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Caudiel o los juegos de la memoria


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01/01/2017

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Madre, me olvido de algo, y no me acuerdo...


Juan Ramón Jiménez, El adolescente.





Pues sí, yo nací en Caudiel. Podía haber nacido, como todos, en otro pueblo cualquiera; pero nací en Caudiel. Fueron muchas las circunstancias que concurrieron para que no solamente esto fuera así, sino para que yo viniera al mundo, sin duda en detrimento de otros que no lo hicieron. Contar todos los avatares que llevaron a mi nacimiento en Caudiel, al mero conocimiento y enamoramiento de mis padres, me llevaría a componer una novela o una crónica, cosa para la que sí tengo alientos pero no medios. Y no me refiero a medios materiales sino a los medios para publicar la novela, o la crónica, y hacerla llegar al resto del mundo, suponiendo que al resto del mundo le interese una historia tan cargada de hechos y tan barroca, y no sé si real o inventada, porque visto lo visto, está claro que hoy hay que escribir para estómagos delicados que apenas si soportan una sopita de aguachirle. Y escribir para mí mismo no lo necesito, o tal vez sí, vaya usted a saber. Escribo.

En Caudiel, sin duda, y hasta que me sacaron mis padres de allí, a la fuerza, todo hay que decirlo, fui, seguramente, la persona más feliz del mundo: tenía amigos, iba a la escuela, tenía un montón de tíos y primos, y tenía los bancales y las eras para emprender correrías todos los santos días del año. No obstante, y para mi desgracia, comenzaron muy pronto los viajes a la capital, a Valencia. Siempre era mi abuelo paterno quien me llevaba a casa de alguna de mis tías, emigrada o valenciana, para que estas, a su vez, me llevaran al médico. Así fue como pasé largas temporadas en Benimaclet, en casa de mi primo Salva, que acaba de fallecer. Al cabo de unos días el abuelo volvía a recogerme. Durante algunos años fuimos eternos compañeros de viaje. O, al menos, así lo recuerdo, porque ya dudo de todo.

Benimaclet por los años en los que hablo todavía era un pueblo. Me gustaba estar allí, cuando me llevaban a la capital, porque tenía los solitarios campos a dos pasos de la casa de mis tíos; y en ellos solía refugiarme, pues emigrado, o de visita, nunca dejaba de soñar con Caudiel, de añorar a mi pueblo, y de desear, ardientemente, volver a él. Ese deseo me duró varios y largos años.

El corazón me latía con fuerza, casi como si fuera a salirse del pecho, cuando, de regreso de la capital, también con el abuelo, con la cabeza fuera de la ventanilla, cegado a veces por la carbonilla que despedía la máquina del tren, veía, allá en la lejanía, erguirse, majestuoso, el campanario de la iglesia. Eran aquellos los minutos más largos de mi vida: el tren parecía detenido, no avanzaba lo suficiente, iba muy lento. Pero, finalmente, llegaba a la estación. Y cuando lo hacía, yo, corriendo como un loco, iba a una fuente, todavía se conserva, que hay a la salida de la estación y me bebía un largo trago de agua. Era aquella mi particular comunión, mi regreso a lo que verdaderamente quería y amaba. Luego, al día siguiente, vendría la escuela, el reencuentro con los amigos, y las correrías por eras y bancales. Atrás, muy atrás, iría quedando la capital, que era una sempiterna amenaza para mí.

La amenaza iba creciendo conforme lo hacía yo en edad y, digamos, en sabiduría. Mi madre, valenciana, no deseaba envejecer en el pueblo, ni que lo hiciera yo. Pero yo, durante muchos años, viví despreocupadamente en el pueblo. Fueron aquellos, sin duda, los mejores años de mi vida. O así lo recuerdo. Y no es que no sucedieran desgracias, que sucedieron. Me afectó sobremanera la muerte de mi tío Ángel, primo hermano de mi padre, la noche en que, con otros vecinos, fueron a rescatar a alguien que había quedado atrapado en medio de la nieve, a mitad de camino entre Caudiel y Montán. El tío Ángel murió no sé si de frío o de un parón cardiaco provocado por el intenso frío de aquella noche. Tenía cuarenta y pocos años. Y también me impresionó la muerte de un chico, un poco mayor que yo.

