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Soledad (Leyes y formas distintas de impartir clases)


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22/12/2016

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Hostibus eveniat viduo dormire cubili


et medio laxe ponere membra toro1.

Ovidio, Amores





Querida doña Paquita: me sentí un poco... defraudado, entristecido... no se me ocurren otras expresiones, cuando leí la nota que había deslizado usted por debajo de la puerta de mi habitación. No sé porqué había dado por sentado que íbamos a pasar las Navidades juntos. No ha sido así. Me alegro, no obstante, de que su hijo haya venido a por usted, de que vaya a pasar las fiestas en familia y alejada de la residencia. Y me alegra que siga disfrutando de esas visitas a los museos que, de forma tan desenfadada, me cuenta en su carta. De vez en cuando, por otra parte, está bien romper con la monotonía de la vida. Y está muy bien, desde luego, mantener algunos vínculos, y reforzarlos, con los parientes más cercanos. Ha hecho bien en marcharse con su hijo.

A mí no ha venido a buscarme nadie. No lo esperaba, así que no voy a lamentarme por ello aunque he pasado unos días un poco mal. La culpa ha sido mía. Lo que sí que hice, nada más leer su nota, fue fingir que había recibido una llamada de parte de un hijo mío, y que me iba a la consabida Alemania a pasar las fiestas con él. Como si de verdad fuese a partir, me despedí de unos y de otros deseando a todo el mundo unas felices fiestas. Y me vine a mi casa. Antes, aunque no me hacía falta, me aprovisioné de algún que otro capricho gastronómico y de una buena cantidad de libros. Creo que ya los compro de forma compulsiva. Pero, siempre hay excusas y justificaciones, en alguna revista leí que se había reeditado una excelente traducción de la Odisea, y quise comprobarlo por mí mismo. He pasado estos días, por lo tanto, y cuando me he recuperado, entre Ovidio, Homero y Virgilio. No es mala compañía.

Estas y otras menudencias, largos paseos, alguna tarde de cine, y tal vez el encuentro fortuito de algún que otro conocido, iban a ser mis particulares Navidades. No obstante, ya sabe lo que dice el refrán: el hombre propone, y Dios dispone. Y lo dispuesto por la divinidad no coincidía con mis deseos. En absoluto.

Una tarde salí a caminar. Y lo hice tan a gusto, me encontraba tan bien moviéndome por la ciudad, que el paseo se convirtió en una larguísima caminata. Regresé a casa muy cansado. Me senté en el sofá, cogí un libro, y me dormí con él en las manos. Volví en mí al cabo de unas largas horas; era tarde y tenía frío, así que me fui a la cama sin cenar. Cuando me desperté al día siguiente estaba fatal: me dolían los huesos, la garganta, y mis ojos no cesaban de lagrimear. Seguía teniendo muchísimo frío. Pensé en marcharme a la residencia, pero no tenía fuerzas ni para levantarme. De hecho no me levanté en todo el día. No me atormentó el hambre. Como es lógico nadie entró en mi habitación a ofrecerme una taza de caldo bien caliente, ni a poner más abrigo sobre mi cuerpo o a ofrecerme alguna medicina. Acurrucado en la cama pasé el día durmiendo y despertándome para volver a dormirme. Estaba atontando, soñando, teniendo visiones... Dicho estado se prolongó varios días.

Creo que pasé dos o tres días sin moverme. Al final, haciendo un gran esfuerzo, me metí en la ducha, me comí un pedazo de pan, un par de naranjas, y me bebí un fuerte café. Comencé a encontrarme un poco mejor. Y fue entonces cuando, tras regresar de la cercana farmacia, leí su carta con toda la atención del mundo.

Como le he dicho en más de una ocasión, siendo profesor en funciones terminé harto de los pretendidos innovadores del sistema educativo, de los pedagogos y demás gente de esta calaña, tan sabios y tan inteligentes ellos; lo son tanto que ni pisan un aula. Recuerdo, y lo que me cuenta usted del museo del Prado me lo ha traído a la memoria, que hace años los alumnos del instituto querían ir a la huelga porque querían exigir “calidad de la enseñanza”. Les dije, pidiendo que no me malinterpretaran, que para eso no hacía falta que fueran por ahí con pancartas, desfilando ante malcarados policías. Si querían calidad, yo se la podía ofrecer, dentro de mis posibilidades; pero que tuvieran claro que dicha calidad exigía que también tenían que trabajar ellos. Tanto como yo.

