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Entrevista al periodista/escritor Martín Abrisketa


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18/11/2016


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Martín Abrisketa, Bilbao (1967). Periodista, guionista y reportero gráfico.


“La lengua de los secretos” es su primera novela. Desde el año pasado llena de emoción a los lectores con la historia de su padre, Martintxo. Un niño que supo esquivar la dureza y el drama de la guerra civil gracias a su ingenuidad cargada de ganas de juego.

Una historia íntima que ha tardado más de tres años en convertirse en papel y que según cuenta el propio autor, ha supuesto una auténtica experiencia vital. Ha logrado entender con el proceso de escritura muchas cosas que siempre estuvieron presentes. “La lengua de los secretos” es un camino de reencuentro con su propio padre.

Entrevista realizada por Begoña Curiel para ELD.

–¿Para qué escribe Martín Abrisketa?

No sé. Solo puedo responder a la pregunta de para qué escribí “La lengua de los secretos”, que es mi única obra hasta el momento. Y creo que la respuesta, el motivo por el que me embarqué en semejante aventura fueron mis padres. Necesitaba reencontrarme con ellos y devolverles de alguna manera todo lo que han hecho por mí.

–Con “La lengua de los secretos” da la impresión “de que no ha podido evitar escribirla”. ¿Ha conseguido el objetivo que perseguía?

Sí. Gracias a la novela, mi padre y yo nos hemos comprendido al fin, después de toda una vida chocando el uno con el otro. Y lo hicimos de una manera mágica, a través de la escritura del libro, el libro de su vida. Respecto al objetivo que perseguía, estaba cumplido antes de salir la novela a la calle, pues ya estábamos juntos para entonces. Escribí para comunicarme con mi padre, con mi madre, con mi familia. Quería decirles te quiero, un enorme te quiero, el más bonito te quiero que fuera capaz de regalarles.

–Cuando llega el éxito con la primera novela, ¿cómo se presenta el futuro?

Con dudas, con incertidumbre, como siempre. Toda mi vida ha sido así. Nunca he tenido claro hacia dónde camino o por qué hago las cosas. Y después de la repercusión que ha tenido “La lengua de los secretos”, la verdad es que sigo igual. No sé hacer otra cosa que dejarme llevar por lo que siento. Y lo que he sentido hasta hace solo unas semanas era una gran necesidad de descansar. La novela me dejó sin fuerzas y con problemas de espalda, por los tres años que permanecí sentado trabajando en ella. Era necesario el esfuerzo: mi padre está enfermo del corazón y fue una carrera contrarreloj, una carrera que me generó mucha ansiedad. Ahora comienzo a notar otro impulso hacia la literatura. Estoy enamorándome poco a poco de otra historia. Supongo que necesito seguir encontrando, encontrándome.

–Con una historia propia como la de su familia, no es necesaria la ficción para encontrar una buena, aunque lógicamente hay que contarla bien como usted ha hecho. ¿Qué tiene previsto ahora o ya tiene algo concreto entre manos?

Efectivamente, la historia de mi familia es tan impresionante que no necesitaba demasiada ficción para que funcionara. El reto fue meterme en la cabeza de un niño, de mi padre, comprender su magia, su fantasía, la razón por la que no sufrió la guerra cuando no hacían más que caerle bombas encima. El nuevo proyecto será necesariamente diferente. Es imposible que sea igual: ya no será mi padre el protagonista. Pero bueno, si consigo sacarlo adelante, tendrá bastante que ver con “La lengua de los secretos”. He descubierto que la literatura es mi medicina, y supongo que eso marcará todo lo que cree.

–¿Es de los que se sienta a planificar a la hora de escribir o deja mucha baza a las musas?

