Es raro cómo en estas charlas
deshilvanadas lo que parece lógico toma visos de incoherencia.
.
Azorín,
El
escritor.
Al día siguiente de la comida con
doña Paquita saludé al resto del personal de la residencia, y a
unos cuantos internos que me apreciaban. Les mentí a todos, pues a
todos les hice creer que acababa de llegar de Alemania. Me acordé,
desde luego, de aquella sentencia de que antes se pilla a un
embustero que a un cojo; pero dudaba de que alguien de la residencia
me hubiera visto por la ciudad. Además, siempre tenía la precaución
de llevar sombreros, gafas de sol o gorros de lana. Y tal vez si
alguien, pese a ello, me había reconocido, habría comprendido que
mi deseo era no dar explicaciones de nada. Mi viaje a Alemania se
convirtió en una verdad incuestionable.
-¿Sabe lo que me hace mucha gracia
de las novelas y películas policíacas? -dije cuando pudimos, por
fin, retirarnos a nuestro rincón de la sala.
-Usted me dirá; sorpréndame -me
respondió doña Paquita en tanto nos tomábamos el primer café de
la mañana.
-No creo que le sorprenda; pero eso
es lo que menos importa. Mire, cuando yo era joven muchas veces salía
a recorrer la ciudad con la esperanza de encontrarme con alguien, de
tener alguien con quien hablar...
-No tenía usted muchos amigos -dijo
en un tono a medias entre la pregunta y la afirmación.
-No. Nunca he tenido muchos amigos.
He sido siempre una persona bastante solitaria. Por eso a veces,
cansado de la situación, salía de casa siempre con la esperanza de
encontrarme con alguien, y de mantener alguna pequeña charla.
-Y nunca daba con nadie.
-Así es. Nunca daba con nadie. En
una ciudad tan pequeña como la nuestra, nunca me tropezaba ni con
compañeros del instituto, o de la universidad, o, simplemente, con
conocidos.
-Suele suceder.
-Sin embargo, en las novelas
policíacas, en ciudades descomunales, el detective o el poli
siempre, en el segundo o tercer bar, se tropieza o bien con el
asesino o con un testigo, o con alguien que lo puede llevar a la
resolución del caso.
-Hombre, tenga en cuenta que la
novela es una convención. Imagine usted una novela policíaca en la
que el detective se pasa toda la novela sin descubrir a nadie
relacionado con el caso, ni habla con nadie, ni hay tiros o
sobornos....
-¡Claro! -dije con una lógica
aplastante- dejaría de ser una película de la serie negra.
-Podía convertirse en un monólogo
interior. Pero en ese monólogo interior se podría contar la
resolución del caso, y crímenes y persecuciones.
-Sí,
pero eso sería ficticio. El sueño del detective, no la solución
real. O peor aún: se podía convertir en esa tontería de los
adivinos, alcahuetes de los muertos, y demás.
-Pues parta usted de un crimen
imaginario y dele una solución onírica. ¿Quién lo impide?
-Supongo que nadie. O, tal vez, la
misma novela. Es una novela de fuertes contenidos, de bastante carga
social. Si fuera todo un sueño del detective, el autor estaría
haciendo ciencia-ficción. O tal vez no, no lo sé.
-No.
La novela de ciencia-ficción también tiene su carga de denuncia,
recuerde a Tomás Moro. De todas formas, y ya que ha salido el
asunto, me gustaría charlar con usted de algo que dijimos ayer,
cuando estábamos comiendo. No recuerdo si fue usted o yo, uno de los
dos desde luego, estableció un paralelismo, o tendió un sutil hilo,
entre el detective privado y el pícaro. Estuve meditando sobre ello,
¿sabe?
-Creo que fui yo quien dijo esa
ridiculez, doña Paquita. Fue una tontería de taberna, algo sin
meditar; y, desde luego, sin estudiar ni analizar.
-No seamos tan académicos. Ya no lo
necesitamos. Ni rigurosos. Podemos fantasear un poco, al menos un
poco. A estas alturas, y aquí, ya no tiene ninguna importancia lo
que digamos o callemos.