-Mirad -les dije- gobiernos, partidos políticos y oposición pueden hacer todas las leyes educativas que quieran y les vengan en gana, y hasta ahora todas han ido encaminadas a convertiros en unos borregos: no se imparte historia, la filosofía se da en un curso, la literatura es un desastre como está programada, y el latín, no digamos nada del latín... Ellos, los políticos, pueden hacer y dictaminar lo que quieran -repito-; pero cuando entramos en la clase, se cierra la puerta, y lo que hagamos aquí es cosa nuestra. ¿Queréis calidad? ¿Queréis subir los niveles? No tenéis más que decírmelo; ahora bien, si yo me pongo el traje de luces, espero encontrarme aquí a un mihura bien bravo y con ganas de pelea y no a una vaca lechera; tengamos las cosas claras.

Ya hacía mucho tiempo que yo, querida amiga, me había planteado mi forma, la tradicional, de impartir las clases de latín. Hacía muchos años que había caído en la cuenta que era absurdo “explicar” una lengua, que se resumía en hacer traducciones y más traducciones de fragmentos de un par de autores; en realidad eran clases de sintaxis, sin jamás llegar a conocer su literatura, sus riquísimas creaciones. Hace muchos años tuve la suerte de dar con un texto de Juan Luis Vives en el cual decía que la importancia del estudio de una lengua reside en que este nos sirva para conocer su literatura. La importancia de una lengua se mide por esta. Cito de memoria. Es decir, el conocimiento de la lengua es la puerta para acceder a la literatura, a las obras de arte, al pensamiento.

Afortunadamente no fui yo el único que había caído en la cuenta de esa absurda forma de enseñar el latín. Se había iniciado un pequeño movimiento entre algunos profesores. Y algunos pensaron, pensamos, que lo mejor era explicar el latín no como una lengua muerta, que no lo es, sino como una lengua viva. Es decir, si el profesor de inglés les habla a los alumnos en inglés, nosotros deberíamos hacer lo mismo, pero en latín. Nada nuevo, si usted quiere: era practicar la lengua, dejar de atormentar a los alumnos con el rosa, rosae y el bonus, a, um, hacer que leyeran, que hablaran entre sí; y luego, con el tiempo, ya vendría la gramática y la sintaxis. De esa forma aprendemos todos: cuando un niño comienza a habar ni sabe lo que es el sujeto ni el complemento circunstancial, ahora bien, sabe utilizarlos a la perfección. Y puede leer en su lengua, aunque sean fábulas o narraciones cortas y sencillas. Por algo se empieza.

No, yo no sabía hablar en latín. Pero aprendí. Hablando con otros profesores, escribiéndome con quien también estaba deseoso de aprender, y haciendo todos los cursillos que pude. Y sí, entonces pude, según mis posibilidades, ofrecer una cierta calidad a mis alumnos. Impulsado por lo que había visto en otros compañeros, hice entonces lo que me cuenta usted de ese profesor tan joven y tan calvo que vio en el museo del Prado: en clase proyectaba cuadros con motivos históricos, de Roma, o mitológicos, Grecia y Roma. Cada alumno, eran pocos, diez o doce, y llevaban conmigo varios cursos, tenía que escoger un cuadro, contar lo que allí sucedía y destacar lo que le interesaba de él. Lo tenía que hacer en latín, por supuesto.

Un día de asueto me fui al museo de la ciudad. No es que hubiera mucho cuadro de tema histórico o mitológico en él; pero se me ocurrió, pintura religiosa hay muchísima, que estudiaran los elementos mitológicos que aparecían en los viejos retablos traídos de iglesias y conventos. Por ejemplo, ¿qué mito griego sugería el diluvio universal? ¿Tiene alguna relación la muerte del único hijo de Dios, a manos del hombre, con el hecho de que Cronos devorara a los suyos? Y así fui planteando problemas y más problemas. Y el latín, entonces, dejó de ser el complemento directo y el infinitivo histórico, y pasó a ser algo vivo, algo tan vivo que lo completábamos en clase con lecturas, sencillas al principio, y más complicadas al final del curso. Y con discusiones.

