta falta, no me gusta, y es incorrecta, la palabra pecado aplicada a aquellos momentos, cometida por Ovidio, y, al parecer, por la hija de Augusto. No se sabe nada cierto. Todo son conjeturas. Y nada se descubre leyendo sus obras. Ovidio guarda un mutismo casi total.

Retomar el tema del destierro se debió a un libro que cayó en mis manos poco antes de las fiestas de Navidad. El libro, nada más verlo en una estantería, despertó todo mi interés. Se trata de: El destierro de Ovidio en Tomis: realidad y ficción. El autor es Estaban Bérchez Castaño. Según la contraportada del libro es un joven profesor licenciado en clásicas.

Dicho libro es, creo haberlo leído en algún sitio, un resumen de la tesis doctoral del profesor Esteban. Y ya se sabe lo que eso supone: el lenguaje de las tesis suele ser bastante duro. Sin embargo, en ningún momentos se me ha hecho pesado el libro del doctor Bérchez. Tal vez debido a mi enorme interés por Ovidio.

Como se habrá podido comprobar por el título de la obra, lo que se plantea su autor es si, en realidad, Ovidio estuvo o no exilado en Tomis. Este joven profesor da muchas pruebas, el libro está muy documentado, sobre la inexistencia de dicho exilio. Al parecer sí que existió el castigo, pero no en la ciudad escogida por Ovidio para escribir sus Tristes y sus Cartas desde el Ponto. Abruman las pruebas ofrecidas por el libro en contra del exilio tomitiano.

No era esa la primera vez que oía que Ovidio jamás estuvo en Tomis; pero nunca, a dicha tesis, le había prestado tanta atención como ahora. Pues era un lugar común, y creo que lo sigue siendo, que el poeta escribe sus obras, Tristes y Cartas... para lograr el perdón del emperador y conseguir el regreso a su añorada Roma, a los brazos de su mujer y a la compañía de sus amigos, amén de a los cenáculos literarios donde se hablaba un latín que él, según propia confesión, va olvidando en la remota y helada Tomis, pueblo de bárbaros y de frío, de mucho frío.

Ante las innumerables pruebas que va ofreciendo el autor de la no estancia de Ovidio en tan lejanas tierras: pruebas documentales, literarias, geográficas, históricas, etc., no tardaron en surgirme dudas y preguntas sobre lo que afirmaba el autor y yo intuía que callaba. Tuve que esperar hasta llegar a la página 1951 del libro para ver escrito lo que yo llevaba pensando prácticamente desde los primeros párrafos de dicho libro. Esta misma idea se vuelve a reafirmar en las páginas 207 y 232. Me explico.

Evidentemente si partimos de la idea de que Ovidio, con sus últimas obras, quería provocar la compasión de Augusto, conseguir el perdón de este, y su regreso a Roma, no tenía ningún sentido que fingiera un exilio en Tomis, pues de sobras sabría Augusto dónde lo había exilado, así como lo sabrían muchos de sus lectores; y, por supuesto, sus familiares. Dicho fingimiento es pues, desde este punto de vista, un sinsentido. Y de paso se deduce o que toda la bibliografía de Ovidio sobre Tomis es una falsedad, u Ovidio entretejió una ficción tan real que pocos se han tomado la molestia de dudar de ella, cosa que sí hace el profesor Bérchez. Da este tantas pruebas sobre ese posible fingimiento, es un tesis doctoral, que, insisto, abruma.

Entiendo, y entendí, que la misión del doctor Bérchez era justificar con datos y más datos que lo que cuenta Ovidio sobre su exilio en Tomis, es pura ficción. Y lo hace a conciencia. Pocos datos ofrece que nieguen la posible superchería ovidiana.

Siempre he lamentado muchísimo que no hayan llegado hasta nosotros, suponiendo, y es mucho suponer, que existieran, algunos diarios, cartas u opiniones de la gente corriente, de un simple ciudadano, sobre el teatro que estaban viendo, la política del momento, la esclavitud, los espectáculos del circo, y los hechos cotidianos de la vida normal y corriente. Y lo mismo lamenté ahora: ¿nadie, ningún poeta, ningún autor, ningún familiar, ningún político denunció la pretendida superchería de Ovidio? ¿No es muy significativo que nadie dijera nada sobre esto? En el libro no hay ni una palabra al respecto. ¿No es un poco sospechoso que nadie denunciara la falsedad de Ovidio si es que hubo tal falsedad?

