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¡Europa, resiste! Una lección de Historia.


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28/11/2016


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Está claro que el liberalismo se ha perdido entre negras sombras que se aproximan, que la ilusión por un entorno más libre, con un mercado desrregulado, se desvanece entre los trágicos decesos del en otros tiempos liderazgo liberal o cuasi liberal, representado, con sus errores y lastres retrógrados, en sus buenas épocas de Reagan y ThatcherHayek hoy se revolvería en su tumba si observase el panorama de Occidente en general, y de diferentes naciones en particular.


No voy a obviar que comprendo la salida de Reino Unido de la Unión Europea y el rechazo de Donald Trump al entramado de políticos, burócratas y financieros corruptos y sin escrúpulos que, desde lo alto del poder y sus tramas en Bildelberg, alientan al intervencionismo estatal como el más puro reflejo de los dulces tiempos de Keynes, cual faraónica obra ideológica digna de los pensamientos del mismísimo Aristóteles. Comprendo sus motivos de repulsa al orden occidental actual, cuna del relativismo moral, la corrupción y el descarado robo institucionalizado al conjunto de las clases medias, el débil corderito al que los poderes fácticos, cual lobo de cuento, han devorado aprovechándose de los males que ha originado la globalización.

Irreconocible parece que éste sea el estado de la antaño gloriosa Europa, cuna de la Ilustración, el progreso, la libre economía en sus formas más plenas, la vieja y gloriosa Europa que forjó los más bellos valores humanos de libertad, igualdad, tolerancia, amor al prójimo y cultivo de las virtudes humanas, la que creó tanto el Partenón, y el Coliseo como la Catedral de Santiago o la Torre Eiffel, la que escribió la Odisea y la Ilíada, recitó a Dante, Shakespeare y Cervantes de la misma manera que a Diderot, Tólstoi o Dickens, cultivó los cuadros de Tiziano y Van Gogh y las melodías de Mozart y Tchaikovsky, la vieja Europa de todo aquello ha sucumbido ante las sombras de una globalización que, aun siendo indudablemente fructífera, ha perdido el norte y sus límites.

No voy a obviar que algunos hombres están hartos de una sociedad vacía, corrupta, sin moral, adormecida y manipulada por la caja tonta y unos medios controlados desde Wall Street y el Estado de Israel como si fueran el hijo pródigo de Romeo y Julieta. Hartos de la vileza, la falsedad y la indecencia del político de turno. ¿Pero sabrán, Donald Trump, Theresa May y todo aquel que plantee la sedición al orden imperante dar el giro radical que la sociedad occidental verdaderamente necesita? Mi pesimismo, intuyo que bien fundado, me lleva a lamentar que tal hazaña sea conseguida por los nuevos azotes del sistema y la corrección política. Parece que volvemos a las trincheras de preguerra, al mundo de banderas, barreras y fronteras anterior a 1945, parece que solamente sabremos ser capaces de recuperar todo lo deleznable del entonces, el odio entre naciones que casi mutiló a Europa durante treinta años del siglo pasado, sin haber conservado nada bueno de lo que entonces imperaba: la educación entre caballeros, el orgullo, el honor.

Trump nos vende proteccionismo, cerrar la mayor potencia al resto del mundo, siendo la Unión Europea su mayor socio por antonomasia. El Brexit no hace más que propiciar la intolerancia británica para con los extranjeros, haciendo revivir los más oscuros tiempos del colonialismo victoriano. Le-Pen gana adeptos, creyéndose casi dueña del trono del Elíseo, en una Francia curtida en radicalismos a lo largo de una historia de baños de sangre entre grupos sociales y clases, que supo moderarse tras imponer el republicanismo laico, pero no supo cortar de cuajo la vulnerabilidad de su sociedad a creer en ídolos grandilocuentes, como si emularan los viejos tiempos de Napoleón el Grande -el tercero ya tuvo más los pies en la tierra, y no causó jamás tamaña admiración-. Y qué nos queda, la Alemania de la socialdemocratísima señora Merkel, para la cual tanto valen la CDU como el SPD cual prendas intercambiables, la ama absoluta y señora omnipotente de un imperio europeo que cabalga en franca decadencia y al cual maneja en connivencia con el socialdemocratísimo señor Rajoy. 

