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Retrospectiva: Neo-angustias Cotidianas frente a la Modernidad


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22/12/2016


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"Neoangustias Cotidianas frente a la Modernidad" es un ensayo que publiqué en el Diario Financiero, el viernes 7 de febrero de 1992. Los invito a leerlo en ese contexto, terminaba el siglo XX y la incertidumbre de lo global orbitaba  la vida diaria.








Hemos tomado palco en una comedia planetaria para percibir, a la distancia, las trenzas del poder reordenando los viejos mapas políticos de la adolescencia. Asumiendo la necesidad de reflexionar en medio del tráfago avasallador – como muchos de mi generación, tengo esta gastada manía de darle vueltas a las cosas- me estoy ubicando en el “Day After”, sopesando los efectos del cambio en nuestra América, en nuestro país, en nuestras ciudades y campos, en los hijos que sin pestañear han iniciado su juventud conviviendo a diario con la tecnología que a nosotros nos cuesta digerir.

He escuchado dos veces el discurso renuncia de Michael Gorbachov, impulsado por la curiosidad decidí buscar en el planisferio ese punto nuevo: Alma Ata, capital de Kazakhstan. Que será tanto más importante que Yalta o Bretton Woods en la historia del Siglo XX. Me costó ubicar esta ciudad de Alma Ata en medio de la gran fracción que ocupaba la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, en el mapa: paralelo 47 Norte, meridiano 77 Este. El lugar donde ha nacido la Comunidad de Estados Independientes, CEI.

 

No he podido evitar el recuerdo vivencial que traigo de Europa Oriental, cuando en 1971 participé en un congreso internacional sobre turismo Juvenil en la capital de Checoslovaquia, Praga. Éramos tres jóvenes profesionales chilenos recorriendo con ojos críticos las plazas de Praga, con sus estrellas rojas, símbolo floral que dolía profundamente en la gente. Nosotros, tres años antes, en plena reforma universitaria, habíamos repudiado la invasión soviética y ahora estábamos allí, conversando con delegados jóvenes de diversos países. Había una sola excepción a la regla: los soviéticos encargados de negociar los proyectos de turismo juvenil, eran señores que podían ser nuestros abuelos. Nosotros veníamos con protagonismo desde la adolescencia en nuestra realidad. La juventud de la URSS, en cambio, debía soportar el peso de una gerontocracia dura, que anquilosaba las estructuras partidarias y convertía a todo el sistema en un gigantesco oso con poca flexibilidad e imaginación. A la distancia, esos recuerdos son hoy un hilado que aparece en el análisis, para corroborar intuitivas percepciones de entonces, cuando recién se formaba nuestro razonamiento político y actuábamos a puro corazón. Reconozco que conocer de cerca ésas y otras realidades de la vieja Europa, fortaleció la opción americanista que he seguido, recibiendo en su esencia romántica los resabios del París de Mayo.

 

En este minuto, al inicio de una nueva era en las relaciones internacionales, quedan muchas efigies empolvándose como posters en lo bulevares. Son las postrimerías abruptas de un régimen de imperios. Ya no existe la Unión Soviética. Rusia toma la posta en los foros internacionales. ¿Cuánto nos cambiará la vida por impactos de la gran transformación mundial? ¿Qué efectos puede tener el reordenamiento mundial sobre los americanos al sur del Río Grande? ¿Cómo explicar las ventajas de la modernidad al hombre pobre de nuestra América, que porta consigo un morral de sueños y frustraciones y cuya voz demora en asomar tras largos períodos de ser silenciada?

 

Sin necesidad de subir al valle del Elqui para alcanzar centros cósmicos, apenas con subir al Metro de punta a punta, uno se empapa de la angustia de las urbes. El mundo llega a nosotros a través de las parabólicas, pero al mismo ritmo parece alejarse y deteriorarse la calidad de vida. Por una parte, se nos convoca a incorporarnos a la modernidad, al mundo abierto y competitivo; por otro lado, observamos que la incorporación superficial, a los meros símbolos de estatus de lo moderno, va contradiciendo la esencia de algo muy caro, nuestra libertad y la sanidad física y mental de nuestras familias y comunidades. Ciudad de México ostenta el mayor grado de contaminación, el máximo número de vehículos. La histeria circula por el paseo de la República en los tacos eternos, mientras en el tren subterráneo pampea el terror de las bandas de delincuentes. Y como común denominador  de los de arriba y los de abajo, un síntoma: el individualismo exacerbado, el sálvese quien pueda. El hombre urbano va pateando su estrés y en su neurosis crónica, el desahogo va por el placer envasado: compre mucho para pertenecer a la modernidad.