Hago las dos cosas. Planifico mucho, estructuro y redacto infinidad de apuntes sobre cada capítulo antes de escribirlo, pero a la vez tengo la mente abierta a las musas. No cierro ninguna puerta hasta que el capítulo en cuestión está definitivamente redactado. Para mí las musas son la lógica de la novela, de los personajes, de la trama. Las musas te dicen si una idea vale o no, o si es mejor otra. En mi caso, esas musas no paran nunca de decirme cosas, y sé que he de escucharlas, porque puede que tengan razón. El cerebro nunca descansa. Duermo con un bloc de notas en la mesilla. Paseo con otro bloc. Desayuno, como y ceno junto a otro más. Siempre estoy acompañado de las musas. Son la vida, la gente que te rodea, la naturaleza. Las musas son todo.

–¿Es maniático, necesita de rituales, lugares, horarios concretos?

Soy práctico y maniático a la vez. Comienzo a escribir pronto, a las seis y media de la mañana, para dedicar las horas centrales del día a ir al monte o a coger olas. Las actividades al aire libre me distraen mucho. Hasta aquí todo es normal. Lo malo es que mi necesidad de aire libre es tal que escribo a la intemperie, incluso a bajo cero. Son tantas horas las que permanezco sentado frente al ordenador, que me ahogo si no lo hago fuera. Me pongo dos plumíferos, uno y encima del otro, y aguanto el frío y los temporales que hagan falta, que para mí siempre serán mejores que la sensación de claustrofobia. Bueno, no voy a seguir describiendo mis manías porque son innumerables y vais a pensar que estoy completamente loco.

–En muchas novelas, los lugares son tan protagonistas como las personas. En “La lengua de los secretos” huele y sabe totalmente “a tierra”. ¿Pensó claramente en ello a la hora de elaborarla; habría sido Martintxo –su padre, su protagonista– una persona diferente en otro lugar, independientemente del contexto histórico?

A mí siempre me han gustado las novelas que se huelen y escuchan, y sobre todo las que se ven. Me encanta imaginar lo que leo. Creo que no sé leer si no veo, escucho y huelo. Me despisto con la lectura de un libro que no activa mis sentidos. Intenté escribir la novela que me gustaría leer. En cuanto a si Martintxo habría sido diferente en otro lugar que no sea el País Vasco, pues la verdad es que hace tiempo habría respondido que sí, pero ahora no lo tengo claro. Gracias a los lectores que se han puesto en contacto conmigo, he sabido de muchos Martintxos repartidos por la península, niños mágicos que siguieron siendo niños a pesar de la guerra. Mi esperanza es que haya millones de Martintxos por todo el mundo, sobre todo en países como Siria o Afganistán. Esa es la única esperanza que guardo para con ellos, porque está claro que nosotros, los mayores, no haremos nunca nada por acabar con su sufrimiento.

–Emoción, corazón, ternura… Son palabras que se repiten cuando leemos comentarios y reseñas sobre su novela.

Sí, es que es una novela escrita con el corazón. Para mí no es un libro, es mi familia.

–Supongo que era consciente –durante su escritura– de que iba a hacer llorar a muchos lectores…

No pensaba en ello. Solo era consciente de lo que lloraba yo. A menudo se me caían las lágrimas sobre el teclado del ordenador. Aún hoy, cada vez que escucho a alguien leer algún pasaje del libro, como el de la bicicleta, se me caen las lágrimas. Pero también reí. Es extraño reírte de algo que has escrito tú, pero es que en realidad el que habla realmente a través de un libro no es el autor, sino el personaje. Y mi padre es muy gracioso. Yo lo veo así.

–¿Cuántas historias cree que quedan por escribir de la guerra civil? ¿Qué opina de los lectores y críticos literarios que consideran que este tema está suficientemente trabajado?

Respeto su opinión, pero no estoy en absoluto de acuerdo. Se han escrito y escribirán miles de novelas sobre la Segunda Guerra Mundial y nadie se atreverá nunca a dar por muerta esa vía de creación. Todo el mundo entiende que es necesario recordar lo que ocurrió. La Guerra Civil, por el contrario, tiene algo de tabú. No lo entiendo. A mi modo de ver, ahora estamos redescubriendo las posibilidades literarias que ofrece, a través de puntos de vista diferentes, basados fundamentalmente en el testimonio de personas desconocidas, cuyo principal valor es la humanidad.