Y bueno, qué decir de los, por consiguiente, populismos español y griego, los demagógicos discursos de los progresísismos señores Iglesias Tsipras, nuevas glorias del neo comunismo más arcaico, los cuales parecen no haber aprendido nada de la salvajada soviética que atormentó esta última centuria el este continental, y de la forma más atroz que la historia jamás ha conocido, bajo el liderazgo del vil georgiano Yósif Stalin. Y mientras tanto, Amanecer Dorado revive los días gloriosos de un Adolf Hitler que creyó en falsas mitologías germanas de sangre aria pura, aun siendo él mismo probable descendiente de judíos, y con tales ideas por bandera sembró el terror en la tierra de la hija de Zeus. 

Y mientras en Grecia reviven a Hitler, en España somos colonia alemana a la vez que un cantamañas echa pestes contra el estado pidiendo mayor estado, Francia sufre de nuevo delirios bonapartistas, Reino Unido, como en los buenos tiempos del Espléndido Aislamiento, se sigue riendo de todos desde su posición neutral y Estados Unidos, desde su altanería de primera potencia, todavía se ríe más, la vieja tierra de los zares, la Rusia imperial y soviético-imperial, con el nuevo Romanov Vladimír Putin I a la cabeza, continúa potenciando una Guerra Fría que, ilusos de nosotros, creímos acabada caído el Muro de la Vergüenza. Y no, señores, no. Ni acabó la Guerra Fría, ni Rusia se ha vuelto liberal-capitalista. Siguen siendo tan autócratas como en los mejores tiempos de Iván el Terrible, los Grandes Pedro y Catalina o Ílich Ulianov, más conocido como Lenin. Por no hablar ya de China, el mundo árabe y sus terrorismos, entre otros, que daría para un serial.

Está claro, está visto; el siglo XX ha sido el siglo de la hecatombe, del choque de extremos, de radicalismos, de odio visceral entre diferentes culturas, las cuales habían pervivido juntas durante centurias, siendo las diferentes caras de una misma moneda llamada Europa, pero que lograron encerrarse en su universo particular de chauvinismo y xenofobia, potenciando las supuestas y falsas “virtudes nacionales” en perjuicio de los intereses comunes y la colaboración conjunta. Pero si esto está claro, más claro todavía está que la humanidad es capaz de elevar sus niveles de estulticia hasta límites insospechados: a pesar de la similitud de estos sucesos con la política actual y la cercanía generacional de los mismos, de abundancia del populismo y desprecio por la democracia parlamentaria, el mundo de hoy, sumido en la ignorancia a la que nos conducen los mass media y su manipulación de la información, no aprende de los errores pasados.

Una pena para los sueños de todos aquellos sinceros europeístas que concebían Europa como un conglomerado de valores, ideas, tradiciones y pensamientos repletos de riqueza, y cuya unión haría la fuerza. La alta cultura europea, unida, sería fuerte, pero terminó cayendo a los pies de la mediocridad más absoluta, y del control burocrático de una serie de políticos poco profesionales. La Unión Europea, la gran esperanza del mundo de posguerra de superar las diferencias aparentemente abismales e irreconciliables entre las viejas patrias, ha fracasado sucumbida en el despotismo de unos nuevos zares y reyes amparados en el manto divino del orden constitucional y la tan maltratada democracia, a la que ellos mismos apelando continuamente, mencionando su nombre en vano, terminan degradando y vilipendiando. No es por ser populista, señores, pero aquí el problema es la burocracia, el cáncer atemporal y eterno de Europa desde que fio su dirección de las manos de los trabajadores individuales, tanto nobles como campesinos, en el Medievo, al estado totalitario burocrático y centralizador moderno, al que todos los verdaderos liberales desde la época de las luces, y ya incluso desde el Renacimiento, quisieron controlar, pero sin, por desgracia, nunca conseguirlo.

En definitiva, amigos: Trump, proteccionista aparente; May, lideresa de una Gran Bretaña que, aun comprendiendo el problema, realiza un errado diagnóstico más próximo al viejo mito del imperio colonial que a una economía verdaderamente libre; Merkel, emperatriz todopoderosa del IV Imperio Germano, más socialista que otra cosa; Mariano, el presidente que más impuestos ha subido a los españoles, y que todavía intenta abarcar a los liberales en su partido; Tsripas, patético reflejo de lo que un día fue la Hélade, y en lo que se ha convertido, y Putin, el nuevo emperador de todas las Rusias, fiel heredero de sus antecesores absolutistas. Qué poema, qué delicia. Si nada cambia un poco, oscuros tiempos se ciernen sobre el liberalismo.



¡Buena suerte! De todos modos, la esperanza es lo último que se pierde.



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