Edición   |  Quienes somos    Contáctanos    Regístrate    Cómo publicar en Reeditor
Últimas etiquetas:   Filosofía   ·   Libros   ·   Política   ·   Cultura   ·   Ideología   ·   Género   ·   Violencia de Género   ·   Feminismo   ·   Sociología   ·   Sociedad


Impotencia, tristeza y lágrimas


Inicio > Ciudadanía
11/01/2017

445 Visitas



¡Cómo lloran las carretas


camino de Pueblo Nuevo!

Juan Ramón Jiménez, Pastorales.





Querido amigo: le escribo con el corazón encogido por la pena, la tristeza y el dolor. Reconozco que siempre he sido una sentimental. Y ese sentimentalismo se ha ido acrecentando con el paso de los años. Vengo observando de un tiempo a esta parte que las desgracias, propias y ajenas, las malas noticias, muertes, violencias, catástrofes y asesinatos, me afectan mucho, tal vez más de lo debido. Y me hacen llorar.

Le escribo totalmente desconsolada, abatida, con la cara bañada por las lágrimas, por el terrible atentando que ha sido perpetrado en un mercadillo navideño en Berlín. Imagino que se habrá enterado. Una vez más el terrorismo se ha cebado con los inocentes, con los que no tienen culpa de nada. Y ha sido llevado a cabo, con toda probabilidad, por un fundamentalista, por un radical. Añadiría yo que por un loco. Pues creo que hay que estar mal de la cabeza para ser capaz de meter un camión, a toda velocidad, por una calle concurrida sin pensar que allí hay personas, niños, o quizás pensándolo, y deseando, no me cabe duda, hacer el mayor daño posible. ¿Y que ha conseguido con esto semejante energúmeno? Sí, ya sabemos todos, y más en España, que Alá es grande, muy grande. Y, por lo visto, conforme se amontonan muertos y más muertos, en sucesivos atentados terroristas, se hace más y más grande. Al final será tan inmenso que ocupará todo el cosmos, reinando, desde luego, sobre la nada o sobre un montón de descerebrados. ¿Qué tiene que ver Alá con todas estas barbaridades? ¿Qué tenía que ver la Inquisición con Jesús?

No conozco el islam en profundidad, se lo reconozco. Hace años, no obstante, leí una traducción del Corán. Creí que me iba a resultar imprescindible, así como un mínimo conocimiento del judaísmo, para entender la literatura de mi país. No hace falta que le diga que también conozco la Biblia. Y todo ello, al menos con esa ilusión he vivido, me ha servido para, como le digo, entender la literatura, un tanto mejor, de nuestro Siglo de Oro. No quiere decir eso, ni mucho menos, que haya comprendido cabalmente las obras de santa Teresa de Jesús o la poesía de san Juan de la Cruz, por poner un par de ejemplos. Seguramente se me han escapado, y se me siguen escapando, infinidad de matices, infinidad de cosas en las que no he podido penetrar; pero algo he sacado en claro de todo esto: el respeto, el profundo respeto, hacia santa Teresa y hacia san Juan, hacía los místicos de todas las religiones, y hacia todas las personas y creencias. Ahora bien, ni soy creyente, ni las creencias, creo, tienen nada que ver con las muertes, los asesinatos y el terrorismo. Las creencias, sean cuales fueren, me pueden merecer respeto pero no los dogmatismos, los fundamentalismos ni las cerrazones de mollera. En todo dogmatismo no hay sino un profundo simplismo, una intolerable reducción al absurdo.

Hace muchos años, en mi juventud, me rebelé, como no podía dejar de suceder, contra aquellos necios que acababan de descubrir un par de libros de Freud, leídos a prisa y corriendo, y en los que encontraron la panacea, la explicación de las explicaciones, el dogma. Creían, como sucede siempre en este país de eternos neófitos, haber descubierto el origen de la vida. Ese origen, esa panacea, ese dogma, cierto que vivíamos bajo una dictadura, la de Franco, y todo estaba prohibido, era el sexo. Decía el padre Baltasar Gracián, un ilustre jesuita del siglo XVII, que quien se burla tal vez se confiesa. Y aquí nos burlábamos, o, mejor dicho, se burlaban de todos aquellos que, según las interpretaciones que hacían de Freud, reprimían su sexualidad. Y así los arrebatos místicos de santa Teresa de Jesús, como bien demostraba, decían, la famosa estatua de Bellini, no era otra cosa que un orgasmo, y la flecha del ángel... y todas las lindezas que se le ocurran. Claro que a semejantes personas, tan limitadas ellas, tan simples, nunca se les ha ocurrido pensar en las limitaciones del lenguaje, en la imposibilidad de hablar o explicar ciertas cosas, bien porque no hay palabras para ello, bien por ser una cosa nueva y que escapa a toda definición. Eso jamás entra en la mente de los totalitaristas.