–¿Qué lee habitualmente Martín Abrisketa?

De todo un poco. Pero me gustan especialmente la novela de aventuras y la novela histórica.

–A todos se lo pedimos. No se va a librar: una recomendación de lectura.

Cualquier novela de Paul Auster.

–Y alguna o algunas que por algún motivo especial (o no especial), se le haya quedado grabada para siempre.

“¡Eh, petrel!”, de Julio Villar

–¿Cree que en nuestro país se lee tan poco como dicen las cifras y no paran de repetir las estadísticas y encuestas?

Me temo que sí.

–Su novela ha sido galardonada con el premio de la Asociación de Libreros de Bizkaia. ¿Qué valor tiene para usted con respecto a premios procedentes de otro tipo de jurados?

Sin comparar este premio con ningún otro, para mí tiene un valor enorme porque a mi modo de ver los libreros son el corazón de la literatura. Son el nexo que une a los autores con los lectores. Son el amigo común que lee y recomienda. Siento algo muy especial al entrar en una librería. Siento emoción, y ahora recibo también muchísimo cariño.

–En las redes sociales, muchos lectores se comunican con usted de «tú a tú», le sienten cercano. ¿Qué impresión le causa este detalle?

Nunca imaginé que podía ocurrir algo tan bonito. Y lo digo porque los lectores no solo comparten conmigo lo que sienten al leer “La lengua de los secretos”, sino su propia vida. Me hablan de su padre o de su abuela, de personas allegadas que vivieron la guerra. Me dicen que ahora entienden mejor su carácter y por qué apenas contaban nada de lo que les ocurrió. Otros me hablan de sus hijos, de que están preocupados, que no consiguen comunicarse con ellos. Creo que hoy día la literatura es un diálogo. Y pienso que en ese diálogo recibo mucho más de lo que he dado.

–Hasta la era de internet, el boca a boca, los clubes de lectura, las reuniones caseras y de amigos, eran nuestras redes sociales de hoy en día. ¿Considera un avance que todos –sepamos o no–, hablemos de libros y literatura en general, o se ha perdido algo por el camino?

No sé si se ha perdido algo por el camino. No lo creo. Lo que pienso es que se ha abierto una nueva dimensión que comunica directamente al lector con el autor, sin intermediarios como los medios de comunicación. Lo considero muy positivo. Para mí, como autor, es una manera no solo de sentir el calor de los lectores, sino de conocer sus historias, que puede que algún día engendren una idea, incluso otra novela. Tengo la sensación de estar sentado en torno a una hoguera con mucha gente, compartiendo momentos preciosos. Esto es impagable.

–También esa inmensa red es la que hace más fácil dar a luz nuevos, miles de libros, con la autopublicación. Le pregunto algo similar: ¿se pierde algo con este nuevo escenario? ¿Es bueno o perjudicial para la calidad de los contenidos?

Es difícil responder a esta pregunta. Por un lado, es verdad que con la autopublicación, al desaparecer la figura del editor, o del corrector, la calidad puede resentirse. De hecho, pienso que se resiente en muchos casos. Pero por otro lado, esta opción permite sacar a la calle obras que la industria ignora, que son la inmensa mayoría (“ignora” quiere decir que ni siquiera lee ni valora, lo que me parece lamentable). En general, considero la autopublicación como un fenómeno positivo y que irá evolucionando, ordenándose poco a poco.

–¿Tenía muchos sueños y miedos antes de empezar a publicar o tiene muchos más, ahora que ha arrancado con tan buen pie gracias a “La lengua de los secretos”?

El único miedo que tenía y sigo teniendo es para conmigo mismo. Necesito ser fiel al impulso que me hace escribir, ser fiel a la historia que me motiva y que me roba las horas, el sueño y casi la vida. Necesito estar a la altura de ese impulso, de ese sentimiento. Ese es mi miedo, pero también mi sueño, mi fantasía, mi ilusión.







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