No sé si antes o después de la muerte del tío Ángel murió un compañero del colegio. Pertenecía al grupo llamado “de los mayores”, es decir a aquellos que ya les quedaba poco para abandonar el colegio y ponerse a trabajar en los bancales o en las pequeñas industrias que había en el pueblo. Este chico, aprendiendo a ir en bicicleta, se despeñó por Grieta, un barranco, muriendo horas después en un hospital de Valencia.

Cuando al cabo de los años, por fin, mi madre consiguió su sueño de sacarnos a todos del pueblo, yo no hice sino suspirar por aquellas calles y aquellas gentes a las que me había visto obligado a abandonar. Y di en escribir: no quería que nada de cuanto había visto o vivido se me escapara. La memoria, y la falta de información, hicieron que me equivocara en muchísimas cosas. Pero escribiendo era tan feliz que creí que estaba componiendo una gran obra. Deseando publicarla, comencé a cambiar nombres y detalles a fin de evitar posibles problemas.

Recuerdo que a este chico que se despeñó por el barranco di en llamarlo Alfredo. Y sólo recuerdo de él que un día, en el patio del colegio, jugamos brevemente con una pelota que me habían traído los Reyes Magos, de manos del tío Corvo, el organizador de todo evento que sucediera en Caudiel. A mi tío Ángel afortunadamente no le cambié el nombre. No obstante, tanto la imagen de uno como de otro, se me han ido borrando con el paso del tiempo. Y yo, deseando publicar la crónica de mi emigración, de mi pueblo, fui corrigiendo la novela a lo largo de toda mi vida, quitando unas cosas, poniendo otras y modificando las de más allá. Y llegó un momento en el que no supe si lo contado allí era invención mía, había sucedido en la realidad, o ni una cosa ni otra. Sea como fuere, no hubo forma ni manera de publicar aquellas infumables páginas, así que poco a poco las olvidé. También olvidé los lazos que me unían con Caudiel. Dejé de ir por el pueblo, y cuando volví sentí la extraña sensación de ser un desconocido. No lo pude soportar. Y entre eso, y que la familia no se llevaba muy bien, me olvidé del pueblo. No obstante, de vez en cuando, volvía sobre la novela: era volver sobre mi infancia, sobre los días dorados, pues la emigración fue un desastre en todos los sentidos. La peor época de mi vida. Y eso sí lo recuerdo con toda nitidez.

Pasé muchos años sin volver por Caudiel. Murieron mis padres, y yo desarrollé mi vida olvidando al pueblo y corrigiendo, cada cierto tiempo, la novela. El final de esta cambió tantas veces como horas tiene el día. Recuerdo que uno de los finales, tal vez el original, contaba que el protagonista, un niño de ocho años, salía corriendo de su casa al decirle su madre que, al día, siguiente se iban ya del pueblo, lo abandonaban para ir a vivir definitivamente a la capital. Las fieras correrías, con la cara bañada en lágrimas y bramando, lo llevaron a la odiada estación del tren; bajó a las vías, y caminando por los travesaños, se encontró, al cabo de unos minutos, con su tía Matilde, la viuda del tío Ángel. Esta mujer, desconsolada, sempiternamente vestida de negro, lo cogió de la mano y lo llevó al cementerio. Allí, puestos de rodillas los dos, rezaron ante la tumba del tío Ángel por su eterno descanso. Así terminaba la novela. Una de las versiones. Debió parecerme un final muy sentimental o muy malo, pues lo cambié, lo borré y lo eliminé. Creo.

