. Santa
Teresa de Jesús, Camino
de perfección.
No
tardé mucho en llevarle a doña Paquita las obras completas de
Ovidio. Se quedó un poco sorprendida cuando vio el libro; ante su
tamaño insistió en pagármelo. Tuve que repetirle un par de veces
que era un regalo, que se lo hacía de mil amores, y que no tenía
que darme nada. Acepté, eso sí, que fuera ella quien pagara la
siguiente comida que hiciéramos fuera de la residencia.
-Hay una cosa -me dijo poniendo el
libro sobre su regazo, y sujetándolo con una mano, como si temiera
que se le escapara- que hace tiempo estoy deseando decirle.
-¿No me irá a reñir otra vez?
-pregunté sonriendo.
-¿Lo he reñido alguna vez? Si es
así le ruego que me perdone.
-Era una broma...
-Lo
que le quería decirle es que me hubiera gustado mucho que estos días
que ha estado en Alemania, y ya sabemos lo que eso significa, me
hubiera escrito. Las amistades hay que cultivarlas; el roce hace el
cariño. Además, me habría encantado recibir alguna carta suya,
larga, muy larga, y contestarle yo con otra no menos breve.
-Pues
mire, sinceramente, sí que se me ocurrió hacerlo, estuve a punto de
escribirle, es verdad; pero enviarle una carta hubiera supuesto
delatarme, aunque, desde luego, la podía haber mandado sin remite. Y
nadie, salvo usted, se hubiera enterado quién le enviaba esa misiva.
-¿Y por qué no lo hizo? -me
preguntó un tanto entristecida.
-Usted
-le expliqué- no tiene culpa de nada. Pero no se puede imaginar
cuántas cartas he escrito en esta vida sin merecer ningún tipo de
respuesta. Supongo que llegó un momento en que dejé de escribir
cartas porque no servían para nada: escribirlas era como hablar con
la pared. Así que me dediqué a este cometido. La pared no me
frustraba: sabía lo que podía esperar de ella. Lo mismo que de mis
corresponsales; pero esta, al menos, ni era culpable de nada, ni me
iba a dar absurdas explicaciones, si es que las daba.
-Yo
sí que le hubiera contestado -dijo apretando las obras de Ovidio
contra sí-. No recuerdo quién lo escribió -dijo con ojos
soñadores- creo que fue una mujer, un escritora; dijo que, de vez en
cuando, le gustaba alejarse de sus amigos para mantener con ellos una
correspondencia epistolar.
-Imagino
-le dije- que sería una mujer del siglo XVIII o XIX. Hoy no le
hubiera contestado nadie. O, a lo sumo, le hubieran enviado cuatro
palabrejas por WhatsApp, con los correspondientes “jaja,jaja” y
con diez o doce emoticones, con lo cual el remitente se hubiese
quedado tan ancho.
-¿No le parece que es una pena que
se esté perdiendo la buena costumbre de escribir cartas?
-Imagino que sí...
-Es
una buena forma de reflexionar y de ejercitar alguna que otra
habilidad. Yo recuerdo que, varias veces, y durante repetidos cursos,
intenté que los alumnos se aficionaran a enviarse cartas. Uno de los
ejercicios era que se escribieran entre ellos contando lo que había
sucedido en clase, o lo que les gustaría hacer el día de mañana.
-¿Y qué tal fue la experiencia?
-Algunas
personas escribieron varias cartas preciosas, otras, siempre con la
pereza a cuestas, dijeron que aquello era un rollo, que existiendo el
teléfono escribir cartas era como volver a la edad de piedra, o algo
similar.
-Pues imagínese ahora que tienen el
móvil. Igual llaman a los loqueros para que la encierren a usted en
un manicomio por desfasada, anacrónica...
-Como don Quijote.
-Efectivamente. Imagínese usted que
alguien saliera por ahí con un caballo y una armadura creyéndose el
Cid Campeador y clamando por la unidad de los reinos de España.
-No faltarían los ruines que lo
molieran a palos.
-Desde
luego. De esos aquí siempre vamos sobrados. Y lo mismo le puede
suceder a quien reivindique la relación epistolar.
-¿Le
gusta a usted esa relación?
-Me
encanta. Y gracias a la afición que a ella le tenía Cicerón
poseemos una importante fuente de información sobre la Roma de
finales de la República. Por no hablar de otras cartas, de Séneca,
por ejemplo, o de Plinio. Pero aquellos, doña Paquita, eran otros
tiempos. Las distancias eran largas, el tiempo parecía no existir, y
los medios de comunicación escasos.
-Sí, pero como dice usted gracias a
eso se nos ha transmitido una información preciosa. ¿Qué
información le vamos a transmitir nosotros a la gente venidera?
¿Cuatro emoticones y una tonelada de faltas de ortografía en dos
palabras?
-Transmitiremos el cine, millones de
programas de televisión, de radio, y los periódicos. No es poco.
Aunque tengo que decirle que tengo mis dudas con respecto a todo
esto.
-Yo
también. Siempre me he preguntado si seríamos capaces de entender
una conversación entre el Cid, ya que lo ha sacado usted a colación,
y doña Jimena. Se lo digo porque los textos medievales, cuando los
transcriben tal cual, cuestan de leer y entender.
-Un problema similar planteaba yo
hace tiempo con el cine. Fue durante una discusión con varios
amigos. No recuerdo porqué comenzamos a discutir sobre la prioridad
de la imagen sobre la escritura, es decir del cine sobre la
literatura. Recuerdo que planteé algo que ya me angustiaba por
aquella época: en un libro, cuando aparece algo, una expresión o un
nombre que ha caído en desuso, para que el lector lo pueda entender
se echa mano de la nota a pie de página. Eso en el cine es
imposible.
-También
tengo que decirle que las notas a pie de página a menudo resultan
molestas, pues más que para aclarar sentidos se ponen para que quede
clara la erudición del editor. Recuerdo que de joven leí una
edición de Fortunata
y Jacinta, de
Pérez Galdós, en la que, en una larguísima nota, se cuenta la
historia del sello, dado, creo recordar, que alguien le escribe una
carta a alguien. La historia del sello no tiene ninguna relación con
la novela de Galdós. Igualmente nos podía haber contado la historia
del pañuelo porque alguien se suena o estornuda.
-Pues no sé cómo estará usted de
mitología, pero si no la recuerda le va a resultar un poco
complicado entender a Ovidio -le dije señalando el libro que tenía
apretado contra su regazo-. En ese libro no hay ni una nota a pie de
página. Dice el editor que lo ha hecho para no interrumpir el ritmo
de las poesías. Así que es una edición dirigida a personas con una
cierta preparación mitológica.
-Imagino que siempre podré recurrir
a usted -me dijo sonriendo.
-Por supuesto, pero no estamos
hablando de mi disponibilidad.
-Es
cierto. Y en esto, segura estoy, me llevará usted mucha ventaja;
pero en mis clases yo recurría a menudo a la mitología. La
necesitaba para explicarles a los alumnos el Renacimiento, y a
Garcilaso de la Vega. Les encantaba el mito de Dafne; y comprobar
cómo Garcilaso aprovecha dicho mito para contar sus penas y
tribulaciones escondiéndose tras el dolor de un dios.
-Sí,
por supuesto, yo también lo hice. Y experimenté el enorme agrado
con en que, en las clases, se seguían los relatos mitológicos. Los
aproveché a fondo para explicar todo tipo de cosas y situaciones. Y
dado que ya no se estudia griego, y dentro de poco ni el latín,
utilizaba también aquello para reírme de los alumnos, para
gastarles bromas y distender las clases. Un día les hice creer que
fui a unos grandes almacenes a comprarme unas zapatillas deportivas.
Pedí unas de la marca Niké. El vendedor me replicó diciendo que el
señor querría decir unas nai. Le respondí que no, que el señor
quería unas niké. Discutimos. Le expliqué al vendedor que la
palabra niké viene del griego, no del inglés, y que quiere decir
victoria. No se lo creyó. Hicimos una apuesta. Bajamos al
departamento de libros, pedimos un diccionario de inglés y la
palabra nai no aparecía por ninguna parte. No pudimos mirar el
diccionario de griego porque no lo había. Pero entonces invitaba a
los alumnos a que abrieran el libro por la página tal, donde había
una ilustración, con una nota a sus pies: Niké de Samotracia. Y les
recomendaba que fueran a París, y no a Disneylandia, sino al museo
de Louvre, donde podrían contemplar a tan agraciada niké.
-Esas
clases -me dijo sonriendo doña Paquita- están muy bien. Deleitar
enseñando, o enseñar deleitando. Yo hacía pequeñas
representaciones teatrales con los alumnos. Me daba pena verlos allí
todo el día sentados, en actitud pasiva. Así que en cuanto podía
montábamos alguna pequeña obra teatral. Y les encantaba.
-Hasta que los padres protestaron.
-Efectivamente:
querían que sus hijos aprobaran la selectividad, y que no
desperdiciaran el tiempo memorizando obras teatrales, que para nada
servían.
-Ya
se lo he dicho: ¿para qué perder el tiempo si hay emoticones? A mí
un padre me reprochó que por mi culpa, por contar tanta mitología
en clase, su hijo iba a estudiar lenguas clásicas, cosa que no
servía más que para morirse de hambre.
-Pues que estudie medicina o
arquitectura y se vaya al paro.
-Eso
mismo le dije yo. Añadí que si no quería que su hijo estuviera en
el paro, o se muriera de hambre, lo mejor era o que se hiciera
panadero, médico o enterrador. Los tres oficios son muy necesarios
en la vida. Y en la muerte.
-Bueno, últimamente nos incineran.
-Da lo mismo: donde he dicho
enterrador pongamos bombero.
-Me hubiera encantado asistir a sus
clases. Debieron ser buenas y divertidas.
-Es
lo que intenté. Pero afortunadamente ya estoy fuera del sistema. Hoy
tal vez con mi licenciatura me hubiera quedado en el paro. Y quizás
usted también.
-Así nos va. La gente ni lee ni
escribe, y cuando lo hace mete carretadas de faltas de ortografía.
-Como
siempre, doña Paquita, como siempre, nihil
est novum sub sole. ¿Quién
cree usted que leía en la Roma de Cicerón o en la Hispania de don
Rodrigo y doña Jimena?
-Pero, hombre, los tiempos no son
los mismos.
-Los tiempos tal vez no; pero la
incuria y la pereza...
-Usted y yo nos tenemos que
escribir. ¡Vaya si nos tenemos que escribir!
-Pues
ya me dará su dirección -le dije riendo de buena gana-. Porque aquí
se han quedado pendientes un par de puntos que me gustaría mucho
discutir con usted.
-Me he dado cuenta, no crea que no
me he dado cuenta. Seguiremos. Aunque sea de viva voz.
-Así sea.