Pues
sí, yo nací en Caudiel. Podía haber nacido, como todos, en otro
pueblo cualquiera; pero nací en Caudiel. Fueron muchas las
circunstancias que concurrieron para que no solamente esto fuera así,
sino para que yo viniera al mundo, sin duda en detrimento de otros
que no lo hicieron. Contar todos los avatares que llevaron a mi
nacimiento en Caudiel, al mero conocimiento y
enamoramiento
de mis padres, me llevaría a componer una novela o una crónica,
cosa para la que sí tengo alientos pero no medios. Y no me refiero a
medios materiales sino a los medios para publicar la novela, o la
crónica, y hacerla llegar al resto del mundo, suponiendo que al
resto del mundo le interese una
historia tan cargada de hechos y tan barroca, y
no sé si real o inventada, porque
visto lo visto, está claro que hoy hay que escribir para estómagos
delicados que apenas si soportan una sopita de aguachirle. Y escribir
para mí mismo no lo necesito, o tal vez sí, vaya usted a saber.
Escribo.
En
Caudiel, sin duda, y hasta que me sacaron mis padres de allí, a la
fuerza, todo hay que decirlo, fui, seguramente, la persona más feliz
del mundo: tenía amigos, iba a la escuela, tenía un montón de tíos
y
primos,
y tenía los bancales y las eras para emprender correrías todos los
santos días del año. No obstante, y para mi desgracia, comenzaron
muy pronto los viajes a la capital, a Valencia. Siempre era mi abuelo
paterno quien me llevaba a casa de alguna de mis tías, emigrada o
valenciana, para que estas, a su vez, me llevaran al médico.
Así fue como pasé largas temporadas en Benimaclet, en casa de mi
primo Salva, que
acaba de fallecer.
Al cabo de unos días el abuelo volvía a recogerme. Durante algunos
años fuimos eternos compañeros de viaje. O,
al menos, así lo recuerdo, porque ya dudo de todo.
Benimaclet
por los años en los que hablo todavía era un pueblo. Me
gustaba estar allí, cuando me llevaban a la capital, porque
tenía los solitarios campos a dos pasos de la casa de mis tíos; y
en
ellos solía
refugiarme, pues emigrado, o de visita, nunca dejaba de soñar con
Caudiel, de añorar a mi pueblo, y de desear, ardientemente, volver a
él. Ese
deseo me duró varios y largos años.
El
corazón me latía con fuerza, casi como si fuera a salirse del
pecho, cuando, de regreso de
la capital,
también con el abuelo, con la cabeza fuera de la ventanilla, cegado
a veces por la carbonilla que despedía la máquina del tren, veía,
allá en la lejanía, erguirse, majestuoso, el campanario de la
iglesia. Eran aquellos los minutos más largos de mi vida: el tren
parecía detenido, no avanzaba lo suficiente, iba muy lento. Pero,
finalmente, llegaba a la estación. Y cuando lo hacía, yo, corriendo
como un loco, iba a una fuente, todavía se conserva, que hay a la
salida de la estación y me bebía un largo trago de agua. Era
aquella mi particular comunión, mi regreso a lo que verdaderamente
quería y amaba. Luego, al día siguiente, vendría la escuela, el
reencuentro con los amigos, y las correrías por eras y bancales.
Atrás, muy atrás, iría quedando la capital, que era una sempiterna
amenaza para mí.
La
amenaza iba creciendo conforme lo hacía yo en edad y, digamos, en
sabiduría. Mi madre, valenciana, no deseaba envejecer en el pueblo,
ni que lo hiciera yo. Pero yo, durante muchos años, viví
despreocupadamente en el pueblo. Fueron aquellos, sin duda, los
mejores años de mi vida. O
así lo recuerdo. Y
no es que no sucedieran desgracias, que sucedieron. Me afectó
sobremanera la muerte de mi tío Ángel, primo hermano de mi padre,
la noche en que, con otros vecinos, fueron a rescatar a alguien que
había quedado atrapado en medio de la nieve, a mitad de camino entre
Caudiel y Montán. El tío Ángel murió no sé si de frío o de un
parón cardiaco provocado por el intenso frío de aquella noche.