-Eso
es cierto. Verá, yo no conozco más novelas picarescas que el famoso
Lazarillo
y El
asno de oro. Y
las dos distan mucho, muchísimo, de tener ninguna relación con las
novelas policíacas americanas. Ahora, puestos a buscar paralelismos
y a ser brillantes...
-No se trata de lucirse. Yo tampoco
conozco mucho la novela negra americana, pero ¿no le parece que
esta, como la picaresca, nace en un momento de crisis, de cambio? Y
ahí sí que se podrían encontrar, creo, muchos paralelismos.
-Esos paralelismos los podría
encontrar en todo momento y época. También fue uno de los temas en
los que picoteamos ayer. Cuando le hablé del presidente electo de
EEUU, de Trump, del Gran Patán, usted me hizo caer en la cuenta de
que ya hubo un Calígula, un Nerón, un Hitler, un Mussolini, un
Stalin, y no sé cuántos monstruos más. Estos tenían un poder
ilimitado. ¿Usted cree que al Gran Patán le van a dejar llegar a
esos extremos?
-Espero que no. Pero al mismo tiempo
lo veo todo tan frágil, tan pendiente de un hilo. A veces, aunque ya
no tengo edad para ello, todo esto me asusta y me da miedo.
-No quiero ser descortés; pero ese
miedo tiene más que ver con nuestra edad, con las experiencias que
hemos tenido, que con la realidad.
-¿Usted cree? ¿No es eso una forma
de consolarse, de pensar que no va a suceder nada? ¿Que vamos a
seguir disfrutando de paz y de tranquilidad?
-Si se refiere usted a guerras y
demás, no creo que por ahora vayamos por ahí. Y por otra parte, y
le doy a usted la razón, muy pocas veces el mundo ha sido gobernado
por gente inteligente, honesta, buena y desinteresada. Siempre hay
intereses de grandes empresas que defender. Y estas no miran sino por
su provecho.
-¿Y entonces en todo esto qué
incidencia puede tener la novela picaresca o policíaca con toda su
denuncia social?
-No lo sé: ambas hacen lo mismo que
hacía Sócrates: describen un estado de cosas, pero no dan
soluciones.
-Sí, en eso tiene razón: son
novelas, no tienen porqué convertirse en tratados de política.
Ahora bien, cuando se termina de leer esas obras, ¿No se queda el
lector con un cierto desasosiego? ¿Con la noción de que algo no
funciona bien?
-No
sabría decirle así a bote pronto. Es inquietante, desde luego, que
en muchas de estas novelas, el planteamiento, el crimen por decirlo
de alguna manera, no parta de seres marginados sino de gente bien, o
muy bien, situada. Es, tirando mano de la brocha gorda, como si el
Conde Duque de Olivares, o don Rodrigo Calderón se nos hubiera
transmutado en Lázaro.
-Fue
peor que eso, mucho
peor.
Los validos fueron los seres más corruptos del país. Eso sí, no
les faltó el aguachirle de turno que los cantara y bendijera, como
siempre
¿Los protagonistas de las novelas policíacas son nobles y ricos?
-No. Ellos promueven la acción.
Pero descargan la solución de sus problemas en un ser tan marginal,
el detective privado, como el mismo delincuente o el propio pícaro.
Y es al intentar descubrir el origen del mal cuando el detective
sirve de excusa para adentrarnos en un mundo sórdido de drogas,
dinero, sexo y muerte. Una vida humana allí vale bien poco.
-En
las novelas picarescas no hay asesinatos ni muertes, que yo recuerde.
Hay una ejecución en El
buscón, que
da pie a un relato de humor negro en el que verdugo y amigos terminan
por comerse, en pasteles de a cuatro, a aquel que acaba de ser
ejecutado. Y se alarga más el chiste. Ahora bien, no puedo dejar de
recordar la ternura, deferencia si quiere, de Lázaro hacia el
escudero: el criado termina por dar de comer al señor... No sé si
en la novela policíaca se habla de esto. Y del hambre.
-No. No hay humor negro, al menos de
ese tipo. Y tampoco se dice que nadie se muera de hambre, o pase
hambre. Aunque lógicamente se busca el dinero para no tener que
trabajar, para tener poder y disfrutar de lo que ellos entienden que
son las cosas buenas de la vida: coches, rubias, dinero, influencias
políticas, inmunidad...
