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Amistad (Entre alumnos y profesores)


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29/12/2016

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Oiga tu merced y crea,


¡ay de quien nunca te vido!,

hombre que tu gesto vea,

nunca puede ser perdido.





Juan de Mena, Canción de Juan de Mena.





Mi muy querido amigo: no se puede imaginar cuánta alegría me ha producido su carta. Casi la misma que cuando se presenta usted en la residencia después de uno de esos largos viajes suyos a la vecina Alemania. Hay que reconocer que esto de los ordenadores y de Internet es una verdadera maravilla, una joya. Gracias a todo ello he tenido cumplida información sobre su vida y milagros, casi en el mismo instante que se estaban produciendo. Y sobre su enfermedad. Lo lamento. Lo lamento mucho. Espero que se haya recuperado totalmente.

Estaba sentada en el comedor, leyendo, cuando ha pitado mi móvil. Ha sido el encargado de avisarme de que había una carta en el ordenador. He tenido la corazonada de que era de usted. Y así ha sido. La he leído con tanta premura, tan rápidamente, que he tenido que comenzarla de nuevo. Y siento mucho, muchísimo, lo de su terrible constipado. ¿Gripe? ¿Ha tenido fiebre? Quizás debería haber tomado un taxi y haber regresado a la residencia inmediatamente. No es nada bueno estar solo en esas circunstancias, y más a nuestra edad. Imagino muchas de las cosas que durante estos días habrán pasado por su cabeza. Es una situación dura. Apenas si dice usted algo al respecto, tan reservado como siempre; pero para mí ha sido suficiente con la poesía que encabeza su carta. Por cierto, gracias por la traducción. Por desgracia no es mucho lo que recuerdo del latín. Debería usted darme clases allí en la residencia. Ya lo hablaremos.

Con respecto a lo que me dice sobre la educación y sobre los sistemas educativos, estoy de acuerdo con usted: los profesores no debemos, o no deben, nosotros ya no contamos, seguir lo que digan las leyes de educación, a menos que estas se hagan para servir al alumno y no, como hasta ahora, para lograr prebendas el partido político que las implanta o el ministro que las modifica. Tras todos los desastres generados por esta crisis económica, que todavía seguimos arrastrando, siempre he pensado que el país funciona o bien por inercia o bien porque hay toda una serie de profesionales, serios y amantes de su trabajo, que hacen que la cosa siga hacia delante, a veces contra viento y marea. Por ejemplo, hemos tenido muchas deficiencias en la sanidad y en la residencia; pero casi siempre han sido suplidas por el buen hacer de la gente que está trabajando en estos menesteres. Y no es justo que toda la responsabilidad recaiga sobre ellos, o sobre los profesionales de las distintas áreas. No es justo. Muchos, sin embargo, se aprovechan de esa terrible injusticia. ¿Y hay alguna que no lo sea?

Por eso mismo me alegra sobremanera lo que me cuenta usted sobre las salidas que hacía, con sus alumnos, a los museos de la ciudad. Pues cuando vi a los niños, junto con su profesor, en el Museo del Prado, pensé que, con toda probabilidad, ninguna ley de Educación le exigía a aquel chico llevar allí a sus alumnos. Pero allí estaba. Con alumnos, además, que eran niños de pocos años. Y con qué atención lo escuchaban. El corazón me reventaba de gozo. El posible que esos niños el día de mañana no recuerden muchas de las cosas aprendidas en el aula, cosa que, como sabe, han aprovechado unos señores para demostrar que la educación está equivocada, pues ¿quién se acuerda hoy en día de los afluentes del río Ebro por la derecha y por la izquierda? -esta gente confunde la cultura con un programa de televisión-. Es posible, le decía, que esos niños no recuerden muchas cosas de las aulas, pero dudo que olviden esa visita al museo, y aunque la olviden, todo, absolutamente todo, va formando en nosotros un poso, más o menos denso y profundo. Y ese poso es lo que se llama cultura, y eso es lo que nos hace humanos. ¿Pues qué otra cosa enseña la cultura sino el amor y el respeto al otro?. Yo, lo reconozco, y mire que he leído poesía, no recuerdo todos los versos de Garcilaso, y no le digo de Herrera, de Francisco de la Torre, o de otros poetas de menor nombradía. ¿Y tengo que dejar de leerlos porque no voy a recordar sus versos o el año de su nacimiento o de su muerte? Me parece absurdo. Eso será importante, como le he dicho, para un necio concurso televisivo, pero no para la persona. Estos niños, sentados en torno a Las hilanderas, se olviden o no, saben ya que existe un museo, que lo tienen al alcance de su mano, y que allí pasaron unas horas muy felices. Quizás el deseo de dar con ellas de nuevo los lleve otra vez ante los cuadros de Velázquez, y aprecien y vean en ellos lo que quizás no vieron de niños. ¿Es eso la educación? ¿O algo parecido?

