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De nuevo en casa


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25/11/2016

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DE NUEVO EN CASA






Vicente Adelantado Soriano





A nadie le sucede nada que no pueda por su naturaleza soportar.





Marco Aurelio, Meditaciones





Ignoro lo que le sucederá al resto de los humanos; pero yo, que lo he intentado muchas veces, no puedo vivir sin el concurso de algunas personas, aunque, a menudo, sea capaz de alejarme de ellas durante meses y meses. Al final, lo quiera o no, la melancolía, el cansancio, o un leve atisbo de un algo inconcreto, siempre termina por vencerme, y vuelvo a buscar a quienes había dejado pocos meses antes. Hace años, cuando era más joven, eso me enfurecía. Ahora me lo tomo con calma y tranquilidad. No solamente Boabdil el Chico entregó la Alhambra. Lo cual no es un consuelo: es un apunte.

Llegué de noche a la residencia de la tercera y última edad, tras seis meses de ausencia. Como siempre, cuando tuve ganas de estar solo, dije que me iba a Alemania a ver a mi hijo. No hubo tal; pero no tenía ganas de dar explicaciones ni de meterme en discusiones sobre mi derecho, o falta del mismo, para tener una habitación desocupada, etc., etc. La pago religiosamente, por lo tanto lo que haga con ella es asunto mío. Así que por una vez en mi vida, o por enésima vez, vaya usted a saber, me permití ser un tanto egoísta y entrar a salir cuando me vino en gana. Para evitar a algunos residentes, llegué de noche. Sin ver más que a la enfermera, con la que solo crucé un breve saludo, me fui a mi habitación, y me metí en la cama. Estaba igual que la había dejado. En cuanto apagué la luz, añoré mi solitario piso de la ciudad. Pero en la residencia, me dije, podía contar con ayuda inmediata si me sucedía algo, mareos, ataques, etc.; podría llamar, y acudirían a auxiliarme enseguida. En mi casa no había sino incorpóreos fantasmas. En contra de lo que esperaba aquello no fue un gran consuelo. Pese a todo me dormí rápidamente, tal vez por mi deseo de que pasara la noche en un suspiro. Tenía ganas de volver a ver a doña Paquita. No había tenido ni siquiera la deferencia de llamarla en todo este tiempo. No obstante, me acordé de comprarle un libro y unos pendientes. Ansioso por entregárselos, me dormí.

Me desperté tarde, y tras una ducha rápida salí a la sala de lectura. Allí estaba la buena mujer, con su libretita de notas, su pluma estilográfica y un libro. Se alegró mucho de verme, le encantaron mis regalos y me saludó con una frase hecha, sin duda para herirme un poco por mi largo olvido de estos pasados meses:

-¡Hombre! -exclamó- ha llegado el hijo pródigo.

-No creo que nadie maté ningún cabrito por mí -le respondí sonriendo.

-Tal vez porque no lo tenemos. Pero sí que puedo invitarlo a comer. Cabrito, pollo o lo que usted quiera.

-¿Hace mucho que no sale de aquí, doña Paquita? -pregunté incisivo.

-Desde que se fue usted. Nadie tiene la deferencia de sacarme de este antro de tristeza ni de llevarme a dar una vuelta.

-Pues cuando usted quiera nos vamos -dije levantándome.

-¿Habla en serio? -me preguntó un tanto sorprendida- ¿No le apetece antes ver a los compañeros?

-No me apetece ver a nadie. De hecho no me apetecía venir. Y creo que lo he hecho solo por usted.

-Vaya, es usted muy galante. ¿Y a qué se debe esa atracción que ejerzo sobre su huidiza persona?

-Se lo explicaré en el autobús. ¿Es suficiente media hora para arreglarse y vernos aquí?

-Diez minutos.

Se levantó tan ágil como siempre. Me dio la impresión de que no habían pasado seis o siete meses sin vernos. Ya en el autobús me volvió a preguntar qué me movía a buscar su compañía, o a añorarla a ella.

-Desde que me fui de aquí no he tenido una conversación medio inteligente con nadie.

-¡Vaya! -exclamó sonriendo- menos mal que no me ha dicho que es porque estoy fresca como una rosa.

-Nunca he dicho semejantes tonterías.

-Perdone. Yo también llevo mucho tiempo sin una conversación que valga la pena. ¿Qué ha hecho usted fuera de la residencia?, si puedo preguntárselo.