¿Cómo definir el amor por ejemplo? Sin duda cualquier definición será deficiente. Y tal vez la mejor definición esté o resida en algunas poesías, que nada definen, pero que nos transportan a un sentimiento parecido, sólo parecido, a eso que puede ser el amor, distinto en cada uno de nosotros, pero con un algo, que queda balbuciendo, en común. ¿Cómo no sentir tristeza y melancolía leyendo a Garcilaso? ¿Cómo no sentir la alegría y el gozo del sexo leyendo la poesía erótica del siglo XVII? El erotismo, sin embargo, es un tema difícil, muy delicado. Creo que requiere de mucha delicadeza a no ser que tomemos el sexo como un instrumento para dominar y sojuzgar a otra persona. Por eso creo que el cine siempre ha fracasado en estas escenas: hay cosas que son imposibles de filmar, de expresar, y que tal vez sólo indirectamente se pueden contar o narrar. Espero que me comprenda.

No crea que con este excurso me estoy desviando del tema. Pues de la misma forma que no estuve de acuerdo con aquellas lumbreras que calificaban a santa Teresa de una monja reprimida, tampoco estaba de acuerdo con quienes, en aquellos años, defendían el terrorismo de ETA. A mí me parecía una barbaridad. Y más barbaridad lo que dijo un compañero de clase hablando de aquella insufrible violencia:

-A mí -dijo- no me molesta lo más mínimo que vayan matando guardias civiles. A ninguno de ellos los voy a echar de menos.

Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no decirle cuatro cosas a semejante energúmeno. ¿Había pensado aquel necio que los guardias civiles son personas? ¿Que tendrían hijos, padres, mujeres? Seguramente no, seguramente para él serían una expresión que yo no he comprendido jamás, “fuerzas de ocupación”. Bien es cierto que no todo el historial de ese cuerpo está lleno de gloria, ni mucho menos. Pero no creo que eso sea motivo para matar a nadie. Y habría que estudiar con detenimiento si la guardia civil, en los años 70 y 80 del siglo XX, fue o no una fuerza de ocupación en el País Vasco y en Cataluña.

¿Se da cuenta usted? Siempre hay una palabra, una expresión, que parece la panacea, es la explicación de todo, que todo lo justifica y que nada explica ni dice: santa Teresa es una reprimida, y por lo tanto ya no hay necesidad de leer sus obras, de tomarnos la más mínima molestia, ni hacer comprobaciones. Desde esa perspectiva, más de una vez pregunté cuántas veces tuvo entre sus brazos a una mujer desnuda Cervantes, Quevedo o Góngora. ¿Eran estos buenos hombres menos reprimidos que santa Teresa? ¿Seguro? ¿Quién sabe las intimidades de cada uno? Sí, la pereza mental es quien contesta a todo y quien tiene explicación para todo. Brocha gorda, risas e ignorancia. Dogmatismo y simplismo.

Tamañas simplezas no eran suficientes para mí; tuve interés en estudiar, saber y comprender el por qué de ETA, por qué había nacido, de qué elementos se nutría, y qué era lo que pretendía. Y leí libros, periódicos y revistas. Y, sinceramente, seguí sin entender nada. Y ni aún hoy lo entiendo. ¿Qué hace que una persona sea capaz, y esté contenta con ello, de destruir la vida de otra persona? ¿Qué tienen en la cabeza? No lo sé, lo ignoro. Y sí, me hubiera gustado hablar con algún etarra, como me gustaría hablar con algún fundamentalista; pero me dan miedo, mucho miedo. Y, sinceramente, no creo que sacara mucho en claro. ¿Hay algo más alejado del cristianismo que la Inquisición? ¿O es consustancial a él?

El otro día, en la televisión, vi unas escenas terribles: unos padres se despedían de sus hijas, de seis y ocho años creo recordar, porque las niñas, con cinturones explosivos, se iban a inmolar cometiendo un atentado. Sin palabras. Se me puso la carne de gallina. Las niñas murieron y se llevaron por delante la vida de no sé cuántas personas. ¿Y quién les asegura a esas personas, a esos estúpidos y criminales padres, que Alá los va a recibir en su paraíso? Tomar costumbres por dogmas me recuerda esa necedad de otro grupo de no permitir transfusiones de sangre porque en la Biblia, no recuerdo dónde, se dice que no beberás sangre de ningún animal. No sé qué decirle, salvo que es una interpretación absurda. No entiendo nada. Y cada día me voy quedando con menos explicaciones, con la mente en blanco, como decían mis alumnos ante un examen.

Y para acabarlo de arreglar, me viene no sé qué ministra, acabada de estrenar, con el invento de un Erasmus de andar por casa: los estudiantes de la ESO y de bachiller podrán hacer un curso fuera de su comunidad, y así se facilitará el conocimiento del vecino. Me parece una estupidez mayúscula. ¿No sería mejor, pregunto, llevar a los alumnos a visitar los museos del país, a visitar la catedral de León, la de Burgos, a ver Toledo, el barrio Gótico de Barcelona? Y, para que vea que lo tengo presente, las ruinas romanas de Segóbriga, Valencia, Mérida... No, la salida pretendidamente brillante, la memez, el simplismo y la pereza.

No se me va de la mente el mercadillo de Berlín, ni el paseo de Niza, ni las masacres que se están cometiendo por ahí. Esto, querido amigo, no lo cambiamos ni enseñando literatura ni educación ni latín. Me siento impotente. No tengo más que ganas de llorar, como las carretas de Juan Ramón Jiménez. Cuídese mucho. Suya





P.D.



Etiquetas:   Terrorismo   ·   Sentimientos
Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario








Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
15906 publicaciones
4138 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora