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Cartas


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08/12/2016

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Porque deudo y amistad se pierden con la falta de comunicación. Santa Teresa de Jesús, Camino de perfección.


No tardé mucho en llevarle a doña Paquita las obras completas de Ovidio. Se quedó un poco sorprendida cuando vio el libro; ante su tamaño insistió en pagármelo. Tuve que repetirle un par de veces que era un regalo, que se lo hacía de mil amores, y que no tenía que darme nada. Acepté, eso sí, que fuera ella quien pagara la siguiente comida que hiciéramos fuera de la residencia.

-Hay una cosa -me dijo poniendo el libro sobre su regazo, y sujetándolo con una mano, como si temiera que se le escapara- que hace tiempo estoy deseando decirle.

-¿No me irá a reñir otra vez? -pregunté sonriendo.

-¿Lo he reñido alguna vez? Si es así le ruego que me perdone.

-Era una broma...

-Lo que le quería decirle es que me hubiera gustado mucho que estos días que ha estado en Alemania, y ya sabemos lo que eso significa, me hubiera escrito. Las amistades hay que cultivarlas; el roce hace el cariño. Además, me habría encantado recibir alguna carta suya, larga, muy larga, y contestarle yo con otra no menos breve.

-Pues mire, sinceramente, sí que se me ocurrió hacerlo, estuve a punto de escribirle, es verdad; pero enviarle una carta hubiera supuesto delatarme, aunque, desde luego, la podía haber mandado sin remite. Y nadie, salvo usted, se hubiera enterado quién le enviaba esa misiva.

-¿Y por qué no lo hizo? -me preguntó un tanto entristecida.

-Usted -le expliqué- no tiene culpa de nada. Pero no se puede imaginar cuántas cartas he escrito en esta vida sin merecer ningún tipo de respuesta. Supongo que llegó un momento en que dejé de escribir cartas porque no servían para nada: escribirlas era como hablar con la pared. Así que me dediqué a este cometido. La pared no me frustraba: sabía lo que podía esperar de ella. Lo mismo que de mis corresponsales; pero esta, al menos, ni era culpable de nada, ni me iba a dar absurdas explicaciones, si es que las daba.

-Yo sí que le hubiera contestado -dijo apretando las obras de Ovidio contra sí-. No recuerdo quién lo escribió -dijo con ojos soñadores- creo que fue una mujer, un escritora; dijo que, de vez en cuando, le gustaba alejarse de sus amigos para mantener con ellos una correspondencia epistolar.

-Imagino -le dije- que sería una mujer del siglo XVIII o XIX. Hoy no le hubiera contestado nadie. O, a lo sumo, le hubieran enviado cuatro palabrejas por WhatsApp, con los correspondientes “jaja,jaja” y con diez o doce emoticones, con lo cual el remitente se hubiese quedado tan ancho.

-¿No le parece que es una pena que se esté perdiendo la buena costumbre de escribir cartas?

-Imagino que sí...

-Es una buena forma de reflexionar y de ejercitar alguna que otra habilidad. Yo recuerdo que, varias veces, y durante repetidos cursos, intenté que los alumnos se aficionaran a enviarse cartas. Uno de los ejercicios era que se escribieran entre ellos contando lo que había sucedido en clase, o lo que les gustaría hacer el día de mañana.

-¿Y qué tal fue la experiencia?

-Algunas personas escribieron varias cartas preciosas, otras, siempre con la pereza a cuestas, dijeron que aquello era un rollo, que existiendo el teléfono escribir cartas era como volver a la edad de piedra, o algo similar.

-Pues imagínese ahora que tienen el móvil. Igual llaman a los loqueros para que la encierren a usted en un manicomio por desfasada, anacrónica...

-Como don Quijote.

-Efectivamente. Imagínese usted que alguien saliera por ahí con un caballo y una armadura creyéndose el Cid Campeador y clamando por la unidad de los reinos de España.

-No faltarían los ruines que lo molieran a palos.

-Desde luego. De esos aquí siempre vamos sobrados. Y lo mismo le puede suceder a quien reivindique la relación epistolar.

-¿Le gusta a usted esa relación?

-Me encanta. Y gracias a la afición que a ella le tenía Cicerón poseemos una importante fuente de información sobre la Roma de finales de la República. Por no hablar de otras cartas, de Séneca, por ejemplo, o de Plinio. Pero aquellos, doña Paquita, eran otros tiempos. Las distancias eran largas, el tiempo parecía no existir, y los medios de comunicación escasos.

-Sí, pero como dice usted gracias a eso se nos ha transmitido una información preciosa. ¿Qué información le vamos a transmitir nosotros a la gente venidera? ¿Cuatro emoticones y una tonelada de faltas de ortografía en dos palabras?

-Transmitiremos el cine, millones de programas de televisión, de radio, y los periódicos. No es poco. Aunque tengo que decirle que tengo mis dudas con respecto a todo esto.

-Yo también. Siempre me he preguntado si seríamos capaces de entender una conversación entre el Cid, ya que lo ha sacado usted a colación, y doña Jimena. Se lo digo porque los textos medievales, cuando los transcriben tal cual, cuestan de leer y entender.