-Y que no lo son. Y de ahí surge la
crítica.
-Sí. Y también la ternura, que
también la hay: siempre el ser marginal, el detective, desengaña al
pobre hombre o mujer que se ha dejado llevar por los espejismos...
-Es una nota de consuelo y
esperanza, ¿no cree?, hasta en los ambientes más sórdidos surge
algo de bondad.
-Sí,
algo de eso hay. Mire, hace algún tiempo, cuando fingí uno de estos
viajes a Alemania, guárdeme el secreto, me fui a mi pueblo natal.
Había quedado con un amigo de la infancia para recorrer todos los
alrededores del mismo y fotografiarlos. Nos dimos unas buenas
caminatas. Y vimos, perdidas en la sierra, masías, ya derruidas y
abandonadas y viejos corrales en
idénticas situaciones.
Allí, en medio del monte, aislados
de todo y de todos, sin ninguna comodidad de ningún tipo, sin
teléfono, radio, coche, nada de nada, habían vivido personas y
trabajado y muerto. Me contó mi amigo que el hijo de uno de aquellos
masoveros cuando veía a alguien dirigirse a su masía, se escondía
debajo de la cama, tanto era el miedo que le daban los desconocidos.
¿Qué tiene de extraño que uno de estos chicos, cuando lo llamaban
para hacer el servicio militar, único momento en el que estado se
acordaba de ellos, visto en la capital lo que se estaba perdiendo en
la sierra, se metiera donde fuera para no volver a la masía?
-Tal vez nada. Y, sin embargo, no es
aquí donde ha proliferado la novela policíaca.
-Aquí
no ha proliferado nada salvo el incienso en
busca de prebendas.
No lo hubieran permitido. Le estoy haciendo el trasunto,
trasladándolo, de una de las novelas en las que el granjero busca
una vida mejor, y no recuerdo si termina haciéndose boxeador y
cayendo en manos de la mafia, o atracador, no tiene más salida el
pobre hombre; y eso sí que es lo triste... Sea como fuere ambos
regresan a la granja con unas pocas monedas uno, y con varios
agujeros de bala en el estómago el
otro.
-¿No
será eso un beatus
ille al
revés?.
La
picaresca no
lo es,
desde luego. Ahí están los siete palomares que se caen del pobre
escudero.
-Lo
del beatus
ille es
pura propaganda, una mentira y una necedad. Sí, la poesía será
todo lo bella que usted quiera, no
se lo discuto.
Pero con Horacio me pasa lo mismo que me sucedía con algunos de mis
amigos que se llamaban ecologistas: mucho canto del campo y de la
vida natural, pero las masías están despobladas y los corrales
también. Y los pueblos se van quedando sin habitantes. El trabajo
del campo es muy duro. Deberían leer las Geórgicas,
de
Virgilio: la belleza de la poesía no oculta la dureza del trabajo,
ni mucho menos.
-Bueno,
entonces -me dijo sonriendo doña Paquita- es que han aprendido la
lección de aquellos seres, y ahora se va toda la familia a la ciudad
pero no para hacerse boxeadores ni criminales. Es un pequeño avance.
-No
estoy en contra de ese éxodo, entiéndame. En una de aquellas
excursiones por el monte vi los corrales, en medio de la sierra,
donde pasaron mucho tiempo mi abuelo, mi padre y todos mis tíos. Ver
aquellas
ruinas
me hizo comprender muchas cosas. Sin caminos, estaban alejados de
toda civilización. No tenían nada más que las estrellas y los
animales... Y el vino.
-No hay nada como viajar aunque el
viaje no termine en Alemania.
-Así es. Y allí, sentado en medio
de tanta decadencia, de tanta teja y pared por el suelo, se percibe
que muchas cosas son uno y lo mismo.
-Si nos olvidamos de taxonomías
académicas.
-Exacto. Siempre hay un momento en
la vida en el que es necesario quitarse el refajo.
-Va a hacer usted que me sonroje.
-No era mi intención.