El profesor Bérchez se apoya en sucesivos pasajes del libro en los tópicos, en la utilización que Ovidio hace de estos para establecer una dicotomía: el tópico sería lo falso, el lugar común, mientras que lo auténtico sería la ausencia de dicho tópico, es decir cuando no aparece este, se hacen claros los sentimientos del poeta. No estoy de acuerdo con esta división, por supuesto. Y, de acuerdo, admitamos que Ovidio no estuvo exilado en Tomis. Entonces no tenía ningún sentido, ni para él, ni para nadie, que se dirigiera a Augusto en busca del perdón mintiendo. ¿Qué nos queda entonces, pues, de sus dos últimas obras?

Yo creo que para Ovidio era más importante la poesía en sí, la verdad poética, la de sus sentimientos, con sus tópicos, por supuesto, que el perdón regio. La expresión de esos sentimientos, la verdad poética, estaba por encima de lugares específicos, y de lo que pensaran el emperador, deudos y parientes.

Hay que matizar ahora qué se entiende por verdad, ya que también se produce la dicotomía, en el libro del profesor Bérchez, poesía-historia, con licencias para aquella, y la obligación de la objetividad para esta. Y si a eso vamos, yo diría que es más verdadera, ya no verídica o verosimil, cualquier poesía de Ovidio, o de Eneas, o de Garcilaso, que un libro de pretendida historia, pongamos De bello gallico, La guerra de las Galias. ¿Dónde hay más fantasía, más deseo de reivindicarse, de mostrar dolor o gallardía, en los poemas de Garcilaso o en los textos de César? ¿Alguien se cree que los galos eran tan malvados, tan pérfidos, tan tontos, y César tan bueno, y con derecho para hacer cuanto hizo en las Galias y allá donde fue? ¿Que César da datos reales? También los da Garcilaso: existe Gnido, y existió el virrey de Nápoles. ¿Y por qué tiene que ser un tópico, y falso por ende, como a veces parece deducirse de esta tesis, que el poeta muestre su dolor a través de la retórica? Hay distintas épocas, y formas distintas de mostrar el dolor. Garcilaso, elegantemente, se oculta tras Apolo para llorar la muerte de Isabel Freyre; Apolo, como es sabido, llora la transformación de Dafne en árbol. Ambos, con sus lágrimas, hacen crecer el dolor. Y aquí, creo, está lo verdaderamente importante: hay una verdad poética que se impone sobre todo, hasta sobre los tópicos literarios, que siempre utiliza en su beneficio. En este caso es la expresión del dolor, aumentado por las lágrimas. Y eso, no lo olvidemos, se hace a través del lenguaje.

Hay, para dilucidar un poco algunos aspectos de la poseía, de su verdad o de su falsedad, hay, repito, y esto es muy importante, un lenguaje muy limitado, pese al latín, al griego, al castellano y al idioma que queramos, con el que tiene que lidiar el poeta. Y así el místico, santa Teresa, san Juan, etc., tiene que echar mano de la erótica, del sensualismo, para tratar de hacer entender el gozo de la unión del alma con Dios. Por supuesto que luego surgen las interpretaciones. Y están las que intentas llegar al fondo del asunto, o las que se quedan con las cuatro interpretaciones de moda que luego se repiten hasta la saciedad en libros, artículos y conferencias. Y no expresan más que eso: el pensamiento del momento. Ovidio, o santa Teresa, con estos necios investigadores, quedan tan incólumes y enteros como estaban antes de que escribieran sobre ellos.

Si es cierto que el exilio en Tomis jamás existió, creo que Ovidio, por lo que fuera, tal vez porque se veía denigrado, olvidado, lo que sea, sintió una profunda tristeza, que ya nada ni nadie podía remediar o mitigar. Y se valió de una ficción, Tomis, para ilustrarla. Seguramente le tenía sin cuidado que los romanos, Augusto y sus amigos, supieran que Tomis no era como él la estaba describiendo, o que él no estaba en la Tomis real, pues lo que estaba describiendo él era su estado anímico, su yo más profundo, y, por lo tanto, más real. Y en eso es mucho más auténtico que César, quien nunca desvela sus verdaderos motivos en ninguno de sus libros.