 

La gente busca respuestas. Es difícil enfrentar el tráfago noticioso sin tomar aire y detenerse un poco. Cuesta acostumbrarse a vivir en la aldea mundial. El escapismo simple de apagar la televisión o no seguir las noticias va generando un aislamiento, una peligrosa introversión, en donde el hombre queda como presa fácil  de los mensajes superficiales y manipuladores. Es decir, deja de ser persona para ser masa. A lo sumo, un número de registro en las computadoras de las grandes tiendas, para hacerle llegar un saludo de pascua más frío que  los estacionamientos  céntricos. La verdad es que cuesta dejar atrás el esquematismo maniqueo que marcó los últimos decenios del planeta. Ya no hay buenos y malos. La ley de la relatividad nos exige mayor profundidad en el conocimiento interpersonal y dejar de usar las cómodas etiquetas. Pero,  esto requiere tiempo y es el bien más escaso. El ostracismo, combinado con el individualismo, es un pernicioso y suicida elixir, lleva a la soledad, a la desintegración social y familiar. El “no te metás” que conocimos en el Buenos Aires de la guerra sucia, hoy aparece sin excusas como ingrediente de la vida diaria. No tengo  tiempo ni ánimo de conocerte, prójimo. He clausurado mi agenda . La he dejado de muy pocas páginas, no cabe nadie más. Lo siento, no sé ni me interesa saber quién es usted, vecino.

 

¿Calidad de vida? Vaya tarea intentar definirla. Lo más que ha hecho la ciencia social es acotarla. Es claro que una cosa es nutrirse y otra muy distinta, el disfrutar de la mesa familiar. Aspectos emparentados, pero profundamente diferentes. ¿Cambiarías tú el sabor incomparable de un frío mote con huesillos por un par de sintéticos hidratantes llenos de proteínas? Sí, calidad de vida es un aspecto íntimamente ligado a lo cultural. La cuestión de fondo en el tránsito a la modernidad es cómo participar de ella sin perder nuestra escala de valores, nuestro ser nacional histórico, nuestro modo de ser.

 

Alguien proclamó excitado la “muerte de las ideologías”. No estamos de acuerdo con esa idea, ya que asume que se habrían acabado en la sociedad las capacidades de soñar, de crear una utopía y tratar de impulsarla, convenciendo a las mayorías de sus ventajas y beneficios. Muy distinto es señalar que en el plano político está primando el racionalismo, la arquitectura política que conduce a la negociación permanente para la construcción de acuerdos estables. Esto es madurez, es actuar sin fanatismos, conciliando intereses, pero se subentiende que el político debe ver en el poder un medio para servir a su patria, tratando de poner en marcha programas o regímenes de gobierno que acerquen a la realidad parte de esa utopía, de ese ideal que anima al hombre público en su actuación. Lo contrario sería aspirar al poder por el poder, para servirnos de él y no para servir a los demás. La modernidad en el plano político va mucho más allá de la recuperación del voto como expresión periódica de la ciudadanía; va más allá de la mera alternancia política de uno u otro partido o coalición. Modernización significa abrir los centralizados sistemas del pasado para que pueda darse,  de veras, la participación. Uno de los temas de la modernidad respecto al poder es la disyuntiva entre descentralización y plutocracia.

 

Lo primero conduce a la incorporación del hombre en el control de su destino, La plutocracia concentra el poder, en sus diversas formas, en los grupos económicos más ricos. Puede coexistir  perfectamente con la democracia formal, pero no permite que dentro de ella la población pueda ejercer debidos controles sobre el mercado y la administración del Estado a nivel comunal o de regiones. Por lo tanto, una expectativa latente del hombre, mujer y jóvenes de nuestros países está apuntando a la equidad que está teniendo el ajuste estructural. ¿Significará mayor participación dela población en los actos que hace a su calidad de vida o será un traspaso de poder a nuevas plutocracias en el destino de los países?