Tenía cuarenta y pocos años. Y también me impresionó la muerte de
un chico, un
poco mayor que yo.
No
sé si antes o después de la muerte del tío Ángel murió un
compañero del colegio. Pertenecía al grupo llamado “de los
mayores”, es decir a aquellos que ya les quedaba poco para
abandonar el colegio y ponerse a trabajar en los bancales o en las
pequeñas
industrias
que había en el pueblo. Este chico, aprendiendo a ir en bicicleta,
se despeñó por Grieta, un barranco, muriendo horas
después en
un hospital de Valencia.
Cuando al cabo de los años, por
fin, mi madre consiguió su sueño de sacarnos a todos del pueblo, yo
no hice sino suspirar por aquellas calles y aquellas gentes a las que
me había visto obligado a abandonar. Y di en escribir: no quería
que nada de cuanto había visto o vivido se me escapara. La memoria,
y la falta de información, hicieron que me equivocara en muchísimas
cosas. Pero escribiendo era tan feliz que creí que estaba
componiendo una gran obra. Deseando publicarla, comencé a cambiar
nombres y detalles a fin de evitar posibles problemas.
Recuerdo que a este chico que se
despeñó por el barranco di en llamarlo Alfredo. Y sólo recuerdo de
él que un día, en el patio del colegio, jugamos brevemente con una
pelota que me habían traído los Reyes Magos, de manos del tío
Corvo, el organizador de todo evento que sucediera en Caudiel. A mi
tío Ángel afortunadamente no le cambié el nombre. No obstante,
tanto la imagen de uno como de otro, se me han ido borrando con el
paso del tiempo. Y yo, deseando publicar la crónica de mi
emigración, de mi pueblo, fui corrigiendo la novela a lo largo de
toda mi vida, quitando unas cosas, poniendo otras y modificando las
de más allá. Y llegó un momento en el que no supe si lo contado
allí era invención mía, había sucedido en la realidad, o ni una
cosa ni otra. Sea como fuere, no hubo forma ni manera de publicar
aquellas infumables páginas, así que poco a poco las olvidé.
También olvidé los lazos que me unían con Caudiel. Dejé de ir por
el pueblo, y cuando volví sentí la extraña sensación de ser un
desconocido. No lo pude soportar. Y entre eso, y que la familia no se
llevaba muy bien, me olvidé del pueblo. No obstante, de vez en
cuando, volvía sobre la novela: era volver sobre mi infancia, sobre
los días dorados, pues la emigración fue un desastre en todos los
sentidos. La peor época de mi vida. Y eso sí lo recuerdo con toda
nitidez.
Pasé
muchos años sin volver por Caudiel.
Murieron
mis padres, y yo desarrollé mi vida olvidando al pueblo y
corrigiendo,
cada cierto tiempo, la novela. El final de esta
cambió tantas veces como horas tiene el día. Recuerdo que uno de
los finales, tal vez el original, contaba que el protagonista, un
niño de ocho años, salía corriendo de su casa al decirle su madre
que, al día, siguiente se iban ya del pueblo, lo
abandonaban para ir a vivir definitivamente a la capital.
Las fieras
correrías, con
la cara bañada en lágrimas y bramando,
lo llevaron
a
la odiada estación del tren; bajó a las vías,
y caminando por los travesaños, se encontró, al
cabo de unos minutos,
con su tía Matilde, la viuda del tío Ángel. Esta mujer,
desconsolada, sempiternamente vestida de negro, lo cogió de la mano
y lo llevó al cementerio. Allí, puestos de rodillas los dos,
rezaron ante la tumba del tío Ángel por
su eterno descanso.
Así terminaba la novela. Una de las versiones. Debió parecerme un
final
muy sentimental o muy malo, pues lo cambié, lo borré y lo eliminé.
Creo.
Y
con el paso del tiempo, que nada perdona, me olvidé de aquella
situación,
aunque no del tío Ángel ni de Alfredo o
Ramón.Volví
a Caudiel, furtivamente, y siempre de noche, cuando, ya de mayor,
tuve coche propio. Y debería hacer cincuenta años o más que no
veía al pueblo de día, a la luz del sol, cuando recibí una llamada
de una desconocida prima. Me invitaban a una comida familiar a la
que, en principio, me mostré muy renuente. Acepté, no obstante. Y
la melancolía dormida, o lo que fuera, se despertó: volví a
Caudiel, a partir de aquella comida, una y otra vez. Y una y otra vez
recorrí el pueblo, los caminos de mi infancia, los bancales, las
vías... No
recordaba nada: todo estaba cambiado; y muchas cosas y casas
habían desaparecido. Aquello que yo buscaba, salvo contadas ruinas,
no estaba sino en mi
cabeza.