-Un problema similar planteaba yo hace tiempo con el cine. Fue durante una discusión con varios amigos. No recuerdo porqué comenzamos a discutir sobre la prioridad de la imagen sobre la escritura, es decir del cine sobre la literatura. Recuerdo que planteé algo que ya me angustiaba por aquella época: en un libro, cuando aparece algo, una expresión o un nombre que ha caído en desuso, para que el lector lo pueda entender se echa mano de la nota a pie de página. Eso en el cine es imposible.

-También tengo que decirle que las notas a pie de página a menudo resultan molestas, pues más que para aclarar sentidos se ponen para que quede clara la erudición del editor. Recuerdo que de joven leí una edición de Fortunata y Jacinta, de Pérez Galdós, en la que, en una larguísima nota, se cuenta la historia del sello, dado, creo recordar, que alguien le escribe una carta a alguien. La historia del sello no tiene ninguna relación con la novela de Galdós. Igualmente nos podía haber contado la historia del pañuelo porque alguien se suena o estornuda.

-Pues no sé cómo estará usted de mitología, pero si no la recuerda le va a resultar un poco complicado entender a Ovidio -le dije señalando el libro que tenía apretado contra su regazo-. En ese libro no hay ni una nota a pie de página. Dice el editor que lo ha hecho para no interrumpir el ritmo de las poesías. Así que es una edición dirigida a personas con una cierta preparación mitológica.

-Imagino que siempre podré recurrir a usted -me dijo sonriendo.

-Por supuesto, pero no estamos hablando de mi disponibilidad.

-Es cierto. Y en esto, segura estoy, me llevará usted mucha ventaja; pero en mis clases yo recurría a menudo a la mitología. La necesitaba para explicarles a los alumnos el Renacimiento, y a Garcilaso de la Vega. Les encantaba el mito de Dafne; y comprobar cómo Garcilaso aprovecha dicho mito para contar sus penas y tribulaciones escondiéndose tras el dolor de un dios.

-Sí, por supuesto, yo también lo hice. Y experimenté el enorme agrado con en que, en las clases, se seguían los relatos mitológicos. Los aproveché a fondo para explicar todo tipo de cosas y situaciones. Y dado que ya no se estudia griego, y dentro de poco ni el latín, utilizaba también aquello para reírme de los alumnos, para gastarles bromas y distender las clases. Un día les hice creer que fui a unos grandes almacenes a comprarme unas zapatillas deportivas. Pedí unas de la marca Niké. El vendedor me replicó diciendo que el señor querría decir unas nai. Le respondí que no, que el señor quería unas niké. Discutimos. Le expliqué al vendedor que la palabra niké viene del griego, no del inglés, y que quiere decir victoria. No se lo creyó. Hicimos una apuesta. Bajamos al departamento de libros, pedimos un diccionario de inglés y la palabra nai no aparecía por ninguna parte. No pudimos mirar el diccionario de griego porque no lo había. Pero entonces invitaba a los alumnos a que abrieran el libro por la página tal, donde había una ilustración, con una nota a sus pies: Niké de Samotracia. Y les recomendaba que fueran a París, y no a Disneylandia, sino al museo de Louvre, donde podrían contemplar a tan agraciada niké.

-Esas clases -me dijo sonriendo doña Paquita- están muy bien. Deleitar enseñando, o enseñar deleitando. Yo hacía pequeñas representaciones teatrales con los alumnos. Me daba pena verlos allí todo el día sentados, en actitud pasiva. Así que en cuanto podía montábamos alguna pequeña obra teatral. Y les encantaba.

-Hasta que los padres protestaron.

-Efectivamente: querían que sus hijos aprobaran la selectividad, y que no desperdiciaran el tiempo memorizando obras teatrales, que para nada servían.

-Ya se lo he dicho: ¿para qué perder el tiempo si hay emoticones? A mí un padre me reprochó que por mi culpa, por contar tanta mitología en clase, su hijo iba a estudiar lenguas clásicas, cosa que no servía más que para morirse de hambre.

-Pues que estudie medicina o arquitectura y se vaya al paro.

-Eso mismo le dije yo. Añadí que si no quería que su hijo estuviera en el paro, o se muriera de hambre, lo mejor era o que se hiciera panadero, médico o enterrador. Los tres oficios son muy necesarios en la vida. Y en la muerte.

-Bueno, últimamente nos incineran.

-Da lo mismo: donde he dicho enterrador pongamos bombero.

-Me hubiera encantado asistir a sus clases. Debieron ser buenas y divertidas.

-Es lo que intenté. Pero afortunadamente ya estoy fuera del sistema. Hoy tal vez con mi licenciatura me hubiera quedado en el paro. Y quizás usted también.

-Así nos va. La gente ni lee ni escribe, y cuando lo hace mete carretadas de faltas de ortografía.

-Como siempre, doña Paquita, como siempre, nihil est novum sub sole. ¿Quién cree usted que leía en la Roma de Cicerón o en la Hispania de don Rodrigo y doña Jimena?

-Pero, hombre, los tiempos no son los mismos.

-Los tiempos tal vez no; pero la incuria y la pereza...

-Usted y yo nos tenemos que escribir. ¡Vaya si nos tenemos que escribir!

-Pues ya me dará su dirección -le dije riendo de buena gana-. Porque aquí se han quedado pendientes un par de puntos que me gustaría mucho discutir con usted.

-Me he dado cuenta, no crea que no me he dado cuenta. Seguiremos. Aunque sea de viva voz.

-Así sea.







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