Y con el paso del tiempo, que nada perdona, me olvidé de aquella situación, aunque no del tío Ángel ni de Alfredo o Ramón.Volví a Caudiel, furtivamente, y siempre de noche, cuando, ya de mayor, tuve coche propio. Y debería hacer cincuenta años o más que no veía al pueblo de día, a la luz del sol, cuando recibí una llamada de una desconocida prima. Me invitaban a una comida familiar a la que, en principio, me mostré muy renuente. Acepté, no obstante. Y la melancolía dormida, o lo que fuera, se despertó: volví a Caudiel, a partir de aquella comida, una y otra vez. Y una y otra vez recorrí el pueblo, los caminos de mi infancia, los bancales, las vías... No recordaba nada: todo estaba cambiado; y muchas cosas y casas habían desaparecido. Aquello que yo buscaba, salvo contadas ruinas, no estaba sino en mi cabeza. Hablé, además, con unos y otros. Leí algunas crónicas. Y así el chico aquel, Alfredo, resultó llamarse Ramón, lo que yo recordaba de una forma sucedió de otra... Comencé a dudar de todo. Hasta de mi partida de nacimiento.

En sucesivos fines de semana me fueron saludando bastantes personas, otras me eran presentadas como desconocidas. Apenas si recordaba a nadie: todos me resultaban familiares, pero no sabía dónde ubicarlos. Tenía la mente en blanco. Fue una pesadilla. Hasta el punto que creí que toda la vieja novela, olvidada ya, había sido una pura invención mía, fantasía. Al final, solo una cosa me quedó clara, si me fiaba de los papeles oficiales: yo había nacido en Caudiel. El resto, ya no sabía decir a qué género de la literatura pertenecía.

Tuve la necesidad, imperiosa, de caminar por el pueblo yo solo, sin que nadie ni nada me interrumpiera ni molestara. Durante aquellos paseos cuestioné toda mi vida, y cuestioné a mis padres y a sus medidas. Y de tanto cuestionarlo todo, sintiendo una pena infinita, sabiendo que todo era inútil, me convertí en un monumento en ruinas al que costó arduos trabajos volver a poner en pie. Necesité de muchos paseos, siempre solitarios, para restaurarme. Una restauración un tanto penosa, pues no sé ni lo que es viejo ni lo que es nuevo, aunque tal vez tampoco importe mucho esto, ni lo otro. A veces la locura o el olvido pueden parecer una tabla de salvación.

Un suceso triste vino a colocar las cosas un poco en su lugar.

Alguien me dijo un día que los teléfonos móviles sirven para que nos escriban tonterías y bobadas o para recibir malas noticias. Un día, estando de viaje, recibí la noticia de que el primo Ramón, de Caudiel, había fallecido. En esta vida he asistido a las bodas y funerales que no he podido evitar. Tenía entonces la excusa perfecta, pues estaba de viaje. Sin embargo, y sorprendiéndome a mí mismo, di la vuelta y me dirigí hacia el pueblo. Llegué un par de horas antes de que se iniciara el funeral. Y, como siempre, me dediqué a pasear y a cuestionarlo todo.

Siguiendo costumbres ancestrales, la mayoría de los hombres no entramos en la iglesia. Nos quedamos en la puerta charlando. Y allí volví a encontrarme con viejos conocidos de la infancia, a quienes apenas si recordaba. Me contaron cosas de mi infancia, en tanto oficiaban la misa, corpore insepulto, por el primo Ramón, que me parecían sacadas de un cuento fantástico. Al parecer las había desdeñado en mi noveloncio, y, por lo tanto, las olvidé.

Fuimos al cementerio. Y en tanto llegaba el féretro, deudos y parientes me llevaron por las tumbas indicándome dónde estaban todos los familiares. Yo tenía querencia por la del tío Ángel. Un sobrino suyo me llevó ante ella, y ante ella me contó anécdotas del tío Ángel. A su lado está enterrada la tía Matilde, con la que supuestamente recé ante aquella tumba hacía muchos años. Contando anécdotas terminamos riéndonos. Y yo recordé aquel final de novela donde, allí, de rodillas, había rezado con mi tía Matilde por el eterno descanso de aquel hombre. Sin duda fue una invención mía. Todo era una invención mía. Había modificado todo el pasado. Pero la sorpresa fue que al salir del cementerio, fijándome en el paisaje, me percaté de que el camino al cementerio, durante unos metros, corre paralelo a las vías del tren. No muy lejos estaba la estación. Tuve un amago de desmayo.



Etiquetas:   Recuerdos

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