Habría mucho que hablar, por supuesto, sobre la pretendida veracidad, verosimilitud o verdad, de los historiadores. Cuanto dicen no deja de ser una interpretación: toda creación humana es subjetiva, más o menos disfrazada, pero subjetiva. Y por eso, quizás, haya más verdad en una novela, o en una poesía, que un libro de historia. Al fin y al cabo, todo es lenguaje. Y lo importante es cómo se maneje este. Y para qué fin.

Cuento una pequeña anécdota, y cierro con ella esta breve reseña. Hace muchos años, cuando era joven, en la televisión pública hacían un programa dedicado a las artes, O tempora, o mores! Dicho programa se titulaba, si no recuerdo mal, Encuentro con las Artes y las Letras. Pues bien, una vez, o muchas, entrevistaron a Camilo José Cela, hombre que nunca ha sido santo de mi devoción. Justificó este el uso de los tacos en sus novelas diciendo que no se imaginaba a un sargento de la legión sin soltar uno. Y sí, es posible; pero ¿qué tiene que ver un sargento de la legión con un personaje de novela que sea un sargento de la legión? Ni una palabra soez aparece en ningún discurso de los generales de la antigüedad, exhortando a los soldados. No creo que sea más creíble Cela que Tucídides.

Muchos años después de haber oído aquella entrevista, leí los Episodios nacionales, de Pérez Galdós. Galdós pasa por ser el máximo representante del realismo español. Pues bien, en las 48 novelas que componen los Episodios sólo hay un taco, “cojoncios”, y las novelas transcurren entre guerrilleros, soldados, facinerosos y demás gente de lenguaje puro y delicado. Y por si esto fuera poco, en los textos que he leído en latín jamás me he tropezado con un taco. Alguno hay en Plauto. Y tal vez en Aristófanes, jamás en las legiones que atacan, o en los parlamentos de los generales. El realismo, como cualquiera otra escuela, es una forma de escribir, nada más.

Y no creo, sinceramente, que Cicerón, quien tampoco suelta ni un despropósito, sea más verídico o verdadero que Ovidio con su posible superchería sobre Tomis. Sí, existió Catilina; pero el bueno de Cicerón ni una sola vez le concede la palabra a este en todas sus famosas Catilinarias. Y aquí entraría Unamuno advirtiéndonos en contra del famoso orador, como el doctor Bérchez lo hace contra Ovidio2: lo que tú ves de mí es lo que tú quieres ver, o lo que yo te digo sobre mí o te muestro, que es, al fin y al cabo, una interpretación de lo que yo creo ser. Nos mostramos como queremos que nos vean, pero no tenemos dominio sobre la visión de los demás. Y, a veces, ni sobre la propia.

Llegados a este punto, creo que lo de menos es si el exilio en Tomis fue real o inventado, pues lo que cuenta al fin y al cabo, lo que interesa, es el sentimiento que despierta en nosotros Ovidio con sus Tristes y sus Cartas desde el Ponto. Y, eso es, por supuesto, la verdad de un poeta: su tristeza, su aislamiento, sus penas, la imposibilidad de volver a Roma, de regresar...

Si el poema es auténtico lo de menos será si el paisaje, locus amoenus o locus horribilis, es real o inventado. Como me dijo una vez un amigo poeta, si yo pienso que existe un león verde, existe un león verde. El resto es literatura. Y bienvenidos seas los libros que, como los del profesor Esteban Bérchez, despiertan recuerdos y reflexiones.

1La elección de una ciudad tan alejada de Roma como Tomis, en conclusión, no habría sido arbitraria y Ovidio la habría escogido como marco para sus sufrimientos con el fin de causar una mayor impresión en el lector, consciente como era por un lado de la imposibilidad que tenía la mayoría de sus lectores de comprobar los hechos por él narrados y, por otro, de las connotaciones negativas que de los lugares remotos, y en consecuencia poco conocidos, se tenía.



2Me refiero al Unamuno de La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez.





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