-Puede. He leído mucho, he visto mucho cine, y me he recorrido la ciudad de cabo a rabo unas diez o doce veces.

-¿Y qué ha leído?

-Me dio la vena nostálgica: libros que había leído en mi juventud. En latín. Hasta que me cansé y me decanté por la novela policíaca, en castellano. Las he devorado como un hambriento puede devorar un cuenco de arroz: a puñados.

-Leer de forma compulsiva siempre esconde una gran tristeza o un gran dolor... A mí me sucedió eso cuando falleció mi marido. Cogí un montón de libros y me los tragué con la misma voracidad que si fueran botellas de agua fresca en medio del desierto. Aunque en mi caso siempre había un poema al que volvía una y otra vez, machaconamente.

-¿Y si no es indiscreción, le puedo...

No me dejó terminar la frase.

-Entre nosotros, y a estas edades, no hay indiscreciones de ningún tipo. La égloga I de Garcilaso de la Vega. Cuando lleguemos a la residencia se la dejaré para que refresque la memoria. ¿Y qué le obligó a usted a leer tanta novela policíaca?

-No hay ninguna causa específica. Es más bien una tristeza infinita que me ha invadido estos días. No sé, la situación general del país, el comprobar una y otra vez las medianías que nos rigen, la mediocridad de todo, periódicos, cine, televisión... el triunfo en Estados Unidos de ese patán que han elegido por presidente, y, por qué no decirlo, una cierta autoconmiseración, el ver toda mi vida como un completo fracaso. Y el recuerdo de tiempos mejores.

-No se ha privado de nada.

-Seguramente se me olvidará apuntarle algo; pero no tiene importancia: sin duda estará también incluido en esa tristeza de todos estos días.

-Bueno, siempre es mejor que las cosas queden así como un poco vagas y difuminadas. Al fin y al cabo o todos somos unos fracasados o todos hemos tenido nuestros buenos momentos.

-Y unos compensan a los otros.

-Tal vez. Decía Schopenhauer que el hombre tiene más tendencia a recordar el mal que el bien. No sé si es cierto...

-En mi caso sí. Estos días, cuando estaba harto de leer, y desde luego no me apetecía nada ver la televisión, me iba a pasear. Fueron paseos terribles: en mi cabeza se amontonaban todos los peores momentos de mi vida. Hasta el punto de que me tenía que obligar a mí mismo a pensar en algo bueno que hubiera hecho o me hubiese sucedido.

-Y no lo encontraba.

-No, no lo encontraba. O lo poco que encontraba no tenía mucha importancia, visto en perspectiva.

-Sí que lo ha debido pasar mal. ¿Y por qué no vino o me llamó antes? No me lo diga -me dijo rápidamente antes de que pudiera abrir la boca- ¿A qué hay -me preguntó sonriendo- un cierto placer en el dolor? Quizás, como piensan algunos pesimistas redoblados, es lo único que nos queda a ciertas edades para sentirnos vivos.

-Y me va a decir a renglón seguido que usted, por supuesto, no está de acuerdo.

-No, por supuesto que no lo estoy. Y usted tampoco.

-¡No me diga! -exclamé entusiasmado.

-Esas novelas policíacas que ha leído estos días, ¿le han producido placer o las ha leído porque tenía un examen o un control de lectura?

-¡Qué cosas pregunta! Las ha leído porque era una forma de olvidarme...

-Bueno -me volvió a interrumpir- pero se ha olvidado, aunque fuera por unos minutos, porque el placer se sobreponía al dolor, o a lo que usted entendía por tal.

-¿Cómo a lo que yo entendía por tal?

-¡Ah, señor mío, déjeme de cuentos! Ya hace unos años que nos conocemos. Ni usted es un fracasado ni yo tampoco. Nunca pierda de vista de dónde venimos y dónde estamos. ¿y qué entiende usted por éxito? ¿qué se hubieran cumplido todos sus sueños?

-Tal vez me hubiera conformado con uno solamente.

-Yo creo que tiene usted la cabeza llena de romanos y de dioses. El sacerdote se dirige a los dioses, los auspicios son buenos, y va y los romanos ganan la batalla y están todos contentos y felices. ¿Y usted se cree eso?

-No.

-No, claro que no se lo cree. Pero esas cosas han calado de tal forma en usted que forman parte de su ser, y cuando se descuida lo asaltan y le pueden.

-¡Joder, doña Paquita! -exclamé- ¿Qué ha hecho estos días, pensar en mí?