Hablé, además, con unos y otros. Leí algunas crónicas. Y así el
chico aquel, Alfredo, resultó llamarse Ramón, lo
que yo recordaba de una forma sucedió de otra...
Comencé
a dudar
de todo. Hasta
de mi partida de nacimiento.
En sucesivos fines de semana me
fueron saludando bastantes personas, otras me eran presentadas como
desconocidas. Apenas si recordaba a nadie: todos me resultaban
familiares, pero no sabía dónde ubicarlos. Tenía la mente en
blanco. Fue una pesadilla. Hasta el punto que creí que toda la vieja
novela, olvidada ya, había sido una pura invención mía, fantasía.
Al final, solo una cosa me quedó clara, si me fiaba de los papeles
oficiales: yo había nacido en Caudiel. El resto, ya no sabía decir
a qué género de la literatura pertenecía.
Tuve la necesidad, imperiosa, de
caminar por el pueblo yo solo, sin que nadie ni nada me interrumpiera
ni molestara. Durante aquellos paseos cuestioné toda mi vida, y
cuestioné a mis padres y a sus medidas. Y de tanto cuestionarlo
todo, sintiendo una pena infinita, sabiendo que todo era inútil, me
convertí en un monumento en ruinas al que costó arduos trabajos
volver a poner en pie. Necesité de muchos paseos, siempre
solitarios, para restaurarme. Una restauración un tanto penosa, pues
no sé ni lo que es viejo ni lo que es nuevo, aunque tal vez tampoco
importe mucho esto, ni lo otro. A veces la locura o el olvido pueden
parecer una tabla de salvación.
Un suceso triste vino a colocar las
cosas un poco en su lugar.
Alguien me dijo un día que los
teléfonos móviles sirven para que nos escriban tonterías y bobadas
o para recibir malas noticias. Un día, estando de viaje, recibí la
noticia de que el primo Ramón, de Caudiel, había fallecido. En esta
vida he asistido a las bodas y funerales que no he podido evitar.
Tenía entonces la excusa perfecta, pues estaba de viaje. Sin
embargo, y sorprendiéndome a mí mismo, di la vuelta y me dirigí
hacia el pueblo. Llegué un par de horas antes de que se iniciara el
funeral. Y, como siempre, me dediqué a pasear y a cuestionarlo todo.
Siguiendo
costumbres ancestrales, la mayoría de los hombres no entramos en la
iglesia. Nos quedamos en la puerta charlando. Y allí volví a
encontrarme con viejos conocidos de la infancia, a quienes apenas si
recordaba. Me contaron cosas de mi infancia, en tanto oficiaban la
misa, corpore
insepulto, por
el primo Ramón, que me parecían sacadas de un cuento fantástico.
Al parecer las había desdeñado en mi noveloncio, y, por lo tanto,
las olvidé.
Fuimos al cementerio. Y en tanto
llegaba el féretro, deudos y parientes me llevaron por las tumbas
indicándome dónde estaban todos los familiares. Yo tenía querencia
por la del tío Ángel. Un sobrino suyo me llevó ante ella, y ante
ella me contó anécdotas del tío Ángel. A su lado está enterrada
la tía Matilde, con la que supuestamente recé ante aquella tumba
hacía muchos años. Contando anécdotas terminamos riéndonos. Y yo
recordé aquel final de novela donde, allí, de rodillas, había
rezado con mi tía Matilde por el eterno descanso de aquel hombre.
Sin duda fue una invención mía. Todo era una invención mía. Había
modificado todo el pasado. Pero la sorpresa fue que al salir del
cementerio, fijándome en el paisaje, me percaté de que el camino al
cementerio, durante unos metros, corre paralelo a las vías del tren.
No muy lejos estaba la estación. Tuve un amago de desmayo.