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Post-verdad en la era Donald


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11/01/2017


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La era post-verdad: la deshonestidad y el engaño en la vida contemporánea. Annus horribilis ... bienvenidos a la Época Post-verdad y la estrella de Belén. Es curioso cómo suponemos altruismo a según qué mensajes, olvidándonos de que esconden su egoísmo. Pero, por qué hablar de "post-verdad" de cameleo y de mistificación en la era Donald (Trump)? no confundir con Donald Duck. Bien no lo explica Ralph Keyes, el primero en describir la era de la Post-Verdad The Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life.


El neologismo trata de la post-truth o de la posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

Cuando hablamos de que vivimos en la “era de la post-verdad” nos referimos a que la mentira anda escapada, suelta o incontrolable, como una loca. La mentira es viejísima, pero este nuevo estado de cosas es más que eso, es un nuevo “orden” del desorden donde las zonas grises prevalecen y, por lo tanto, se nos hace dificilísimo determinar qué es totalmente cierto o que no lo es…

Podríamos decir de las elecciones en los Estados Unidos, en las que Donald Trump le ha tirado una trompetilla o  le ha sacado al pueblo estadounidense esa lengua de serpiente que aparece ilustrada en el artículo de “Art of Lie”  en “The Economist” (10 de septiembre de 2016).

En un tiempo tuvimos verdad y mentiras. Ahora tenemos verdad, mentiras y enunciados que pueden no ser verdaderos pero que consideramos demasiado benignos para llamar falsos. Abundan los eufemismos. Somos "económicos con la verdad", los "endulzamos" o decimos "la verdad mejorada". El término engaño da paso al giro. En el peor de los casos, admitimos "hablar mal" o "ejercer un mal juicio". Tampoco queremos acusar a otros de mentir. Decimos que están en negación. Un mentiroso es "éticamente desafiado", alguien para quien "la verdad está temporalmente no disponible".

Esto es después de la verdad. En la era de la pos-verdad, las fronteras difuminan entre la verdad y la mentira, la honestidad y la deshonestidad, la ficción y la no ficción. Engañar a otros se convierte en un desafío, un juego y, en última instancia, un hábito. Una reciente investigación sugiere que el estadounidense promedio dice mentiras sobre una base diaria. Estas mentiras se extienden desde "Me gusta el sushi", hasta "Te amo".

A medida que el volumen de extraños y conocidos en nuestras vidas aumenta, también lo hacen las oportunidades para mejorar la verdad. El resultado es un sentido generalizado de que gran parte de lo que nos dicen no se puede confiar. De compañeros potenciales a futuros empleados, ya no estamos seguros de a quién exactamente estamos tratando. 

El engaño se ha convertido en una parte rutinaria de la danza de apareamiento. Los encargados de personal dan por sentado que los currículos que leen están "inflados". No es de extrañar que la investigación privada sea un sector en crecimiento de la economía.

Al día de hoy, nadie podría asegurarle que su nuevo presidente haya llegado hasta ese importante sitial sin antes haber jugado como un niño con una canasta de mentiras, incluyendo su inicial discurso de que Barack Obama había “trampeado” su certificado de nacimiento o que había provocado la expansión del Estado Islámico y otras tantas sutilezas.

A lo que me refiero es a que, en realidad, vivimos en un mundo en el que la gente, no poca, “toca de oído” y en el que dependemos de aseveraciones que “suenan ciertas”, pero que, al mismo tiempo, no pueden sustentarse con datos concretos. En otras palabras, vivimos en el mundo de la “aparente verdad” que, como nueva arma, le permite a los políticos enfrentarse al poder elitista mediante la exageración de las emociones y no con hechos. Lo que da una resultado una suerte de democracia en donde el electorado se ve atraído màs por las emociones que produce el discurso inflado de post-verdades que aquel que esta fundado en la razón y el sentido común

Eric Alterman, quien revistió la idea "post-verdad" de un valor político, tomando como ejemplo la manipulación que habría ejercido la Administración Bush a raíz del trauma del 11-S, precisamente porque una sociedad en situación de psicosis iba a resultar mucho más sensible y fértil a la inoculación de posverdades. Más aún cuando se trataba de restringir libertades o de emprender iniciativas militares, empezando por la post-verdad de las armas de destrucción masiva.

¿Qué motiva la deshonestidad casual que se ha convertido en pandemia? ¿Por qué tantos, incluso aquellos sin necesidad aparente de hacerlo, sienten la necesidad de embellecer su historia personal? Esta cuestión se plantea cada vez que las figuras destacadas se desenmascaran como fabulistas: empresarios, políticos, periodistas, jueces, oficiales militares, jefes de policía, reinas de belleza, periodistas. Las ramas se injertan en sus árboles genealógicos. Los grados no obtenidos aparecen en sus currículos. Las medallas compradas aparecen en sus vitrinas. Miles de no veteranos dicen que pelearon en Vietnam. 

Sólo podemos comprender los motivos de tales disimuladores examinando el mar en que nadan. Las tendencias que van desde el desdén postmoderno por la "verdad" hasta el no-juicio terapéutico fomentan el engaño. 