-No. Sabe usted que lo aprecio y mucho. Pero no he pensado en usted sino en mí misma. Las personas no somos tan diferentes como a veces nos empeñamos en creer. Y por cierto, haga el favor de no soltar tacos.

-Perdone.

Bajamos del autobús. Era temprano. Nos fuimos a una librería a por libros, y luego nos sentamos en un bonito restaurante.

-Yo nunca creí -le dije comiendo- que el medio me afectara tanto. Pero todo cuanto está sucediendo me parece de una mediocridad tal que, sin duda, ha influido en mi estado de ánimo. Me deprime.

-Pues cambie esa percepción y ese estado de ánimo. Ahora por ejemplo todo el mundo se está rasgando las vestiduras porque Trump, el patán, como lo ha llamado usted, ha llegado al poder. ¿Y qué? ¿Acaso es el primer patán que va a gobernar un gran imperio? ¿No se acuerda usted de Nerón o de Calígula, de Hitler, Stalin y demás grandes personajes?

-Sí, pero eran otros tiempos...

-¿Tan distintos a estos? Vamos, no sea ingenuo. Para definirse como un pesimista -matizó- es usted un poco inocentón. Al menos ahora este no podrá condenar a muerte a los senadores que le apetezca, ni meter a los mexicanos en campos de concentración, como tal vez le apetezca, ni gasearlos...

-Sí, tal vez tenga usted razón: la historia se repite una y otra vez. Y yo creo, sinceramente, que no es porque no estudie en institutos y universidades sino por la propia pereza del hombre, por su maldita inercia. Sin olvidar, por supuesto, los intereses creados... Mire, sinceramente, creo que he aprendido más de las novelas policíacas que de cualquier libro de sociología o de historia. Al final, se lo digo en serio, lo menos relevante de esas novelas era saber quién había cometido el asesinato inicial. Lo importante era ver el desgarro de toda una sociedad, o de un grupo de personas de esa sociedad, la indiferencia de otros, y la brutalidad a la que se puede llegar por unos gramos de marihuana o por el sexo. Era deprimente.

-Y sin embargo -dijo señalando mi bolsa de plástico- ha vuelto usted a cargar con más.

-Sí, parece que todavía no estoy saciado. No me cabe en la cabeza que haya gente que se dedique a extorsionar al prójimo, a estafarlo y a intentar vivir del esfuerzo ajeno...

-Y que incluso se llegue al crimen por eso. Sí -dijo dejando el tenedor a medio camino entre el plato y su boca- la novela picaresca nuestra me parece más humana que esas novelas que lee usted.

-No sé hasta dónde hubiera llegado Lázaro en Los Ángeles o en ciudades similares en los años 40 del siglo XX. ¿Cree que en la España del siglo XVII una vida valía tanto como en Chicago durante la ley seca? Ya veo un hilo sutil entre el desprecio de los políticos al pueblo, ya sé que no está de moda la palabra, y esa tristeza que no solo está en mí... he creído percibirla en más personas, en muchas más.

-No se fíe. A veces uno no ve sino lo que lleva dentro. De todas formas, a mí me interesa más la relación que ha establecido entre el pícaro y el detective privado...

-No haga caso. Es una tontería, una ocurrencia de bar. Sí, tienen algo en común: el desgarro, la carencia de progenitores, el buscarse la vida, el engaño, y la marginalidad. Los une también una cierta bondad, una conmiseración hacia las desgracias humanas... Y una enorme resignación.

-Sí, en el fondo ni Lázaro ni el detective privado son malas personas. Se han percatado de las cosas que no dan la felicidad y que el hombre persigue descaradamente.

-Y todavía lo siguen haciendo. Fíjese en el país. No creo que encuentre otro más corrupto que este.

-Es un verdadero problema. Pero yo no me cambio por ningún corrupto. No creo que sean muy felices.

-Yo tampoco lo creo. Aunque habría que eliminarlos. No por corruptos -le dije sonriendo- sino porque no son felices y son rencorosos. Y esos sí que son peligrosos.

-No me sea tan radical -me dijo pidiendo la cuenta. No dejé que fuera ella quien pagara.

-Como nunca he entendido -le expliqué cogiendo la bandeja que alargaba de forma neutra el camarero- la parábola del hijo pródigo deje que sea este quien pague el cabrito. Es una especie de restitución.

No puso ninguna objeción.







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