A veces, querido amigo, me da la impresión de que usted y yo hemos llevado vidas paralelas. No es extraño sabiendo que hemos compartido trabajo y aficiones. Le digo esto porque antes de aprobar las oposiciones estuve trabajando en varios colegios, haciendo sustituciones más o menos largas, y yendo allá donde me llamaban. En una clase de uno de esos colegios tuve verdaderos problemas para hacerles entender la diferencia entre Lope de Vega, Quevedo y Góngora. Se me ocurrió entonces montar una obra de teatro de Alberto Miralles, en las que estos personajes son los protagonistas. A los alumnos les encantó la idea. Y se aprendieron de memoria versos de unos y de otros, y fueron capaces de entender algo de lo que entonces parecía tan obtuso.

Yo, sinceramente, no le di más importancia al teatro. Pero había un compañero, joven, con vocación y con muchas ganas de trabajar, que sí lo hizo. Este montó un grupo de teatro en el colegio con los alumnos. Hacían teatro clásico, de autores griegos y romanos. Las obras las adaptaba él. E involucró a madres y padres: hacía falta que alguien se encargara del vestuario, de hacer las máscaras, de la iluminación, de los decorados... Y por si esto no fuera suficiente, cuando, en la ciudad, hacían alguna obra de teatro, recorría las clases apuntando a quien quisiera ir a ver la obra. Luego sacaba él las entradas para todos, y las distribuía por clase. Me contó, yo estaba intrigada por aquella forma tan atrevida de inmiscuirse o de implicarse, que solo una persona, en seis o siete años, había dejado de pagarle la entrada del teatro. ¡Solo una!

No hace falta que le diga, pagaran o no las entradas, que hubo protestas por parte de algunos padres, ¿cómo no? Estos exigían menos teatro y más preparación para los exámenes de la selectividad. Máxime cuando algún chico, peor todavía en el caso de las chicas, se presentó en casa diciendo que quería ser cómica y dedicarse al mundo de la farándula. Ya se puede imaginar el resto.

No estuve mucho tiempo en aquel centro, y no sé cómo terminó la historia. Tampoco me he vuelto a encontrar nunca con aquel profesor tan entusiasta. Sé que, en un claustro de profesores, propuso, para intentar atajar todas aquellas absurdas fiestas de los alumnos, empezaba entonces la historia del botellón, que el centro abriera los sábados por la tarde: acogerían a los alumnos que, voluntariamente, quisieran ir, y harían actividades de todo tipo: teatro, por supuesto, pero también tendrían talleres de música, fotografía, manualidades, que aprovecharían para los decorados... en fin, ideas y proyectos no le faltaban. Pero con ellos les puso los pelos de punta a sus compañeros: ¿ir a trabajar un sábado por la tarde? ¿Estaba loco? ¿No tenían derecho ellos al descanso? ¿Contratar a más personal? ¿Y quién lo va a pagar? ¿El ministerio? Lo suyo -le dijeron- no es que fuera una utopía: era, sencillamente, el sueño de un loco. Es más fácil no hacer nada, dejar que los muchachos vayan a los parques y hagan allí lo que buenamente puedan y protestar luego, por supuesto. Al menos así ni se gasta luz en el centro, ni se deterioran las aulas, o se rompe esto o aquello, ni hay que correr con el gasto de nada ni de nadie.