No hace falta que le diga lo asustado que estuve la primera vez que mis alumnos se tuvieron que enfrentar a la prueba de selectividad. Me infravaloré: hicieron la traducción casi sin consultar el vocabulario y sin equivocarse. Y tuvieron, tienen, la suficiente preparación como para seguir leyendo toda la literatura latina, que no se la terminarán así vivan doscientos años. Y ya no cambié de método, querida amiga, más bien lo reforcé con aportaciones mías y de otros muchos compañeros con los que estaba en permanente contacto. Por mí leyes y más leyes, de blancos, negros, rojos y morados, podían decir lo que les viniera en gana. Yo iba a la mía sin defraudar a nadie. Aquí, por desgracia, no se puede funcionar de otra forma. Hasta que, y están en ello, hagan desaparecer los estudios clásicos.

Y no, no considero que mi trabajo haya sido inútil porque los inútiles de los políticos quieran el latín, el griego y todo aquello que desarrolla la mente y nos hace humanos, personas. Y ahí, en lo que me cuenta usted que sucedió en ese museo, con ese chico que dibujaba, tiene el contraejemplo. ¿Por qué le llaman la atención, en un museo, a un chico que está dibujando una cabeza de un romano? ¿Cuál es la misión del museo? ¿Y por qué no le dejaron dibujar? ¿Por prebendas del propio museo? No lo entiendo. ¿Derechos de autor de una estatua que ni se sabe de quién es? ¿Debería haber pedido permiso, alguna autorización o algo así? ¿Y si venía de otra ciudad y no le daba tiempo a hacerlo?

Entiendo que no dejen fotografiar los cuadros porque el flash puede dañar las pinturas, pero ¿no copiarlas, no dibujarlas? Al final, la misma historia de siempre: si este chico hubiera estado de botellón por cualquier calle o descampado, nadie le hubiera dicho nada; pero se pone, sin molestar a nadie, ni causar ningún desperfecto, a dibujar, y se lo recriminan. Lo que decía aquel: quien te entienda que te compre. Y vengan leyes y más leyes. Y opiniones y más opiniones sobre la educación, los educadores y los educandos.

De toda mi larga vida de profesor recuerdo, y con esto voy a terminar, pues todavía no me encuentro muy bien, una clase en especial. Una alumna, en 2º de bachiller, hizo un trabajo muy serio sobre el matrimonio en Roma. Fue un buen trabajo; pero esta alumna sólo tuvo en cuenta las leyes, los documentos legales, el famoso derecho romano. Y de todo ello salió, como no podía dejar de suceder, una Roma virtuosa, con unas matronas dedicadas a hilar, a manejar la rueca, al cuidado de sus hijos, y a la vigilancia de la casa y de las esclavas; y con unos padres imbuidos del mos maiorum, de grandes virtudes, valor y amor al trabajo y a la patria. Ni una palabra sobre la esclavitud ni el injusto reparto de tierras y el adulterio, entre otras cosas. Al mismo tiempo que esta chica hacía su trabajo, le dije a otra alumna que buscara información sobre Ovidio y el Ars amatoria. No es fácil Ovidio, así que le pasé una traducción. La explicación, sin embargo, se hizo en latín, con algún que otro error. Nadie nace sabiendo. Y la clase hirvió. Mis alumnos se apasionaron por Ovidio, les pareció divertidísimo. Y cuestionaron la información oficial, que es de lo que se trataba. Y sí, leímos algunos poemas de él, indagamos sobre su vida y sobre su época. Y nos dejamos las pestañas en los libros a cambio de ser capaces de entender algo de su bellísima poesía. Creo que aquel fue mi mejor año como profesor. ¿Y sabe dónde estuvo mi premio? En el día que una alumna, entusiasmada, me dijo:

-¡Qué gusto da ser capaz de entender algo que se escribió hace dos mil años, y en la lengua que utilizaron mis bisabuelos!

Ni el Nobel de educación, que no existe, me hubiera dado tanto gozo y satisfacción. Y con este recuerdo, querida amiga, me vuelvo a mi solitaria y fría cama, que todavía no me encuentro muy bien, o no estoy muy católico, como solía decir mi mujer (STTL). Cuídese. Suyo





LSD

1Acontezca para los enemigos dormir en un lecho vacío

y poner los miembros a sus anchas en medio de la cama.





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