Hay mucho incentivo y poco castigo para mejorar la "narrativa" de la propia vida.  La creciente influencia de los terapeutas, animadores, políticos, académicos y abogados, con su código de ética flexible, contribuyen a la era de la post-verdad. También lo hacen el relativismo ético, el narcisismo boomer, el declive de la comunidad y el surgimiento de Internet.

La post-veracidad construye un frágil edificio social basado en la cautela. Se erosiona el fundamento de la confianza que subyace a cualquier civilización saludable. Cuando bastantes de nosotros vendemos fantasía como hecho, la sociedad pierde su base en la realidad. La sociedad se desmoronaría por completo si supusiéramos que otros eran tan propensos a disimular como dicen, la verdad. Estamos peligrosamente cerca de ese punto.

Su autor, el ensayista americano Ralph Keyes, es un especialista del análisis social del lenguaje, un ojeador de eufemismo y de expresiones totalmente hechas. Resumía así la intención de su libro: "En otro tiempo, teníamos la verdad y las mentiras.  Ahora, tenemos la verdad, mentiras y enunciados que pueden no ser verdad, pero que consideramos como demasiado inofensivos para llamarles falsos. El eufemismo abunda. 'Ahorramos' la verdad, nosotros 'la suavizamos'; nosotros preferimos las verdades mejoradas ". 

No queremos acusar otros de mentir. Entonces decimos que están en la negativa. Que " la verdad les es temporalmente inaccesible ". Keyes escribía también: " En la post-verdad, las fronteras entre la verdad y la mentira, entre la honradez y la falta de honradez, la ficción y la no ficción se nublan (se enredan)". El término to deceive (engañar deliberadamente) hace sitio a to espín (contar manipular, hacer la comunicación). 

Se puede comprobar el uso de esta nueva retórica en muchos campos: el de "espín-doctors", cargados por los dirigentes para abastecerles de bellas historias, con el fin de divertir al público, mientras que ellos mismos son considerados aptos para ocuparse de asuntos y negocios serios; el de los catedráticos de universidad post-modernistas, ensañados en "descomponer" la creencia ingenua en la posibilidad de alcanzar la verdad, cualquiera que esta sea; el de los nuevos psicoterapeutas, animando a sus pacientes a mentirse construyendo un cuento positivo y valorizante de su vida. Encontrando eco en los libros de escritores que publican para lelos y su formula 'sea feliz en 10 lecciones'. 

Todo el mundo se habituó a mentir a todo el mundo, comprobaba el autor de la post-veracidad. Y el resultado, es que entramos en una sociedad de desconfianza. Porque - cito a Keyes - "cuando tantos de nosotros vendemos por las calles y (difunden) fantasías presentadas como hechos, la sociedad pierde a sus cimientos ". 

Muchos análisis hacen ahora la misma acta: nuestras sociedades liberales (en donde las instancias de autoridad y de control han sido acantonadas), reposan en el crédito que podemos ponernos de acuerdo recíprocamente.  Pero si tenemos la impresión de que un gran número de competidores al juego social hacen trampas, si difunden informaciones falsas con el fin de mejorar su situación personal, adaptaremos nuestros propios comportamientos. Nadie quiere ser el tonto del baile.

Se ha publicado un estudio el año pasado por la agencia americana de relaciones públicas, Edelman en donde describe que las democracias están confrontadas con una crisis inédita de la confianza hacia las élites y los medios de comunicación tradicionales. Y esto se traduce electoralmente de modo bastante previsible por un empuje del populismo màs mal sano.

Pues bien, creo que lo que nos corresponde es reconocer esos fantasmas que recorren el planeta, que son la verdad a medias o la “mentira disimulada”, pero no quedarnos ahí. Todos tenemos un grado de responsabilidad respecto a lo que nos ocurre, así que es tiempo de evitar arrastrarnos por la emoción y los cantos de sirenas de los políticos o de quienes hacen opinión en “nuestros mundos” (escritores, periodistas, medios de comunicación, amigos en las redes sociales y sumemos…) y abandonar la falsas ilusiones de que un Papa Noël o que una Estrella de Belén nos traerán o llevarán a un "mundo mejor". Solo nosotros mismos podremos salvarnos de nosotros mismos. Nuestro futuro será horribilis si nos negamos esa responsabilidad y continuamos pidiendo a gritos ese conocido "Miénteme bonito para sonreír, Miénteme bonito para ser feliz"





Es tiempo de reconocer que la fragmentación de las fuentes de información nos ha llevado a internalizar mentiras, chismes y “verdades cojas” que únicamente pueden advertirse en el silencio de nuestra conciencia, tarea de verdaderos gigantes en este mundo ruidoso, ensordecido en esa 'emocracia' que no quiere escuchar "verdades que acaben con mi fe" y pide que le suban el volumen a la estrofa "Miénteme con ganas". Miénteme en la post-veracidad, suavemente para seguir adormiladamente feliz. O no.





Referencia Bibliográfica:

THE POST-TRUTH ERA: Dishonesty and Deception in Contemporary Life

Ralph Keyes, Author . St. Martin's $24.95 (320p) ISBN 978-0-312-30648-9

http://bit.ly/2js0ltu 





Referencia musical:

Miénteme. Griss Romero. Covers http://bit.ly/2jurNaa



Etiquetas:   Psicología   ·   Sociología   ·   Ética   ·   Democracia   ·   Sociedad   ·   Propaganda Electoral
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