Bien es cierto, y fue el ataque más certero que le dirigieron a aquel viejo compañero, que no tiene porqué ser el instituto o el colegio quien cargue con esos problemas: los alumnos tienen padres, pertenecen a una sociedad; y unos y otros también tienen un importante papel que jugar en la educación. ¿Por qué no -le preguntaron- cae esa responsabilidad sobre las cadenas de televisión? ¿Por qué no hacen estas algún que otro programa de calidad, o resalta otros valores en vez de los que utiliza continuamente y que no sirven sino para degradarlos? ¿Por qué no hay conciertos de música clásica que sean asequibles para los jóvenes o más obras de teatro? ¿Por qué el teatro escolar tiene que ser siempre tan malo y estar tan mal montado?

Al pobre hombre lo frieron a preguntas. Y, por supuesto, nadie le hizo caso.

-No puede recaer toda la responsabilidad -le dije yo cuando lo vi tan desanimado- sobre un grupo de personas. No puedes exigirle a nadie que sea redentor de los chicos. Hay que cambiar las leyes, y la percepción que se tiene de las cosas... los horarios académicos. No puedes exigirle más horas a tus compañeros.

-Para largo me lo fiáis -me contestó-. No se hará nada. Ya verás como no se hace nada. O mejor -concluyó desalentado- se harán leyes restrictivas, que es la eterna solución. No podemos esperar a que legislen: saldrán con leyes absurdas, y que, como siempre, nada remediarán.

No se me ocurrió otra cosa más que pensar, sin decírselo, que fracasado o no,

hombre que tu gesto vea,

nunca puede ser perdido.





El problema, no obstante, me refiero al comportamiento de los alumnos, no era tan grave. Yo también experimentaba en clase, o bien haciendo pequeñas obras de teatro, nunca desde luego, llegué a su nivel, o bien “fundando” pequeños periódicos. En una clase, tres chicas me dijeron que querían estudiar periodismo, y me pidieron permiso para hacer un experimento, una especie de encuesta, que se iba a extender más allá del centro. La pregunta que debían responder era bien sencilla: en qué pasa el tiempo la juventud. No recuerdo las cifras, como comprenderá, pero si la conclusión a la que llegaron estas alumnas: las noticias de las televisiones y de los periódicos son falsas, no porque las manipulen, que lo hacen, sino porque seleccionan aquellas que resultan más llamativas, o así lo creen ellos. Por ejemplo -dijeron- si hay una pelea en la puerta de un instituto, y hay sangre, las cámaras de televisión vendrán, y mejor si lo pueden grabar en directo. ¿Cuántas veces -inquirían ellas- una cámara de televisión se ha metido en una biblioteca y ha dado la noticia de que 200 ó 300 alumnos han estado allí toda la tarde estudiando, y han entrevistado a alguno de los estudiantes sobre sus estudios y aspiraciones? Se montó un pequeño revuelo en la clase ante tal pregunta.

Fueron los propios compañeros de estas alumnas quienes protestaron: menudo rollo de noticias sería eso -dijeron. No es que prefirieran las típicas matanzas de Estados Unidos, pero había una diferencia. Ya sabe lo que eso quiere decir.

Por todo esto, querido amigo, creo que todavía tenemos un largo camino por recorrer. Y yo estoy cansada. Ni puedo ni quiero seguir participando. He cumplido con mi deber. Y creo que no lo he hecho mal del todo. Pero no toda la responsabilidad debe caer sobre una parte de la sociedad. No es un tema cerrado. No deje de escribirme. Todavía estaré aquí unos días más. Suya





P.D.



Etiquetas:   Educación   ·   Teatro

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