 

Resignarse a la sumisión ante el poder financiero es olvidar y desconocer las grandes fortalezas espirituales de los pueblos. En cambio, apostar al camino difícil de la participación, comienza por educar. Y una inquietud urbana cotidiana es acerca de la calidad de la formación que se entrega. Sin fijar sino grandes líneas de pensamiento, digamos que es difícil que, de la noche a la mañana, profesores sometidos durante largos años a un sistema verticalista  autoritario, que castraba la iniciativa y las acciones contestatarias, puedan convertirse en educadores de la libertad, la participación y el emprendimiento individual o asociativo. Es preciso que fuerzas renovadas, ojalá de refrescante idealismo, puedan acometer las tareas de la educación.

 

El riesgo del cambio generacional en la educación  es que los jóvenes no han sido impermeables, ni mucho menos, a los desvalores urbanos, tales como, el consumismo o el facilismo. Lo cual genera la angustia en relación a la formación de nuestros hijos, la orientación que se les entregue, para ser responsables personas, dueñas de su libertad y destino, cultivando la doctrina del esfuerzo, o individuos arribistas, más egoístas que antes, tratando de salvarse rápido, en la ley del mínimo esfuerzo. La solidaridad se postula como una gran aspiración ética en las relaciones sociales. En la incorporación al mundo moderno, esa premisa aterriza en un aspecto  de necesidad estratégica. Los productores han sabido que para competir deben sumar capacidades. Que la solidaridad, la cooperación franca, no niega el principio de reciprocidad. Éste es válido en todo orden de cosas. Salvo los santos, pocos son los que dan  y dan, sin esperar algo a cambio. Fomentar cultural y educacionalmente estos estilos de convivencia, pasa por un mensaje muy realista y obvio “Los hermanos sea unidos, porque ésa es la ley primera, que si estamos separados, nos devoran los de afuera”. El Martín fierro, sabiduría americana, que en Chiloé se llama “minga”. El cooperativismo debe renacer con fuerzas, limpiándose de los aprovechadores que quieren desvirtuar su esencia. Un principio de equidad, de amplia aplicación, llama siempre a apoyar y promover al más débil, para que pueda actuar con mayor chance en el quehacer económico, comercial o financiero. Y esto no es paternalismo, porque “enseña a pescar”, no regala pescado.

 

La familia, como formadora principal del hombre, ha sufrido también el efecto de períodos de desintegración. El psicólogo Ángel Bustos Balladares señala que el éxito de los niños en el colegio está en íntima relación con el tiempo que la mamá le dedique a sus hijos. Que recién después de los 10 años el niño puede reducir la presencia de la madre. En los tiempos actuales tener la madre en casa es un lujo. Existen necesidades objetivas de un trabajo compartido por parte de ambos cónyuges. Incluso se ha desmerecido en nuestra sociedad la función de la dueña de casa. Las corrientes feministas han acusado de machismo el pretender mamás de tiempo completo. El enfoque objetivo del psicólogo Bustos subraya el gran aporte a la seguridad y estabilidad emocional que alcanzan los hijos formados en buen clima, con los roles maternos y paternos bien definidos y complementados. Lógicamente, es un tema que mueve a la preocupación. Que es imposible profundizar en este espacio, pero que nos lleva a un punto crucial de lo que pretende cada cual como calidad de vida.

 

Es necesario, sin lugar a dudas, que los países se tomen su tiempo para revisar este aspecto celular de toda la sociedad, por donde parte la atención preferente del Estado Moderno, fortalecer la familia, como seno de gestación y formación de una población sana, física, moral e intelectualmente. Las angustias cotidianas frente a la modernidad van desde lo planetario a lo hogareño, en estadios que pocas veces relacionamos. Sí, yo quiero ser moderno, pero quiero seguir conversando con mis hijos durante el almuerzo familiar de cada día. Y la mayor inversión que estoy dispuesto a realizar es en tiempo familiar para combatir, desde dentro, cualquier antivalor que ande rondando el hogar. Benditas sean las madres que sabiamente enseñan los más trascendentes hábitos que habrán de acompañarnos de por vida.







Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Política   ·   Relaciones Internacionales   ·   Familia   ·   Sociedad   ·   Globalización
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